Buscar este blog

Mostrando entradas con la etiqueta BANCA. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta BANCA. Mostrar todas las entradas

jueves, 20 de julio de 2017

La peligrosa mutación de los tipos


La peligrosa mutación de los tipos

Ya conocen la última producción del laboratorio del Doctor Draghi: unas medidas que pueden resumirse en deuda, deuda y más deuda


Autor


Resultado de imagen de draghi





Probablemente han visto la película norteamericana dirigida por Francis Lawrence, y estrenada en 2007, 'Soy leyenda'. Se trata de un filme del género posapocalíptico, en el que Will Smith interpreta al coronel y virólogo Robert Neville. El médico militar es, aparentemente, el único superviviente de una epidemia causada por una mutación genética producida en un laboratorio de un virus que inicialmente pretendía ser la cura contra el cáncer. Pues bien, algo similar –aunque esperemos que no tan catastrófico– ocurre con la actuación de los bancos centrales y su lucha contra la enfermedad económica de nuestro tiempo: la falta de crecimiento. Como Emma Thompson en el papel de la doctora Kripin, Mario Draghi persigue el bien manipulando algo que no comprende del todo, con consecuencias imprevistas y resultado opuesto al deseado.


Ya conocen la última producción del laboratorio del Doctor Draghi, el paquete de estímulos monetarios aprobado a la desesperada por el Banco Central Europeo (BCE) en su reunión del mes pasado: (i) reducción de los tipos de referencia al 0%, (ii) intensificación de la penalización a los depósitos, (iii) dotación de mayor profundidad y amplitud al programa de flexibilización cuantitativa –QE por sus siglas en inglés– y, lo que prácticamente nadie anticipaba, (iv) un nuevo programa de financiación a la banca gratis total o incluso con tipos negativos si conceden préstamos nuevos. Traducidas al castellano antiguo, unas medidas que pueden resumirse en deuda, deuda y más deuda y que confirman que los bancos centrales han perdido el norte.


La realidad es tozuda y lo único que está consiguiendo la política monetaria es bajar el coste de la financiación existente, pero no la concesión de crédito


Ante la amenaza de una recesión global, los planificadores centrales que gobiernan las autoridades monetarias se empeñan en incrementar el crédito concedido a familias y empresas para que estas gasten el dinero que imprimen –en sentido figurado– y, con ello, incrementar la sacrosanta demanda agregada. Pero, como he insistido ya antes (por ejemplo, aquí o aquí), el consumo no genera crecimiento, sino que son el ahorro y la inversión los que hacen que una sociedad progrese, aumente su productividad y, en consecuencia, pueda consumir más. Las recesiones no son un problema de demanda insuficiente, sino de desajuste entre la oferta y la demanda.


Pero es que, además, la realidad es tozuda y lo único que está consiguiendo la política monetaria es, por efecto de la competencia bancaria, bajar el coste de la financiación ya existente, pero no la concesión de nuevo crédito. Ni a los deudores más solventes, que nadan en liquidez, ni al resto de familias y empresas, generalmente asfixiados por la devolución del principal de la deuda y aquejados de salarios bajos y resultados contables débiles. Con un efecto adicional, que apenas hay nuevo negocio con el que los bancos puedan compensar el incremento de costes que suponen los tipos negativos del BCE por mantener “ociosos” los depósitos de sus clientes.


financiacion
financiación

Pero lo peor de todo es que los tipos de interés negativos violan un principio básico de la economía como es la preferencia temporal. A saber, que los seres humanos generalmente tendemos a valorar un bien hoy más que la misma cosa en el futuro. La demostración de esta ley económica es muy sencilla, casi tautológica, ya que si no se cumpliera y concediéramos un mayor valor a los bienes futuros que a los bienes presentes, postergaríamos el consumo permanentemente y ello nos llevaría, tal y como señaló el economista austriaco Ludwig von Mises, a morir de inanición. Naturalmente, esta situación no tiene sentido alguno y, simplemente, no es posible en el mundo real de la acción humana.


Cuando traducimos a precios monetarios nuestras valoraciones, esta mayor estimación innata del presente frente al futuro se materializa en un diferencial que refleja lo que estamos dispuestos a pagar por adelantar el disfrute de un bien determinado, o bien lo que exigimos cobrar por retrasarlo. Pues bien, ese diferencial o prima es lo que conocemos como tipo de interés, y es, de algún modo, asimilable al precio que las personas le ponemos al tiempo –muy diferente de la creencia popular de que es el precio del dinero–.


Es decir, el interés es la recompensa por esperar. Es un premio que se le paga al ahorrador por renunciar a consumir y disfrutar del fruto de su trabajo de manera inmediata, para hacerlo más adelante en el tiempo. A medida que una persona valora subjetivamente más el consumo inmediato, mayor es su preferencia temporal y mayor es el tipo de interés que exige a cambio. Es decir, mayor precio pone a su espera. En un mundo absurdo e irreal, donde la preferencia temporal fuera negativa, ocurriría al contrario, exigiríamos una prima por adelantar el consumo y estaríamos dispuestos a pagar por retrasarlo.


Esa es la anomalía que pretenden imponernos los bancos centrales, introduciendo una mutación imprevisible en el sistema de valoraciones


Obviamente, seguimos prefiriendo el consumo inmediato al futuro, por lo que el tipo de interés natural, es decir, el que refleja las preferencias reales de las personas, no pueden ser nunca negativo. Pagar por retrasar el disfrute de nuestras posesiones, o cobrar por adelantarlo es un sinsentido. Igual que es un sinsentido pensar que puede viajarse al pasado alterando la dirección en la que el tiempo avanza. Pues bien, esa es la anomalía que pretenden imponernos los economistas de los bancos centrales, introduciendo una gigantesca mutación en el sistema de valoraciones de consecuencias imprevisibles y, desde luego, nada buenas.


Porque, tal y como advirtió el propio Mises, si el pago de intereses se aboliera por decreto –ni en sus peores pesadillas llegaría el austriaco a imaginar un mundo con tipos negativos– los dueños del capital tenderían a consumirlo y malgastarlo. La satisfacción en el presente continuaría siendo preferida a la satisfacción en el futuro pero la manipulación de los bancos centrales eliminaría o incluso penalizaría la compensación al sacrificio realizado para ahorrar e invertir. Esta destrucción de capital causaría el empobrecimiento de la sociedad y la devolvería a un estado de penuria. Por este motivo, incentivar a los ahorradores a que consuman su capital en lugar de invertirlo no hará sino prolongar el declive de la economía.


Tasa de ahorro de los hogares
Tasa de ahorro de los hogares

Es decir, las políticas de tipos de interés negativo implantadas por los bancos centrales les dicen que hagan justo lo contrario de lo que seguramente les han enseñado de pequeños sus padres y abuelos sobre las bondades del ahorro. Básicamente, les están forzando, sin que ustedes lo noten, a que eduquen a sus hijos para que abandonen todo sentido de la prudencia y gasten el dinero que ganan como si no hubiera un mañana.


Los tipos de interés negativos son una construcción artificial de los economistas académicos que dirigen las instituciones monetarias del mundo. Son una mutación genética artificialmente creada en un laboratorio por doctores en economía. Así, cuanto más se interfiera en los tipos de interés, tanto más se amplía el desalineamiento intertemporal entre oferta y demanda y mayor será el ajuste cuando llegue el inevitable y necesario realineamiento para devolver a la economía al genuino crecimiento sostenible. Por lo que las consecuencias no previstas de estas políticas de tipos de interés negativos superan con mucho las supuestas ventajas de un eventual tirón económico que pueda provocar la inyección de dinero creado de la nada.


Pero si hay una tendencia clara en los bancos centrales desde 2008 –o incluso desde los años 90– es que, si una política monetaria descabellada no surte efecto, se hace aún más descabellada.

lunes, 29 de mayo de 2017

Adentro del kit de herramientas de la Fed

por 




La Fed está desesperada por crear inflación. Y para eso cuenta con muchas herramientas. En mi nota de hoy te explico cuáles son y por qué tenés que estar preocupado.
La economía estadounidense se está desacelerando notablemente. La Fed ha creado un desastre. Tuvimos un año entero, cuatro trimestres consecutivos con un crecimiento promedio de 1,2%  y con algunas revisiones podríamos ir más abajo. Es terrible.
Primero, eso es muy cerca de una recesión. Segundo, está muy por debajo de las proyecciones de la Fed de 2,5%. Tercero, muy por debajo del potencial de 3,5%. No es solo un crecimiento débil, es extraordinariamente débil y peligrosamente cercano a una recesión.
¿Qué debería la Fed hacer con eso? Una cosa podría ser reducir la tasa de interés. Pero solo pueden recortarla un cuarto de punto sin irse al negativo.
Las tasas de interés negativas son otra cosa que tenemos que tener en cuenta. Podría hacer un recorte de tasas. Podrían hacer más flexibilización cuantitativa. Sin embargo, probablemente no harán una flexibilización cuantitativa hasta que corten esos 25 puntos básicos que quedan.
Para flexibilizar, la Fed recurrirá, primero, a la “orientación a futuro”. Ahí prometen no subir las tasas por un largo período de tiempo, luego viene un recorte de tasas. A continuación viene más orientación a futuro y luego volvemos al cero. Luego el patrón comienza de nuevo, donde prometen no subir las tasas por otro período de tiempo y luego posiblemente otra ronda de flexibilización cuantitativa (QE4). Creo que la Fed hará todo eso antes de llegar a utilizar las tasas negativas.
Eso es lo que Yellen dijo en Jackson Hole y creo que tenemos que darle el crédito por ser una representación bastante certera sobre su libro de jugadas.
Si eso funciona y es una buena idea, es otro tema. Pero eso es lo que Yellen dice que hay en el kit de herramientas y debería ser tomado al pie de la letra.
Hay otra herramienta en el arsenal de la Fed: la guerra de divisas. Eso es buscar abaratar el dólar.
El dólar más barato importa inflación por el efecto que tiene sobre el precio de los bienes importados. Esto es así porque con un dólar más barato tenemos que pagar más por nuestros iPhones, telas indias, electrónicos chinos y bienes manufacturados. En un sentido, a la Fed le gusta un dólar más barato porque ayuda a cumplir las metas de la inflación hasta cierto punto.
El problema con la guerra de divisas es que si una moneda baja, otra tiene que subir. No pueden bajar al mismo tiempo. Tiene que haber ganadores y perdedores en la guerra de divisas. Si hay un dólar más barato, lo que podría querer la Fed, busca un yen más fuerte, un euro más fuerte, y asi…
Pero hay un problema con esto: es que en la Fed han creado una burbuja de activos en las acciones y bienes raíces con casi ocho años (tres rondas) de flexibilización cuantitativa. También hay una política de tasas de interés del 0%, que continua en tasas extraordinariamente bajas.
Han creado burbujas de activos. Ahora esas burbujas podrían estallar. El mercado de acciones podría bajar. Bajó 11% entre enero y febrero de 2016. Bajó 11% en agosto de 2015. Hemos visto dos episodios de correcciones de más del 10% en los últimos 13 meses.
El mercado está claramente vulnerable y algunos de los factores de volatilidad podrían fácilmente bajar 10-20% de golpe.
Ciertamente una suba de tasas, que no veo posible en el futuro cercano, haría bajar al mercado de acciones un 20%.
Si eso pasa la confianza se destruirá de manera extrema.
Será lo opuesto de lo que la Fed quiere. Será deflacionario, aumentará los ahorros, reducirá el gasto y la volatilidad del dinero.
Atentamente,
Jim Rickards

domingo, 21 de mayo de 2017

Los bancos centrales del mundo están paralizados por el miedo

 



Se suponía que 2016 iba a ser el año en el que la Reserva Federal “normalizaría” sus políticas. Hace dos años (después de años de tipo objetivo casi cero) la Fed prometía que empezaría a aumentar los tipos para volver a niveles “normales” y recortaría su balance.
Eso nunca ocurrió.
Sí, la Fed ha aumentado en su tipo objetivo del 0,25% al 1% en los últimos 19 meses. Pero sí vemos esto en su contexto, sería absurdo declarar un tipo objetivo del 1% de ninguna otra manera que una postura de dinero barato. Recordemos que a lo largo de la década de 1990 el tipo de los Fondos Federales estaba normalmente entre el 5% y el 6%.
Sin embargo, después de diciembre de 2008, el tipo objetivo se mantuvo en el 0,25% durante siete años. Ahora que llevamos nueve años de “recuperación”, la Fed habla de subir los tipos, pero estamos en un mundo realmente extraño cuando un tipo objetivo del 1% parece una postura “dura” para un banco central.
rate1.pngAdemás, seguimos oyendo poquísimo acerca de la normalización de la balanza de la Fed, que sigue cargada de activos comprados al principio la crisis financiera para impulsar al alza los precios de los activos.
Seguimos oyendo acerca de cómo la economía está mostrando signos de fortaleza, pero casi una década después de la última crisis financiera, los bancos centrales (incluida la Fed) siguen tratando la economía como si fuera extremadamente frágil y pudiera fracturarse si sufriera la más mínima perturbación.
Esto se hace mucho más evidente con nos fijamos en otros bancos centrales en todo el mundo.
target2_0.pngDespués de todo, la Fed es el tipo raro en lo que respecta a los bancos centrales y es el único gran banco central que está aumentando los tipos.
Observando los bancos centrales de Australia, la UE, Canadá, Japón, China y Reino Unido, no encontramos ningún endurecimiento en absoluto. Desde 2012, con la excepción de la Fed, no ha habido nada más que rebajas en el tipo objetivo. Excluyendo a la Fed, la última vez que vimos movimiento de los bancos centrales fue cuando el banco central australiano y el Banco de Inglaterra rebajaron sus tipos objetivos en agosto de 2016.
Entretanto, el Banco Central Europeo y el Banco de Japón continúan estando en territorio negativo.
El Banco de Japón ha estado diciendo que iba a ponerse serio acerca  de acabar con balance masivo, aunque… en el futuro. La semana pasada, Kuroda, gobernador del Banco de Japón, dijo que incluso podría emitir un informe sobre el impacto de rebajar su balance. Pero hablar acerca de rebajar el estímulo monetario y aplicarlo realmente son dos cosas distintas.
Los balances de los grandes bancos centrales de EEUU, la UE y Japón son tan grandes que Bloomberg la semana pasada calificó al asunto de los balances como “el gorila de 13 billones de dólares en la habitación”. Es un total combinado que es tan enorme que es “mayor que la economía de China o la de la Eurozona”.
Como Japón, el BCE ahora mismo no está haciendo nada y “cualquier discusión sobre cuándo empezaremos a disminuir [el balance] parece estar algo lejos”.
Además, el Banco de Inglaterra mantuvo sin cambios su tipo mínimo histórico del 0,25% y rebajó su previsión para 2017. Antes, el Banco de Inglaterra había usado el Bréxit como excusa para redoblar el estímulo y a pesar de estabilizar la economía no ha hecho nada desde entonces.
Y para que nadie piense que a las economías más pequeñas les está yendo bien, descubrimos que Moody’s está rebajando la calificación de los seis bancos más grandes de Canadá por miedo a que el mercado inmobiliario esté allí demasiado chispeante. El último movimiento del Banco de Canadá fue rebajar su tipo objetivo al 0,5% en 2015.
El efecto acumulativo de todo esto es tomar conciencia de que los bancos centrales están sencillamente demasiado paralizados por el miedo acerca de verdadero estado de la economía como para llevar a cabo ninguna acción atrevida sobre los tipos de interés.
Si las cosas van tan bien, ¿dónde están los aumentos de tipos de un simple 0,25%?
No vemos ninguno porque los bancos saben que sin una infusión constante de dinero barato, probablemente la demanda se venga abajo y se produzca enseguida una recesión.
Pero al ser la Fed el único gran banco que aumenta sus tipos, los bancos centrales del mundo toman conciencia de nuevo que estamos en una carrera hacia el fondo. Sí, EEUU está en medio de un régimen inflacionista, pero el BCE, el BdJ y otros parecen no tener escrúpulos en mantener sus grifos monetarios completamente abiertos. Y por tanto el dólar, por ahora, no parece tan terrible en comparación.

El artículo original se encuentra aquí.

Alan Greenspan, vendido


 


[Extraído de The Austrian 3, nº 2 (Marzo/Abril 2017): 12-14]
Sebastian Mallaby es el responsable Paul A. Volcker para las relaciones Económicas Internacionales en el Council on Foreign Relations. Podemos estar seguros, por tanto, de que su nuevo y extenso libro, The Man Who Knew: The Life and Times of Alan Greenspan, refleja un punto de vista desde el Establishment. Por si eso fuera poco para saber de dónde viene el libro, Mallaby nos informa de que obtuvo una cooperación total de Greenspan al escribirlo. “Este libro se basa en un acceso casi limitado a Alan Greenspan, sus papeles y sus colegas y amigos, todos los cuales fueron generosos en su colaboración”.
Aunque el libro no llega a ser un panegírico para Greenspan, Mallaby le ve con un favor considerable. Sin embargo, el libro contiene mucho material para un veredicto más severo: Greenspan abandonó las convicciones de libre mercado que había defendido efectivamente al principio de su carrera como economista. Defender la verdad económica no era el camino hacia el poder e influencia que buscaba Greenspan y rápidamente ajustó sus creencias para que se correspondieran con sus ambiciones.
Greenspan se asoció a la banda interna de discípulos de Ayn Rand, pero su defensa de la economía de libre mercado no deriva de su alianza con el objetivismo. Greenspan aprendió teoría económica con Arthur Burns en la Universidad de Columbia. Para Greenspan, como para su mentor Burns, la estadística tiene una importancia primordial: la teoría económica derivaba de patrones encontrados en los datos y estaba estrictamente subordinada a sus fuentes empíricas. “Burns fue el principal heredero de la tradición empirista de Wesley Mitchell y su influencia limitó cualquier entusiasmo que Greenspan pueda haber tenido por las nuevas tendencias que habían empezado a sacudir la economía. (…) Incluso el cálculo econométrico más inteligente estaba limitado porque las relaciones estadísticas de ayer podían quebrarse mañana, por el contrario, mediciones más exactas de lo que estar haciendo la economía son algo más que sencillas estimaciones: son hechos”.
A partir de sus estudios de los datos, Greenspan llegó a una conclusión importante. Los mercados financieros desempeñaban un papel esencial en la génesis del ciclo económico: “Enfrentándonos directamente a la noción de que los mercados financieros son sencillamente un casino con apuestas sin sentido, llegó a una conclusión de la que el premio Nobel James Tobin obtendría posteriormente el crédito. Los precios de las acciones impulsan las inversiones empresariales en activos fijos. (…) A su vez, estas inversiones crean muchos de los auges y declives de una economía capitalista”.
Greenspan aplicó sus ideas a la política de la Fed de una manera que recuerda la teoría austriaca del ciclo económico. Durante la década de 1920, “el error clave de la Fed fue infravalorar su propia contribución a la burbuja bursátil. El aumento en el mercado había activado un aumento en la inversión y el gasto de consumo, lo que a su vez había potenciado los beneficios y atizado los espíritus animales, disparando un mayor aumento en la bolsa. La Fed de la década de 1920 había sido la facilitadora de este círculo de retroalimentación: para que le inversión y el gasto de consumo despegaran, las empresas y consumidores necesitaban acceso al crédito. Ante un aumento en el apetito de préstamo, la Fed decidió [incorrectamente] ‘atender las demandas legítimas de las empresas’, como dijo Greenspan”.
Greenspan deducía de su análisis “una postura radical: Estados Unidos debía volver al patrón oro del siglo XIX. Al ligar el dinero y el crédito a una oferta fija de oro, la nación podía impedir repuntes tóxicos en el poder adquisitivo (…) ‘el patrón oro anterior a la Primera Guerra Mundial impedía “huidas de la realidad” especulativas, con sus desastrosas consecuencias’, insistía Greenspan”.
No fue ésta la única área en la que Greenspan adoptó una postura radical de libre mercado. Desafiando a la ortodoxia, “Greenspan continuaba con un ataque sobre los intentos del gobierno de controlar a los monopolios con leyes antitrust. (…) Señalaba que no eran solo los gestores empresariales los que querrían desafiar a los monopolistas: el sistema financiero también reclamarían que lo hicieran. Si un monopolio obtenía grandes rentas de sus clientes, los precios de sus acciones aumentaban y eso daba a los emprendedores un incentivo para crear rivales para el monopolio y daría a los financieros un incentivo para proporcionar a esos rivales abundante capital”. Mallaby ve esta “cruda” opinión con evidente disgusto, señalando que tanto Friedrich Hayek como Milton Friedman  adoptaron una postura más “matizada”.
¿En qué se convirtió este radical de libre mercado? Por desgracia, su deseo de “poder y pasta”, en expresión de Murray Rothbard, le llevó a alterar sus opiniones. Un firme compromiso con la libertad nunca le habría hecho entrar en el sancta sanctórum del gobierno y Greenspan aprendió pronto a moderar sus opiniones.
En esos días radicales, Greenspan se había opuesto a los rescates públicos a las empresas quebradas: la disciplina de la quiebra era esencial para el funcionamiento del mercado libre. En 1981 se enfrentó a su maestro Arthur Burns, que estaba a favor de rescatar Lockheed. “Testificando ante el Senado, Greenspan rechazó respaldar a su mentor. ‘Estoy esencialmente en desacuerdo con este tipo de garantía de préstamo’, empezó. El préstamo dirigido por el gobierno ‘debe llevar inevitablemente a la subvención de las empresas menos eficientes’, dañando la productividad y por tanto los niveles de vida. (…) Lo que realmente necesitaba la economía era que desaparecieran las empresas débiles, de tal manera que capital y trabajadores se trasladarían a establecimientos mejor gestionados”.
Una vez acerca de los resortes del poder, las cosas fueron distintas. Quiso convertirse en el sucesor de Paul Volcker como presidente de la Fed y sabía que una firme oposición a la política de la Fed dañaría sus posibilidades de conseguir al cargo. Yendo en contra de su análisis anterior, apoyó el “mayor rescate bancario de la historia de EEUU”, el rescate en 1984 del Continental Illinois National Bank. Admitía los peligros del rescate, pero era, como resume su postura Mallaby, “necesario y terrible”. Terrible, sospecho, debido a sus efectos sobre el libre mercado, pero necesario para que Greenspan avanzara en su carrera. Para cuando se convirtió en presidente de la Fed, la transformación había sido completa. En 1989, su “rechaza libertario a los rescates había desaparecido hacía mucho tiempo, lo que quería por encima de todo irá espacio para luchar contra la inflación”.
Greenspan quería luchar contra la inflación, pero la mejor manera de hacerlo ya no era aceptable. Un patrón oro, había reconocido hacía tiempo, traería consigo estabilidad financiera, pero remplazar a la Fed con un patrón material no sujeto a control por parte del gobierno erosionaría su poder. Así que el patrón oro tenía que desaparecer.
Rechazó el patrón oro con un evidente sofisma: “Una condición necesaria para volver a un patrón oro es el entorno financiero que el propio patrón oro se presume que crea. (…) Pero si restauráramos la estabilidad financiera, ¿entonces para que íbamos a volver a un patrón oro?” (citando a Greenspan). El por qué un patrón oro no puede ayudar a crear un entorno financiero estable, sino que por el contrario lo presupone, es algo que Greenspan no aclara. Todavía menos claro era cómo se suponía que la Fed mantenía la estabilidad en ausencia del patrón oro. Evidentemente teníamos que confiar en sus supremos poderes de juicio a la hora de dirigir la economía.
Greenspan en su larga carrera como Presidente de la Fed obtuvo el poder y las aclamaciones que buscaba, pero el crash de 2008, dos años después del fin de su mandato en el cargo, llevó a un rápido declive de su reputación.
En su actitud hacia el compromiso, Greenspan es todo lo contrario que Murray Rothbard. Rothbard podía haber ajustado sus opiniones para ganarse el favor de Arthur Burns, que era un amigo de la familia, pero rechazó hacerlo. Nunca abandonó sus principios y tomó la medida a Greenspan. Escribiendo acerca de él en 1987, Rothbard  observaba: “El valor real de Greenspan es que se puede estar seguro de que nunca hundirá el bote del establishment. Desde hace mucho tiempo se ha posicionado en mitad del espectro económico. Es, como la mayoría de los demás economistas republicanos veteranos, un conservador keynesiano, que en estos tiempos es casi indistinguible de los progresistas keynesianos en el bando demócrata”.
Al ver la caída de Greenspan de la gracia del libre mercado, vienen a la mente las melancólicas primeras línea de El líder perdido de Browning, dirigido contra Wordsworth: “No dejó por un puñado de plata, / solo un galón para unir a su abrigo”.

El artículo original se encuentra aquí.

miércoles, 25 de enero de 2017

El Banco de Inglaterra y el BCE tienen un problema de credibilidad






Los medios de comunicación de masas están preocupados por las sacudidas en 2017. Debería ser así. Si vieras apostado una libra (o un euro) este último año en un triple acumulado: que el Leicester City ganaría la ley inglesa, el Bréxit y luego Trump, habrías cobrado tu apuesta en millones. Las casas de apuestas no están ofreciendo en ningún lugar algo que ahora sería un “cuádruple” popular: i) Geert Wilders (Holanda, 15 de marzo), actualmente con un 20% en las encuestas; ii) Marine Le Pen, (Francia, 23 de abril), con un 25%; iii) Frauke Petry y Jorg Meuthe (Alemania, 27 de agosto), con un 13,5%; iv) Beppe Grillo, de Cinco Estrellas (Italia, fecha por determinar, tal vez octubre), con un 28%.
Para el BCE y el Banco de Inglaterra, que ya se enfrentan un con distintos problemas de credibilidad explicados a continuación, cualquiera de esas sacudidas podría resultar bienvenida. ¿Cómo así, podríais preguntar, dado que hicieron campaña por el “Remain” y evidentemente habrían estado encantados con Clinton?
Desde que sofocó las objeciones del Bundesbank a la QE al final de 2014, el BCE ha tenido libertad para aplicar cualquier política monetaria que desee. Sin embargo, los niveles de desempleo (aunque disminuyendo durante varios trimestres) siguen siendo preocupantes y varias partes del sistema bancario europeo no se sienten particularmente seguras. Sin embargo, muchos fondos de inversión y otros inversores altamente apalancados han tenido otro año decente haciendo apuestas bastante obvias sobre las respuestas políticas cada vez más predecibles ante diversos acontecimientos (Bréxit y Trump, tal vez no Leicester City).
Desde el primero de los rescates soberanos (Grecia, 2010) presionó duramente al principio a los parlamentos nacionales en busca de “reformas estructurales”. Cuando la “austeridad”, su sinónimo, se convirtió en una palabra maldita (en 2012-13), el BCE cambio de táctica y buscó la unión bancaria. Ahora que Alemania la ja bloqueado (sin ninguna posibilidad de ningún fondo común de depósito), el BCE ha vuelto a su habitual idea de la reforma estructural. Pero sus llamadas han caído en oídos sordos. De noviembre, el miembro del consejo del BCE,  Benoit Coeure, comparecía para preocuparse acerca del futuro del proprio euro:
Incluso en un sistema de dinero fiduciario, una mala credibilidad de los gobiernos acaba creando el riesgo de una erosión en la confianza en el último activo seguro: el dinero del banco central.
Embargo, el problema de credibilidad del BCE es modesto comparado con el del Banco de Inglaterra. Un libro reciente, All Out War: The Full Story of How Brexit Sunk Britain’s Political Class, del editor politico del Sunday Times, Tim Shipman, indica que las apuestas en ambos bandos de la batalla de Bréxit fueron tan altas que casi se vulneró la Convención de Ginebra, por supuesto a pesar de la fachada de educación que siguieron meticulosamente todos los actores en todos los momentos. Patrick Minford desempeñó al final un papel pequeño pero importante. Muchos habían sido escépticos cuando se publicaron las  previsiones del Banco de Inglaterra basadas en el “modelo de gravedad” de que un Brexit crearía una recesión. Minford sabían que estas no solo eran incorrectas, sino modelos “fijos” cuidadosamente inventados que pretendían influir en el referéndum. Este formó un grupo de solo quizá diez economistas que se calificaron a sí mismos como “economistas por el Bréxit” y disfrutó de una cobertura mediática importante. Ahora, más de seis meses después, el modelo está desacreditado y Carney ha tenido que sufrir llamadas de dimisión, no siendo la acusación ninguna falta de competencia, sino la quiebra de la neutralidad política del banco. A principios de enero, Andrew Haldane, exjefe de Supervisión Financiera, dio un discurso en el que reconocía que el Banco de Inglaterra es incompetente a la hora de previsiones económicas. Peor que sus previsiones sobre Brexit, destacaba Haldane, fue el fallo del Banco de Inglaterra en apreciar alguna señal de problemas de sistema bancario en 2007, incluso después de la quiebra del Northern Rock. Dado su puesto actual como economista jefe, los medios titularon como si Haldane estuviera jugando la carta del mea culpa. Dada la presión que afronta Carney y el menosprecio público sufrido por Haldane en 2013 por criticar las mediciones de solvencia bancaria de activos de riesgo de Basilea, tal vez sea también un movimiento en su carrera, siendo el texto que subyace: “mi jefe me obligó a hacerlo”.
Una amenaza menos reportada pero mucho más grave para la credibilidad ya dañada del banco son sus acciones con respecto a los márgenes de capital regulatorio mínimo de los bancos británicos inmediatamente después del referéndum. Esto sí pone en juego incompetencia. Como señalamos, dadas las agitadas aguas de las que se dirigió la economía británica, el banco decidió reducir las trabas de capital de todo los bancos en un 0,5%. Esto puso a cero el margen contra cíclico de capital o CCyB, por sus siglas en inglés. El texto real:
[Al banco] le preocupaba que los bancos podían responder a estos acontecimientos atesorando capital y restringiendo los préstamos. La reducción de la tasa de CCyB pretendía reforzar las expectativas FCP para que todos los elementos de márgenes de capital y liquidez fueran capaces de movilizarse para apoyar la economía real.
Aquí hay un problema serio. El banco parece haber aplicado el CCyB de manera incorrecta. Como ha explicado recientemente Kevin Dowd:
El propósito del CCyB es contrarrestar el ciclo financiero: al crearse crédito agregado, los mercados crecen y aumenta los riesgos; luego estalla el auge, los mercados caen y se aprecian los riesgos y consiguientemente se produce la quiebra. El CCyB debería aumentar en la primera fase para ayudar a ralentizar la euforia y luego caer en la segunda fase para aliviar la preocupación.
Si los problemas que tenía el banco existieran en el futuro, la decisión de julio debería haber sido aumentar el CCyB. La única justificación para rebajarlo habría sido que Reino Unido estuviera ya en una fase dos (una recesión) en junio de 2106. Dado que no lo estaba ni lo está ahora y además que el Banco de Inglaterra está mucho menos preocupado acerca de las perspectivas, debería aumentar inmediatamente el CCyB de todos los bancos.
La única razón posible para no hacerlo es el miedo a que esto ponga de manifiesto defectos de capital en los bancos de Reino Unido. Esta razón tiene sentido. También explicaría por qué estos dos poderosos bancos centrales maniobraron enfebrecidamente en contra del Bréxit. El sistema bancario está ahora tensionado tan cerca de su punto de ruptura que temen que incluso una onda en la represa pueda provocar unas cataratas del Niágara. El BCE y el banco de Inglaterra agradecerían una o más de las cuatro sacudidas. No hay nada como una nueva crisis para animar a los medios a olvidarse del anterior.
Adaptado de un artículo más largo en el Cobden Centre.

El artículo original se encuentra aquí.

lunes, 9 de enero de 2017

Los bancos centrales juegan con los mercados

Juan Ramón Rallo indica que los bancos centrales tienen demasiada importancia sobre las economías, de manera que ni siquiera necesitan decidir algo para que las consecuencias comiencen a sentirse.

Los bancos centrales poseen una influencia desproporcionada sobre nuestras economías, en tanto en cuanto ostentan el monopolio de la creación de “dinero”. Su poder es tan elevado que ni siquiera necesitan tomar decisiones para que las repercusiones comiencen a sentirse: sus pronunciamientos son capaces de influir gravemente sobre las expectativas de consumidores o inversores y, por tanto, sobre sus actuaciones. En la Eurozona todavía tenemos muy presentes las mágicas palabras de Mario Draghi en julio de 2012 que calmaron rápidamente las potentes tensiones financieras que a punto estuvieron de destruir el euro. En EE.UU., los discursos de Alan Greenspan, el presidente de la Reserva Federal entre 1987 y 2006, se examinaban con sumo detalle para poder anticipar cuáles serían sus movimientos y poder sacar partido de ellos.
Frente a las tradicionales “operaciones de mercado abierto” (open market operations, en inglés), durante las últimas décadas han ido cobrando cada vez más fuerza las llamadas “operaciones de boca abierta” (open mouth operations), consistentes en interpretar las palabras y las gesticulaciones de los banqueros centrales para ser capaces de anticipar el curso futuro de sus actuaciones. Lo que se dice cuenta tanto o más que aquello que se hace, al menos en el corto plazo.
Justo por ello, las bolsas europeas sufrieron hace poco más de una semana caídas significativas por la mera expectativa de que la Reserva Federal volviera a elevar los tipos en el muy corto plazo. Si la Fed finalmente encareciera el precio de su crédito en algún momento durante las próximas semanas, la decisión se interpretaría como una muestra de voluntad más firme y decidida a acabar con la era del “dinero barato” de lo que las zigzagueantes palabras de los miembros de la Fed habían dejado entrever hasta el momento. Y un alza de los tipos de interés se espera que podría acarrear efectos contractivos en tanto contribuiría a apreciar el dólar frente al resto de divisas, minoraría el margen de ganancias de la banca estadounidense e incentivaría a los inversores a trasladar su capital desde el mercado bursátil a otros instrumentos de renta fija que ofrecieran mejor precios que en la actualidad. Todo lo cual, se teme, dañaría a una economía como la estadounidense que ahora mismo está mostrando ciertas señales de debilidad.
Pero justamente porque una subida de tipos puede ser contractiva en el corto plazo, la Fed sigue sin pronunciarse con claridad acerca de sus verdaderos planes con respecto a la implementación de la política monetaria en el corto plazo. Lejos de publicitar un calendario sobre sus actuaciones futuras que sea transparente para el conjunto de los operadores de mercado, continúa dando bandazos para evitar despejar las actuales dudas: “ahora sí quiero subir tipos, ahora no”. Y es que, aun cuando su objetivo último sí parece ser el de terminar revertiendo en el muy largo plazo la actual política monetaria ultraexpansiva, la Fed está deliberadamente evitando ser clara para no afectar ya de lleno a las expectativas de los inversores (sobre todo antes de las elecciones): sólo así puede conseguir alargar durante un tiempo más los efectos artificialmente estimulantes de esa política monetaria que ya debería haberse suprimido hace mucho tiempo. Estamos, pues, ante una treta más de los omnipotentes bancos centrales para manipular los mercados a su arbitrio.
En suma, si algo dejan claro este tipo de comportamientos, que unos días recalientan la bolsa y la otra la pinchan como si fuera un juguete en las manos de un niño caprichoso, es que necesitamos otro marco de la política monetaria: no uno que otorgue un poder gigantesco a un ente público, sino uno que proporcione reglas previsibles y estables al conjunto de los agentes económicos. El monopolio de los bancos centrales es incompatible con ese nuevo marco monetario.
Este artículo fue publicado originalmente en La Razón (España) el 13 de septiembre de 2016.

miércoles, 28 de diciembre de 2016

Los banqueros centrales están perdiendo la fe en su propia alquimia


The End of Alchemy 2




[Extraído de The Austrian (Noviembre – Diciembre 2016)]
[The End of Alchemy: Money, Banking, and the Future of the Global Economy · Mervyn W. King · W.W. Norton & Co., 2016 · xv + 431 páginas]
Mervyn King es el Ben Bernanke británico. Un eminente economista académico, que ahora enseña tanto en la Universidad de nueva York como en la London School of Economics, King fue de 2003 a 2013 gobernador del Banco de Inglaterra. En resumen, es un pez muy gordo. Curiosamente, en The End of Alchemy suena frecuentemente como Murray Rothbard.
King identifica un problema básico en el sistema bancario que ha llevado una y otra vez a crisis financieras. “La idea de que el papel moneda podía remplazar al oro y los metales preciosos con un valor intrínseco y de que los bancos podían tomar depósitos seguros a corto plazo un y transformarlos en inversiones de riesgo a largo plazo aparece con la Revolución Industrial en el siglo XVIII. Era al tiempo revolucionaria  e inmensamente atractiva. Era en realidad alquimia financiera: creación de poderes financieros extraordinarios que desafiaban la realidad y el sentido común. La búsqueda de este elixir monetario ha llevado a una serie de desastres económicos, desde la hiperinflación a las quiebras bancarias”.
¿Cómo se supone que funciona exactamente esta alquimia?  “La gente creía en la alquimia porque, se argumentaba, los depositantes nunca decidirían retirar todos su dinero al mismo tiempo. Silas solicitudes de los depositantes para hacer pagos y obtener liquidez fueran, después de hacer una media sobre un gran número de depositantes, un flujo predecible, entonces los depósitos podrían proporcionar una fuente fiable de financiación a largo plazo. Pero si un grupo importante depositantes retirara fondos al mismo tiempo, el banco se vería obligado, o a reclamar una devolución inmediata de los préstamos que haya hecho (…), o a dejar de pagar las solicitudes de los depositantes”. Los lectores de ¿Qué ha hecho el gobierno de nuestro dinero? de Rothbard reconocerán un tema familiar.
Muchos han tratado de salvar la alquimia de la banca recurriendo a un banco central. Al actuar como prestamista de último recurso, un banco central puede rescatar bancos que necesiten fondos para atender a depositantes nerviosos y así evitar el riesgo de una corrida bancaria. La alquimia de transformar depósitos en inversiones puede ahora llevarse a cabo.
Aunque él fue uno de los principales banqueros centrales del mundo, King encuentra defectos en esta “solución”. Un banco local puede rescatarse consiguiendo de dinero del banco central, pero el proceso genera nuevos problemas. Thomas Hankey, un gobernador del Banco de Inglaterra del siglo XIX, señalaba algunos de estos en respuesta a Walter Bagehot, un defensor clásico del banco central como prestamista de último recurso:
Si los bancos pasan a confiar en el Banco de Inglaterra para que lo rescate cuando tengan dificultades, tomarán excesivos riesgos y abandonarán los “principios sólidos de la banca”. Se desharían de sus activos líquidos, confiando en su lugar en la garantía barata del banco central, y eso es exactamente lo que ocurrió antes de la reciente crisis [de 2008]. La provisión de garantía sin un cobro apropiado es un incentivo para tomar riesgos excesivos (en la jerga moderna, crea un “riesgo moral”).
Dados los peligros de la alquimia financiera, ¿qué deberíamos hacer con ella? De nuevo King lanza algo rothbardiano. Escribe con gran simpatía hacia la banca de reserva 100%.
Aunque hace cincuenta años el grado de alquimia del sistema bancario era mucho menor del que es hoy, es interesante que muchos de los economistas más distinguidos de la primera mitad del siglo XX creyeran que había que obligar a los bancos a tener suficientes activos líquidos como para respaldar el 100% de sus depósitos. Recomendaban acabar con el sistema de “banca de reserva fraccionaria” bajo el cual los bancos crean depósitos para financiar préstamos arriesgados y por tanto tienen insuficientes reservas de efectivo para respaldar sus depósitos.
Como Rothbard, King llama la atención sobre las ideas del jacksoniano del siglo XIX, William Leggett. King cita un artículo de 1834 en el que Leggett dice:
Hagamos que la ley [actual] sea derogada en; hagamos que se sustituya por una ley que obligue sencillamente que a cualquier persona que entre en el negocio bancario se le obligue a consignar con algún oficial designado por la ley, un inmueble u otra garantía aprobada por la cantidad total de los billetes que pueda desear emitir.
King puede que hasta cierto punto se parezca a Rothbard, pero desgraciadamente no es Rothbard y los lectores atentos habrán apreciado una importante diferencia entre la idea de King de banca de reserva 100% y la de Rothbard. La idea de King, al contrario que la de Rothbard, sigue permitiendo a los bancos expandir la oferta monetaria. Los “activos líquidos” no tienen que ser idénticos a los depósitos: solo tienen que ser fácilmente convertibles en dinero por si apareciera la necesidad de hacerlo.
El plan de King para “acabar con la alquimia” permite una importante expansión monetaria. Llama a su idea la aproximación “casa de empeño para todas las estaciones”. Es una forma de garantía de “liquidez”. Los bancos tendrían que adelantar como colateral al banco central parte de sus activos. Esto actuaría como una “forma de seguro obligatorio, de forma que en caso de una crisis un banco central estaría libre para prestar en los términos ya acordados”. Así que, mientras su seguro se haya pagado, el banco central seguiría rescatando a dicho banco en una crisis dándole más dinero. Comparemos esto con el plan sugerido en la cita de Leggett, en el que si un banco no pudiera redimir sus billetes, los depositantes podrían proceder directamente contra los activos del banco. Esto no permite ningún expansión monetaria y el plan de Rothbard, por supuesto, es todavía más restrictivo.
Habiendo llegado tan cerca de Rothbard, ¿por qué no se atreve King a dar el paso final? ¿Por qué sigue dejando la posibilidad de una expansión monetaria? Porque teme a la deflación.
Cambios agudos en el equilibrio entre la demanda y la oferta de liquidez pueden causar un caos en la economía. La ventaja clave del dinero fabricado por el hombre es que su oferta puede aumentar o disminuir rápidamente en respuesta a un cambio súbito en la demanda. Esa capacidad es una virtud, no un defecto, del dinero electrónico o de papel. (…) La capacidad expandir la oferta de dinero en tiempos de crisis es esencial para evitar una depresión.
¿Pero y si la demanda de liquidez aumenta repentinamente, cuando las existencias molestaría son constantes, no pueden los precios de bienes a la baja satisfacer la demanda? King, siguiendo aquí a Keynes, es escéptico. “La flexibilidad de salarios y precios sí ayuda a coordinar planes cuando existen todos los mercados relevantes para decisiones futuras. Pero en la práctica no lo hace y bajo esas circunstancias los recortes en salarios y precios pueden rebajar las rentas sin estimular la demanda actual”. Los precios pueden seguir cayendo indefinidamente.
También preocupan a King otras posibilidades de fallos de coordinación y por debajo de ellas hay un argumento importante. Siguiendo a Frank Knight, distingue entre riesgo e incertidumbre.
Los riesgos se refieren a eventos como que tu casa se incendie, en los que es posible definir exactamente la naturaleza de ese resultado futuro y asignar una probabilidad a la ocurrencia de dicho evento basada en experiencias pasadas. (…) La incertidumbre, por el contrario, se refiere a eventos en los que no es posible definir, o siquiera imaginar, todos los posibles resultados futuros y a los que por tanto no es posible asignar probabilidades.
Vivimos en un mundo de incertidumbre radical y por tanto no podemos estar seguros de que para evitar una catástrofe baste  con confiar en los precios del mercado para ajustarse a cambios en la demanda de tenencia de dinero. Por esta razón se necesita a veces recurrir a la expansión monetaria.
Este argumento se desarrolla demasiado rápido. No se deduce del hecho de que prevalezca en general la incertidumbre knightiana que se tenga que tomar en serio la posibilidad de que precios y salarios caigan indefinidamente. En una situación de incertidumbre, no podemos, por hipó tesis, calcular probabilidades; pero esto no implica que tomemos posibilidades extravagantes como posibles ocurrencias que deban ser evitadas por el gobierno. Tiene que darse alguna razón para suponer que los precios continuaron cayendo indefinidamente. ¿Por qué no podrían los empresarios ser capaces de corregir la situación sin recurrir a la expansión monetaria? No afrontamos una dicotomía entre cálculo matemático exacto, al estilo de un equilibrio de Arrow-Debreu, y tantear ciegamente la oscuridad.
El propio King reconoce que en la depresión estadounidense de 1920 a 1921 no hizo falta recurrir al gobierno.
El hecho sorprendente es que a lo largo del episodio no hubo ninguna política activa de estabilización por parte del gobierno ni el banco central y los precios se movieron de una manera violenta. Fue, en palabras de James Grant, el periodista y escritor financiero de Wall Street, “la depresión que se curó a sí misma”.
Es estimulante que King cite al economista austriaco James Grant, pero saca de su trabajo un mensaje insuficiente. “La lección clave de la experiencia de 1920-21 es que es un error pensar que todas las recesiones tienen causas similares y requieren remedios similares”. En vista de las muchas consecuencias ingratas, completamente reconocidas por King, de la intervención pública, ¿no deberíamos destacar en su lugar la necesidad de confiar en el mercado no intervenido? King sin embargo merece ser alabado por acercarse, a su manera, a muchas ideas austriacas.

El artículo original se encuentra aquí.

sábado, 17 de diciembre de 2016

Los banqueros privados suizos deberían ser un modelo para los banqueros del resto del mundo



 


La posición de fortaleza de las acciones bancarias puede mostrar algún optimismo tras la victoria de las elecciones presidenciales de Donald Trump. Pero solo se afianzará un futuro sano para la banca de EEUU si ese sector se adecúa al propósito original que se supone que tiene la banca: la gestión de la riqueza. Así, la gran banca estadounidense de las próximas generaciones no sería del tipo calamitoso de Wells Fargo o Bank of America, ni siquiera como la licencia de la Electronic Money Institution de Facebook o la Mobile Wallet de Google. Los bancos más sólidos serían reconstrucciones de ese clásico de toda la vida: el banquero privado suizo. Esta filosofía de la banca de “regreso al futuro”, ya prevaleciente en algunos de los bancos de mejor rendimiento y menos conocidos de la pasada década en EEUU, es la que debe hacerse predominante para que ese sector pueda resistir.
Los analistas han atribuido el aumento del precio de las acciones bancarias a la promesa de relajación de las regulaciones financieras tras la crisis, incluyendo la ley Dodd-Frank de 2010 y el papeleo del Consumer Financial Protection Bureau, a un equipo de transición de Trump compuesto en parte por empresarios y economistas conservadores y a la promesa de Mr. Trump de un fuerte gasto en infraestructuras. Pero a la vista de la persistente omnipotencia de la Fed y de la estratosférica deuda nacional del país, estas medidas por sí solas no sostendrían un sector bancario robusto.
El foco por el contrario debería estar en el fomento de bancos locales, centrados en la comunidad pero nacionalmente ambiciosos, de los que se haya hablado poco entre las historias de rescates sin sentido, escándalos de cuentas falsas, políticas de tipos cero de interés y comercio informático. Extraordinariamente bien gestionados y a menudo de propiedad familiar, estos bancos obtuvieron beneficios a lo largo del periodo posterior a la crisis, resistiendo la pesadilla regulatoria, la ampliación de la misión de la Fed y el auge de las “fintech” de la “banca alternativa” y las tecnologías móviles. Lo hicieron ateniéndose a fundamentos fiscales sólidos y no infravalorando nunca la preferencia “psicológica” por parte del público hacia instituciones recias cuyos propietarios o gestores son miembros o descendientes de la propia familia fundadora del banco. Aunque PriceWaterhouseCoopers predijera lúgubremente que la banca tradicional no sobreviviría más allá de 2025, son precisamente bancos de gran éxito como el Beal Bank de Dallas o el centenario Bank of Fayette County de Tennessee los únicos que sobrevivirán a las próximas décadas y más allá.

¿Qué es un banquero privado suizo?

Para entender la banca real de la nueva generación, veamos el modelo de nuestros antepasados que mejor encarna los principios bancarios ultratradicionales: la leyenda nacional de Suiza, el banquier con responsabilidad ilimitada. Ningún banco estadounidense, incluidos los dos ejemplos antes mencionados, sigue este “severo” modelo suizo. Aun así, esa gente fiable y aristocrática que vive en Ginebra, Zúrich y Basilea y es experta del arte de la gestión de riqueza y la banca sin florituras (ni siquiera en línea) constituye el tipo de instituciones donde el dinero sigue significando oro y las maquinaciones de Ms. Yellen son una divertida curiosidad estadounidense, pero confortablemente distante.
Para empezar, un detalle de la definición. La expresión es “banquero privado suizo” y no “banco privado” o “banca privada”. Este primero se refiere a una institución muy concreta, definida por una ley suiza de 1934 y, como expresión (“banquero privado suizo”), es una marca registrada. Estos no son bancos del tipo del UBS o el Credit Suisse (que son, a todos los efectos y fines, bancos estadounidenses) ni tampoco sencillamente instrumentos menos conocidos para la evasión de impuestos y cubiertos de un atractivo secreto. Por el contrario, el término se refiere a unas pocas “casas” privilegiadas estrictamente definidas, a menudo con siglos de historia y casi siempre todavía de propiedad familiar, que, por ley, deben aceptar una responsabilidad personal inaudita (en estas tierras) entre sus socios y altos requisitos de reserva, entre otras cosas. De hecho, solo en los últimos tres años, el número de estos bancos ha disminuido de doce a seis, ya que las presiones de la crisis económica global obligaron a varios de ellos a convertirse en sociedades de responsabilidad limitada.
Son una clase por sí misma, equivalente a una responsabilidad ilimitada. Los que quedan son: Baumann et Cie.; Bordier et Cie.; E. Gutzwiller et Cie; Mouge d’Algue et Cie; Rahn & Bodner y Reichmuth & Co. Son “banqueros privados” porque están: (1) organizados exclusivamente en la forma legal de una sociedad o sociedad limitada; (2) dirigidos por socios que son normalmente descendientes o familiares de los fundadores de los bancos; (3)invierten su propio capital en sus bancos y mantienen altos coeficientes de reserva en efectivo; (4) definidos por un estatus especial de banquero privado que depende de la presencia dentro de la dirección de uno o varios socios con responsabilidad ilimitada para obligaciones de inversión. Esta última es su diferencia más característica. Otros bancos suizos ofrecen servicios de gestión de riqueza, pero su responsabilidad máxima se limita al capital social. Con los banqueros privados, la responsabilidad no se limita únicamente al capital social de la empresa, sino que los socios son también responsables con sus activos privados.
Así que en su primera obligación es para con sus clientes, sus propias familias y sus propias responsabilidades asumidas (una idea pintoresca en estos tiempos, verdaderamente). Se dirigen con una estructura plana de gestión; las cadenas de toma de decisiones son cortas; no desarrollan sus propios productos y por tanto no están sujetos a ningún conflicto de intereses en el asesoramiento inversor. Las inversiones deben ser comercializables y líquidas en todo momento; los banqueros no pueden actuar como intermediarios y no son bancos en línea. No se les permite vender sus propios instrumentos, tienden a no invertir en activos inmobiliarios globales y, como se ha mencionado antes, tienen normas estrictas sobre sus reservas.

Una preferencia por diferentes tipos de inversiones

Además, estos bancos comparten una preferencia esencial por la inversión en activos reales. En general, tienden a seguir la filosofía de inversión del tradicional “estilo suizo de riqueza” centrándose principalmente en el oro y los sectores basados en materias primas, la inversión en arte y la propiedad de terrenos. El efectivo sigue siendo el rey en Suiza; la deuda se considera como tal y no como una forma de riqueza; los derivados y la especulación de tipo casino están mal vistos. La mayoría de estos bancos no ofrecen préstamos o hipotecas comerciales y las inversiones casi siempre se eligen a partir de registros históricos de rentabilidad.
Como le gusta señalar a la Asociación de Banqueros Privados Suizos de Ginebra, en el pasado se confiaba tanto en el banquero privado suizo que muchos llegaron a convertirse en asesores de ministros y reyes y algunos llegaron a ser ministros ellos mismos. Albert Gallatin se convirtió en secretario del Tesoro de EEUU después de negociar la compra de Luisiana en el siglo XVIII; George Prevost se convirtió en gobernador general de Canadá; Pierre Telluson se convirtió en director del Banco de Inglaterra y Jaques Necker, en ministro de finanzas bajo Luis XVI en Francia. Todavía están más orgullosos por el hecho de que la categoría de socio pasar de generación a generación tratando de proteger la permanencia del negocio.
En EEUU, hay tres motores del cambio del sector (tecnología, clientes y regulación) que han amenazado con destruir el modelo bancario tradicional. Han aparecido proveedores alternativos en casi todos los aspectos del sector (salvo los depósitos garantizados, que siguen siendo dominio exclusivo de los bancos con licencia) y la rápida expansión de la banca móvil, unida a la introducción de mejores infraestructuras inalámbricas y de banda ancha, están amenazando al modelo basado en sucursales. Incluso entre los bancos físicos, el auge de las cadenas bancarias amables pero impersonales, cómodas pero ligeramente poco serias ha convertido la “banca” en poco más que en acudir a gloriosos cajeros automáticos.
Sin embargo, los bancos tradicionales del viejo mundo mantienen y ganarán cada vez más ventaja en ese entorno. La reputación sigue siendo todo. Experiencia, confianza e imagen, todo importa. Los proveedores de banca alternativa siguen teniendo que pelear con la falta de confianza en su seguridad. El cambio de una distribución física y tangible a canales basados en la tecnología sigue teniendo que preocuparse por crear una fiabilidad de marca, por no mencionar el reconocimiento de la integridad, la seguridad y la calidad del servicio (no solo la amabilidad de los cajeros) hacia el cliente. Por citar de nuevo a PWC: “Mientras que las marcas [de los bancos] se han visto tradicionalmente como una parte relativamente limitada de su valor, en el futuro pueden convertirse en esenciales”.
Introduzcamos el modelo del banquero privado suizo como inspiración para esa tendencia tan bienvenida. El sector bancario de EEUU podría usar una fuerte dosis de esta buena y antigua medicina suiza.

El artículo original se encuentra aquí.