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domingo, 21 de mayo de 2017

Essential Rothbard, resumen del libro

 




Este es un resumen realizado por Francisco Ibero de capítulos y fragmentos del libro The Essential Rothbard escrito por David Gordon (Ludwig von Mises Institute; 1st edition – February 26, 2007). Este libro marca un hito en la tradición rothbardiana: la primera, completa y rigurosa biografía intelectual de Murray N. Rothbard, una que tiene una mirada sincera a sus papeles públicos y privados para cubrir no sólo su pensamiento económico, sino también su método histórico, su ideología política, las perspectivas culturales rothbardianos y la teoría social, y guía al lector a través de toda su vasta producción. Incluso incluye un completo (y masivo) bibliografía. La belleza de este libro consiste en su investigación original (David Gordon tuvo pleno acceso a la correspondencia privada de su tema) y también de su brevedad. Se puede consultar el libro online en PDF en idioma inglés.

Los primeros años

Rothbard nació en 1926. Desde niño fue un estudiante brillante. Su desempeño en Columbia, donde se graduó en matemáticas y economía, fue estelar.
En Columbia le impresionó profundamente el filósofo Ernest Nagel. Este enfatizaba el análisis cuidadoso de los argumentos. En la clase de filosofía de las ciencias sociales Nagel criticaba a la escuela institucionalista por su oposición a la teoría económica. Los institucionalistas no aceptaban leyes económicas universales, sólo relativas a situaciones históricas específicas.
Según Nagel, una teoría debía explicar y predecir. Rothbard siempre aceptó la primera función pero no la segunda.
Aunque en Columbia casi todos los profesores eran institucionalistas, George Stigler no lo era. Stigler había escrito, junto con Milton Friedman, un trabajo en contra de los controles de precios que impresionó a Rothbard.
Rothbard recibió información sobre la Foundation for Economic Education y visitó sus oficinas. Allí conoció a Leonard Read, su fundador, y a F. A. Harper, economista y filósofo social. Además conoció a Mises. Cuando apareció Human Action en 1949, Rothbard devoró el libro. Participó en el seminario de Mises en New York University, siendo uno de los más destacados participantes.
Rothbard hizo los estudios de doctorado bajo la dirección del eminente historiador económico Joseph Dorfman, autor de la obra en varios volúmenes The Economic Mind in American Civilization. Rothbard recibió su doctorado en 1956. Su tesis doctoral The Panic of 1819 permanece hasta hoy como un clásico de historia económica.
En la medida en que profundizó en su comprensión del libre mercado, Rothbard se enfrentó con un dilema. Si argumentos convincentes mostraban que el mercado podía producir todo tipo de bienes y servicios mejor que el Estado, ¿por qué habría que hacer una excepción en el caso de la defensa y la justicia? ¿Por qué hay que suponer que en estos casos un monopolio coercitivo superaría al mercado?
Rothbard se dió cuenta de que, o tenía que rechazar el libre mercado o abrazar el anarquismo individualista. La decisión la tomó en el invierno de 1949 y no le resultó difícil. En este tema Rothbard fue muy influido por varios anarquistas del siglo diecinueve, como Lysander Spooner y Benjamin Tucker.
También le impresionaron las ideas de Gustave de Molinari sobre cómo podría funcionar un sistema privado de protección :”Si la libre competencia ofrece a los consumidores los servicios más eficientes, y el monopolio es siempre malo, ¿por qué no se aplicaría esto al servicio de defensa? El defendía que empresarios independientes podrían ofrecer los servicios en los distritos rurales, mientras que las grandes compañías de seguros podrían hacer lo propio en las ciudades”.
( David Gordon, The Essential Rothbard, Pag. 9-13 )
Man, Economy, and State
El William Volker Fund, el principal grupo que financiaba a académicos liberales, encargó a Rothbard la redacción de un libro de texto, apropiado para universitarios, en un lenguaje más sencillo que Human Action de Mises. El resultado fueron los dos volúmenes de MES publicados en 1962, cuando Rothbard contaba 36 años.
Mises hizo una revisión muy favorable del libro, lo que tiene su importancia dado que era un crítico formidable.
Rothbard estaba totalmente de acuerdo con el método deductivo de Mises, partiendo del axioma de la acción. No obstante , su visión era sutilmente diferente. Según Rothbard, no sólo vemos que los seres humanos actúan, sino que entendemos que esta es una característica necesaria de la naturaleza humana. Esta es una visión aristotélica y escolástica, en contraste con la kantiana de Mises.
Rothbard rechazó el uso de las pruebas matemáticas tan corriente entre los neoclásicos, que pretendían sustituir los conceptos de causa y efecto por los de determinación mutua y equilibrio.
Rothbard defendió que el argumento de Mises sobre el cálculo socialista no trataba, en esencia, sobre el socialismo. Por ejemplo, una firma privada que controlase toda la economía sería igualmente incapaz de calcular, ya que no existiría un verdadero mercado.
También defendió que en un mercado libre no existe tendencia hacia el monopolio, y que el concepto de precio monopolístico no tiene ningún sentido porque no hay forma de distinguirlo del precio competitivo. En este tema atacó sin piedad las teorías de Joan Robinson y Edward Chamberlin.
En la teoría del capital, Rothbard concedió una especial importancia a la unificación de la brillante teoría de la renta de Frank Fetter con la teoría de la preferencia temporal del interés y la teoría austriaca de la estructura de la producción.
Rothbard criticó a fondo los fundamentos de la economía keynesiana. En su base tiene un supuesto falso. Keynes defendió que el gasto total podía ser demasiado bajo como para mantener el pleno empleo. Pero si hay desempleados, ¿no estarán dispuestos a trabajar por salarios menores? ¿Cómo puede existir un desempleo continuado en un mercado libre?
Keynes asumió que los salarios no podían caer. Pero si el gobierno aumenta el gasto, y los salarios monetarios se mantienen, los salarios reales caen.
Para eliminar el desempleo, los salarios deben caer. Pero los keynesianos argumentaban que, aunque caigan los salarios, el desempleo puede mantenerse.
La demanda de efectivo de los empresarios puede limitar las inversiones. Rothbard explica que Keynes se equivoca al pensar que la demanda especulativa de dinero determina la tasa de interés. Por el contrario, es una respuesta especulativa. No es preferencia por la liquidez sino especulación respecto a los cambios de precios. Rothbard argumenta que esta especulación no es una fuente de inestabilidad sino que acelera el movimiento hacia el equilibrio.
Pero, ¿qué pasa si la demanda de dinero es infinita y los empresarios dejan de invertir? Rothbard contesta que la demanda de dinero nunca puede ser infinita, ya que la gente debe seguir consumiendo, cualesquiera sean sus expectativas.
Rothbard concluye : “Los keynesianos atribuyen la preferencia por la liquidez no a la incertidumbre general, sino a la incertidumbre respecto a los precios futuros de los bonos. Esta es una visión superficial y limitada”.
( David Gordon, The Essential Rothbard, Pag. 14-21 )
The Logic of Action
Esta es una recopilación en dos tomos de sus artículos sobre teoría económica. Rothbard siempre pensó que era importante separar el enfoque económico austriaco de otros, e incluso corregir ciertos errores de algunos miembros de la escuela austriaca.
Uno de sus temas es que los juicios éticos no forman parte del análisis económico. Por ejemplo, los economistas del “welfare” argumentan que si una política maximiza el mismo, ¿no debería ser adoptada? Rothbard contraataca diciendo que las comparaciones de utilidad entre diferentes personas son imposibles. Además, las preferencias de los consumidores sólo se demuestran en la acción, no en las palabras.
Rothbard consideró absurda la idea de que los beneficiarios de las externalidades positivas debían pagar por ellas. Y pone un ejemplo sencillo : ¿por qué debo pagar por el disfrute que me produce la contemplación del jardín de mi vecino? Si él compró la casa es porque le convenía. Si yo saco un beneficio indirecto, nadie resulta perjudicado.
Algunos responderían a Rothbard diciendo que el pagar por las externalidades positivas maximiza la eficiencia de los beneficiarios. Rothbard no acepta la noción de eficiencia. Para que alguien pudiera actuar eficientemente, debería tener un perfecto conocimiento del futuro. Pero como esto es imposible, ninguna acción puede ser denominada como eficiente.
Según Rothbard, el método correcto en economía es partir de axiomas simples y de sentido común y proceder deductivamente. Este método debe combatir a dos tipos de adversarios. Uno son los positivistas, para quienes la física es la ciencia modelo y creen que se puede transferir su metodología a la economía. El otro adversario son algunos austriacos que llevan el subjetivismo demasiado lejos y corren el riesgo de disolver la ciencia.
En uno de sus artículos, Rothbard defendió, contra Hayek y Kirzner, que el problema del socialismo no es el conocimiento, en el sentido de cómo obtenerlo sino en el de qué hacer con él. El problema del cálculo socialista sigue en pie. Rothbard añade una anécdota curiosa. El socialista Oskar Lange llegó a la conclusión, al final de su vida, de que debía combinar la praxeología con el marxismo.
John K. Galbraith argumentaba que el libre mercado producía una gran abundancia de bienes, pero no respondía a las genuinas necesidades de los consumidores, sino a las creadas artificialmente mediante la propaganda. Rothbard sólo se dignó dedicarle una frase :”Todo lo que está por encima del nivel de subsistencia, ¿es artificial?”
Respecto a los impuestos, Rothbard insistió en que el punto fundamental es que son coercitivos. Muchos economistas los ven como si fueran una contribución voluntaria a cambio de los “bienes públicos”. Rothbard insiste que las preferencias sólo se pueden mostrar en un mercado libre. Critica a James Buchanan y Gordon Tullock, de la escuela de Public Choice, porque su tesis de que el Estado es un institución voluntaria se basa en la curiosa dialéctica de que, en una democracia, la opinión de la mayoría equivale a la unanimidad. Considera esto como misticismo hegeliano.
En otro punto, afirma que las estadísticas son fundamentales para el Estado intervencionista. Mediante ellas, los políticos tienen una idea de lo que pasa en la economía. Si se pudieran eliminar, el Estado quedaría severamente incapacitado.
Rothbard discutió la teoría del deconstruccionismo, del que dijo : “Si no podemos comprender el significado de ningún texto, porque no es fijo, ¿por qué tratar de entender o tomar en serio los textos de aquellos que proclaman su propia incomprensibilidad?”
( David Gordon, The essential Rothbard, Pag. 26-35 )
El dinero y la defensa del oro
Rothbard dedicó mucha atención a la teoría monetaria, como puede verse en “Man, Economy and State”. Para el público en general resumió sus ideas en “What Has Government Done to Our Money?” Escribió un libro de texto, “The Mystery of Banking”. Otra exposición popular de sus ideas es “The Case Against the Fed”. Sus ensayos teóricos están en el primer volumen de “The Logic of Action”.
Rothbard explica con claridad la teoría del dinero de Mises, quien mostró cómo el dinero se origina en el intercambio. El dinero es una mercancía cuyo valor es determinado por el mercado. En un momento dado, alguna mercancía se utiliza como medio de intercambio, y luego una o dos se establecen como medios generales, como el oro y la plata.
Según el teorema de la regresión, el dinero no pudo haberse originado por voluntad del gobierno, ya que no hubiera habido forma de determinar el valor de compra del dinero si previamente no hubiera sido una mercancía.
Rothbard comenta sobre la afición de los gobiernos a recurrir a la inflación, y señala un punto importante. La inflación no afecta a todo el mundo por igual. Los que primero reciben el nuevo dinero tienen una gran ventaja porque su poder de compra mejora ya que la gente tarda unos meses en darse cuenta del problema. Los políticos usan la inflación para beneficio de ellos mismos y de quienes les apoyan.
Rothbard comenta otra práctica negativa. Dados los inconvenientes de llevar consigo oro y plata, la gente los depositaba en los bancos y obtenían un recibo. Estos recibos comenzaron a circular como dinero. En un determinado momento, los banqueros comenzaron a emitir más recibos que el oro y plata que tenían, confiando en que no todos los depositantes se presentaran a retirar sus depósitos a la vez. Para Rothbard, esta práctica era indudablemente fraudulenta.
Eventualmente los banqueros pensaron que sería una buena idea el crear un banco central. El Fed tiene el poder absoluto para establecer la masa monetaria. Rothbard defendió la eliminación del Fed y la restauración del patrón oro.
Aunque Rothbard consideraba que Mises había establecido una completa teoría monetaria, lo cierto es que él hizo varias contribuciones. En particular, amplió la definición de la oferta monetaria para incluir todo lo que es redimible en dinero.
Rothbard objetó la idea de Hayek de la desnacionalización del dinero y la libre competencia de monedas privadas. En su opinión, la propuesta de Hayek ignoraba las implicaciones del teorema de la regresión. El intercambio lleva al dinero; la propuesta de Hayek va en la dirección contraria.
Para Rothbard, la economía keynesiana fue responsable de muchos de los males de la política monetaria moderna. Keynes rechazó el patrón oro y abogó por una moneda internacional bajo el control de un banco internacional. Esto eliminaría el principal obstáculo para sus planes económicos.
Al final, tendríamos una hiperinflación mundial sin ninguna vía de escape. Afortunadamente, los keynesianos nunca pudieron realizar sus planes, pero el peligro permanece y hay que combatirlo.
( David Gordon, The Essential Rothbard, Pag. 36-41
Sobre la Gran Depresión
Rothbard aplicó la teoría austriaca a la historia económica en su libro de 1963 “America´s Great Depression”. En vez de ser una prueba del fracaso del capitalismo, la Depresión ilustra los peligros de la interferencia del gobierno en la economía.
Una buena teoría del ciclo debe explicar tres cosas :
  1. Por qué se dan una gran cantidad de errores de los negocios.
  2. Por qué las industrias de bienes de capital fluctúan más que las dedicadas a bienes de consumo.
  3. El aumento de la cantidad de dinero durante la base de “boom”.
La teoría austriaca explica las tres condiciones. La tasa de interés es determinada por la preferencia temporal. El equilibrio entre los bienes de consumo y los de capital depende de dicha preferencia. Si hay una baja tasa de preferencia, se invertirá más en bienes de capital y viceversa.
Cuando hay un exceso de crédito, la tasa de interés se sitúa por debajo de la tasa natural correspondiente a la preferencia temporal, y resultan rentables inversiones en bienes de capital que previamente no lo eran.
Cuando termina la expansión crediticia, aumenta la tasa de interés a su nivel natural, lo que hace que muchas de las inversiones en bienes de capital ya no sean rentables. La depresión es precisamente la liquidación de estas inversiones. En la visión austriaca, la depresión es una fase necesaria de ajuste.
Según Rothbard, en los años 1920s se dió un boom inflacionario, o sea, un aumento de oferta monetaria no cubierta por oro. Según él, las autoridades de la Reserva Federal no sólo querían ayudar a la inflación británica sino mantener un nivel estable de precios mediante la manipulación monetaria.
Cuando ocurrió el desastre en octubre de 1929, muchos economistas urgieron el aumento de los gastos del gobierno. El presidente Hoover aceptó esta política. Además, su intento de mantener los salarios altos produjo un desempleo masivo. Hoover no era un opositor al gran gobierno. Era el “ingeniero de la política” y anticipó el New Deal, aunque no llegó a los extremos de Roosevelt.
El golpe de 1929 era necesario. Las depresiones tienen que ser fuertes pero no largas, porque se ajustan a sí mismas. Desafortunadamente, los gobernantes no entendían esto. Hoover era un ingeniero social y Roosevelt un psicólogo social. Ninguno de los dos entendió la Depresión ni la forma de remediarla.
En el libro, Rothbard identificó también la competencia entre los Morgan y los Rockefeller y la forma en que esta lucha influyó en el desarrollo del sistema bancario norteamericano y en la Gran Depresión.
( David Gordon, The Essential Rothbard, Pag. 41-51 )
Conceived in Liberty
Rothbard escribió una detallada historia del periodo colonial, en cuatro volúmenes, titulada “Conceived in Liberty”. Su tesis básica la expresó así :
“Después de 1688, la revolución se fue extendiendo por todas las colonias. Estas revoluciones fueron liberales y populares, a favor de objetivos libertarios y en oposición a la tiranía, altos impuestos, monopolios y restricciones”.
Distingue en el periodo colonial dos tradiciones. Una fue fanáticamente teocrática. La otra, individualista, libertaria e incluso deísta.
Rothbard destaca la influencia de Algernon Sydney, John Locke, y Trenchard y Gordon de “Cato´s Letters”.
Considera a Locke como esencialmente libertario :”Aunque hay dos ramas en Locke, la individualista-libertaria y la conservadora, la individualista es la que está en la base de sus argumentos”. Trenchard y Gordon interpretan a Locke de esta forma e incluso radicalizaron su credo libertario.
Rothbard comentó sobre lo que movía a intelectuales como Locke y otros. Distinguió dos tipos : Los “intelectuales cortesanos”, que sirven a quienes tienen el poder, quieren ante todo poder y dinero para ellos. Los intelectuales revolucionarios, que se oponen al Estado, lo hacen por una convicción genuina.
Rothbard no tenía una buena opinión sobre George Washington : “Transformó un ejército popular, y bien preparado para una revolución libertaria, en una fuerza estatista ortodoxa según el modelo europeo”.
Para Rothbard, los Artículos de la Confederación no eran un arreglo demasiado débil que debía ser reemplazado por una Constitución centralista. Al contrario, los Artículos permitían un control excesivo.
Jefferson y Paine están entre sus héroes. Sobre Paine escribió: “Aunque siguió a Locke al decir que el Estado debe limitarse a la protección de los derechos naturales, vió claramente que los Estados actuales no se originaron en esta forma ni para este objetivo. Nacieron como resultado de la fuerza y las conquistas”.
Aunque Rothbard no trató en detalle sobre el siglo XIX, tiene interesantes observaciones sobre los orígenes del llamado Estado benefactor. Según él, no tuvo que ver con el movimiento obrero sino con los pietistas post-milenaristas. Dado que creían que Cristo no retornaría hasta que el mundo fuese reformado, trataron de regenerar el orden social a través de la coerción estatal, incluyendo la economía. Los pietistas gravitaron hacia el Partido Republicano, y los partidarios del laissez-faire hacia el Demócrata.
Hacia finales del siglo XIX, los intelectuales progresistas se apartaron cada vez más de la religión y abrazaron el evangelio social, que ponía al gobierno corrigiendo, organizando y planificando la sociedad perfecta.
Uno de los más destacados fue el ateo John Dewey, que anteriormente había sido un ardiente predicador del postmilenarismo. Rothbard afirmó que los intelectuales progresistas estaban más que dispuestos a imponer a otros el sufrimiento y la muerte si esto hacía avanzar su causa. Como dijo Dewey :”La fuerza es simplemente una forma de lograr resultados y no puede ser condenada ni alabada en principio”.
( David Gordon, The Essential Rothbard, Pag. 55-63 )

Su sistema de ética

Aunque Rothbard coincidió casi siempre con Mises, sostuvo que éste se equivocó en un punto. Según Mises, los juicios éticos son subjetivos. Según Rothbard, puede desarrollarse una ética objetiva fundada en las exigencias de la naturaleza humana. Presentó este enfoque, basado en la filosofía aristotélica y tomista, en su libro “The Ethics of Liberty”.
Según Mises, podemos defender el libre mercado sin recurrir a ningún principio discutible sobre la naturaleza de la ética. Uno puede demostrar que las medidas intervencionistas fracasan en lograr los objetivos que pretenden. ¿No basta con esto?
Rothbard no lo creía así. Según él, las medidas intervencionistas pueden ayudar a unos a costa de otros. Por tanto, los beneficiados siempre las considerarán satisfactorias. Hay otro punto interesante. ¿Cómo sabe Mises cuáles son los objetivos reales de los estatistas? Puede que el controlador de precios quiera poder y no le importe si se genera escasez. O que el que quiera confiscar a los ricos no le importen las consecuencias económicas dentro de veinte años.
En el sistema ético de Rothbard la autoposesión es el principio básico; cada persona posee su propio cuerpo. El argumenta que todas las sociedades confrontan tres alternativas: cada persona se posee a sí misma, algunas personas poseen a otras, o cada persona posee una parte de todas las demás.
¿Cuál de las tres debemos elegir? En su respuesta, Rothbard se apoya en un punto de hecho. Cada persona está en realidad en control de su propia voluntad. Si obedezco a otro, es porque he decidido hacerlo.
Algunos objetan que Rothbard comete la falacia de derivar un “debe” de un “es”. La derivación es cierta, pero Rothbard niega que esté cometiendo una falacia. Él sostiene que los principios éticos se derivan de la naturaleza humana. El hecho de que cada persona tiene control de su propia voluntad implica que el coaccionar la voluntad de otra persona es injustificable . Esta prohibición no aplica una vez que se ha iniciado la fuerza. Uno puede responder a la misma, y Rothbard elaboró una teoría de la respuesta punitiva.
Una vez establecida la autoposesión, siguen los derechos de propiedad. Uno adquiere propiedad mezclando su propio trabajo con una propiedad sin dueño, o adquiriendo dicha propiedad como regalo o a través del intercambio .
Rothbard anticipa algunas objeciones. Si se hunde un barco y la gente llega nadando a una isla inhabitada, ¿puede el primero que llega apropiarse de toda la isla? Según Rothbard, cada persona sólo puede apropiarse de la parte que efectivamente utiliza.
Otra objeción es que la mayoría de los títulos de posesión actuales no pueden rastrearse hasta un dueño original. Rothbard responde que el actual dueño debe considerarse legitimo a menos que alguien pueda presentar pruebas legítimas en contrario. Especular sobre lo que pudo haber pasado a lo largo de la cadena de dueños es un trabajo estéril.
Rothbard criticó en su libro a otros liberales, principalmente a Nozick. Este había criticado la propuesta de Rothbard de que los servicios de protección deberían ser provistos por agencias privadas. Nozick argumentaba que un libre mercado de agencias terminaría en monopolio. Su razonamiento era que las agencias pudieran tener diferencias respecto a los procedimientos para juzgar a los criminales y que eventualmente tendrían que acordar una corte de apelaciones. Para Nozick, este acuerdo implica que las diferentes agencias se han convertido en una sola.
El argumento es sumamente débil y Rothbard sólo tuvo que formular una pregunta : ¿Es razonable decir que dos compañías que aceptan un arbitraje se convierten por eso en una sola?
( David Gordon, The Essential Rothbard, Pag. 87-94 )

Política teórica y práctica

Rothbard pensaba que la guerra era la salud del Estado; por eso se opuso a la política exterior agresiva. Sugirió un retorno a la antigua política norteamericana de aislamiento y neutralidad; en relación con la URSS propugnó por un programa de desarme mutuo hasta el punto en que el aislacionismo se convirtiera de nuevo en militarmente práctico.
Casi todo el mundo asume que la igualdad económica es algo bueno; incluso partidarios del libre mercado como Milton Friedman lo aceptan. Rothbard rechaza la premisa. ¿Por qué asumir que la igualdad es deseable? Para él, la justificación ética exige poner atención a las exigencias de la naturaleza humana; si juzgamos con esta medida, el igualitarismo no se sostiene; los intentos de hacer a todos iguales conducen inevitablemente a la tiranía.
No sólo la biología y la historia diferencian a los seres humanos; la división del trabajo se deriva de la desigualdad de habilidades. Marx y sus seguidores aborrecieron la división del trabajo, que según ellos sería abolida en el socialismo; según ellos alguien podría ser un día agricultor, al siguiente escritor, al siguiente albañil, y así sucesivamente.
Rothbard consideraba esto como una tontería; la división del trabajo es una condición indispensable para el avance de la civilización; ciertos intelectuales defienden que la división del trabajo deshumaniza al hombre porque viven cautivos del mito romántico del hombre primitivo que vivía en armonía con la naturaleza.
Según Rothbard, el que puede bloquear el progreso de los seres humanos es el Estado; el Estado no descansa en la cooperación voluntaria sino en la coerción; no crea riqueza, sólo puede tomar de unos para dar a otros; el contraste entre la acción política y económica no puede ser mayor.
Una de las actividades del Estado más contrarias a la libertad es la guerra ofensiva; por ello Rothbard defendió una política exterior estrictamente defensiva.
Con respecto a los principios socialdemócratas, Rothbard escribió : “En todos los asuntos importantes, los socialdemócratas están contra la libertad y a favor del estatismo. A largo plazo son más peligrosos que los comunistas porque su retórica es más insidiosa ya que dicen que combinan el socialismo con la democracia y la libertad”.
Para Rothbard, el Estado es el enemigo principal y hay que luchar contra él en todos los frentes; criticó a los libertarios de izquierda porque querían utilizar el Estado para lograr objetivos que ellos consideraban deseables.
Rothbard discutió sobre el ataque contra la libertad dirigido por los “líderes de opinión” y los profesores universitarios; según él, la base del problema estaba en que dichos líderes no creían en la moralidad objetiva y recurrían al Estado para imponer sus ideas.
Rothbard trabajó muchos años como uno de los miembros principales del Partido Libertario, del que salió a finales de la década de los años 80.
( David Gordon, The Essential Rothbard, Pag. 94-109 )

Historia del pensamiento económico

La última obra maestra de Rothbard fue “Economic Thought Before Adam Smith and Classical Economics”, que apareció después de su muerte. En ella no se limita sólo a la economía. Por ejemplo, Maquiavelo aparece como un predicador del mal.
Rothbard rechaza la tesis de Max Weber según la cual el ascetismo calvinista jugó un papel clave en el ascenso del capitalismo; afirma que el capitalismo comenzó mucho antes de Calvino y recalca que la máxima de “Dios y ganancias” estuvo presente en la Edad Media católica. La tradición calvinista enfatizó el trabajo y el ahorro y desconfió del consumo; la católica no encontró nada malo en el consumo.
Un tema dominante en el libro es la naturaleza del valor. La búsqueda de una medida objetiva es fútil, ya que no puede tener ninguna influencia a menos que se refleje en la mente de los agentes económicos. Una consecuencia de la posición subjetivista es que un intercambio no trata sobre cosas iguales; cada parte valora más lo que obtiene que lo que entrega; en este punto Rothbard critica a Aristóteles , a quien admiró como filósofo.
La teoría subjetivista no murió con la Edad Media; en el siglo XVI fue brillantemente expuesta por la Escuela de Salamanca, y en el siglo XVIII fue desarrollada por Cantillon y Turgot. La teoría sufrió un duro golpe a manos de Adam Smith.
Para Rothbard, más que el fundador de la economía, Smith fue casi su enterrador. En “Wealth of Nations” abandonó la teoría subjetivista y abrazó la del valor trabajo. Por otro lado, Rothbard no dio mayor importancia al concepto de la “mano invisible” y lo consideró como una consecuencia de la creencia calvinista de Smith en la divina providencia.
Para Rothbard, Say fue el primer economista que pensó a fondo sobre la metodología de la economía; su procedimiento fue partir de ciertos hechos generales que son indudablemente ciertos y razonar deductivamente. En esencia, Say descubrió el método praxeológico que Mises llevó a su culminación.
Say comenzó a partir de la actividad individual y por eso puso un gran énfasis en el empresario. La economía no se ajusta a si misma; sólo a través de la visión y la voluntad de correr riesgos, los empresarios son capaces de asignar eficientemente los recursos y la producción.
Adam Smith consideró que los impuestos beneficiaban al público, pero Say lo negó; los impuestos son, en esencia, un robo; si los gobernantes acceden a dedicar parte de los impuestos al “beneficio público”, lo que hacen es proveer a la gente algunos bienes costeados con el dinero de la misma gente.
Para Rothbard, Ricardo no fue en absoluto un economista científico; su famosa lógica es “matemática verbal” que fundamentalmente malentiende la economía; su teoría del valor preparó el camino al marxismo.
Según Rothbard, Marx se equivoca desde el principio, ya que asumió que en un intercambio se entregan cosas del mismo valor, que deben ser iguales a una tercera que sólo podía ser el trabajo. Todo el edificio de Marx se basa en este error. Además, Rothbard hace notar que la teoría marxista de la determinación del salario no es aplicable al capitalismo sino al esclavismo.
Detrás de la economía del marxismo, Rothbard encuentra un mito religioso herético, cuya meta es la eliminación del individuo mediante su fusión en el Uno, con el fin de la alienación. Marx presentó una versión secularizada de este brebaje místico. Este análisis de Rothbard coincide con las investigaciones de Eric Voegelin.
( David Gordon, The Essential Rothbard, Pag. 113-122 )

jueves, 19 de enero de 2017

La ley de los mercados de Say






[An Austrian Perspective on the History of Economic Thought (1995)]

Aunque J.B. Say haya sido casi totalmente ignorado por los economistas ortodoxos e historiadores del pensamiento económico, esto no es verdad para una faceta relativamente menor de su pensamiento que se llegó a conocer como la “ley de los mercados de Say”. El único punto de su doctrina que los activos y agresivos ricardianos británicos sacaron de Say fue esta ley. James Mill, el “Lenin” del movimiento ricardiano (ver a continuación) se apropió de la ley en su Commerce Defended (1808) y Ricardo la adoptó de su descubridor y mentor.[1]
La ley de Say es sencilla y casi autoevidente y es difícil escapar a la idea de que ha desatado una serie de tormentas solo debido a sus evidentes implicaciones y consecuencias políticas. Esencialmente, la ley de Say es una respuesta rígida y adecuada a los diversos ignorantes económicos, así como a buscadores de rentas que, en toda recesión o crisis económica, empiezan a quejarse sonoramente acerca del terrible problema del “exceso de producción” o, en el lenguaje común de tiempos de Say, una “saturación general” de bienes en el mercado. “Exceso de producción” significa producción por encima del consumo: es decir, la producción de demasiado grande comparada con el consumo y por tanto los productos no pueden venderse en el mercado. Si la producción es demasiado grande en relación con el consumo, entonces es evidentemente un problema de lo que se llama ahora un “fallo del mercado”, un fallo que debe compensarse por la intervención del gobierno. La intervención tendría que tener una o ambas de las siguientes formas: reducir la producción o estimular artificialmente el consumo. El New Deal estadounidense en la década de 1930 hizo ambas cosas, sin ningún éxito el aliviar el supuesto problema. La producción puede reducirse, como en el caso del New Deal, con el gobierno organizando cárteles obligatorios de empresas para forzar un recorte en su producción.
Desde hace mucho estimular la demanda del consumidor ha sido el programa particularmente favorecido por los intervencionistas. Generalmente se hace por el gobierno y su banco central inflando la oferta monetaria o con el gobierno incurriendo en grandes déficits, haciendo pasar su gasto como consumo subrogado, o ambas cosas a la vez. De hecho, los déficits públicos parecerían ideales para los sobreproductores/infraconsumistas. Pues si el problema es demasiada producción o demasiado poco gasto de consumo, o ambos, entonces la solución es estimular un montón de consumo improductivo y ¿quién mejor para eso que el gobierno, que por su propia naturaleza es improductivo e incluso contraproductivo?
Say comprensiblemente reaccionó con horror a este análisis y a la receta.[2] En primer lugar, apuntaba, los deseos de un hombre son ilimitados y continuarán siéndolo hasta que alacancemos una verdadera sobreabundancia general (un mundo caracterizado porque los precios de todos los bienes y servicios caen a cero). Pero ene se punto no habría problema de encontrar demanda de consumo o, de hecho,  ningún problema económico en absoluto. No habría necesidad de producir, trabajar o preocuparse por acumular capital y estaríamos todos en el Jardín del Edén.
Así, Say postula una situación en la que todos los costes de producción se reduzcan finalmente a cero: “en cuyo caso, es evidente que ya no puede haber renta para la tierra, interés para el capital o salarios para el trabajo y consecuentemente ningún ingreso más para las clases productivas”. ¿Qué ocurriría entonces?
Entonces digo que no existirían más estas clases. Todo objeto de deseo humano tendría el mismo predicamento que el aire o el agua, que se consumen sin la necesidad de ser producidos o comprados. De igual manera, como todos son lo suficientemente ricos como para proveerse de aire, lo mismo se proveerían de cualquier otro producto imaginable. Esto sería el culmen de la riqueza. La economía política ya no sería una ciencia: no tendríamos ocasión de aprender el modo de adquirir riqueza, pues la encontraríamos lista en nuestras manos.
Como, salvo en el Jardín del Edén, la producción siempre es menor que los deseos humanos, esto significa que no hay necesidad de preocuparse acerca de ninguna falta de consumo. El problema que limita la riqueza y los niveles de vida es una deficiencia en la producción. En el mercado, apunta Say, los productores intercambian sus productos por dinero y usan el dinero para comprar los productos de otros. Esa es la esencia de la economía de intercambio, o de mercado. Por tanto la oferta de un bien constituye, en el fondo, la demanda de otros bienes. La demanda de consumo es simplemente la encarnación de la oferta de otros productos cuyos propietarios pretenden comprar los productos en cuestión. Es mucho mejor tener una demanda derivada de la oferta de otros productos, como pasa en el libre mercado, que un gobierno estimulando la demanda de consumo sin ninguna producción correspondiente.
Pues que el gobierno estimule el consumo por sí mismo “no es ningún beneficio para el comercio, pues la dificultad reside el suministrar los medios, no en estimular el deseo de consumir y hemos visto que solo la producción proporciona los medios”. Como la verdadera demanda solo viene de la oferta de productos y como el gobierno no es productivo, de esto se deduce que el gasto público no puede aumentar realmente la demanda:
Un valor una vez creado no aumenta (…) por verse apropiado y gastado por el gobierno, en lugar de por un individuo. El hombre, que vive de las producciones de otra gente, no origina ninguna demanda de esa producción, simplemente se pone en el lugar del productor, para gran daño de la producción.
Pero si no puede haber una sobreproducción general fuera del Jardín del Edén, ¿por qué los empresarios y observadores se quejan tan a menudo acerca de un empacho general? En cierto sentido, un exceso de uno o más productos simplemente significa que se ha producido demasiado poco de otros productos por los que podrían intercambiarse. Visto de otra manera, como sabemos que una oferta incrementada de cualquier producto rebaja su precio, entonces si existe cualquier exceso no vendido de uno o más bienes este precio debe caer, estimulando así la demanda de forma que se compre la cantidad total. Nunca puede haber un problema de “exceso de producción” o de “falta de demanda” en el libre mercado porque los precios siempre pueden bajar hasta que se liquiden los mercados. Aunque Say no lo exponía siempre es tos términos concretos, lo mostraba con suficiente claridad, particularmente en sus Cartas a Malthus, en su polémica con el Rev. Thomas Robert Malthus sobre la ley de Say. Quienes se quejan acerca del exceso de producción o la falta de consumo raramente hablan en términos de precio, aunque estos conceptos no tengan prácticamente sentido si el sistema de precios no se tiene siempre en cuenta. La pregunta debería ser siempre: Producción o ventas ¿a qué precio? Demanda o consumo ¿a qué precio? Nunca hay un verdadero exceso no vendido o “empacho”, ya sea concreto o general en toda la economía, si los precios son libres para caer para liquidar el mercado y eliminar el exceso.
Además, Say escribía en sus Cartas a Malthus: “si la cantidad enviada excede en el mínimo grado el deseo, basta para alterar considerablemente el precio”. Es esta idea de lo que hoy llamaríamos “elasticidad” y los resultantes grandes cambios en el precio, lo que para Say lleva a mucha gente a confundir un “ligero exceso” de oferta “con una abundancia excesiva”.
Las implicaciones políticas de atender al sistema de precios son esenciales. Esto significa que para curar un empacho, ya sea concreto o generalizado, el remedio no es que el gobierno gaste o cree dinero: es permitir que los precios caigan para que pueda liquidarse el mercado.
En sus Cartas a Malthus, Say ofrece el siguiente ejemplo. Se producen e intercambian cien sacos de trigo por 100 piezas de tela (o más bien, cada uno se intercambia por dinero y luego por el otro producto). Supongamos que se dobla la productividad y producción de cada uno y ahora se intercambian 200 sacos de trigo por 200 piezas de tela. ¿Cómo va a afectar este exceso de abundancia o de producción a cada uno de los productos o a ambos? Y si produciendo 100 unidades de cada producto el productor obtiene un beneficio de 30 francos, ¿por qué no podría el resultante aumento de la producción y caída en el precio seguir proporcionando todavía un beneficio de 30 francos a cada vendedor? ¿Y cómo podría producirse un empacho general? Malthus tendría que mantener que esa parte de la nueva producción e tela no encontraría compradores.
Say apunta después que Malthus en cierto sentido concedía que los precios bajaban debido al aumento de producción y luego se retiraba a una segunda línea de defensa: que “las producciones caerían a un precio demasiado bajo como para pagar la mano de obra necesaria para su producción”. Aquí llegamos al fondo de las quejas de los sobreproduccionistas/infraconsumistas: si podemos superar sus nebulosos conceptos agregativos y su olvido real o aparente del hecho de que un precio menor de cualquier producto siempre puede liquidar el mercado.
En respuesta, Say apuntaba que Malthus, habiendo adoptado desafortunadamente la teoría del valor trabajo, olvidaba añadir los servicios productivos de la tierra y el capital en los costes de producción. Así que la afirmación es que los precios de venta caerán por debajo de los costes de producción.
¿Pero de dónde vienen los costes? ¿Y por qué están de alguna manera fijados y son exógenos al propio sistema del mercado? Aunque Ricardo se unió a Say en la cuestión del exceso de producción, era fácil para un seguidor británico de Smith y Ricardo en teorías del valor coste (como Malthus) caer en esta trampa y suponer que los costes son de alguna manera fijos e invariables. Say, creyendo, como hemos visto, que los costes están determinados por el precio de venta en lugar de lo contrario, se vio incitado a una imagen mucho más clara y correcta de todo el asunto. Volviendo a su ejemplo, Say apunta que si los productores de trigo y ropa doblan la cantidad producida con los mismos servicios productivos, esto significa no solo que los precios de trigo y ropa bajarán, sino también que la productividad del factor ha aumentado en ambos sectores. Un aumento en la productividad del factor significa una rebaja en el coste. Pero esto significa que un aumento en la producción no solo rebajará el precio de venta: también rebajará los costes, así que no hay razón para suponer pérdidas gravosas o siquiera una disminución del beneficio si caen los precios.
Aparentemente, continuaba Say, A Malthus le preocupa que los precios de los servicios productivos permanezcan altos y por tanto mantengan los costes demasiado altos al aumentar la producción. Pero aquí Say aporta una idea brillantemente perspicaz: los precios de los factores productivos deben ser altos por una razón, no están predestinados a ser altos. Pero este salario o renta alto precisamente por sí mismo “denota que existe lo que buscamos, es decir,  que hay un modo de emplearlos como para hacer que lo producido basta para recuperar lo que cuesta”. En resumen, el que los precios de los factores sean altos significa que se ha ofrecido más hasta llegar a l altura de usos alternativos de los mismos. Si los costes de estos factores afectan o eliminan los beneficios de una empresa o sector, esto es porque estos factores son más productivos en otro lugar y se ha pagado más para reflejar ese hecho esencial. El razonamiento de Say es sorprendentemente similar a la réplica moderna librecambista al argumento de la “mano de obra barata” para los aranceles proteccionistas. La razón por la que el trabajo es más caro, digamos, en Estados Unidos o en otro país industrializado, es que otros sectores estadounidenses han ofrecido más por estos costes laborales. Por tanto estos sectores son más eficientes que el sector que sufre por la competencia y por tanto este último debería recortar o cerrar y permitir que los recursos se trasladen a campos más eficientes y productivos.
En áreas más periféricas pero todavía relevantes, J.B. Say daba algunos ejemplos bellos y poderosos de argumento de reducción al absurdo. Así, sobre la importancia de la demanda vis a vis con la oferta y la cuestión de los empachos, preguntaba qué hubiera ocurrido si un mercader enviara una carga actual al emplazamiento de la ciudad de Nueva York a principios del siglo XVII. Está claro que no habría podido vender esa carga. ¿Por qué no? ¿Por qué ese empacho? Porque nadie en el área de Nueva York estaba produciendo lo suficiente en otrosbienes como para poder intercambiar por esta carga. ¿Y por qué estaría este mercader seguro de vender su carga hoy en día en Nueva York? Porque ahora hay suficientes productores en el área de Nueva York como para fabricar e importar productos, “por medio de los cuales adquieren lo que les es ofrecido por otros”.
Habría sido absurdo decir que el problema respecto de la carga del siglo XVII era que había demasiados productores y demasiado pocos consumidores. Say añade que “los únicos consumidores reales con aquellos que producen por su parte, porque solo ellos pueden comprar el producto de otros, [mientras que] los consumidores estériles no pueden comprar nada excepto por medio del valor creado por productores”. Concluye elocuentemente que “es la capacidad de producción lo que diferencia a un país de un desierto”.
La otra potente reducción al absurdo, también en sus Cartas a Malthus, es parte de su defensa de la innovación y la maquinaria contra la acusación de exceso de producción. Malthus, apunta Say, concede que la maquinaria es beneficiosa cuando la producción del producto aumenta tanto que el empleo en ese campo también aumenta. Pero, añade Say, la nueva maquinaria es ventajosa incluso en el caso aparentemente peor, cuando la producción de un bien concreto no aumenta y se despide a trabajadores. Pues, primero, en el segundo caso, igual que en el primero, aumenta la productividad, caen los precios de venta y aumentan los niveles de vida. Además, escribe Say, plantando la reducción al absurdo, las herramientas son esenciales para la humanidad. Proponer, como hace Malthus, limitar y restringir la introducción de nueva maquinaria es argumentar implícitamente que
Tendríamos (retrotrayendo en lugar de avanzado en la carrera de la civilización) que renunciar sucesivamente a todos los descubrimientos que ya hemos hecho y que hacer nuestras artes más imperfectas para multiplicar nuestro trabajo disminuyendo nuestros placeres.
Respecto de los trabajadores desempleados por la introducción de nueva maquinaria, Say escribe que pueden trasladarse a otro sitio y lo harán. Después de todo, añade cáusticamente, el empresario que trae nueva maquinaria “no les obliga [a los trabajadores] a permanecer desempleados, sino solo a buscar otra ocupación”. Y se abrirán muchas oportunidades de empleo para estos trabajadores, ya que la renta en la sociedad a aumentado debido a la nueva maquinaria y producto.
Recurriendo a Turgot, Say también contesta a la preocupación de Malthus-Sismondi acerca de la conversión de ahorros en gastos vitales, apuntando que los ahorros no quedan sin gastar; simplemente se gastan en otros factores productivos (o reproductivos) en lugar de en consumo. En lugar de dañar el consumo, el ahorro se invierte y por tanto aumenta el gasto futuro de consumo. Históricamente, los ahorros y el consumo crecen por tanto juntos. E igual que no hay límite necesario a la producción, no hay límite a la inversión y la acumulación de capital. “Un producto creado es una vía abierta para otro producto, y esto es verdad si se gasta su valor” en consumo o se añade a los ahorros.
Conceiendo que a veces los ahorros podrían atesorarse, Say estuvo por una vez por debajo de un nivel satisfactorio. Apuntaba correctamente lo atesorado acabaría gastándose, ya sea en consumo o en inversión, ya que después de todo es para lo que vale el dinero. Aun así admitía que é también deploraba el atesoramiento. Y aun así, como había apuntado Turgot, los balances de efectivo atesorado que reducen el gasto tendrán el mismo efecto que el “exceso de producción” a un precio demasiado alto: la menor demanda reducirá todos los precios, aumentarán los balances de efectivo real y todos los mercados volverán a liquidarse. Por desgracia, Say no apreció esto.[3]
Sin embargo Say era de nuevo poderoso y fuerte en su crítica de la creencia de Malthus en la importancia de mantener un consumo improductivo por el gobierno: renta y consumo por cargos públicos, soldados y pensionistas del estado. Say argumentaba que esta gente vive sin producir, mientras que los consumidores productivos suman a la oferta de bienes y servicios. Say continuaba sardónicamente: “No puedo creer que quienes pagan impuestos no puedan saber qué hacer con su dinero si el recaudador no viene en su ayuda; o bien sus deseos estarían más ampliamente satisfechos o emplearían el mismo dinero de una manera reproductiva.
Frente a sus oponentes, que querían que el gobierno estimulara la demanda de consumo, Say creía que los problemas de empacho, así como la pobreza en general, podrían resolverse aumentando la producción. Y así lanzaba invectivas en muchos pasajes contra los impuestos excesivos, que aumentaban los costes y precios de los bienes y obstaculizaban la producción y el crecimiento económico. En esencia, J.B. Say contestaba a las propuestas estatistas de los infraconsumistas Malthus y Sismondi con un programa activista propio: el libertario de la rebaja de impuestos.
Say combinaba sus ideas contra los impuestos con su crítica del cariño de Malthus por el gasto público  a través de un ataque incisivo a Malthus y la deuda pública. Say apuntaba que Malthus “aún convencido de que hay clases que dan servicio a la sociedad simplemente consumiendo sin producir, consideraría una desgracia que se liquidara toda o una gran parte de la deuda nacional inglesa”. Por el contrario, rebatía Say, esto sería un acontecimiento altamente benéfico para Inglaterra. Pues el resultado sería
Que los accionistas [tenedores de bonos públicos], una vez liquidados, obtendrían alguna renta de su capital. Los que pagan impuestos gastarían ellos mismos los 40 millones de esterlinas que ahora pagan a los acreedores del Estado. Al haberse eliminado los 40 millones en impuestos, todas las producciones serían más baratas y el consumo aumentaría considerablemente; daría trabajo al trabajador, en lugar de sablazos, que ahora se reparten sobre ellos y confieso que estas consecuencias no me parecen de una naturaleza que aterrorice a los amigos del bienestar público.

[1] En la primera biografía anotada de economía nunca escrita, John R. McCulloch, junto con James Mill el principal ricardiano británico, apuntaba que Say era una escritor lúcido pero rechazaba tercamente aceptar todos los grandes logros de Ricardo. La única idea creativa que atribuía McCulloch a Say era su ley. John Ramsay McCulloch, The Literature of Political Economy (1845, Londres: London School of Economics, 1938), pp. 21-22.
[2] La explicación de la ley de Say se hizo más complicada por el hecho de que Say, por supuesto, no separó ningún pasaje concreto o frase y la llamara “mi ley”. El locus classicus de la ley de Say se sostiene generalmente que está en el Libro 1, Capítulo XV del Tratado y de hecho ha sido antologizado como “la” declaración de la ley. Tratado, pp. 132-140. En realidad hay pasajes importantes y relevantes esparcidos en todo el Tratdo, especialmente pp. 109-119, 287-288 y pp. 303-341.
Además, casi todas las Cartas a Malthus de Say, en particular pp. 1-68, emprenden una defensa de la ley de Say y su crítica de la preocupación de Malthus (y del francés Simonde de Sismondi) acerca de la sobreproducción general y las quejas acerca de supuesto infraconsumo. Los historiadores del pensamiento económico han encontrado a menudo las Cartas de Say superficiales y erróneas, pero el realidad el verse forzado a dar atención a la ley le llevó al centro de las diferencias y a expresar sus opiniones de una manera lúcida y mordaz. Ver J.B. Say, Letters to Mr. Malthus (1821, Nueva York: M. Kelley, 1967).
Para una antologización del Libro 1, Capítulo XV como la declaración de la ley de Say, ver Henry Hazlitt (ed.), The Critics of Keynesian Economics (1960, New Rochelle, Nueva York: Arlington House, 1977), pp. 12-22.
[3] Pero Schumpeter y otros historiadores son groseramente injustos al ridiculizar uno de los argumentos de Say contra Malthus: el que no puede haber exceso de producción porque “crear una cosa, cuyo deseo no existe, es crear una cosa sin valor: esto no sería producción. Desde el momento en que tenga valor, el productor puede encontrar medios para intercambiarla por aquellos artículos que desee”. Aunque esto parece eliminar el problema al definirlo como inexistente, hay dos comentarios que pueden hacerse a favor de Say. Primero, este es sin duda un argumento atractivo pero no convincente, pero es tangencial y no vicia el valor de la ley de Say o los aplastantes argumentos a su favor. En el calor del debate, Say, como muchos otros combatientes intelectuales, a veces usaba cualquier argumento que tuviera a mano. Pero segundo, esto no deja de tener algún valor. Pues centra la atención en una cuestión clave que Say planteaba pero no respondía completamente: ¿por qué en el menudo los productores fabrican bienes que luego resulta que los consumidores no querían comprar, al menos a precios rentables? No hace falta decir que los oponentes de Say no proporcionaron una respuesta satisfactoria. Para la actitud de Schumpeter, ver Schumpeter, op. cit„ nota 10, pp. 619-620.

Publicado el 31 de mayo de 2012. Traducido del inglés por Mariano Bas Uribe. El artículo original se encuentra aquí.