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jueves, 5 de enero de 2017

¿Es posible pagar la deuda pública?

F. Cabrillo (Vicepresidente Civismo) 

El rápido crecimiento que ha experimentado la deuda pública en los países occidentales a lo largo de la última década preocupa a muchos economistas, algunos de los cuales se plantean si realmente podrá ser pagada sin acudir a reestructuraciones o aplazamientos, como ya ha ocurrido en Grecia. Por dar sólo algunas cifras, la deuda pública de los países de la Unión Europea, que representaba en 2007 el 57,5% de su PIB, había alcanzado el 85% del PIB en 2015.
Naturalmente no todos los países se comportaron de la misma forma. Algunos superaron bastante bien las dificultades que a sus Estados les planteaba la crisis. Es el caso de Alemania, cuya deuda creció en este período sólo un 10% en términos de PIB, pasando del 63,7% al 71,2%.
España se encuentra, por desgracia, en el extremo contrario, ya que ha sido el país europeo en el que la deuda ha aumentado más en términos de PIB, pasando del 35,5% al 99,8%. Pero la situación es mala, también, en muchas otras naciones. Italia ha vuelto a cifras de deuda por encima del 130% del PIB, que parecían olvidadas hacía ya tiempo. Francia está en el 96,2%; y Gran Bretaña en el 89,1%.
Al analizar experiencias pasadas de endeudamientos públicos elevados, ha vuelto a hablarse de un caso que, hasta ahora, era sólo conocido por los especialistas y los historiadores: el pago de la deuda británica en el siglo XIX. Al terminar las guerras napoleónicas, Gran Bretaña había acumulado una deuda enorme, que superaba el 250% de su PIB. Las dificultades para hacer frente a este nivel de endeudamiento eran grandes; y no sólo por su cuantía. Estamos hablando de un sector público cuya capacidad para obtener recursos era mucho menor que la que tienen los Estados en nuestros días.
La variable utilizada habitualmente para medir la carga de la deuda pública es la ratio deuda/PIB, que refleja el peso relativo del endeudamiento en la economía nacional. Pero caben otras formas de medición. Una de ellas –muy útil a la hora de analizar la capacidad de un Estado para pagar– es la ratio deuda/ingresos fiscales. Y aquí las diferencias entre el siglo XIX y la actualidad son muy relevantes. Un Estado cuyo peso en la economía sea, por ejemplo, el 15% del PIB y que recaude impuestos por una cuantía similar, tendrá mucho más difícil atender al servicio de la deuda que otro que recaude una cifra equivalente al 40% de su PIB. Gran Bretaña, antes de 1914, se encontraba cerca de la primera de estas magnitudes, mientras los Estados actuales se aproximan, en promedio, a la segunda.
Las dificultades para pagar una deuda del 250% del PIB parecían, por tanto, insuperables. Y, sin embargo, Gran Bretaña lo consiguió; y lo hizo con un sistema monetario muy estable, basado en el patrón oro, que hizo que la capacidad adquisitiva de la libra fuera prácticamente la misma en 1820 y en 1914. Es decir, al no haber existido inflación, el valor de la deuda no se redujo en términos reales, como consecuencia del crecimiento de los precios; lo que ocurrió, en cambio, con mucha frecuencia a lo largo del siglo XX. Pero, pese a estos factores, antes del estallido de la Primera Guerra Mundial, la deuda británica había caído por debajo del 40% del PIB. Un gran éxito de gestión, sin duda alguna.
¿Un mensaje de optimismo, por tanto? ¿Cabe pensar que nuestros Estados podrían hacer hoy algo similar? Me temo que no. Cuando se analizan las cifras del endeudamiento de los últimos años se observa que el crecimiento de la deuda pública no tiene en Europa precedentes en tiempos de paz. Es cierto que las guerras que asolaron el continente en el siglo pasado llevaron a los Estados a acumular deudas muy elevadas. Pero el mecanismo habitual era que, de una forma u otra, los gastos del estado se reestructuraban y el nivel del endeudamiento se reducía cuando la situación se normalizaba. Hoy las cosas son muy diferentes, sin embargo. No nos hemos endeudado para financiar guerras o grandes programas de obras públicas. Si hubiera sido así, sería más fácil hacer caer el gasto y generar los superávits presupuestarios necesarios para reducir la deuda. Lo que hemos hecho es endeudarnos para pagar los gastos ordinarios del Estado; y más concretamente, de un estado del bienestar que resulta muy difícil de mantener en su nivel actual.
La caída experimentada por la actividad económica a partir de 2008 se encontró con un gasto público muy rígido que, en contra de lo que suele decirse, apenas se redujo. De hecho, en muchos países –España, por ejemplo– la ratio gasto público/PIB creció en los años de la crisis.
Resulta difícil imaginar, por tanto, cómo se van a generar superávits presupuestarios en los años próximos, cuando las presiones, por parte de la opinión pública y de la mayoría de los grupos políticos, no se centran en controlar el gasto público, sino en ampliarlo; y casi todas las propuestas pasan por aumentar los impuestos, dando por supuesto que no se puede plantear siquiera una reestructuración global del gasto, que es los que nuestras economías realmente necesitan. La Unión Europea tiene muchos defectos, sin duda. Pero si desapareciera de un día para otro su control de los déficits públicos y, por tanto, de los gastos de los Estados, nuestra situación sería, ciertamente, aún peor. 

miércoles, 2 de noviembre de 2016

Subirá el gasto público

Javier Fernández-Lasquetty estima que dada la alianza entre el Partido Popular y Ciudadanos, el gasto público en España muy probablemente continuará aumentando, incluso partiendo desde un nivel ya alto.


Javier Fernández-Lasquetty es vicerrector de la Universidad Francisco Marroquín.
Mariano Rajoy va ser de nuevo presidente del gobierno español. Ha costado un año y un deterioro evidente del sistema político, forzado al máximo hasta conseguir que el parlamento se ajuste al candidato, en lugar de lo contrario. Ya lo ha conseguido: con los 137 diputados delPartido Popular (PP) y los 32 de Ciudadanos no alcanza la mayoría parlamentaria absoluta, pero la abstención de los diputados socialistas abre la vía a Rajoy para formar un nuevo gobierno. Se duda ahora si será un gobierno estable, si durará meses o años; todo hace pensar que no. Tampoco es fácil saber qué política hará el nuevo gobierno, con un programa de investidura y un pacto parlamentario escasamente concretos, que llegan poco más allá de la apelación a la necesidad de que España salga del impasse político e institucional. Poco se sabe, por tanto, pero hay algo que podemos dar por seguro: el gasto público aumentará, y probablemente no lo hará en una medida escasa, sino que crecerá mucho. Prepare la cartera, amigo contribuyente, y bienvenido a un mundo con muchos partidos en el que ninguno es liberal.
Más del 44 por ciento del PIB español está en poder del Estado, según datos de la OCDE del 2014. Ahí van las pensiones, los hospitales, las universidades públicas, los funcionarios públicos de todas las administraciones, etc. De cada 100 euros, 44 los maneja el sector público, quien evidentemente los extrae de los impuestos que pagan los ciudadanos. No partimos, por tanto, de un gasto público bajo, sino alto, muy alto. Sobre él va a haber una presión constante al alza. Lo poco que el Congreso le apruebe al gobierno de Rajoy va a costar mucho a todos, porque tanto Ciudadanos como el PSOE van a poner siempre como condición que haya más gasto, más servicios públicos, más subsidios. ¿Alguien imagina al Partido Socialista o a Ciudadanos supeditando su apoyo al gobierno a que éste reduzca subvenciones o elimine gratuidades financiadas con impuestos? El PSOE no lo hará, y menos aún con la extrema izquierda de Podemos vociferando en tono revolucionario a su lado. Ni tampoco lo hará Ciudadanos, que pudo haber sido un partido medianamente liberal, pero que eligió ser un partido socialdemócrata más. Basta ver el pacto que suscribió con el PP para permitir la elección de Rajoy.
Pero el propio PP no tiene en este momento un proyecto político de reducción del gasto público. Desde que Rajoy asumió el liderazgo de su partido se dejó de lado la política delibertad económica y responsabilidad individual. El máximo nivel de gasto público como proporción del PIB se alcanzó precisamente en estos años de gobierno de Rajoy, en 2012, cuando llegó al 48 por ciento.
Si el PP tuviera un proyecto político firmemente anclado a las reformas y a la reducción del gasto, podría en algo aguantar la presión de los demás partidos. En 1996 José María Aznartambién arrancó un período de gobierno con una precaria minoría y un incierto apoyo parlamentario. Tenía, sin embargo, un proyecto político liberal sólido y explícitamente defendido: bajar impuestos, privatizar y reformar. Al empezar su gobierno el gasto público era un 43% del PIB. Cuando se marchó lo había reducido a un 38%. Cinco puntos menos de peso del sector público, y cinco millones más de empleos creados en esos mismos años: ese fue el resultado de las reformas y de la austeridad.
Se cierra ahora una legislatura en la que Rajoy ha tenido una amplísima mayoría parlamentaria, suficiente para haber aprobado las profundas reformas que España necesita. No se han hecho, con excepción de la reforma del mercado de trabajo. Se ha perdido el tiempo a la vez que se desdibujaba el proyecto político. Ahora, a merced de una izquierda con capacidad para imponer más intervencionismo estatal y mayor gasto público, ha llegado el momento de ver las consecuencias.
Este artículo fue publicado originalmente en Libertad Digital (España) el 28 de octubre de 2016.

viernes, 2 de septiembre de 2016

Una foto de la deuda de España


Resultado de imagen de la deuda de España

Juan Laborda


De sobra conocen ustedes nuestro análisis. Lo que empezó siendo un problema de deuda privada ha acabado contaminando a la deuda pública. Detrás de la brutal expansión de nuestra deuda soberana no se encuentra en absoluto el interés de quienes nos gobiernan de mejorar nuestras condiciones de vida –educación, empleo, pensiones, sanidad, dependencia, vivienda,…-. Ni siquiera son conscientes de que ahora, en una recesión de balances privados, la política fiscal activa, bajo un régimen de soberanía monetaria, es el único instrumento de política económica que permitiría reactivar de manera permanente el ciclo económico y reducir las tasas de desempleo actuales. La mitad del incremento de la deuda pública se ha destinado a financiar a terceros, concretamente al sector bancario. Ello ha ido acompañado por un proceso de deflación salarial que ha acabado disminuyendo la renta disponible de las familias. En este contexto, la situación de los balances bancarios y el déficit de capital, siguen siendo preocupantes.
El problema es que a fecha de hoy sigue sin entenderse la naturaleza endógena del dinero, y una máxima que introdujo el profesor Amir Sufi, coautor del libro House of Debt, en su comparecencia, el 17 de septiembre de 2015, ante el Comité del Senado de los Estados Unidos sobre Banca, Vivienda y Asuntos Urbanos, donde afirmó que “el crecimiento del crédito sin crecimiento de la renta es una receta para el desastre”.
Es en este contexto en el que hay que encuadrar unas afirmaciones tajantes, inusuales en dos economistas profundamente ortodoxos como son Carmen Reinhart y Kenneth RogoffEn su artículo Financial and Sovereign Debt Crises: Some Lessons Learned and Those Forgotten, señalaban que “… Las causas que originaron la actual crisis económica no solo no se han corregido sino que han empeorado. Los niveles extremos de deuda implican quiebras al estilo de los años 30. … La carga de la deuda en los países desarrollados se ha convertido en un evento extremo utilizando cualquier medida histórica y requerirán una ola de condonaciones de deuda, negociadas o no”. Ello es especialmente cierto en países que carecen de soberanía monetaria, entre ellos los que forman parte de la zona Euro. En ese caso la deuda se convierte en un arma de destrucción masiva, de imposición. ¡Qué se lo digan a los griegos! Pero conviene actualizar los datos y ver donde estamos realmente ahora. Para ello actualizamos la evolución de la deuda de nuestro país a partir de los datos publicados por Banco de España y recogidos, dentro del apartado de estadísticas, en el epígrafe cuentas financieras de la economía española, concretamente en el capítulo 2. En los cuadros 1-4 presentamos los datos actualizados con los últimos datos disponibles, primer trimestre de 2016.
Cuadro 1.- Evolución Deuda de España por sectores, 2008-actualidad (millones de euros)
En el cuadro 1 se recoge la evolución Deuda de España por sectores en millones de euros. Se observa como desde 2008 la deuda privada se ha reducido en casi 764.000 millones de euros, normal en un proceso de desapalancamiento de familias, empresas y entidades financieras. Por el contrario, se ha producido un fuerte incremento de la deuda pública, en casi 931.000 millones de euros desde el inicio de la crisis. Ello se debe básicamente a dos razones. Por un lado, la intensa recesión de balances acelerada por las políticas económicas implementadas desde mayo de 2010, y que activaron los estabilizadores automáticos. Por otro, a un incremento del stock de deuda pública correspondiente a fondos que se destinan no a sufragar gastos operativos corrientes o de capital, sino a ser nuevamente prestados a terceros (rescate bancario).
En el cuadro 2 se recoge y estudian dos fotos fijas para analizar la evolución de los acreedores de nuestra deuda pública: por un lado cierre de 2008; por otro, el último dato disponible correspondiente al primer trimestre de 2016. En él se pueden observar varias tendencias interesantes e inquietantes.
Cuadro 2.- Acreedores de la Deuda Pública de las Administraciones Públicas
En el momento actual el mayor acreedor de las administraciones públicas es el sistema financiero español, cuya posición acreedora con las AA.PP. representa el 45% del total. El segundo mayor acreedor de las AA.PP. es el resto del mundo, casi el 39% del total. El Estado Central se ha convertido en el principal acreedor del resto de administraciones públicas –CC.AA. y ayuntamientos- en términos de préstamos concedidos.
En los cuadros 3 y 4 se recogen y estudian dos fotos fijas, cierre de 2008 y el último dato disponible, primer trimestre de 2016, para ver cómo ha evolucionado lo que debemos al resto del mundo, nuestra deuda externa, su cuantía y qué sectores patrios son quienes tienen esas deudas con el exterior.
Cuadro 3.- Deuda Externa España a cierre de 2008
Cuadro 4.- Deuda Externa España a cierre de primer trimestre de 2016
Según el último dato disponible, primer trimestre de 2016, la deuda externa supera los 1,15 billones de euros, cifra que representa cerca del 106% del PIB español. Esta cantidad significa el 28% de la deuda en su conjunto de la economía española. El resto es deuda entre sectores residentes. La cifra es muy parecida a 2008, un poco más alta, pero la composición ha variado drásticamente. El 48% de la deuda externa corresponde ahora al sector público, frente al 20% de 2008. Por el contrario, las deudas que nuestras entidades financieras deben al exterior representan “solamente” el 26% del total de nuestra deuda externa, frente al 54% en 2008. Mientras, la deuda externa de las sociedades no financieras representa el 26% del total de la deuda patria con el exterior, cifra casi idéntica a 2008. Lo que estos datos confirman es por qué desde el exterior, con el apoyo entusiasta de las élites bancarias, se impuso una política de austeridad. Se trataba de disponer recursos públicos para destinarlos a financiar a terceros, a ellos.
La excesiva deuda total (4,1 billones de euros) y externa (1,15 billón de euros) nos hace tremendamente vulnerables a un aumento de la aversión al riesgo en los mercados financieros o a un cierre del grifo del BCE (ambos, aversión y grifo del BCE, están interconectados). En ese caso España entraría en un círculo vicioso. En el trasfondo de todo, la salida en falso de la actual crisis sistémica. En su momento no se hizo aquello que era óptimo y eficiente, económica y socialmente, para hacer frente a los orígenes y las causas que llevaron a la economía mundial a la actual crisis sistémica. Se prefirió ganar tiempo y defender los intereses de quienes la generaron, la élite bancaria. Por eso ahora estamos en una situación parecida a 2007. El pensamiento gregario dominante en la Eurozona tiene un carácter destructivo al imponer recetas cuyos supuestos macroeconómicos fundamentales no se basan en la realidad. ¡Queda claro que algo no funciona!

jueves, 1 de septiembre de 2016

El déficit público se desboca en la primera mitad de 2016

El déficit público se desboca en la primera mitad de 2016

El déficit público sube un 13% hasta mayo, superando los 26.000 millones. Y el agujero estatal empeora en julio.


Manuel Llamas


España incumplió, un año más, los objetivos de déficit marcados por Bruselas en 2015, tras registrar un agujero fiscal del 5% del PIBfrente al compromiso del 4,2%. Por esta razón, el Gobierno en funciones de Mariano Rajoy volvió a negociar con la Comisión Europea una nueva relajación del proceso de consolidación fiscal a fin de poder cumplir este año, acordando el umbral en el 4,6% del PIB para 2016.
Sin embargo, los datos de ejecución presupuestaria correspondientes al primer semestre no llaman al optimismo, más bien al contrario. De mantenerse la actual tendencia, España no sólo incumplirá de nuevo el objetivo, sino que repetirá e incluso podría superar el descuadre fiscal de 2015.
El Gobierno Central, las CCAA y la Seguridad Social acumularon un agujero fiscal de 26.007 millones hasta mayo, lo que supone un aumento del 12,8%respecto al mismo período de 2015. A falta de conocer el saldo de las Corporaciones Locales, esta cifra equivale al 2,32% del PIB (0,19 puntos más que un año antes). Y lo más grave es que el déficit primario -descontando el pago de intereses- se situó en 13.286 millones de euros (1,19%,), casi 4.000 millones más que en mayo de 2015.

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El déficit de la Administración Central subió un 11,6%, hasta los 23.754 millones, cifra equivalente al 2,12% del PIB, 0,15 puntos porcentuales más que el año anterior; la Administración Regional, por el contrario, redujo su déficit en un 24,8%, con un resultado negativo de 4.031 millones, frente a 5.358 millones en 2015; mientras que los Fondos de la Seguridad Social registraron un superávit de 1.778 millones, inferior en un 50,3% respecto al resultado de 2015.

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Y lo peor de todo es que los últimos datos disponibles tampoco apuntan una mejora en los meses posteriores. Así, el déficit del Gobierno Central alcanzó los 29.842 millones hasta julio, lo que supone un incremento del 19,6% interanual. Esta cifra equivale al 2,66% del PIB y supera en ocho décimas el objetivo previsto por dicha Administración para el conjunto del año.
Según el Ministerio de Hacienda, esta situación se debe a una caída de los ingresos del 6,9%, hasta un total de 94.194 millones, que se compensa parcialmente con un descenso del 1,6% de los gastos, fijados en 124.036 millones.

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El departamento que dirige como ministros en funciones Cristóbal Montoro se justifica por la liquidación del sistema de financiación autonómica, al resultar a favor de las CCAA por importe de 6.967 millones y de las corporaciones locales por 924 millones. El mayor déficit para el Estado fruto de estos movimientos "se verá compensado por la mejoría de los saldos en las comunidades autónomas y de las corporaciones locales que se publicarán el siguiente mes", explica Hacienda.
Aún así, de no contabilizarse el efecto de estas operaciones, el déficit del Estado tan sólo caería un 8,4% interanual respecto a julio de 2015, con lo que el ajuste sería mínimo e igualmente insuficiente para lograr los objetivos comprometidos. Además, el déficit primario del Estado, que excluye el pago de intereses devengados, fue de 13.363 millones, cifra que equivale al 1,19% del PIB, un 76% más que un año antes.

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Por último, a finales de julio, las cuentas de la Seguridad Social presentaron undéficit de 5.721,48 millones (0,51% del PIB), un aumento interanual del 29,3%,según los datos de ejecución publicados el miércoles. Este déficit es la diferencia entre unos ingresos no financieros de 74.021,33 millones de euros y unos gastos de 79.742,81 millones de euros.
Así pues, sin contar el saldo de la Administración Local, cuya publicación es posterior, tanto los datos consolidados hasta mayo como las cifras de ejecución del Gobierno Central y la Seguridad Social disponibles hasta julio muestran un sustancial deterioro de las cuentas públicas en la primera mitad del año, incompatible, una vez más, con el cumplimiento de los objetivos de déficit comprometidos con Bruselas (4,6% en 2016).

Más deuda, más madera

Daniel Lacalle




“They told me everything was guaranteed; somebody somewhere must’ve lied to me. One of these days I´m gonna pay it back… One of these days” Elvis Costello
La noticia de la semana es que la deuda pública alcanzaba un 100,9% del PIB tras sumar en junio otros 18.549 millones de euros… Que esa noticia coincida con la caída de la prima de riesgo a mínimos (por debajo de 100 puntos), puede sorprender, aliviar, preocupar o contentar, depende de cómo se mire. España se financia a mínimos históricos, y emite a corto plazo a tipos negativos, y no es “solo por el BCE”.
Pero que el coste de la deuda sea bajo, y que muchos otros países también incurran en déficits no debe hacernos olvidar el riesgo de tomar más deuda con un crecimiento del PIB real inferior al déficit anual.
La deuda sí importa, aunque el coste sea ínfimo. Japón lleva dieciséis años con tipos ultra-bajos, financiándose a casi cero, y se gasta el 22% del presupuesto anual en pagar intereses.
Imprimir todo lo que se quiera no reduce el riesgo. Lo aumenta, sobre todo cuando no se es moneda reserva global y no se cuenta con un mercado secundario que lo acepte y valore. Argentina tenía una prima de riesgo disparada a 1.000 puntos básicos imprimiendo para “el pueblo”.
Más deuda no es más crecimiento. En los últimos seis años la deuda pública global ha aumentado y el crecimiento se ha ralentizado, hasta llegar a los pobres niveles actuales. En 2008 la deuda pública global sumaba 32 billones de dólares, hoy es de más de 56. Una cifra superior a 24 billones de dólares de aumento de deuda pública, más de 58 billones de dólares de aumento de deuda total, para un crecimiento para un aumento de PIB global de 8 billones. Un resultado que no es pobre, es paupérrimo, y peligroso.
Más deuda es mayor fragilidad. No existe un solo país de los que han tomado la senda del déficit exagerado que pueda sobrevivir a una subida de tipos del 1% sin sufrir una enorme crisis.
La deuda española no ha aumentado por el rescate a las cajas públicas ni cosas del estilo. La deuda pública ha aumentado en 700.000 millones de euros y dicho “rescate” no llega a 63.000 millones. Ni se ha “transferido deuda privada a pública”. La deuda privada ha bajado en 300.000 millones durante la crisis, pero la pública se dispara en 700.000 millones “porque hay márgen”.
Más déficit y deuda ahora supondrá más recortes a futuro. Por mucho que se monetice esa deuda, sea por el impacto en el crecimiento o a través de inflación desbocada, se empobrece a las generaciones futuras. El que piense que solo hay que seguir endeudándose y luego hacer impago olvida el brutal impacto sobre la economía real (lean “las consecuencias reales de un impago”)
Lo que queda muy claro es que la política de bajar tipos y aumentar deuda no solo no genera los niveles de crecimiento deseados, sino que el crecimiento global se ha reducido a casi la mitad de su potencial.
La deuda y los déficits excesivos no “apoyan” el crecimiento, lo limitan. Los “keynesianos selectivos” se han olvidado de que el gasto corriente no genera crecimiento y que Keynes hablaba de inversiones con rentabilidad real, no comités y despilfarro.
Es importante entender que el crecimiento de la deuda no se dispare por encima del PIB real, porque de ser así la capacidad de repagarla, aunque baje el coste, empeora.
El nivel de deuda de España se ha incrementado un 3,3% en lo que llevamos de 2016, el Gobierno espera que se vaya reduciendo hasta el 99,1% por el crecimiento del PIB y que baje al 96% en 2019. Esperemos que la ejecución presupuestaria no nos vuelva a llevar a los errores de gastar más.
¿CÓMO NO SE REDUCE LA DEUDA?
Parece de Perogrullo, pero en este país hay que recordarlo. La deuda no se reduce gastando más.
El enorme riesgo que corremos con coaliciones débiles es que se acuda a los tradicionales unicornios de que hay que gastar más y subir impuestos “a los ricos” (recuerden, dos y dos nunca suman veintidós) .
Fiar la reducción del déficit al crecimiento económico es peligroso, porque las administraciones públicas lo aprovechan para gastar mucho más (lo vimos en 2015, a pesar del aumento de ingresos, los gastos se dispararon).
Fiar la reducción del déficit a nuevos impuestos o ingresos fiscales es peligroso, porque se hacen gastos muy reales y ciertos con estimaciones que luego no se cumplen. La media de error en ingresos estimados por impuestos en España es de entre un 1% y un 1,8% del PIB.
Apostar a reducir el déficit el año que viene y no éste lleva a agrandar el agujero. Ese déficit “relajado” se suma a la deuda ya acumulada, y un año más de relajación es un año menos de estar preparados para cuando los tipos suban o se acabe el gas de la risa monetario.
Jugar a que gastando más se reduce la deuda es una inmoralidad y además una falacia, cuando está demostrado que el multilicador del gasto público es nulo o negativo en economías abiertas y endeudadas sobre todo cuando se aumentan los gastos corrientes, como exigen algunos.
La deuda se reduce gastando menos de lo que se ingresa, sea cual sea la cifra de recaudación. No gastando hasta haberlo ingresado. Presupuesto base cero y criterio de caja. Reduciendo duplicidades y priorizando en los servicios esenciales.
Si no ponemos en marcha mecanismos reales de control presupuestario, este debate será eterno.
Hay mucho postureo. Esos que se indignan por la alta deuda y a la vez exigen gastar más. Esos que piden relajar el déficit y a la vez critican el endeudamiento, que es lo mismo. Esos que dicen que monetizar lo soluciona todo y ven que los países que lo hacen empeoran o se hunden.
Todos ellos dicen que no importa porque los tipos son bajos. Verán que risa si no se reducen los desequilibrios, cuando tengan que refinanciar a tipos superiores, y encima emitir más.
Para entonces, ya les digo yo a quién le echarán la culpa. A los mercados. A los mismos a los que hoy se consideran estupendos porque compran bonos a tipo negativo.
Copiar a los estados deficitarios sin replicar su flexibilidad, atracción de capital y mercado es una locura. Porque cuando suban los tipos, los países líderes en atracción de capital, que son moneda reserva global y tienen un mercado secundario flexible y potente, no lo sufrirán. Los que lo sufren son los que juegan a “hacer como Obama” para gastar y endeudarse y no en libertad económica y flexibilidad.
España ha reducido sus desequilibrios enormemente. Hemos hecho un ajuste de 10 puntos de déficit comercial y se ha reducido el déficit fiscal un 44%. No lo estropeemos. Aprovechemos que los tipos son bajos para eliminar los desequilibrios estructurales sin acudir a unicornios.
La reducción de deuda no es un cuento político ni un arma arrojadiza. Necesita de la cooperación de comunidades autónomas y de todos los entes públicos, Si no, nos encaminaremos a otro shock de deuda. Y dirán que nadie lo advirtió.

sábado, 27 de agosto de 2016

¿Volverán a subir los impuestos?


Daniel Lacalle


“We could take the money home, sit around the family throne, my old dog could chew his bone and for two weeks we could appease the Almighty” Richard Palmer-James, John Wetton

Una semana como la pasada nos puede parecer tranquila, pero se han generado más noticias relevantes de lo que las merecidas vacaciones de muchos pueden sugerir. La llamada a una reunión de la OPEP para tratar el “problema” de los precios del crudo se muestra, como es habitual, más una cuestión de imagen que de verdadero compromiso. La OPEP ha registrado en julio un nivel récord de producción, y entre ellos, Arabia Saudí a máximos. Pero lo que es relevante es que la Agencia Internacional ha vuelto a revisar a la baja las expectativas de demanda de 2017. Nos muestra que la ralentización global es evidente.
Los datos de crecimiento de la eurozona también muestran debilitamiento. Italia vuelve al estancamiento con crecimiento cero, y el crecimiento de la eurozona en el segundo trimestre se situó en un pobre 0,3%, la mitad que en el primer trimestre.
Mientras, en España se mueven las negociaciones para acabar con un bloqueo político que ya resta al crecimiento y la creación de empleo potencial, a pesar de que nuestras cifras son mejores a las de los socios comunitarios.
EL ASALTO INTERVENCIONISTA
La semana arrancaba con el asalto de los intervencionistas a las bajadas de impuestos. Es cuando menos hilarante que los economistas que se llenan la boca de atacar los argumentos contrafactuales sean los primeros en usar esos mismos argumentos con los ingresos fiscales.
LA REALIDAD. BAJAR IMPUESTOS FUNCIONA
Gracias a la recuperación económica y a reducir el esfuerzo fiscal de los españoles, que sufrieron la subida de impuestos y merecían una bajada, la Administración ingresó por tributos un 5,2% más que en 2014 hasta llegar a los 242.265 millones de euros, una cifra que no recaudaban las arcas públicas desde 2007.
En plena burbuja inmobiliaria, con ingresos extraordinarios por ese concepto superiores a los 40.000 millones de euros anuales, se recaudaron 267.610 millones de euros. Es decir, que a pesar de que los beneficios empresariales en España siguen por debajo de los niveles de 2007 y que hemos perdido esos ingresos ficticios de burbuja, recaudamos a nivel récord.
Los intervencionistas dicen que bajaron los ingresos porque se bajaron los impuestos. Aunque el año pasado el Gobierno bajó el Impuesto sobre la Renta y el de Sociedades, se recaudaron por estos conceptos 105.570 millones, un aumento del 4% respecto a 2014. Más que el crecimiento del PIB nominal, más que el aumento de salarios reales y más que la subida de beneficios en España de las empresas no financieras.
En los primeros seis meses de 2016, las empresas del Ibex han registrado una reducción de beneficios del 20%… Y se mesan los cabellos por una caída de la recaudación de menos del 2%.
Decir que no se pueden bajar impuestos porque hay déficit es una falacia. España ha sido deficitaria todos los años desde 1980 menos tres, los de la burbuja inmobiliaria, porque cuando suben los ingresos, se gasta más de lo ingresado, y cuando bajan, también.
EL IMPUESTO DE SOCIEDADES. ATACAR A LAS EMPRESAS
En toda la negociación sobre la investidura, se le ha dado poca relevancia a la propuesta -equivocada donde las haya- de atacar al Impuesto de Sociedades eliminando deducciones. Fíjense qué curioso, España es un país donde los intervencionistas claman contra las deducciones, pero no dicen una palabra sobre las subvenciones (casi 10.000 millones de euros anuales).
¿Y qué se va a conseguir eliminando deducciones del Impuesto de Sociedades?
Argumentan que se recaudarían 4.500 millones más. Por supuesto, un cálculo extra-optimista que asume que nada cambiaría en la inversión y la entrada y creación de empresas. En España, la media de error en el cálculo de ingresos por cambios tributarios es de un 1% del PIB hasta un 1,7%. Casi nada. Para creérselo. Eso sí, de las subvenciones, ni palabra.
¿Por qué se demonizan las deducciones y se calla sobre las subvenciones? Porque las primeras no dan poder al político y las segundas son fuente de favores y prebendas.
Todo esto viene de la falacia de que las grandes empresas no pagan casi impuestos. Si uno hace la media entre empresas en pérdidas y otras en beneficios, la media sale muy baja. Cuando en España metes en ese cálculo a bancos (que acumulan DTAs, activos fiscales diferidos) y empresas con pérdidas en España, la tasa efectiva sale tramposamente baja. La media de tipo efectivo corregido sale un 22%. Pero vamos a ver qué van a “eliminar” cuando dicen que el Impuesto de Sociedades es un “coladero”:
Empecemos por lo que no van a tocar. No van a tocar al sector del automóvil, agrícola, constructor, renovable o industriales subvencionados, cuya tasa efectiva es más baja que la media. Y, por supuesto, no van a tocar a los bancos, ya que eliminar los DTAs mencionados supondría su quiebra en cadena. Con ello el espejismo de los 4.500 millones de supuestos ingresos ya desaparece. Pero la evidencia de los casi 10.000 millones de subvenciones permanece.
Entonces, ¿qué deducciones van a eliminar?
Deducción por I+D+i, que permite desgravar el 17% de los gastos del personal investigador y un 8% de las inversiones realizadas menos la compra de inmuebles.
Deducción por inversión de beneficios en nuevo equipamiento e inmovilizado, que permite deducir entre el 5% y el 10% de la cuota íntegra.
Deducción por gastos de formación profesional, o por creación de empleo para trabajadores con discapacidad, que son mínimas.
Deducciones por creación de empleo indefinido.
Es decir, con la mentalidad de Sheriff de Nottingham de recaudar la siguiente moneda de lo que quede, sus señorías van a cargarse la inversión en investigación y la mejora de la calidad del empleo, pero no el agujero de estudios inútiles y entes deficitarios, que son públicos y sacrosantos.
Nos habíamos olvidado de la deducción por inversiones en producciones cinematográficas y series audiovisuales, que ha conseguido reavivar el moribundo sector audiovisual plagado de subvenciones a películas que nadie ve, y ha conseguido ocho de cada diez éxitos de taquilla.
Pues da igual, se ha decidido que son muy malas y se pondrá, de nuevo, palos al cambio de patrón de crecimiento y la investigación productiva en aras del afán recaudatorio. Seguro que lo solucionan aumentando presupuesto en alguna partida.
El problema de la recaudación en España no es de deducciones, ni de subir impuestos. Es de tener más y mejores empresas que generen mayores beneficios. El problema de España es que la inmensa mayoría de las empresas son pequeñas y medianas, de hecho, la mayoría son microempresas, que sus beneficios son ultra cíclicos y muy frágiles, y que las grandes empresas no han conseguido recuperar su cifra de beneficio en España.

beneficios empresas

España recauda menos por Impuesto de Sociedades con respecto al PIB porque los grandes contribuyentes a ese impuesto llevan años de pobres resultados en nuestro país, y porque nos faltan más empresas y que crezcan mucho más. Solo empezamos a sacar la cabeza.
Cuando tienes una economía cíclica y de pequeñas empresas, y las grandes industrias siguen en proceso de recuperación, no puedes cargar al sistema de costes fijos y echar la culpa a los ingresos. Es la receta para nunca salir del agujero.
Eliminando deducciones no solo no se va a recaudar la cifra antes mencionada de 4.500 millones, que encima ni soluciona el déficit, sino que pone mayores palos aún al cambio de patrón de crecimiento. Tiene un impacto doble de incidencia económica: desincentiva la inversión productiva y con rentabilidad real, y supone perpetuar la ineficiente asignación de recursos a los sectores de baja productividad. En definitiva, eliminar las deducciones para perpetuar las subvenciones simplemente nos lleva a seguir donde estamos desde 1980. Y a echarle la culpa a los ingresos del gasto improductivo.
El riesgo de que los acuerdos de gobierno vuelvan a centrarse en subir impuestos, sea eliminando deducciones o subiendo cuotas, es alto. Lo que no podemos olvidar es que el resultado sería el mismo que en el pasado. Empeorar.

viernes, 26 de agosto de 2016

Los bajos tipos y el déficit desbocado explican el récord de deuda de España

Detrás del máximo histórico que alcanzó la deuda pública en junio están el intento del Gobierno de aprovechar los tipos mínimos actuales y la necesidad de financiar el déficit

EDUARDO SEGOVIAFoto: Mariano Rajoy da una palmada en la espalda a Cristóbal Montoro en el Congreso en 2015. (EFE)

Que la deuda pública haya alcanzado un récord histórico de 1,107 billones de euros ('trillions' anglosajones), el 100,9% del PIB, es obviamente una noticia negativa. Sin embargo, detrás no sólo hay motivos preocupantes -la necesidad de financiar un déficit superior a las previsiones oficiales-, sino también otros más positivos: el aprovechamiento de los tipos de interés de la deuda en mínimos históricos para lanzar emisiones más baratas y reducir los gastos financieros del Estado, o el alargamiento de los plazos de vencimiento de las emisiones, que reducirá la necesidad de emitir en los próximos años.

Hay que alimentar al monstruo del déficit

Como es sabido, la deuda pública se emite para financiar el exceso de gasto público sobre los ingresos por impuestos. Por tanto, si el déficit es mayor del esperado, las administraciones deben lanzar más emisiones (pedir más dinero prestado), lo que incrementa el volumen de deuda pública. Y ese es, al final, el principal motivo del récord que se registró en junio. El objetivo oficial de déficit para este año es del 3,6%, pero la AIReF (Autoridad Independiente de Responsabilidad Fiscal) ya alertó el mes pasado de que, en el mejor de los casos, nos quedaremos en el 4,1%; y en el peor, llegaremos al 4,7%. En el primer escenario, la deuda pública se situaría en el 99,6%, mientras que en el segundo, superaría el 100%.
Esta desviación obedece a varios motivos, pero entre ellos destacan el deterioro de las cuentas de la Seguridad Social (debido a la caída de las cuotas y a que las prestaciones están en máximos), la financiación del exceso de gasto de las comunidades autónomas con medidas como el FLA (Fondo de Liquidez Autonómica) extraordinario, aprobado justo antes de las últimas elecciones, o la negativa del Gobierno de Mariano Rajoy a reducir el consumo público. Por último, como denunciaba Ignacio de la Torre en El Confidencial, no hay que menospreciar el efecto electoral, que siempre lleva a incrementar el gasto por parte del partido en el poder -tanto en la Administración central como en las autonómicas- en busca de votos.

Hacer despensa con los tipos mínimos

Ahora bien, la financiación del déficit se puede hacer con emisiones más o menos repartidas a lo largo del año. Y aquí el Ejecutivo ha decidido aprovechar el entorno actual de tipos de interés de la deuda pública, en mínimos históricos -el bono a 10 años está por debajo del 1%-, para concentrar ahora las ventas de deuda y aprovechar este entorno por si acaso vienen mal dadas en los próximos meses. Malas noticias de China (una caída de reservas, por ejemplo) o, simplemente, la esperada subida de tipos en EEUU pueden dar al traste con esta situación de ensueño. Y entonces podrá permitirse el lujo de no vender bonos.
El presidente del Banco Central Europeo, Mario Draghi. (Reuters)
El presidente del Banco Central Europeo, Mario Draghi. (Reuters)
Esto explica también que las nuevas emisiones se estén concentrando en los plazos más cortos, donde las rentabilidades ya son negativas; es decir, el Estado cobra por pedir prestado dinero, en vez de pagar. Detrás de este escenario, se encuentran las compras masivas de bonos por parte del BCE, que tienen manipulado el mercado, que ni siquiera refleja en la prima de riesgo el bloqueo político de nuestro país. La concentración de las emisiones ha disparado el volumen de deuda en junio, pero a cambio reducirá el coste financiero de los intereses que el Estado tendrá que pagar por dicha deuda en el futuro. Y ese coste computa como déficit público, luego este se reducirá por esta vía. 

Alargar los vencimientos

Otro objetivo positivo que busca esta estrategia del Tesoro es alargar los plazos de vencimiento de la deuda, es decir, ganar tiempo antes de tener que devolverla o -lo más habitual- refinanciarla con nuevas emisiones. Así, la duración media del 'stock' de deuda española ha pasado de cuatro años a seis y medio. Se trata también de una medida de prudencia por si en el futuro España vuelve a tener problemas para financiarse en los mercados; algo que parece impensable ahora mismo, pero que no se puede descartar si se enquista la ingobernabilidad, si hay una crisis financiera grave en Italia o si la propia Unión Europea empieza a ser cuestionada tras el Brexit. El recuerdo de lo ocurrido en 2012 aún está muy fresco en nuestros gobernantes.

El vaciamiento de la hucha de las pensiones

La ministra de Empleo y Seguridad Social, Fátima Báñez. (EFE)
La ministra de Empleo y Seguridad Social, Fátima Báñez. (EFE)
Un factor menos conocido pero también importante es el impacto que tienen las continuas retiradas de dinero del fondo de reserva de la Seguridad Social (la hucha de las pensiones) por la falta de fondos para hacer frente a su pago; el mes pasado, el Gobierno metió la mano dos veces, una para sacar 8.700 millones y otra para retirar otros 1.000. Este fondo está invertido básicamente en títulos de deuda pública española y, mientras los tiene en su poder, no computan como deuda pública, según las normas europeas (el llamado procedimiento de déficit excesivo). Pero cuando vende estos valores para poder facilitar la liquidez que le pide el Ejecutivo, sí computan. Eso también explica el incremento de junio y, previsiblemente, hará lo propio en julio.

¿Hay alguna solución?

La más evidente es reducir el gasto público o subir los impuestos para disminuir el déficit público y, en consecuencia, la necesidad de emitir deuda para financiarlo. Pero no parece que el Gobierno central y los autonómicos -que están incrementando el gasto sanitario- estén por la labor. Al contrario: con la ausencia de Gobierno, la amenaza es un descontrol todavía mayor del gasto.
Pero hay una esperanza, que es la inflación. La subida de los precios es buena para los agentes endeudados, puesto que deflacta la deuda, es decir, esta valdrá menos en el futuro. De hecho, el objetivo de las medidas extraordinarias del BCE es crear inflación para dinamizar las achacosas economías europeas. Y empiezan a dar frutos: la inflación subyacente en España (la que no incluye el petróleo) ya se encuentra en el 0,9%. Y si el crudo se estabiliza o incluso empieza a repuntar, como espera la OPEP, este crecimiento comenzará a trasladarse al IPC.