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domingo, 31 de julio de 2016

Sobre Historia de la economía

FERNANDO GONZÁLEZ SAN FRANCISCO


Si el comentario anterior intentaba repasar las ideas que dieron lugar a distintas corrientes de pensamiento en el ámbito de la economía, en este caso toca hacerlo desde el punto de vista de los hechos: el profesor Fernando Díaz Villanueva, que impartió íntegramente la asignatura Historia de la Economía del Máster en Economía UFM-OMMA, hizo un magnífico trabajo de síntesis al resumir, en unas pocas sesiones, los acontecimientos fundamentales que tuvieron lugar en Occidente desde el primer cambio de milenio, allá por el año 1000, hasta nuestros días.
Su tarea, que según sus propias palabras daría para un curso completo, ya me pareció difícil cuando leí el programa de la materia, así que intentar resumirlas en unas cuantas líneas, me parece demasiado pretencioso: por ese motivo, he preferido compartir aquí lo que aprendí investigando sobre la usura en la Castilla de la Baja Edad Media, que en contra de lo que se piensa habitualmente, no parece que fuera un negocio exclusivo de los judíos.
Tradicionalmente, la Iglesia Católica había considerado pecado cobrar interés por un préstamo de dinero y así lo sancionó en muchos de sus concilios: en 1179, el tercer concilio de Letrán renovó esta condena, pero los teólogos empezaron a justificar la usura en determinadas circunstancias, como cuando el crédito se disfrazaba con una transacción comercial (mutuum), cuando una tierra hipotecada proporcionaba cierta renta o cuando había una letra de cambio de por medio, por ejemplo.
Aunque el comercio tuvo un notable desarrollo desde mediados del siglo XII, no fue hasta la época de Alfonso X (1221-1284) cuando se empezaron a usar técnicas financieras que potenciaron la economía mercantil de Castilla, distinguiéndose varios tipos de créditos en la economía castellana de la época: préstamos al consumo, créditos para operaciones mercantiles y financiación de poderes políticos.
En el ámbito rural, los préstamos al consumo (renovo) se producían casi siempre en especie (cereales, vino, etc) y llevaba la vinculación de la finca en prenda, bien como prenda viva (si las rentas obtenidas de la explotación de la finca iban amortizando el préstamo) o como prenda muerta (si había que pagar el capital prestado íntegramente sin que pudiera amortizarse con las rentas generadas).
Ninguna de estas situaciones era considerada usura por la Iglesia, ya que no se producía el pago de un interés por el préstamo, sino que se trataba de las rentas producidas por el terreno que se usaba en prenda. Sin embargo, si el prestatario (normalmente, un campesino), no pagaba lo que debía, perdía la propiedad de lo hipotecado.
A partir del siglo XIII, el avance de la seguridad jurídica a lo largo y ancho de Europa (derogación de privilegios señoriales, establecimiento de tribunales propios o haciendas municipales encargadas de la seguridad, la sanidad, la educación, etc.), se materializó también en Castilla, donde empezó a ser habitual que se fijaran por escrito las condiciones del préstamo, mencionando incluso los fiadores y las prendas ante notario público.
Las distintas Cortes prohibían el lucro abusivo y se limitaba el interés anual según la regla del “tres por cuatro” (es decir, al 33%). Pero sobre todo, se prohibía a los cristianos prestar dinero, imponiendo fuertes sanciones a aquéllos que incumplieran esta prohibición. Sin embargo, se reconocía que determinados sectores sociales (hidalgos, ciudadanos, campesinos, clérigos) practicaban la usura, por lo que se seguían produciendo situaciones en las que el interés se ocultaba por miedo de otro tipo de operaciones mercantiles.
Sí se permitió a los judíos comprar fincas, buscando quizás que dejaran la práctica de la usura y limitar con ello los problemas que dichos préstamos acarreaban. Aunque no puede decirse que tuvieran el monopolio de la concesión de créditos en Castilla, sí parece que se especializaron en prestar dinero en el entorno rural, mientras que los cristianos tendieron a financiar la demanda de crédito urbano, utilizando los resquicios que dejaban las prohibiciones reales y eclesiásticas.
Por este motivo, parece lógico pensar que en épocas difíciles (malas cosechas, guerras, quiebras monetarias, etc.), los prestamistas judíos estuvieran en el punto de mira, a lo que tampoco ayudaba que intervinieran en la gestión de las rentas de la nobleza.
Es cierto que la monetización de la economía castellana a partir de mediados del siglo XIII y las nuevas fuentes de renta, extendieron un crédito más profesionalizado en el entorno rural, tradicionalmente ligado a la usura judía, aunque no parece ser una característica específica de la economía castellana, puesto que se observa un comportamiento similar en Aragón y Navarra, donde la nobleza también dejaba parte de la actividad comercial en manos de sectores sociales externos (no sólo judíos, sino también mercaderes extranjeros, por ejemplo).
Ya en el siglo XIV, la usura se sustituyó por el censo consignativo (muttum palliatum): aunque había un préstamo, generalmente no se hacía referencia al pago del capital prestado o al embargo de la antigua prenda inmobiliaria generadora de renta. No obstante, se seguía evitando la palabra interés en los documentos contractuales que definían el acuerdo de compraventa: el propietario del terreno vendía un censo sobre el bien raíz, a cambio de cierta cantidad de dinero anual. No solía incluir plazos, pero podía heredarse.
La figura del censo consignativo (defendida por el dominico Domingo de Soto) supuso una ventaja sustancial para el campesinado frente a la usura: se respetaba el uso que hicieran de la propiedad, los tipos de interés eran más bajos y no había un plazo determinado, por lo que el comprador podía seguir disfrutando del activo mientras hiciera frente a los pagos. Cabe plantearse qué hubiera pasado si los legisladores no hubieran intervenido para evitar la aparición de rentistas ociosos, al estilo de lo que sí se permitió tiempo después en Inglaterra, pero el caso es que hicieron lo posible por impedirlo.
Aun así, este tipo de préstamo fue muy popular en Castilla hasta finales del siglo XVI, permitiendo que muchos campesinos obtuvieran capital y mejoraran la productividad de las tierras, de lo que se beneficiaron tanto los censatarios que vendían renta como los censualistas que la compraban: la usura se redujo notablemente, siendo prácticamente irrelevante a finales de la Baja Edad Media.
Me gustó mucho estudiar este tema porque me apasiona la Historia de España, especialmente nuestra Edad Media: me sirvió, además, para desafiar la creencia mayoritariamente extendida de que todos los banqueros que practicaban la usura por aquel entonces eran judíos. También me demostró, una vez más, que el ser humano es capaz de adaptarse a las condiciones más adversas para prosperar cuando tiene cierto grado de libertad: si la Iglesia prohibía la usura, se hacía necesario establecer una serie de instituciones (prenda viva, prenda muerta, censo consignativo, etc.) que camuflaran el negocio prohibido. Dicho y hecho


El capitalismo como ideología

FERNANDO GONZÁLEZ SAN FRANCISCO


Este mes voy a abrir un paréntesis antes de continuar con el repaso de las asignaturas del Máster en Economía UFM-OMMA que dan sentido a esta serie: en agosto escribiré algo sobre Mercados Financieros e Inversiones.
Hoy me gustaría compartir aquí mi opinión personal, y por tanto discutible, sobre si el capitalismo puede considerarse una ideología: para ello, utilizaré una cuasi-definición que me gusta mucho, la de Jean-François Revel en El conocimiento inútil, donde podemos leer que una ideología “Es una triple dispensa: dispensa intelectual, dispensa práctica y dispensa moral”.
Siendo así, es fácil entender por qué ha habido ideologías desde siempre: no nos comprometen con la verdad (si es necesario, puedo inventar la mía propia), nos eximen de la eficacia (no importa que nuestra ideología haya sido un fracaso una vez aplicada) y no necesariamente respetan el bien y el mal (el ideólogo puede justificar cualquier crimen si se comete en nombre de su ideología). ¿Encaja en estos parámetros el capitalismo? Yo creo que no.
Respecto a la verdad, el capitalismo no niega sus imperfecciones: a muchos de nosotros, nos gustaría que se conocieran como fallos en ausencia de mercado, pero la realidad es que se conocen como fallos del mercado. Prácticas monopolísticas, externalidades, bienes públicos e información limitada y asimétrica: podemos argumentar que la intervención del Estado estropea todavía más las cosas, pero es difícil negar los hechos sin caer en el fanatismo.
En cuanto a la eficacia, el capitalismo no necesita fabricar excusas que justifiquen su fracaso, puesto que, simplemente, funciona mucho mejor que cualquier otro sistema de organización social experimentado hasta la fecha. Recuerdo bien cuando el problema era la pobreza en el mundo: es tan evidente que el capitalismo ha conseguido reducirla, que nuestros enemigos ahora hablan del bienestar…
Por último, el capitalismo no pretende atribuirse la honradez de sus seguidores: habrá capitalistas sin escrúpulos y capitalistas altruistas, como los habrá morenos y rubios, diestros y zurdos. La virtud no dependerá de ser más o menos defensor del capitalismo: no necesitamos ser indulgentes con alguien y mirar para otro lado simplemente por creer en lo mismo que creemos nosotros.
Si el capitalismo no se ajusta bien a esa triple dispensa de la que hablaba Revel para definir una ideología, cabría plantearse si no nos equivocamos al intentar transmitir sus valores como si lo fuera: nuestra estrategia de comunicación no puede ser la misma que la utilizada por otras ideologías, éstas sí, fácilmente reconocibles según dichos parámetros.
No podemos luchar de igual a igual con comunistas, socialdemócratas o cualquier otra tribu liberticida, dado que los defensores del capitalismo ofrecemos lo contrario que ellos, es decir, asumimos las consecuencias de nuestras acciones, los riesgos de la libertad sin agredir a otros, la defensa del derecho a la propiedad como norma básica para vivir en sociedad: no soy un experto en marketing político, pero desde un punto de vista ideológico, admito que podemos estar en desventaja en un debate.
Precisamente por eso, me parece que es más difícil ganar la batalla dialéctica si nos obligamos a evitar ciertas palabras que otras ideologías sí han utilizado a su favor para transmitir una serie de presuntas connotaciones negativas asociadas a las mismas: me parece que haciéndolo así, empezamos dándoles la razón. Y no la tienen.
No la tienen porque esas presuntas connotaciones negativas asociadas a dichas ideas (capital, riqueza, individualismo, egoísmo, sistema de capitalización, fondos de inversión, etc.), sólo pretenden ocultar sus propias miserias intelectuales: necesitan comparar el capitalismo real, donde actúan seres humanos imperfectos, con el socialismo utópico, donde sólo habría seres humanos perfectos.
Pero la realidad es difícilmente mutable con el pensamiento: las ideas que subyacen en el capitalismo, con todas sus imperfecciones, se traducen en resultados beneficiosos para la sociedad en su conjunto, por más esfuerzo que hagan sus enemigos en atacar dichas ideas denostando el significado de las palabras que utilizamos para trasmitirlas. Los resultados de nuestros enemigos saltan a la vista.
Entiendo que somos pocos y tenemos que ser inteligentes, pero, por eso mismo, no caigamos en trampas ideológicas: ellos no renuncian a la propaganda y siguen acumulando fracasos. No les hagamos el juego: mostremos sus falacias y comparemos el resultado final de ambas propuestas, recurramos a la educación y a la divulgación, sin intentar convencer al 100% de la sociedad, sino ganando al 10%, uno por uno, si es necesario.
Tu ne cede malis” ha sido siempre mi estado en Whatsapp: cuando me preguntan qué significa, no cuento nada de la Eneida de Virgilio, por supuesto, sino que aprovecho para contar quién fue Ludwig von Mises… No le imagino cediendo ante el mal: su vida fue una constante respuesta contra él, defendiendo la libertad y el capitalismo, con todas las letras. Buen ejemplo.

Keiser Report: ¡Que el monstruo se muera de hambre, no paguemos impuestos!



En este nuevo episodio emitido hoy, Max y Stacy entrevistan en la primera parte al periodista financiero, comediante y presentador, Dominic Frisby, con el que conversan sobre los impuestos, que, precisamente, representan el tema central de su nuevo espectáculo ‘Hablemos de impuestos’. En la segunda parte, Max habla con Anoush Hakimi de TrialFunder.com, una web que financia a través de micromecenazgo el costo de la Justicia.
Keiser report es una mirada a los escándalos detrás de los titulares financieros globales. Sean las colusiones entre Wall Street y el Congreso o la última oleada de delitos bancarios, las falsas estadísticas económicas gubernamentales o maquinaciones bursátiles, nada escapa al ojo de Max Keiser. Ex agente de valores, inventor de una tecnología virtual y cofundador de la bolsa de valores de Hollywood, Keiser ofrece el resumen de lo que pasa verdaderamente en la economía global, con la aportación de la copresentadora Stacy Herbert e invitados de varias partes del mundo.

Y Bruselas se apiadó de nosotros

Juan Laborda

Permítanme un breve receso en la serie de blogs sobre la Teoría Monetaria Moderna, pero es que la ocasión lo merecía. Al final no corrió la sangre al río.Bruselas decidió apiadarse de nosotros, perdonando a última hora la multa tantoa España como a Portugal por no cumplir con los objetivos de déficit público marcados. A cambio impone más deberes al nuevo gobiernoahorrar 15.000 millones de aquí a finales de 2017. Van de perdona vidas, cuando en realidad todo estaba y está amañado, bien amañado. Es un paripé, apariencia, puro teatro del Barroco. La austeridad ha fracasado y lo saben. Por eso desde mediados de 2013 permitieron una expansión fiscal al ejecutivo del PP. Se trataba de razones estrictamente políticas: mantener al “Régimen” patrio que forma parte de la estructura de poder de las élites extractivas paneuropeas.
Tras hacer la vista gorda para que no llegaran “los populistas”, como premio, dos tazas más de austeridad pero todo para 2017
Pero fíjense en las palabras del comisario europeo de asuntos económicos, el socialistaPierre Moscovici, no tienen desperdicio. “Tras años de esfuerzo, la gente no lo iba a entender”. Pues eso, tras hacer la vista gorda para que no llegaran “los populistas”, como premiodos tazas más de austeridad pero todo para 2017, no vaya a ser que al final en las actuales negociaciones para formar el gobierno patrio haya sorpresas. ¡Qué cachondos! ¿Nos toman el pelo? Sin duda alguna. Por cierto, el declive de la socialdemocracia no tiene vías de solución -solo Jeremy Corbyn yBernie Sanders resisten a duras penas-. Como dice un seguidor de este blog “Las ideas solo se afirman frente a las opuestas. La socialdemocracia no se encontrará a sí misma si no es en oposición al neoliberalismo”. Pero allá ellos.
En el trasfondo de todo, la salida en falso de la actual crisis sistémica. En su momento no se hizo aquello que era óptimo y eficiente, económica y socialmente, para hacer frente a los orígenes y las causas que llevaron a la economía mundial a la actual crisis sistémica. Se prefirió ganar tiempo y defender los intereses de quienes la generaron, la élite bancaria. Por eso ahora estamos en una situación parecida a 2007. Y siguen igual. El consenso en las élites extractivas europeas sobre la austeridad no se basa en ninguna comprensión lógica del sistema monetario moderno e ignora deliberadamente muchas de las opciones reales que están a disposición de los gobiernos emisores de moneda “fiat”. De ahí nuestro interés en la serie de blogs donde explicamos la Teoría Monetaria Moderna. El pensamiento gregario dominante en la Eurozona tiene un carácter destructivo al imponer recetas cuyos supuestos macroeconómicos fundamentales no se basan en la realidad.
Las élites extractivas presionan para seguir manteniendo comportamientos y estructuras institucionales que limitan las capacidades de gasto de los gobiernos. Se trata, como afirma Bill Mitchell, “de restricciones voluntarias heredadas de los días del patrón oro, perpetuadas por la ideología de la economía de la corriente dominante para constreñir al gobierno y dotar de una mayor laxitud a la actividad del mercado privado”. Los límites de deuda pública aceptados por los gobiernos son, en definitiva, un ejemplo clásico de restricción voluntaria.
A los hombres de negocio no les gustan las consecuencias del mantenimiento del pleno empleo a largo plazo
¿Por qué entonces neoconservadores, neoliberales, la mayoría de los socialdemócratas, economistas neoclásicos, élites económicas, medios de comunicación tienen tanta aversión al uso de la política fiscal? El gran Michal Kalecki ya en 1943 enPolitical Aspects of Full Employment exponía tres razones por las que a las élites no les gustaba, y sigue sin gustarles, la idea de utilizar la política fiscal como instrumento de política económica. Un sistema sin una política fiscal activa significativa supone colocar en el asiento del conductor a los hombres de negocios; y sus “animal spirits” pueden determinar el estado de la economía. “Esto le da a los capitalistas un poderoso control indirecto sobre la política del gobierno”. Pero es que además, el gasto público pone en tela de juicio un principio moral de la mayor importancia para la élite: “Los fundamentos de la ética capitalista requieren que te ganarás el pan con el sudor -a menos que tengas los medios privados suficientes-”. Finalmente, y quizás la más importante, a los hombres de negocio no les gustan las consecuencias del mantenimiento del pleno empleo a largo plazo. “Bajo un régimen de pleno empleo permanente, el miedo dejaría de desempeñar su papel como medida disciplinaria…”.
Ganaron tiempo pero no cesan en su empeño
Los defensores de la austeridad intentan cambiar el modelo social, privatizar todo -incluida la sanidad y la educación-, forrarse a nuestra costa. Y para ello la labor dedesinformación es vital, clave, porque al manipular y ocultar el origen de la crisispermiten que esta agenda se alcance, aun a costa de los ciudadanos. Puro Totalitarismo Invertido. Y lo saben, y por ello levantaron el pie del acelerador en el período 2013-2016.
Con el consentimiento de Bruselas, la austeridad se relajó. El déficit estructural ha crecido en el período 2014-2016
Los datos de la Comisión Europea muestran que para España en el período 2010-2013 la política fiscal fue tremendamente contractiva. El déficit estructural se recortó desde niveles superiores al 7% del PIB a cifras próximas al 2%. En un contexto de desapalancamiento del sector privado ello supuso una gravísima recesión económica. Pero desde mediados de 2013, con el consentimiento de Bruselas, la austeridad se relajó. El déficit estructural ha crecido en el período 2014-2016.
Una vez conseguido el objetivo, mantener el “Régimen”, Bruselas exige de nuevola austeridad presupuestaria –concentrada en 2017-, con la contracción adicional que ello implicará para nuestra economía, apoyándose si hiciera falta en laamenaza de cierre del grifo del Banco Central Europeo. La excesiva deuda total (4,1 billones de euros al cierre de 2015) y externa (1,1 billón de euros al final de 2015) nos hace tremendamente vulnerables a un aumento de la aversión al riesgo en los mercados financieros o a un cierre del grifo del BCE (ambos, aversión y grifo del BCE, están interconectados). En ese caso España entraría en un círculo vicioso. ¡Queda claro que algo no funciona en la zona Euro!

EDUCACIÓN OBLIGATORIA PARA TODOS

http://juanramonrallo.com/



Los países nórdicos —Suecia, Dinamarca, Finlandia, Noruega o Islandia— son los faros socialdemócratas de todos los Estados occidentales. Tarde o temprano, sus ideas terminan permeando en nuestras sociedades: su bienestar nos deslumbra y nos induce a aceptar cualesquiera sacrificios a nuestra libertad que sean presuntamente necesarios para alcanzarlo. Acaso por ello, deberíamos empezar a observar con preocupación algunas de las propuestas que están gestándose en tales territorios.
Así, el Consejo Nórdico (una organización interparlamentaria de cooperación entre los cinco Estados nórdicos) ha publicado recientemente un informe sobre los retos a los que se enfrentarán los mercados de trabajo de los países desarrollados las próximas décadas: se titula Working Life in the Nordic región y ha sido elaborado por el ex ministro danés Poul Nielson. En ese informe, se contiene una peculiar e inquietante propuesta: extender la educación obligatoria a toda la vida laboral. Léanlo si no en sus propias palabras: “Los gobiernos de los países nórdicos deberían comprometerse a introducir el principio de educación obligatoria y continuada para todos aquellos adultos que se hallen en el mercado de trabajo”. Nada de enseñanza obligatoria hasta los 16 años para evitar que los padres irresponsables no formen a sus vástagos y éstos devengan ciudadanos disfuncionales en el momento de su emancipación: la presunción educativa que busca institucionalizarse desde los países nórdicos es la que los adultos son irresponsables —esto es, carecen de incentivos o de capacidad— para formarse en una economía globalizada y que, en consecuencia, deberán ser los infalibles políticos quienes diseñen su itinerario educativo durante toda su vida.
Recalco el frontal atentado que ello supondría para nuestras libertades: esta novísima propuesta socialdemócrata no consiste en que los gobiernos asesoren a los adultos sobre los pasos a seguir en su vida laboral, sino en que utilicen el poder policial del Estado para forzarlos, incluso en contra de su voluntad, a participar en aquellos cursos de formación que los burócratas estatales escojan caprichosamente para ellos. El peligro no reside solamente en el más que evidente riesgo de adoctrinamiento o de corrupción que tal medida acarrea, sino en la pérfida filosofía de fondo sobre la que se apoya: el tiempo vital de una persona adulta no es realmente suyo sino del Estado, quien puede moldearlo como crea conveniente en aras del interés general. El servicio militar obligatorio moderno no se dará en los cuarteles, sino en las aulas. Habrá, pues, que reivindicar la insumisión.

Psyche’s task : a discourse concerning the influence of superstition on the growth of institutions

La conquista de los EEUU por España




[Publicado por primera vez por la Future of Freedom Foundation (1995)]
El año 1898 fue un hito en la historia estadounidense. Fue el año en que Estados Unidos fue a la guerra contra España, el primer enfrentamiento con un enemigo extranjero al inicio de la era del belicismo moderno. Aparte de unos escasos periodos de retirada, nos hemos visto desde entonces envueltos en política exterior.
En la década de 1880, un grupo de cubanos hacía campaña para la independencia de España. Como muchos revolucionarios antes y después, tenían poco apoyo real entre la masa de la población. Así que recurrieron a tácticas terroristas: devastar los campos, dinamitar ferrocarriles y matar a quien se interpusiera en su camino. Las autoridades españolas respondieron con duras contramedidas.
Crecía la inquietud en algunos inversores estadounidenses en Cuba, pero las fuerzas reales que empujaron a Estados Unidos a la intervención no fueron un puñado de cultivadores de caña de azúcar. Los lemas que usaban los rebeldes (“libertad” e “independencia”) resonaban en  muchos estadounidenses, que no sabían nada de las circunstancias reales de Cuba. También influía la “leyenda negra”, el estereotipo de los españoles como déspotas sedientos de sangre que los estadounidenses habían heredado de sus ancestros ingleses. Fue fácil para los estadounidenses creer las historias divulgadas por los insurgentes, especialmente cuando la prensa “amarilla” descubrió que fomentar la histeria sobre “atrocidades” españolas en buen parte inventadas (silenciando las cometidas por los rebeldes) vendía periódicos.
Los políticos en busca de publicidad y favor popular vieron una mina de oro en el asunto cubano. Pronto el gobierno estadounidense empezó a enviar notas a España expresando su “preocupación” por los “acontecimientos” en Cuba. En realidad, los “acontecimientos” eran meramente la táctica que usaban normalmente las potencias coloniales en una guerra de guerrillas. Cosas igual de malas o peores estaban haciendo Gran Bretaña, Francia, Alemania y otros en todo el mundo en esa época de imperialismo. España, consciente de la inmensa superioridad de las fuerzas estadounidenses, respondió a la ingerencia de Washington con intentos de apaciguamiento, tratando al tiempo de mantener los restos de dignidad como antigua potencia imperial.
Cuando William McKinley se convirtió en presidente en 1897, ya estaba planeando expandir el papel de Estados Unidos en el mundo. Los problemas de la Cuba española ofrecían la oportunidad perfecta. McKinley declaraba públicamente: “No queremos guerras de conquista; debemos evitar la tentación de la agresión territorial”. Pero dentro del gobierno, la influyente conspiración que buscaba la guerra y la expansión sabía que había encontrado a su hombre. El Senador Henry Cabot Lodge escribía a Theodore  Roosevelt, entonces en el Departamento de la Armada: “Salvo que esté completamente equivocado, la Administración está ahora comprometida con la gran política que ambos deseamos”. Esta “gran política”, también apoyada por el Secretario de Estado John Hay y otras figuras clave, buscaba romper definitivamente con nuestra tradición de no intervención y neutralidad en asuntos exteriores. Estados Unidos asumiría por fin sus “responsabilidades globales” y se uniría a las demás grandes potencias en la búsqueda de territorios alrededor del mundo.
Los líderes del partido belicista camuflaron sus planes al hablar de la necesidad de procurar mercados para la industria estadounidense e incluso fueron capaces de convencer a unos pocos líderes empresariales a seguir su línea. Pero en realidad nadie en esta camarilla de altivos patricios (“dinero viejo”, en su mayor parte) tenía ningún interés importante en los negocios o siquiera muchos respeto por ellos, excepto como fuente de fortaleza nacional. Al igual que camarillas similares en Gran Bretaña, Alemania, Rusia y otros lugares en esa época, su objetivos era el aumento del poder y la gloria de su estado.
Para aumentar la presión sobre España, se envió el barco de guerra USS Maine al puerto de La Habana. En la noche del 15 de febrero, el Maine explotó matando a 252 hombres. Las sospechas recayeron inmediatamente en los españoles, aunque eran los que menos tenían que ganar con la destrucción del Maine. Era mucho más probable que hubieran estallado las calderas o incluso que los propios rebeldes minaran el buque para llevar a Estados Unidos a la guerra que ellos solos no podían ganar. La prensa reclamaba venganza contra la pérfida España los políticos intervencionistas creían llegada su hora.
McKinley, deseoso de preservar su imagen como estadista cauteloso, se tomó su tiempo. Presionó a España para que dejara de luchar contra los rebeldes y empezara a negociar la independencia cubana, apuntando genéricamente que la alternativa era la guerra. Los españoles, opuestos a entregar sencillamente la isla a una junta terrorista, estaban dispuestos a otorgar una autonomía. Finalmente, desesperados por evitar la guerra con Estados Unidos, Madrid proclamó un armisticio, una concesión sorprendente en un estado soberano ante una petición de otro.
Pero no era bastante para McKinley, que había puesto sus ojos en apropiarse algunas de las posesiones que le restaban a España. El 11 de abril envió su mensaje de guerra en el Congreso, omitiendo cuidadosamente la concesión de un armisticio. Una semana más tarde, el congreso aprobó la declaración de guerra que quería McKinley.
En el Lejano Oriente, el Comodoro George Dewey recibió el adelante para llevar a cabo un plan preestablecido: dirigirse a Filipinas y asegurarse el control del puerto de Manila. Hizo esto, atrayendo a Emilio Aguinaldo y sus luchadores por la independencia filipina. En el caribe, las fuerzas estadounidenses sometieron rápidamente a los españoles en Cuba y luego, después de que España pidiera la paz, continuó apropiándose también de Puerto Rico. En tres meses, la batalla había terminado. Había sido, como es conocido que dijo el Secretario de Estado, John Hay, “una espléndida pequeña guerra”.
La rápida paliza de EEUU a la decrépita España llenó de euforia al público estadounidense. La gente creía que era una victoria de los ideales estadounidenses y de su modo de vida contra una tiranía del Viejo Mundo. Nuestras armas triunfantes garantizarían a Cuba un futuro libre y democrático.
Contra esta marea de júbilo público, un hombre habló claro. Fue William Graham Sumner, profesor en Yale, famoso sociólogo e incansables defensor de la empresa privada, el libre comercio y el patrón oro. Ahora iba a entrar en su pelea más dura.
El 16 de enero de 1899, Sumner se dirigía a una masa que abarrotaba el capítulo de la Phi Beta Kappa de Yale. Sabemos que los miembros de Yale en la asamblea y el resto de la audiencia rebosaban de orgullo patriótico. Con una estudiada ironía, Sumner tituló a su discurso “La conquista de los Estados Unidos por España”.
Sumner lanzó el guante:
Hemos derrotado a España en un conflicto militar, pero nos estamos sometiendo a su conquista en el terreno de las ideas y las políticas. El expansionismo y el imperialismo no son otra cosa que las viejas filosofías de la prosperidad nacional que han llevado a España a donde está.
Sumner procedía a esquematizar la visión original de Estados Unidos que tenían los Padres Fundadores, radicalmente diferente de la que prevalecía entre las naciones de Europa:
No habría corte ni pompa, no habría órdenes, ni insignias o adornos o títulos. No habría deuda pública. (…) No iba a haber una gran diplomacia, porque intentaban ocuparse de sus propios asuntos y no entrometerse en ninguna de las intrigas en las que acostumbran a participar los estadistas europeos. No iba a haber equilibrio de poderes ni “razón de estado” a costa de la vida y felicidad de los ciudadanos.
Ésa había sido la idea americana, nuestra señal como nación: “ha sido por virtud de esta concepción de comunidad por lo que los Estados Unidos han resultado ser únicos y grandes en la historia de la humanidad y su pueblo ha sido feliz”.
El sistema que no legaron los Fundadores, sostenía Sumner, era delicado, ofreciendo para la división un equilibrio de poderes y dirigido a mantener al gobierno como pequeño y local. No fue un accidente que Washington, Jefferson y los demás que crearon la república emitieron claras advertencias contra “implicaciones en el extranjero”. Una política de aventurerismo exterior, por su naturaleza, retorcería y alteraría y en definitiva destrozaría nuestro sistema original.
Al hacerse más importantes los asuntos exteriores, el poder se trasladaría de comunidades y estados al gobierno federal y, dentro de ése, del Congreso al presidente. Una política exterior siempre activa solo podría desarrollarla el presidente, a menudo sin conocimiento del pueblo. Así, el sistema estadounidense, basado en el gobierno local, los derechos de los estados y el Congreso como voz del pueblo a nivel nacional, cada vez entregaría más cosas a una hinchada burocracia encabezada por una presidencia de corte imperial.
Pero ahora, con la guerra contra España y la filosofía que hay tras ella, no estamos abandonando al estilo europeo, declaraba Sumner “guerra, deudas, impuestos, diplomacia, un sistema de gobierno grande, pompa, gloria, un gran ejército y una gran armada, prodigalidad, corrupción política… en una palabra, imperialismo”.
Parece que ya los entrometidos globales habían acuñado la que iba a ser su palabra favorita de insulto: “aislacionista”. Y ya Sumner tenía una respuesta apropiada. Los imperialistas “nos advierte[n] sobre los terrores del ‘aislamiento’”, decía, pero “nuestros antepasados vinieron aquí para aislarse” de la cargas del Viejo Mundo. “Cuando todos los demás se revuelven bajo deudas e impuestos, ¿quién no se aislaría en el disfrute de sus propias ganancias para beneficio de su propia familia?”
Al abandonar nuestro propio sistema, admitía libremente Sumner, habría compensaciones. La gloria inmortal no es nada, como sabían bien los españoles. Ser una parte, incluso un peón, en una poderosa empresa de ejércitos y armadas, identificarse con la gran potencia imperial proyectada por todo el globo, ver izarse la bandera en campos victoriosos de batalla: mucos pueblos en la historia pensaron que ese juego bien lo valía.
Solo, solo que no era el estilo estadounidense. Ese estilo había sido más modesto, más prosaico, parroquial y, sí, de clase media. Se basaba en la idea de que estamos aquí para vivir nuestras vidas, ocuparnos de nuestros asuntos, disfrutar de nuestra libertad y buscar nuestra felicidad en nuestro trabajo, familias, iglesias y comunidades. Había sido la “pequeña política”.
Hay una lógica en los asuntos humanos, advertía Sumner el sociólogo: una vez que tomas un decisión, se cierran algunos caminos que antes tenías abiertos y se te lleva, paso a paso, en cierta dirección. Estados Unidos estaba eligiendo el camino del poder mundial y Sumner tenía pocas esperanzas de que sus palabras pudieran cambiar esto. ¿Entonces por qué hablaba? Sencillamente porque “este esquema de república que crearon nuestros padres fue un sueño glorioso que merece más que una palabra de respeto y afecto antes de que desaparezca”.

Publicado el 24 de mayo de 2011. Traducido del inglés por Mariano Bas Uribe. El artículo original se encuentra aquí.

Socialismo y comunismo

 


[
Extraído de Caos planificado]
En la terminología de Marx y Engels, las palabras comunismo y socialismo son sinónimas. Se aplican alternativamente sin ninguna distinción entre ellas. Los mismo vale para la práctica totalidad de los grupos y sectas marxistas hasta 1917. Los partidos políticos del marxismo que consideraban al Manifiesto comunista como el evangelio inalterable de su doctrina se llamaban a sí mismos partidos socialistas. El más influyente y numeroso de estos partidos, el alemán, adoptó el nombre de Partido Social Demócrata. En Italia, en Francia y en todos los demás países en que los partidos marxistas ya desempeñaban un papel en la vida política antes de 1917, el término socialista igualmente desbancaba al término comunista. Ningún marxista antes de 1917 se habría atrevido a distinguir entre comunismo y socialismo.
En 1875, en su Crítica del Programa de Gotha del Partido Social Demócrata Alemán, Marx distinguía entre una fase inferior (anterior) y una fase superior (posterior) de la futura sociedad comunista. Pero no reservaba la palabra comunismo para la fase superior y no llamaba a la fase inferior socialismo como algo diferenciado del comunismo.
Uno de los dogmas fundamentales de Marx es que el socialismo estaba condenado a llegar “con la inexorabilidad de una ley de la naturaleza”. La producción capitalista engendra su propia negación y establece el sistema socialista de propiedad pública de los medios de producción. Este proceso “se ejecuta mediante la operación de las leyes inherentes de la producción capitalista”.[1] Es independiente de la voluntad de la gente.[2] Es imposible que los hombres lo aceleren, lo retrasen o lo obstaculicen. Pues “ningún sistema social desaparece nunca antes de que se desarrollen todas las fuerzas productivas para cuyo desarrollo de las cuales sea lo bastante amplio y los nuevos métodos superiores de producción nunca aparecen antes de que se hayan nacido las condiciones materiales de su existencia en el seno de la sociedad anterior”.[3]
Por supuesto, esta doctrina es irreconciliable con las propias doctrinas políticas de Marx y con las enseñanzas de usaba para justificar estas actividades. Marx trató de organizar un partido político que por medio de la revolución y la guerra civil debería lograr la transición del capitalismo al socialismo. Lo característico de sus partidos era, a los ojos de Marx y los doctrinarios marxista, que eran partidos revolucionario invariablemente comprometidos con la idea de la acción violenta. Su objetivo era alzarse en rebelión, establecer la dictadura del proletariado y exterminar sin piedad a todos los burgueses. Los hechos de la Comuna de París en 1871 eran considerados como el modelo perfecto de dicha guerra civil. Por supuesto, la revuelta de París había fracasado lamentablemente. Pero se esperaba que alzamientos posterior tuvieran éxito.[4]
Sin embargo las tácticas aplicadas por los partidos marxistas en diversos países europeos se oponían irreconciliablemente c cada una de estas dos variedades contradictorias de las enseñanzas de Karl Marx. No confiaban en la inevitabilidad de la llegada del socialismo. Tampoco confiaban en el éxito de un levantamiento revolucionario. Adoptaron los métodos de la acción parlamentaria. Pedían votos en las campañas electorales y enviaban a sus delegados a los parlamentos. “Degeneraron” en partidos democráticos. En los parlamentos se comportaban como los demás partidos de la oposición. En algunos países entraban en alianzas temporales con otros partidos y ocasionalmente miembros socialistas formaban parte de gabinetes. Posteriormente, después de acabar la Primera Guerra Mundial, los partidos socialistas se convirtieron en mayoritarios en muchos parlamentos. En algunos países gobernaron en solitario, en otros cooperando de cerca con partidos “burgueses”.
Es verdad que estos socialistas domesticados antes de 1917 nunca abandonaron la retórica de los principios rígidos del marxismo ortodoxo. Repetían una y otra vez que la llegada del socialismo es inevitable. Destacaban el carácter inherentemente revolucionario de sus partidos. Nada podía provocar más su ira que cuando alguien se atrevía a discutir su firme espíritu revolucionario. Sin embargo, en realidad eran partidos parlamentarios como todos los demás partidos.
Desde un punto de vista marxista correcto, como se expresa en los últimos escritos de Marx y Engels (pero no aún en el Manifiesto Comunista), todas las medidas pensadas para restringir, regular y mejorar el capitalismo eran simplemente tonterías “pequeño burguesas” que derivan de la ignorancia de las leyes inmanentes de la evolución capitalista. Los verdaderos socialistas no deberían poner ningún obstáculo en el camino de la evolución capitalista. Pues solo la completa madurez del capitalismo podría engendrar el socialismo. No solo es vano, sino dañino para los intereses de los proletarios recurrir a esas medidas. Ni siquiera el sindicalismo laboral es un medio adecuado para la mejora de las condiciones de los trabajadores.[5] Marx no creía que el intervencionismo pudiera beneficiar a las masas. Rechazaba violentamente la idea de que medidas como salarios mínimos, precios máximos, restricciones en los tipos de interés, seguridad social y otras fueran pasos preliminares en la llegada del socialismo. Apuntaba a la abolición radical del sistema de salarios que solo podía conseguirse en el comunismo en su fase superior. Habría ridiculizado con sarcasmo la idea de abolir el “carácter de producto” de la mano de obra dentro del marco de la sociedad capitalista mediante la aplicación de una ley.
Pero los partidos socialistas tal y como operaban en los países europeos no estaban en la práctica menos comprometidos con el intervencionismo que la Sozialpolitik de la Alemania del káiser y el New Deal estadounidense. Fue contra esta política contra la que dirigieron sus ataques George Sorel y el sindicalismo. Sorel, un intelectual tímido con trasfondo burgués, deploraba la “degeneración de los partidos socialistas por lo que consideraba una penetración de intelectuales burgueses. Quería ver el espíritu de agresividad despiadada, propio de las masas, reavivado y libre de la custodia de los cobardes intelectuales. Para Sorel nada importaba salvo los disturbios. Defendía la action directe, es decir, el sabotaje y la huelga general, como pasos iniciales hacia la gran revolución final.
Sorel tuvo éxito principalmente entre intelectuales snobs y ociosos y no menos snobs y ociosos herederos de empresarios ricos. No movió de forma perceptible a las masas. Para los partidos marxistas en Europa occidental y central, su crítica apasionada era poco más que una molestia. Su importancia histórica consistió principalmente en el papel que desempeñaron sus ideas en la evolución del bolchevismo ruso y el fascismo italiano.
Para entender la mentalidad de los bolcheviques debemos referirnos de nuevo a los dogmas de Karl Marx. Marx estaba completamente convencido de que el capitalismo es una etapa de la historia económica que no se limita solo a unos pocos países avanzados. El capitalismo tiene la tendencia a convertir todas las partes del mundo en países capitalistas. La burguesía obliga a todas las naciones a convertirse en naciones capitalistas. Cuando suene la hora final del capitalismo, todo el mundo estará uniformemente en la etapa de capitalismo maduro, listo para la transición al socialismo. El socialismo aparecería al mismo tiempo en todas las partes del mundo.
Marx se equivocaba en este punto no menos que todas sus demás declaraciones. Hoy ni siquiera los marxistas pueden negar ni niegan que aún prevalezcan enormes diferencias en el desarrollo del capitalismo en diversos países. Aprecian que hay muchos países que, desde el punto de vista de la interpretación marxista de la historia, deben describirse como precapitalistas. En estos países la burguesía aún no ha conseguido un puesto gobernante y no ha establecido aún el escenario histórico del capitalismo que es el necesario requisito previo de la aparición del socialismo. Por tanto, estos países deben realizar antes su “revolución burguesa” y deben pasar por todas las fases del capitalismo antes de que pueda plantearse transformarlos en países socialistas. La única política que podían adoptar los marxistas en esos países sería apoyar incondicionalmente a los burgueses, primero en sus esfuerzos de hacerse con el poder y luego en sus aventuras capitalistas. Un partido marxista podría durante mucho tiempo no tener otra tarea que servir al liberalismo burgués. Esta es la única misión que el materialismo histórico, correctamente aplicado, podría asignar a los marxistas rusos. Estarían obligados a esperar tranquilamente hasta que el capitalismo hiciera a su nación madura para el socialismo.
Pero los marxistas rusos no querían esperar. Recurrieron a una nueva modificación del marxismo según la cual era posible que una nación saltara una de las etapas de la evolución histórica. Cerraron sus ojos al hecho de que la nueva doctrina no era una modificación del marxismo sino más bien la negación de lo único que quedaba de él. Era un retorno indisimulado a las enseñanzas pre-marxistas y anti-marxistas, según las cuales los hombres son libres de adoptar el socialismo en cualquier momento si lo consideran un sistema más beneficioso para la comunidad que el capitalismo. Reventaba completamente todo el misticismo incluido en el materialismo dialéctico y el supuesto descubrimiento marxista de las leyes inexorables de la evolución económica de la humanidad.
Habiéndose emancipado del determinismo marxista, los marxistas rusos era libres de discutir las tácticas más apropiadas para el logro del socialismo en su país. Ya no se preocupaban de problemas económicas. Ya no tenían que investigar si había llegado el momento o no. Solo tenían que cumplir una tarea, apropiarse de las riendas del gobierno.
Un grupo mantenía que el éxito duradero solo podía esperarse si podía conseguirse el apoyo de un número suficiente de gente, aunque no necesariamente la mayoría. Otro grupo no estaba a favor de un procedimiento que hacía perder tanto tiempo. Sugería un golpe de efecto. Podía organizarse un pequeño grupo de fanáticos como la vanguardia de la revolución. La disciplina estricta y la obediencia incondicional al jefe harían que estos revolucionarios profesionales estuvieran listos para un ataque repentino. Deberían suplantar el gobierno zarista y luego gobernar el país de acuerdo con los métodos tradicionales de la policía del zar.
Los términos utilizados para designar estos dos grupos, bolcheviques (mayoría) para lo últimos y mencheviques (minoría) para los primeros, se refieren a un voto realizado en 1903 en una reunión para discutir estos asuntos tácticos. La única diferencia que dividía a estos dos grupos era este método táctico. Ambos estaban de acuerdo con respecto al fin último: el socialismo.
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Ambas sectas trataban de justificar sus respectivos puntos de vista citando pasajes de los escritos de Marx y Engels. Por supuesto, esta es la costumbre marxista. Y cada secta estaba en disposición de descubrir en estos libros sagrados frases que confirmaban su propia postura.
Lenin, el jefe bolchevique, conocía a sus compatriotas mucho mejor que sus adversarios y su líder, Plejánov. No cometió, como Plejánov, el error de aplicar a los rusos los patrones de las naciones occidentales. Recordaba cómo mujeres extranjeras había usurpado por dos veces el poder supremo y gobernado tranquilamente durante toda su vida. Conocía el hecho de que los métodos terroristas de la policía secreta del zar tuvieron éxito y confiaba en que podía mejorar considerablemente dichos métodos. Fue un dictador despiadado y sabía que a los rusos les faltaba el valor para resistir la opresión. Como Cromwell, Robespierre y Napoleón, fue un usurpador ambicioso y confiaba completamente en la ausencia de espíritu revolucionario en la inmensa mayoría. La autocracia de los Romanov estaba condenada porque el desgraciado Nicolás II era débil. El abogado socialista Kerensky fracasó porque estaba comprometido con el principio del gobierno parlamentario. Lenin tuvo éxito porque nunca buscó otra cosa que su propia dictadura. Y los rusos anhelaban un dictador un sucesor de Iván el Terrible.
El gobierno de Nicolás II no acabó por un levantamiento revolucionario real. Se desplomó en los campos de batalla. Se generó una anarquía que Kerensky no pudo controlar. Una refriega en las calles de San Petersburgo derrocó a Kerensky. Poco tiempo después Lenin tuvo su 18 de brumario. A pesar de todo el terror practicado por los bolcheviques, la Asamblea Constituyente, elegida por sufragio universal de hombres y mujeres, solo tenía un 20% de miembros bolcheviques. Lenin disolvió la Asamblea Constituyente por la fuerza de las armas. El efímero interludio “liberal” se liquidó. Rusia pasó de las manos de los ineptos Romanov a las de un autócrata real.
Lenin no se contentó con la conquista de Rusia. Estaba completamente convencido de que estaba destinado a llevar el gozo del socialismo a todas las naciones, no solo a Rusia. El nombre oficial que eligió para su gobierno (Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas) no contiene ninguna referencia a Rusia. Estaba pensado como el núcleo de un gobierno mundial. Era implícito que todos los camaradas extranjeros debían por derecho lealtad a este gobierno y que todos los burgueses extranjeros que se atrevieran a resistirse eran culpables de alta traición y merecían la pena capital. Lenin no dudaba en lo más mínimo que todos los países occidentales estaban en vísperas de la gran revolución final. Esperaba diariamente su estallido.
Había en opinión de Lenin solo un grupo que podía (aunque sin ninguna perspectiva de éxito) tratar de impedir el levantamiento revolucionario: los depravados miembros de la intelectualidad que habían usurpado el liderazgo de los partidos socialistas. Lenin hacía mucho que odiaba a estos hombres por su adicción al procedimiento parlamentario y su reticencia a apoyar sus aspiraciones dictatoriales. Clamaba contra ellos porque los hacía responsables del hecho de que los partidos socialistas habían apoyado los esfuerzos bélicos en sus países. Ya en su exilio suizo, que acabó en 1917, Lenin empezó de dividir a los partidos socialistas europeos. Ahora creaba una nueva Tercera Internacional, que controlaba de la misma forma dictatorial en que dirigía a los bolcheviques rusos. Para este nuevo partido, Lenin escogió el nombre de Partido Comunista. Los comunistas iban a luchar hasta la muerte con los diversos partidos socialistas europeos, esos “traidores sociales” e iban a disponer la liquidación inmediata de la burguesía y apropiarse del poder mediante los trabajadores armados. Lenin no diferenciaba entre socialismo y comunismo como sistemas sociales. El objetivo que buscaba no se llamaba comunismo en oposición al socialismo. El nombre oficial del gobierno soviético es Unión de Repúblicas Socialistas (no Comunistas) Soviéticas. En este sentido, no quería alterar la terminología tradicional que consideraba los términos como sinónimos. Simplemente llamó a sus partidarios, los únicos seguidores sinceros y coherentes de los principios revolucionarios del marxismo ortodoxo, comunistas y a sus métodos tácticos comunismo porque quería distinguirlos de los “mercenarios traidores de los explotadores capitalistas”, los malvados líderes socialdemócratas como Kautsky y Albert Thomas. Estos traidores, destacaba, ansiaban conservar el capitalismo. No eran verdaderos socialistas. Los únicos marxistas genuinos eran los que rechazaban el nombre de socialistas, irremediablemente caídos en desgracia.
Así se creó la distinción entre comunistas y socialistas. Aquellos marxistas que no se sometieron al dictador en Moscú se llamaron a sí mismos socialdemócratas o, abreviado, socialistas. Lo que les caracterizaba era la creencia de que el método más apropiado para llevar a cabo sus planes para establecer el socialismo, el objetivo final común para ellos y los comunistas, era conseguir el apoyo de la mayoría de sus conciudadanos. Abandonaron los lemas revolucionarios y trataron de adoptar métodos democráticos para conseguir el poder. No les preocupaba el problema de si un régimen socialista es compatible o no con la democracia. Pero para alcanzar el socialismo estaban resueltos a aplicar procedimientos democráticos.
Por el contrario los comunistas estaban en los primeros años de la Tercera Internacional firmemente comprometidos con el principio de la revolución y la guerra civil. Solo eran leales a su jefe ruso. Expulsaban de entre sus filas a todo el que fuera sospechoso de sentirse obligado por cualquiera de las leyes de su país. Conspiraban incesantemente y derrochaban sangre en tumultos sin éxito.
Lenin no podía entender por qué los comunistas fracasaban en todas partes fuera de Rusia. No esperaba mucho de los trabajadores estadounidenses. En Estados Unidos, pensaban los comunistas, a los trabajadores les faltaba el espíritu revolucionario porque estaban echados a perder por el bienestar y embargados en el vicio de hacer dinero. Pero Lenin no dudaba de que las masas europeas tenían conciencia de clase y por tanto estaban completamente comprometidas con las ideas revolucionarias. La única razón por la que la revolución no se había llevado a cabo era en su opinión la inadecuación y cobardía de los cargos comunistas. Destituía una y otra vez a sus vicarios y nombraba nuevos hombres. Pero no tenía más éxito.
En los países anglosajones y latinoamericanos, los votantes socialistas confiaban en los métodos democráticos. Aquí el número de personas que buscan seriamente una revolución comunista es muy pequeño. La mayoría de quienes proclaman públicamente su adhesión a los principios del comunismo se sentirían extremadamente infelices si se produjera la revolución y pusiera en peligro sus vidas y propiedades. Si los ejércitos rusos marcharan en sus países o si los comunistas locales tomaran el poder haciéndoles luchar, probablemente se alegren al esperar ser recompensados por su ortodoxia marxista. Pero ellos mismos no ansían laureles revolucionarios.
Es un hecho que en estos treinta años de apasionado activismo pro-soviético ningún país fuera de Rusia se ha hecho comunista por voluntad de sus ciudadanos. Europa Oriental se convirtió al comunismo solo cuando los acuerdos diplomáticos de las potencias políticas internacionales la convirtieron en una esfera de influencia y hegemonía exclusiva de Rusia. Es improbable que Alemania Occidental, Francia, Italia y España adopten el comunismo si Estados Unidos y Gran Bretaña no adoptan una política de absoluto desinterés diplomático. Lo que da fuerza al movimiento comunista en estos y algunos otros países es la creencia de que Rusia está dirigida por un “dinamismo” inquebrantable, mientras que las potencias anglosajonas son indiferentes y no están muy interesadas en su destino.
Marx y los marxistas se equivocaron lamentablemente cuando supusieron que las masas ansiaban un derrocamiento revolucionario del orden “burgués” de la sociedad. Los comunistas militantes solo se encuentran en las filas de quienes viven del comunismo esperan que una revolución avance en sus ambiciones personales.  Las actividades subversivas de estos conspiradores profesionales son peligrosas precisamente debido a la ingenuidad de quienes solo están flirteando con la idea revolucionaria. Esos simpatizantes confusos y equivocados que se llaman “liberales” a sí mismos y a quienes los comunistas llaman “tontos útiles”, compañeros de viaje e incluso la mayoría de los miembros oficialmente registrados del partido, estarían terriblemente asustados si descubrieran un día que sus jefes quieren decir negocios cuando predican la sedición. Pero entonces puede ser demasiado tarde para evitar el desastre.
Por ahora, el ominoso peligro de los partidos comunistas en Occidente reside en su postura en asuntos exteriores. La nota distintiva de todos los partidos comunistas actuales es su devoción por la agresiva política exterior de los soviéticos. Siempre que deben elegir entre Rusia y su propio país, no dudan en preferir a Rusia. Su principio es: Con razón o sin ella, mi Rusia. Obedecen estrictamente a todas las órdenes dictadas desde Moscú. Cuando Rusia era un aliado de Hitler, los comunistas franceses saboteaban el esfuerzo de guerra de su propio país y los comunistas estadounidenses se oponían apasionadamente a los planes del presidente Roosevelt de ayudar a Inglaterra y Francia en su lucha contra los nazis. Todos los comunistas del mundo calificaban a todos los que se defendían contra los invasores alemanes como “belicistas imperialistas”. Pero tan pronto como Hitler atacó Rusia, la guerra imperialista de los capitalistas pasó de la noche a la mañana a ser una guerra justa de defensa. Siempre que Stalin conquista un país más, los comunistas justifican esta agresión como un acto de autodefensa contra “fascistas”.
En su ciega adoración de todo lo que es ruso, los comunistas de Europa occidental y Estados Unidos sobrepasan con mucho los peores excesos cometidos por los chauvinistas. Se extasían con las películas rusas, la música rusa y los supuestos descubrimientos de la ciencia rusa. Hablan con euforia de los logros económicos de los soviéticos. Atribuyen la victoria de la ONU a los hechos de fuerzas armadas rusas. Rusia, dicen, ha salvado al mundo de la amenaza fascista. Rusia es el único país libre, mientras que todas las demás naciones están sometidas a la dictadura de los capitalistas. Solo los rusos son felices y disfrutan de la dicha de vivir una vida completa: en los países capitalistas, la inmensa mayoría sufren frustraciones y deseos insatisfechos. Igual que el musulmán piadoso anhela peregrinar a la tumba del Profeta en La Meca, el intelectual comunista  anhela una peregrinación a los sagrados santuarios de Moscú como el acontecimiento de su vida.
Sin embargo, la distinción en el uso de los términos comunista y socialista no afectaba al significado de los términos comunismo y socialismo aplicados al objetivo final de las políticas comunes a ambos. Fue solo en 1928 cuando el programa de la Internacional Comunista, adoptado por el sexto congreso en Moscú,[6] empezó a diferenciar entre comunismo y socialismo (y no solamente entre comunistas y socialistas).
De acuerdo con esta nueva doctrina, hay, en la evolución económica de la humanidad, entre la etapa histórica del capitalismo y la del comunismo, una tercera etapa, que es la del socialismo. El socialismo es un sistema social basado en el control público de los medios de producción y la dirección completa de todos los procesos de producción y distribución por una autoridad panificadora centralizada. En este aspecto, es igual que el comunismo. Pero difiere del comunismo en la medida en que no hay igualdad en las porciones asignadas de cada individuo para su propio consumo. Siguen pagándose salarios a los camaradas y estos niveles salariales se gradúan de acuerdo con el interés económico que la autoridad central considere necesario para garantizar la mayor producción de productos. Lo que Stalin llama socialismo se corresponde en buena medida con lo que Marx llamaba la “fase temprana” del comunismo. Stalin reserva el término comunismo exclusivamente para lo que Marx llamaba la “fase superior” del comunismo. El socialismo, en el sentido en que Stalin ha utilizado últimamente el término, se mueve hacia el comunismo, pero en sí mismo no es aún comunismo. El socialismo se convertirá en comunismo tan pronto como el aumento en la riqueza que cabe esperar del funcionamiento de los métodos socialistas de producción haya aumentado el nivel más bajo de vida en las masas rusas al nivel superior del que disfrutan los distinguidos poseedores de cargos importantes en la Rusia actual.[7]
El carácter justificativo de esta nueva práctica terminológica es evidente. Stalin encuentra necesario explicar a la gran mayoría sus súbditos por qué su nivel de vida es extremadamente bajo, mucho más bajo que el de las masas de los países capitalistas e incluso menor que el de los proletarios rusos en los tiempos del gobierno zarista. Quiere justificar el hecho de que los salarios sean desiguales, de que un pequeño grupo de cargos soviéticos disfrute de todos los lujos que puede proporcionar la tecnología actual, que un segundo grupo, más numeroso que le primero, pero menos numeroso que la clase media en la Rusia imperial, vive en un estilo “burgués”, mientras que las masas, harapientas y descalzas, sobreviven en barriadas congestionadas y están mal alimentadas. Ya no puede acusar al capitalismo de este estado de cosas. Así que se ve obligado a recurrir a un nuevo parche ideológico.
El problema de Stalin era más acuciante ya que los comunistas rusos en los primeros días de su gobierno habían proclamado apasionadamente la igualdad de renta como un principio a aplicar desde el primer momento de la toma del poder por los proletarios. Además, en los países capitalistas, el truco demagógico más poderoso aplicado por los partidos comunistas patrocinados por Rusia es excitar la envidia de la gente con rentas más bajas contra todos los que tengan rentas superiores. El principal argumento aportado por los comunistas para apoyar su tesis de que el nacionalsocialismo de Hitler no era un socialismo genuino, sino, por el contrario, la peor variedad del capitalismo, era que había desigualdad en los niveles de vida en la Alemania nazi.
La nueva distinción entre socialismo y comunismo de Stalin está en abierta contradicción con la política de Lenin y no menos con las ideas de la propaganda de los partidos comunistas fuera de las fronteras rusas. Pero esas contradicciones no importan en el reino de los soviets. La palabra del dictador es la decisión definitiva y nadie está tan loco como para atreverse a oponerse.
Es importante apreciar que la innovación semántica de Stalin afecta solamente a los términos comunismo y socialismo. No altera el significado de los términos socialista y comunista. El partido bolchevique es igual que antes de ser llamado comunista. Los partidos rusófilos fuera de las fronteras de la Unión Soviética se llaman a sí mismos partidos comunistas y luchan violentamente con los partidos socialistas que, a sus ojos, son simplemente traidores sociales. Pero el nombre oficial de la Unión de Repúblicas SocialistasSoviéticas no ha cambiado.

[1] Marx, Das Kapital, 7ª ed. (Hamburgo, 1914), Vol. I, p. 728. [El capital].
[2] Marx, Zur Kritik der politischen Ökonomie, ed. Kautsky (Stuttgart, 1897), p. xi. [Contribución a la crítica de la economía política]
[3] Ibíd., p. xii.
[4] Marx, Der Bürgerkrieg in Frankreich, ed. Pfemfert (Berlín, 1919), passim. [La guerra civil de Francia]
[5] Marx, Value, Price and Profit, ed. Eleanor Marx Aveling (Nueva York, 1901), pp. 72-74. [Salario, precio y ganancia].
[6] Blueprint for World Conquest as Outlined by the Communist International, Human Events (Washington y Chicago, 1946), pp. 181-182.
[7] David J. Dallin, The Real Soviet Russia (Yale University Press, 1944), pp. 88-95.