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martes, 21 de febrero de 2017

Libre comercio frente a “libre comercio




NPR emitió un comentario inintencionadamente divertido esta mañana sobre las opiniones de Donald Trump con respecto a la UE y el libre comercio. El invitado, el exembajador de estados unidos para la UE, Anthony Gardner, criticaba con razón la opinión del Presidente de que “la protección llevará a una gran prosperidad y fortaleza” y reclamaba continuar la relación global de empresas y consumidores estadounidenses. Pero revelaba, tal vez inadvertidamente, qué quieren decir con “libre comercio” los actores políticos.
En concreto, Gardner expresaba un gran escepticismo hacia la posibilidad de que EEUU llegara a un acuerdo bilateral de libre comercio con Reino Unido, supuestamente uno de los principales objetivos de Trump en su próxima reunión con la nueva primera ministra Theresa May. Los acuerdos de libre comercio son complejos, nos informa Mark Gardner, y negociar uno no sería un ni fácil ni rápido.
¿Por qué? Para los economistas libre comercio significa ausencia de interferencia pública con el comercio: ni aranceles, ni cuotas, ni subvenciones, ni otras intervenciones, explícitas o implícitas. Para los políticos, “libre comercio” significa una serie compleja de políticas comerciales gestionadas (Gardner incluso se refería a la solemne obligación de “escribir las reglas para el comercio global”, que en su mente es algo que o hace nuestro gobierno o a lo hace un gobierno extranjero). ¿Qué importaciones serán gravadas y a qué tipos? ¿Qué exportaciones serán subvencionadas y a qué niveles? ¿Cómo se aplicarán las políticas laborales, medioambientales y sociales por parte de los gobiernos nacionales y extranjeros? Para los cargos públicos, los países realizan “libre comercio” cuando acuerdan un paquete complejo de impuestos y subvenciones explícitas e implícitas de forma que ninguno tenga una ventaja especial sobre el otro o tenga una desventaja relativa con algún otro socio comercial (como quiera que se definan esas ventajas).
Como escribió una vez Murray Rothbard:
Si alguna vez apareciera en el horizonte el auténtico libre comercio, habría una forma segura de saberlo. Gobierno/medios de comunicación/grandes empresas se opondrían a este con uñas y dientes. Veríamos una serie de editoriales “advirtiendo” acerca del inminente retorno al siglo XIX. Los expertos de los medios y académicos plantearían todos los viejos bulos contra el libre mercado, que es explotador y anárquico sin la “coordinación” del gobierno. El establishment reaccionaría a la institución de un verdadero libre comercio con tanto entusiasmo como lo haría para abolir el impuesto de la renta.
“En realidad”, como señalaba Rothbard, “el bramido del establishment bipartidista del ‘libre comercio’ desde la Segunda Guerra Mundial alimenta lo contrario a una verdadera libertad de intercambio”. Las organizaciones de Bretton Woods (como el Banco Mundial y el FMI) y los acuerdos comerciales modernos se basan en las ideas mercantilistas de que las exportaciones hacen el rico a un país y las importaciones le hacen más pobre. (De hecho, Gardner en la entrevista antes citada se preocupaba concretamente por que un colapso de la UE haría más difícil a los fabricantes de EEUU vender sus productos en Europa, pero no decía nada acerca de las ventajas para los consumidores estadounidenses y europeos de un gobierno supranacional reducido). Por eso los gobiernos tienen poco interés en el verdadero libre comercio.
Hace aproximadamente quince años forme parte de una delegación de cargos oficiales de EEUU en una misión de recogida de datos en Singapur, para avanzar en un potencial acuerdo bilateral de libre comercio EEUU-Singapur. (Todos tenemos muertos en nuestros armarios). Una de nuestras tareas era entrevistar a empresarios de Estados Unidos que operanan en Singapur para ver si pensaban que el gobierno de este país estaba subvencionando injustamente a las empresas locales a su costa. La idea era usar esto como moneda de cambio: “Si no dejáis de subvencionar a vuestros productores nacionales, no dejaremos de subvencionar a los nuestros”. (Resultó que el gobierno de Singapur no estaba haciendo mucho por ayudar a sus propias empresas, así que eso resultó irrelevante). No parecía ocurrírsele a nadie que aunque el gobierno de Singapur estuviera protegiendo sus propias empresas a costa de sus propios consumidores, EEUU no estaría mejor subvencionando sus propias exportaciones a Singapur, como afirma la teoría mercantilista. La idea de que EEUU debería sencillamente evitar interferir en los intercambios pacíficos entre los empresarios, inversores y consumidores ubicados en EEUU y en Singapur (es decir, apoyar el libre comercio) era simplemente demasiado loca como para tenerse en cuenta.

martes, 7 de febrero de 2017

El proteccionismo solo protege al gobierno


Daniel Lacalle


“Do you really want to do this now?” Joe Elliott

El resurgimiento del proteccionismo no es una novedad y no ha llegado con Trump ni May.
Desde 2008, el país que más medidas proteccionistas ha impuesto, de lejos, es EEUU, según Geopolitical Intelligence Service.
Entre 2010 y 2015, se implementaban entre 50 y 100 nuevas medidas proteccionistas en los primeros cuatro meses de cada año. En 2016, más de 150.
Esta semana se ha hecho realidad la defunción del tratado Transpacífico (TPP) que comentábamos aquí, y me enternece ver a comunistas, socialdemócratas e intervencionistas varios criticar la decisión de Trump que ellos promovían con el TTIP y todo lo que huela a mercado.
Porque el tratado estaba muerto ganase Trump o Clinton, que afirmaba, ya en 2016, que se oponía al tratado y lo iba a eliminar.
Es, como mínimo, divertido que los medios ensalcen las palabras del primer ministro chino sobre globalización y apertura en Davos cuando una de las naciones más proteccionistas del mundo es la suya. Una manera de alentar el proteccionismo es a través de las empresas estatales ineficientes. Según Wilbur Ross, más de un tercio llevan años en pérdidas y aumentando sobrecapacidad mientras se las mantiene zombis con bancos y dinero público. Esa sobrecapacidad, que alcanza el 40%, les lleva a vender el exceso de producción a precios muy inferiores al coste.
Lo triste de toda esta ola proteccionista es que llega por todos lados, desde Japón a India. Cincuenta y cinco países han aumentado medidas proteccionistas en los últimos ocho años, según Global Trade Alert.
¿El resultado? El desplome del comercio internacional, el peor crecimiento global desde 2008 y más deuda.
No le echemos la culpa a Trump, por lo tanto.
Wilbur Ross y el propio Rex Tillerson explican que en los últimos ocho años la manera de lidiar con las prácticas anti competencia y anti comercio de China, que tiene el mayor superávit comercial del mundo con EEUU, ha sido poner una sonrisa y –en silencio- intentar limitar la entrada de bienes y servicios vendidos a precio por debajo de coste. Un caso bastante popular fue el de los paneles solares. Pero esa política de “sonrisa global y proteccionismo real” claramente no ha funcionado. Ahora llega la política de amenaza y acuerdo.
Pero el desencuentro China-EEUU no justifica la posición con respecto al TPP, Nafta y otros ni la tentación del mercantilismo. La terrible sombra de esas medidas intervencionistas, que espero que no se implementen, nos recuerdan a los errores de Carter, por ejemplo, o de Japón.
El proteccionismo se nutre del chivo expiatorio del enemigo exterior y la falsa varita mágica del Estado redentor para prometer mentiras.
La primera mentira es decir que industrias de baja productividad, que hoy no son competitivas, van a empezar a serlo por limitar el comercio con países que tienen menores costes.
La evidencia nos muestra que es empíricamente falso. Ni el porcentaje de importaciones de países “baratos” se disparó antes, ni se aumenta la producción local por eliminar el comercio.
La segunda mentira es que se crean más puestos de trabajo y con mejores salarios.
El único efecto real es que se disparan los precios por el aumento de aranceles y las industrias obsoletas caen igual. No se mejora el empleo ni suben los salarios porque la sobrecapacidad se perpetúa. De hecho, en un mundo con el nivel de endeudamiento actual, del 225% del PIB, un efecto colateral añadido es que el aumento de la inflación y, con ella, los tipos de interés reales, se llevan por delante a los sectores de baja productividad por el aumento de sus costes financieros, ya que –no es sorpresa- también son sectores que actualmente tienen un apalancamiento superior al histórico.
La tercera mentira es que las empresas se irán a mi pueblo porque lo diga un comité.
Por supuesto, la idea de unos y otros defensores del proteccionismo, de la izquierda a la derecha, se alimenta de la idea ridícula de que las empresas que hoy contratan y fabrican en India o México se irían todas a Virginia o a Albacete. No ocurre.
Si pensamos que una industria que no es competitiva hoy, lo va a ser por un arancel del 35% a sus competidores, podemos olvidarlo. Simplemente se cierran negocios, y los más desfavorecidos son los países pobres, que sufren el doble efecto de la inflación, menor comercio y el cierre de empresas.
Es una entelequia pensar que las fábricas de automóviles, por ejemplo, van a producir y vender más porque LePen les obligue a instalarse en Francia. Todo su crecimiento viene de las exportaciones, y los países que sufren las medidas proteccionistas, también las imponen a los países exportadores. Pierden todos. En una industria que ya tiene hasta un 30% de sobrecapacidad (The road to 2020 and beyond: What’s driving the global automotive industry? McKinsey), será un dominó de cierres de capacidad productiva y menos empleo.
La última es pensar que la autarquía es posible en economías y empresas abiertas. Ni Renault es una empresa francesa, sino global, ni lo es la inmensa mayoría de los grandes sectores. La llegada del intervencionismo mercantilista solo alegra a los sectores rentistas, que ni crean empleo ni mejoran la productividad. Y siguen en proceso inexorable de desaparición por obsolescencia.
¿Saben esto los populistas de puño cerrado y los de mano abierta? Claro. El historial de fracaso del proteccionismo es tan apabullante que sólo un político podría ignorarlo pensando que “esta vez va a ser diferente” porque lo aplique él o ella. Pero esos populismos son también los que llaman “estratégico” a los rentismos clientelares. Estratégico para administrar las migajas de lo que queda.
Y es que lo que esconde la falacia del proteccionismo es nada más que promover el intervencionismo más rancio.
No se trata de proteger a uno u otro país de los chinos, sino de copiarles.
Dar más poder a los políticos y control sobre la actividad económica, con el beneplácito de los ciudadanos que se tragan la mentira de que la tecnología destruye empleo y que la inflación creada se les va a compensar en mayores salarios reales.
Mientras tanto, el gobierno que le promete que usted estará mejor empobreciendo al vecino, se beneficia, convirtiéndose en el que impone las decisiones de inversión o contratación. Aunque luego le sale el tiro por la culata, siempre, se presentará ante nosotros como el “protector”, el que lo intentó. Lo hizo por nosotros.
Y, por supuesto, la inflación –el impuesto de los pobres- de la que se beneficia el Estado endeudado “desvalorizando” sus enormes deudas a costa de la renta disponible de los ciudadanos, que no ven su poder adquisitivo mejorar, porque los salarios reales no aumentan. Pero el político le echará la culpa a las empresas, a los comercios y al nuevo álbum de U2 si hace falta.
El único protegido por el proteccionismo es el gobierno que lo impone. Los demás pagamos la ocurrencia.

miércoles, 9 de noviembre de 2016

Los bancos centrales nos han privado de los beneficios del libre comercio



 


El término “globalización” (en la esfera de la economía) describe un aumento en el comercio y un mayor movimiento de capital y mano de obra a través de fronteras nacionales y regionales.
El libre comercio hace mucho que está entre los factores impulsores de la globalización económica y, durante siglos, los economistas han estado en general de acuerdo en que el libre comercio es una fuerza importante a la hora de crear riqueza y crecimiento económico. Incluso economistas que están en desacuerdo en casi todo lo demás, pueden estar a menudo de acuerdo en que rebajar las barreras al comercio es algo bueno.
Sin embargo, políticamente, las cosas han cambiado. Hoy en día, a los grupos sindicales organizados, en un tiempo las únicas voces que se oponían a la globalización económica (cuyo papel es proteger a sus miembros frente a la competencia tanto nacional como extranjera), se les han unido campañas políticas “contra el establishment”, desde Bernie Sanders en la izquierda a Donald Trump en la derecha, ambos aprovechando un extendido descontento popular. Incluso Hillary Clinton, que una vez se refirió al pacto supuestamente de libre comercio conocido como TPP como “el patrón oro” de los acuerdos comerciales, ahora afirma oponerse a él. Los políticos, de un modo no sorprendente, están siguiendo el sentimiento popular, esperando conseguir votos. La postura anticomercio es ahora la postura más sencilla a tomar por un político estadounidense, al menos públicamente.
Este es un cambio importante. Los aranceles, después de todo, son impuestos. Son impuestos que se aplican a una base fiscal amplia (todos los consumidores). Y aun así, la postura en contra de los impuestos se está haciendo demasiado peligrosa políticamente como para ser defendida.

¿Causa desigualdad económica el libre comercio?

¿Por qué ha crecido el sentimiento proteccionista? ¿Qué ha cambiado?
Con respecto al declive de la fortuna política de libre comercio es importante la percepción de que la globalización y el aumento de la desigualdad han ido de la mano y por tanto de que una debe haber causado lo otro. En Forbes en mayo de 2015, Mike Collins escribe: “la queja general acerca de la globalización es que ha hecho más ricos a los ricos haciendo más pobres a los no ricos. Es maravillosa para (…) propietarios e inversores, pero un infierno para los trabajadores”. Continúa: “durante el período más reciente de crecimiento rápido en el comercio y la inversión globales (…) la desigualdad empeoró tanto internacionalmente como dentro de los países”.
¿Pero empeoró la globalización la desigualdad e impulsó a la baja los salarios para los trabajadores de rentas inferiores? ¿O la globalización simplemente coincidió con estas tendencias? ¿Hay algún otro factor más importante? Después de todo, se espera que la globalización cree fricción en el mercado laboral pero solo como parte de una mayor mejora en la eficiencia. Esto a su vez reduciría los precios y aumentaría los salarios reales en todo el mercado global. ¿Simplemente esto no se materializó? ¿O entró en juego alguna otra fuerza, permitiendo la competencia al mercado laboral, pero compensando o reduciendo (o desviando) los beneficios en términos de precios?
Sí se ha comparado la globalización con los precios en aumento. El efecto neto de la globalización sobre los precios ha sido descrito con una palabra: desinflación. Escribiendo para el Roubini Economonitor en agosto de 2013 Gregor Schwerhoff y Mouhamadou Sy escribían: “Desde 1990 hasta hoy, las tasas arancelarias de todo el mundo han disminuido continuamente en un impulso mundial para liberalizar el comercio. Como consecuencia, el comercio ha repuntado. La porción de importaciones y exportaciones en el PIB ha aumentado desde una media global del 38% en 1990 a un 54% en 2005. Aunque la relación causal entre tasas arancelarias y comercio es directa, ha habido otra evolución, tal vez más sorprendente. En el mismo periodo, la inflación cayó de una media del 26% a un mero 4%, una tendencia llamada ‘desinflación global’”.

Desinflación y rentas reales en aumento

Pero si fuera así, ¿por qué los salarios reales y las rentas reales del 99% inferior de los estadounidenses no mejoran, sino que se estancan, mientras que aumentan las rentas reales del 1% superior de los estadounidenses?
La siguiente observación de Schwerhoff y Sy revela la mayor fuerza en funcionamiento: “la globalización (…) aumenta la eficiencia de la economía, lo que permite a las empresas producir más. Si el banco central no aumenta la cantidad de dinero en respuesta a este crecimiento adicional de la producción, disminuye la inflación”.
Sin embargo, esta observación está incompleta. Debemos también señalar que (1) naturalmente, las mejoras de eficiencia, en igualdad de condiciones y con dinero estable, producirían deflación, no simplemente desinflación y (2) sabemos que la oferta monetaria no fue estable: el banco central, en casi todos los países,  aumentó la cantidad de dinerosignificativamente. De hecho, los bancos centrales lo hicieron a propósito para llegar a una tasa “objetivo” de inflación del 2%, a partir de una estrategia pensada para “luchar contra la deflación” (en palabras de Ben Bernanke, para “asegurarse de que eso no ocurre aquí”).
Esto significa que, sin la intervención inflacionista que los bancos centrales, probablemente la globalización no hubiera producido solo desinflación, sino deflación, que es más probable que hubiera generado el prometido aumento en las rentas reales, que habría generado satisfacción popular, no insatisfacción con la globalización.
El que hayamos experimentado “desinflación” en lugar de “deflación” demuestra que Ben Bernanke y los demás banqueros centrales tuvieron éxito en “asegurarse de que eso no ocurre aquí”, pero “eso” era una caída en los precios reales o un aumento en las rentas reales (es decir, el beneficio principal que se suponía que la globalización conferiría y habría conferido a la mayoría de la gente).
Consecuentemente, las ventajas de la deflación (explicadas aquíaquíaquíaquí y aquí) nunca se produjeron. Por el contrario, el compromiso del banco central con el dinero barato llevó a una burbuja mundial inmobiliaria y de materias primas y a la inflación general de los mercados mundiales de acciones y bonos.
El problema real de la globalización no ha sido un aumento en el comercio o (en la medida en que exista) una verdadera liberalización de las restricciones al comercio. En una economía intervenida, estas tendencias llevarían a beneficios evidentes y medibles. Por desgracia, estos beneficios se han desviado, a través de la inflación de la oferta monetaria, de trabajadores y ahorradores a poseedores de activos financieros.
La única manera por la que le infracción de la oferta monetaria habría sido una política sensata sería si la tesis de Bernanke hubiera sido correcta. Por desgracia, la tesis no es correcta. De hecho, sabemos que la deflación no es una amenaza, sino algo bueno para la economía, especialmente para trabajadores y ahorradores. De hecho, en un trabajo de la NBER de 2004, los autores (dos economistas que trabajaban para la Fed de Minneapolis) estaban de acuerdo con la opinión austriaca, señalando que históricamente no hay correlación, ni mucho menos relación causal, entre episodios de depresión y precios a la baja. Incluso si creyéramos en deflación “buena” frente a “mala”, la deflación resultante de las eficiencias es deflación “buena”.
En realidad, la inflación de la oferta monetaria que nos impusieron los bancos centrales no previno una misteriosa espiral económica de la muerte. Simplemente puso en marcha las fuerzas económicas que ahora lamentan los trabajadores que han visto disminuir sus ganancias reales debido a la inflación de precios de los activos y la inflación de la oferta monetaria.

El artículo original se encuentra aquí.

domingo, 23 de octubre de 2016

El libre comercio trae abundancia — El proteccionismo escasez

 


En un ataque contra el comercio con China, Donald Trump ha declarado que EE.UU. ha perdido puestos de manufactura con altos salarios a China porque China promueve las exportaciones a través de subsidios, ventajas de impuestas y manipulaciones de divisa.  La realidad es que no debería importarnos lo que China hace.  Entre China más subsidie sus industrias, más ganaremos en abundancia de productos y servicios baratos, y contrario a lo que Trump cree, en la creación de trabajos con salarios altos.
Queremos abundancia y alta productividad
En una economía de intercambio, hay un antagonismo natural que sucede entre productores y consumidores.  Los productores se benefician de la escasez de los bienes que venden, mientras los consumidores quieren una abundancia de estos bienes o bienes como esos.  (Los productores, por supuesto, que también se benefician de una abundancia en bienes intermedios para producir sus productos).
Un productor quiere ser la única tienda en la cuadra vendiendo un número limitado de productos por un período limitado de tiempo.  Los consumidores, por otro lado, desean la abundancia con más productores y productos disponibles a través de un largo período de tiempo.  El conflicto surge naturalmente en una economía de intercambio.  Robinson Crusoe cazando para sí mismo prefiere, obviamente, la abundancia a la escasez.
Afortunadamente, la competencia promueve la abundancia, a la vez que permite la igualdad de ingreso y riqueza.
En un ambiente sin competencia, los puestos con altos salarios se pueden acumular en las industrias protegidas, pero eso depende de la habilidad de los sindicatos para controlar la oferta laboral.  La presión de oferta laboral no sindicalizada es una amenaza constante para esos puestos de trabajo con altos salarios creados por las acciones gubernamentales que generan escasez artificialmente.  Aún entonces, no hay garantía que esto traerá puestos de trabajo con salario más altos en vez de solo ganancias más altas para estas industrias protegidas.
En un ambiente competitivo donde la abundancia es lo normal, los altos salarios deben venir de una alta productividad.  Nuestros estándares de vida son mayores que aquellos que viven en África no porque somos más inteligentes o trabajamos más duro en este momento, sino porque nuestro trabajo ha encuentra inmerso en una base de capital mayor.  Robinson Crusoe atraparía más peses con una red que con sus manos y entre más redes posea, más peces podrá atrapar.  Su productividad aumenta constantemente con más recursos a su disposición.
Entonces, para poder recibir una paga mayor, un trabajador debe producir bienes o servicios valiosos.  Nadie le pagará a un trabajador más que el valor de lo que él o ella produce. 1  Por ejemplo, supongamos que Ud. puede hace un artilugio de 5 piezas que se pueda vender por un precio subjetivamente más alto que a $100 la unidad en una industria muy competitiva de artilugios.  Para hacer dicho artilugio Ud. contrata a 100 trabajadores quiénes trabajan en él independientemente, y requieren de 10 horas para completar solo uno.  Abstrayendo de otros costos no relacionados con la mano de obra y las ganancias, ¿cuánto se le podría pagar a cada trabajador?  $10 la hora.  Ahora supongamos que Ud. se especializa y cada trabajador trabaja solo en uno de los cinco componentes del artilugio.  Las ganancias de la división del trabajo le permiten hacer el artilugio en la mitad del tiempo, o sea, 5 horas.  ¿Cuánto más le podría pagar a cada uno ahora?  Tanto como $20 por hora.  Ahora supongamos que añadimos una máquina que permite a cada trabajador completar un artilugio en una hora.  ¿Cuánto pueden esperar los trabajadores ganar ahora?  Ahora un trabajador puede hacer tanto como $100 por hora.  Entonces, encontramos que los salarios altos vienen con la división del trabajo y la abundancia de capital.  A mayor monto de capital, será mayor el valor de la productividad, y en un ambiente competitivo, mayores los salarios.
Por supuesto, que la competencia terminará por reducir el precio de los artilugios, reflejando una creciente abundancia y los salarios nominales de este trabajo no calificado.  Incluso, si la deflación  es la norma, el ingreso real o el nivel de vida de un trabajador promedio estará en constante crecimiento: cada hombre se beneficiaría del incremento real en los salarios resultando en mayor abundancia o precios menores.
Ahora supongamos que China subsidia las exportaciones al punto que podemos comprarlas, esencialmente, que gratis.  Esto significaría que no tenemos que usar recursos escasos para producir estos productos en casa y podemos dirigir parte del capital de estas industrias (acero, textiles, etc.), para ser utilizados en otras industrias.  Con más capital, en estas otras industrias, ceteris paribus, tendremos salarios más altos que antes de que empezáramos a comerciar con China.
Usando al Gobierno para crear escasez artificial
La política de comercio proteccionista está estructurada en crear escasez.  Las restricciones comerciales no incrementan el monto de capital, pero sí fuerzan a una redirección del capital.  Ya que un país proteccionista necesitaría especializarse menor, el capital estaría disperso más ampliamente y por tanto los salarios serían más bajos de lo que serían de otro modo.
Más aún, proteger a la industria americana de la competencia “injusta” es más difícil y complejo que lo que Donald Trump y otros proteccionistas parecen pensar.  Por ejemplo, ¿cómo podría responder un proteccionista a las quejas de los tres grandes fabricantes de automóviles que Audi, Land Rover, BMW, Hyundai y Toyota tienen una ventaja competitiva injusta nacional e internacionalmente por usar acero chino de bajo coste?  La globalización, o la competencia internacional, ha llevado a márgenes muy estrechos y una política anti-comercio pondría a la industria de los E.E.U.U. en una desventaja competitiva tanto nacional como internacionalmente.
Si la “justicia” en el comercio es una preocupación, habría muchos pasos que se podrían tomar sin privar a los productores y consumidores americanos de los bienes y servicios extranjeros.  Un buen lugar para comenzar sería por cerrar el banco de exportaciones-importaciones que injustamente beneficia a los exportadores de E.E.U.U.
Otro gran lugar para comenzar sería retornar a los E.E.U.U. a una moneda sólida.
Cuando se trata de comercio, la mejor política para los E.E.U.U., o cualquier otro país, es la eliminación de todas las barreras a las importaciones.  Esto puede ser realizado unilateralmente.  La abundancia siempre debería ser preferida a la escasez.

(Publicado el 09/18/2016) Traducido por José Manuel Agüero Fernández, el artículo original se encuentra aquí.

jueves, 20 de octubre de 2016

¿Por qué comerciamos?



Imagine la vida en confinamiento. Levantándose cada mañana antes del amanecer para fabricar su propia ropa, construir y reparar su frágil refugio, cazar y cosechar su propia comida, fabricar rudimentarios ungüentos para aliviar sus dolores físicos y atender el constante mantenimiento de su existencia al realizar otras tareas difíciles y tediosas. Olvídese del ocio o los lujos; todo su tiempo se consumiría tratando de producir artículos de primera necesidad simplemente para subsistir.
Especialización y Cooperación
Afortunadamente, esa ya no es la forma en la que la mayor parte de la humanidad organiza sus actividades económicas. No intentamos fabricar todo lo que necesitamos o deseamos consumir, sino que nos especializamos en unos pocos, o un par, o simplemente en una habilidad con valor añadido, es decir, una profesión. Esta especialización es posible gracias a que aceptamos y abrazamos el concepto de cooperación en forma de intercambio. Nos damos cuenta de que mediante la especialización, podemos centrar nuestros esfuerzos en lo que hacemos mejor, y producir más valor de lo que sería posible si tuviéramos que ocuparnos personalmente de todas nuestras necesidades y deseos.
Debido a que podemos intercambiar lo que producimos (monetizandolo en forma de sueldos y salarios) para la producción de los demás, ni siquiera tenemos que saber clavar un clavo, usar un mortero, fabricar fibra y tela, hilar una aguja, tallar una flecha para matar un ciervo, o cualquier detalle increíblemente complejo o de las cadenas de suministro que generan los productos y servicios que consumimos a diario. Afortunadamente (pero lamentablemente, también), la mayoría de nosotros nunca piensa en ello siquiera.
Si dos personas enfocan sus esfuerzos en las tareas que mejor saben hacer, e intercambian sus excedentes, ambos consumirán más o al mejor una mejor calidad de productos, y eso incentivará a que ahora cuatro personas, o cuatro millones de personas participando en esta relación de economía cooperativa puedan aspirar a mayores volúmenes de producción (riqueza) y un mucho mayor consumo y ahorros (mayor calidad de vida).
Este es el propósito del intercambio. Nos permite especializarnos. Y cuando hay más participantes en el marcado (más personas con quienes intercambiar) hay más oportunidad para mayores niveles de especialización. Esto representa mejores oportunidades para que los individuos encuentren donde usar sus talentos y habilidades (o cultivar esos talentos y habilidades y luego usarlos) con crecientes profesiones y tareas especializadas en respuesta al incremento de detalladas demandas de la sociedad a medida que producen una mayor riqueza y mayores niveles de vida.
Hemos recorrido un largo camino desde los días de intercambiar vestimenta y vino. La gente hoy ya no tiene que elegir entre estar ebria y desnuda o vestida y sobria. Hoy, podemos tenerlo casi todo. En donde una vez hubo curanderos sirviendo como médicos generales, hoy (me han dicho que en Washington D.C.) existe una creciente demanda de los servicios de psiquiatras que se especializan en el tratamiento y ajustes emocionales y psicológicos asociados con ser un cónyuge expatriado de un diplomático extranjero de Europa occidental. Existe tal nivel de especialización. Imagínese escuchar: “Lo siento, mi especialidad es en hablar con cónyuges de los diplomáticos sobre sus neurosis provocadas por el reasentamiento en Washington desde lugares como Estocolmo, Amsterdam, París o Londres. Ya que eres de Varsovia, te recomendamos a un especialista diferente que se centra en el tratamiento de polacos expatriados con condiciones similares.”
El objetivo del intercambio es permitir que cada uno de nosotros enfoque nuestros esfuerzos productivos en lo que hacemos mejor. Al especializarse en una ocupación, en lugar de asignar porciones pequeñas de nuestro tiempo a la tarea imposible de producir cada una de las necesidades y lujos que deseamos consumir, e intercambiando el equivalente monetario de aquello que producimos más eficiente por los bienes y servicios que producimos con menos eficiencia, somos capaces de producir y consumir más productos de los que lo haríamos en ausencia de la especialización y el comercio. Cuanto mayor sea el tamaño del mercado, mayor es las posibilidades de la especialización, el intercambio y el crecimiento económico.
Especialización en el mercado internacional
El libre comercio es la extensión de los mercados libres través de las fronteras políticas. La ampliación de los mercados de esta manera, para integrar más compradores, vendedores, inversores y trabajadores, permite una especialización más refinada y economías de escala, que conducen a una mayor riqueza y mejores niveles de vida. Cuando los bienes, servicios, capital y trabajo fluyen libremente a través de las fronteras, las personas pueden sacar el máximo provecho de las oportunidades del mercado internacional.
El propósito del comercio es especializarnos; el propósito de la especialización es producir más; con el propósito de producir más consumimos más. Un mayor y mejor consumo es el propósito del comercio. Por lo tanto, los beneficios del comercio provienen de las importaciones, lo que garantiza una mayor competencia, mayor variedad, precios más bajos, mejor calidad, e innovación. Los beneficios reales del comercio se miden por el valor de las importaciones que se puede comprar con una unidad de las exportaciones, los llamados términos de intercambio. Cuando realizamos transacciones en el supermercado local, se busca maximizar el valor que obtenemos por conseguir el máximo rendimiento de nuestro dinero.
El alto costo del proteccionismo
Pero cuando se trata del comercio a través de fronteras o cuando nuestras transacciones individuales se agregan a nivel nacional, parece que olvidamos estos principios básicos y asumimos que el objetivo del intercambio es lograr un superávit comercial. Se nos olvida que las barreras comerciales en el hogar aumentan los costos y reducen la cantidad de importaciones que se pueden comprar con una unidad de las exportaciones. Las barreras comerciales estadounidenses afectan a los ciudadanos de Estados Unidos, a los consumidores, a los contribuyentes, a los trabajadores, a los productores y a los inversores. Los estadounidenses estarían mejor si limitáramos nuestras propias reformas, en cuanto a tarifas, regulaciones y otros obstáculos artificiales al comercio, sin tener en cuenta lo que otro gobierno haga. Sin embargo, no lo hacemos.
Aunque los aranceles y otras barreras comerciales se han reducido considerablemente desde el final de la Segunda Guerra Mundial, la política de EE.UU. continúa dando cabida a cantidades notorias de proteccionismo. Tenemos reglas del estilo “Compre lo Americano” que restringen la mayor parte del gasto de contratación pública para proveedores de Estados Unidos, asegurando que los contribuyentes obtengan el impacto más pequeño por su dinero; las industrias de servicios fuertemente protegidas, como el transporte aéreo y marítimo, elevan el costo de todo; los subsidios agrícolas aparentemente interminables; cuotas y aranceles elevados en azúcar importada; altos aranceles a los productos de consumo básicos, tales como prendas de vestir y calzado; restricciones a la exportación de energía; el amiguismo que distorsiona el mercado de la exportación e Importación; cuotas compensatorias que estrangulan las industrias transformadoras y consumidores de impuestos; proteccionismo regulatorio enmascarado como precauciones de salud y seguridad pública; reglas de origen proteccionistas y requisitos de contenido local que limitan los beneficios del comercio; restricciones a la inversión extranjera, y así sucesivamente.
Es triste, pero cierto, los políticos parecen haber olvidado por qué comerciamos.

Traducción por el Instituto Olmedo, el artículo original puede encontrarse aquí.

¿Los aranceles hicieron grande a Estados Unidos?







[Extraído de The Austrian (septiembre – octubre 2016)]
[Concrete Economics: The Hamilton Approach to Economic Growth and Policy · Stephen S. Cohen y J. Bradford DeLong · Harvard Business Press Review, 2016 · xi + 223 páginas]
Cohen y DeLong son economistas muy conocidos, pero acusan a sus colegas economistas de un excesivo énfasis en la teoría. Alejaos de modelos que tienen poca relación con la realidad, dicen nuestros autores. Aun así, no hacen partícipes de una lección sencilla acerca del origen de la prosperidad de Estados Unidos.
¿Cuál es esta lección sencilla? “En las economías de éxito, la política económica ha sido pragmática, no ideológica. Y lo mismo ha pasado en Estados Unidos. Desde su misma fundación, Estados Unidos ha aplicado una y otra vez políticas para redirigir su economía hacia una nueva dirección de crecimiento. (…) Estas redirecciones han sido grandes. Y han sido decisiones colectivas. (…) El gobierno señalaba la dirección, despejaba el camino, creaba la vía y, cuando se necesitaba, proporcionaba los medios. Y entonces los empresarios aparecían, innovaban, tomaban riesgos, obtenían beneficios y se expandían en esa nueva dirección en maneras que no se habían previsto ni podían preverse”.
Los periódicos líderes incluyen, sobre todo, a Alexander Hamilton; los seguidores de Hamilton del siglo XIX, que continuaron sus políticas de altos aranceles; Teddy Roosevelt y FDR y Dwight Eisenhower. Hamilton, un “gran teórico económico”, estaba a favor de “aranceles altos, grandes gastos en infraestructura, asunción de las deudas estatales por el gobierno federal [y] un banco central”. La justificación para este ambicioso programa era remodelar la economía “para promocionar la industria (…) el objetivo no era transformar la nueva y frágil economía para su ventaja comparativa, sino más bien cambiar esa ventaja comparativa”.
La política de Hamilton está abierta a una objeción evidente, pero Cohen y DeLong tienen lista una respuesta. La objeción es que el libre comercio beneficia a todos los afectados. Si, por el contrario, el gobierno elige “ganadores”, como las industrias a las que desea apoyar, también habrá perdedores. Si es así, ¿no tenemos aquí un caso en el que las preferencias de valor de los políticos han sustituido los deseos libremente expresados de los consumidores?
Los autores responden así: “Los libros de texto nos dicen que las operaciones de un sistema de libre comercio producen un juego de suma positiva: todas las partes ganan. Pero en sectores de economías sustanciales de escala, de aprendizaje y excedentes, hay un gran elemento de suma cero en el resultado. Pocos gobiernos, si es que hay alguno, ponen el bienestar del resto del mundo por encima del de sus propios ciudadanos: mi ganancia bien puede ser tu pérdida. (…) En términos de la estructura de producción y empleo, la ganancia de una parte se produce a costa de la otra, salvo (…) que la otra parte (en este caso, Estados Unidos) pueda trasladar sus recursos y personas a actividades con un mayor valor añadido, sectores del futuro de alto valor”.
Esta respuesta elude descaradamente la pregunta. Por supuesto, tienen razón en que si una industria subvencionada por el gobierno elimina del negocio a una industria competidora de otro país, la industria subvencionada se beneficia y la industria perdedora sufre. Sin embargo, difícilmente se deduce de esto que una política de libre comercio ponga el bienestar del mundo por encima del de sus propios ciudadanos. ¿Por qué las pérdidas de la industria no protegida son más importantes que las ganancias de los consumidores en tu propio país que ahora son capaces de comprar productos más baratos a la empresa extranjera? Por supuesto, si se supone que una economía próspera debe estar fuertemente industrializada, puede responderse a nuestra pregunta, pero precisamente se trata de eso. ¿Por qué no dejar que el equilibrio entre productos industriales y no industriales se establezca por medio de los deseos libremente expresados de los consumidores?
Aún no puede expulsarse a Cohen y DeLong del campo de batalla. Dicen acerca del “modelo asiático oriental”: “El objetivo era estimular la inversión hacia industrias que rindieran más a largo plazo. Esto es no dirigir recursos a las industrias que den los mayores beneficios inmediatos a las empresas con precios smithianos de libre mercado. El objetivo es dirigir recursos a industrias que rindan más en términos de desarrollo económico”.
¿No es el estado, con su visión de futuro, mejor que los hombres de negocios, despreocupados por el largo plazo, dada su avidez por los beneficios actuales? Los lectores más escépticos con respecto al estado que los autores tienen que ser perdonados por dudar acerca del asunto, más aún cuando los propios autores reconocen problemas en su esquema: “¿Pueden ir mal esas políticas? Sí. ¿Pueden esas políticas producir desastres económicos horribles? En muchos casos lo han hecho”.
Además, incluso si los observadores estatales de tendencias futuras “tuvieran razón”, desde el punto de vista de la política a favor de la cual está nuestros autores, reaparecería la pregunta fundamental. ¿Por qué debería el balance entre producción actual y producción futura ser establecido por algo distinto de las decisiones de los consumidores? ¿Por qué un mayor énfasis en el en el futuro que en el deseo de los consumidores es “mejor” en algún sentido? Los autores sugieren que si la economía crece lo suficientemente rápido, los sacrificios del consumo presente se verán compensados por un mayor consumo en el futuro. Sin embargo, aunque tuvieran razón, ¿quiénes son ellos para decir que los sacrificios merecen la pena? De nuevo Cohen y DeLong sustituyen sin base alguna los juicios de los consumidores del mercado libre y por sus propios juicios de valor.
Sospecho que los autores, si se dignaran leer estos comentarios, responderían con desdén: “Plantead todos los puntos puristas de libre mercado que queráis. ¡Lo que proponemos funciona!” Dicen: “Lo que sí sabemos es que, desde los días de Hamilton, es un hecho que la política económica triunfante de Estados Unidos ha sido pragmática, no ideológica. Ha sido concreta, no abstracta”.
Estados Unidos, bajo la política de altos aranceles que apoyan los autores, se convirtió en la economía más próspera del mundo y el éxito de economías dirigidas por el estado en China y Asia oriental añade más evidencias. ¿No es sencillamente una obstinación negar esto?
El argumento es vulnerable en dos aspectos. El primero de estos resultará familiar a cualquier lector de Bastiat y Hazlitt. Aceptando que la economía estadounidense alcanzado una gran prosperidad, ¿Cómo sabemos que esa prosperidad no habría sido todavía mayor bajo el régimen de laissez faire que desdeñan nuestros autores? ¿no debemos examinar “lo que no se ve”, igual que “lo que se ve”, como señaló Bastiat hace mucho tiempo?
¿Nos hemos apresurado demasiado en esta respuesta? Los autores podrían haber decidido respondernos de esta manera: “Estados Unidos tuvo todas las posibilidades de compartir lo que W. Arthur Lewis llamó las economías de asentamiento europeo templado. Estos otros países (Australia, Argentina, Canadá e incluso Ucrania) se convirtieron en el siglo XIX en grandes graneros y ranchos para la Europa industrial. Pero ninguno de ellos desarrolló la base industrial para convertirse en economías completas y equilibradas de primera clase a finales del siglo XIX. (…) Cuando las tendencias de los precios de las materias primas se volvieron contra ellos, perdieron espacio relativo. Por el contrario, el siglo XX se convirtió en el siglo de Estados Unidos, precisamente porque en 1880 Estados Unidos no era una gigantesca Australia”.
Aquí nuestros autores han vuelto a eludir la cuestión. Suponen que, en ausencia de “política industrial”, Estados Unidos el habría sido un país predominantemente agrícola. ¿Por qué pensar esto?
Aquí la duda es más que una posibilidad abstracta, del tipo que Cohen y DeLong miran con desdén y esto plantea la segunda línea ataque que puede dirigirse contra su argumento de que “funciona”. Hay pocas razones para creer que las políticas de Hamilton llevaran a la prosperidad estadounidense. Es verdad que los aranceles fueran a menudo altos y que los gobiernos del siglo XIX favorecieron las mejoras internas. Pero los aranceles eran prácticamente la única fuente de ingresos del gobierno y el tamaño y ámbito de este eran minúsculos en comparación con el hinchado estado actual. ¿Por qué no atribuir el éxito de la economía estadounidense a la relativa libertad de esta en lugar de a la política industrial? Apelar a lo “concreto” no supone nada: los hechos sin teoría son mudos. La cuestión se hace más acuciante cuando se considera que los autores estiman como un caso intervención con éxito del estado el hecho de que el gobierno creara tierra disponible a través de la Ley de Ocupación de 1862. El hecho de que el gobierno hiciera muy fácil adquirir títulos, en lugar de vender terrenos por subasta al mejor postor, es por alguna razón considerado como un triunfo para la política estatal. Si uno va a calificar una manera de privatizar terrenos como un ejemplo de supervisión estatal de la economía, el alegato a favor del control estatal de la economía ya está hecho. Para los lectores que no compartan las inclinaciones de Cohen y DeLong, sin embargo, su procedimiento les parecerá equivalente a llamar negro al blanco.

El artículo original se encuentra aquí.

Por qué mantienen en secreto los acuerdos comerciales





Miles de personas se manifestaron recientemente en Bruselas contra los acuerdos de libre comercio negociados por la UE. Esto ocurrió pocos días antes de una reunión de los ministros de comercio de la UE en Bratislava el mes pasado, que fue considerada como el último intento de salvar la Asociación Transatlántica para el Comercio y la Inversión (conocida por sus siglas en inglés TTIP) entre la UE y Estados Unidos. No es solo que Europa esté dividida sobre el acuerdo, sino que las conversaciones han sido extremadamente secretas.
Muchos manifestantes se oponían especialmente al secreto que rodeaba a los acuerdos comerciales.
Parece ser que los dos socios querían que el proceso de negociación permaneciera fuera del radar público, contando con que la gente estaría distraída por otros asuntos, como el “bréxit”, el terrorismo, la crisis de los refugiados y la actual depresión económica.
Sin embargo resultó imposible mantener a votantes y contribuyentes en ambos lados del Atlántico completamente en la oscuridad acerca de los términos de un acuerdo que puede afectar directa y decisivamente a sus vidas, trabajos y negocios.
¿Cuál es la historia detrás de este acuerdo secreto que Obama y Merkel han estado impulsando con tanto vigor? ¿Por qué no hay transparencia? ¿Por qué se ha retenido información que es crucial para el interés público a lo largo del proceso?

Excluyendo al público

Las declaraciones públicas y la información en los sitios web oficiales acerca del acuerdo son bastante vagas no mencionan, o al menos se resisten a entrar en los detalles del trato. Esto ha creado una atmósfera de sospecha y desconfianza.
La Comisión Europea ha mantenido la naturaleza oculta de las negociaciones aprobando una nueva regulación que permite solo a los políticos ver el texto en una ‘sala de lectura’ segura en Bruselas. Según la comisaría de comercio de la UE, Cecilia Malmström, esto fue supuestamente necesario debido a “vulnerabilidades importantes en las últimas rondas de negociaciones”.
En algunos casos se ha permitido a miembros de parlamentos de la UE leer los documentos en sus países de origen, pero también se aplica aquí la norma de que deben hacerlo en una habitación sellada, mientras la seguridad registra todos sus movimientos.
Antes de usar una de estas salas secretas de lectura, debe firmarse un acuerdo de confidencialidad, hay que entregar los dispositivos móviles, que se guardan aparte, es una habitación para un máximo de ocho personas, las computadoras no están conectadas a ninguna red (ni conexión LAN ni internet). Un puñado de obras de referencia está disponible en forma impresa.
La seguridad se refuerza: al liderazgo de la UE no le gustó que los representantes de estados miembros con acceso a los detalles empezaran a filtrar información sobre el trato y que los parlamentos nacionales poseyeran documentos relevantes. Tal y como dijo la Comisión de la UE, esto ocasionó que “cientos de personas tuvieran en la práctica acceso descontrolado”.
La única explicación lógica que explica por sí misma la extraordinaria furtividad de estas conversaciones es que el trato incluía términos que tengan implicaciones críticas para el ciudadano medio y a las que probablemente se resista.
Entretanto, ha habido numerosas grandes manifestaciones contra la TTIP en Europa. El apoyo a estas manifestaciones probablemente aumente. Esto es así especialmente a la vista del cambio de actitud política en muchos países occidentales, donde movimientos nacionalistas y populistas están consiguiendo un apoyo cada vez mayor de los votantes.
Una parte importante del público se opone rotundamente al tratado ahora mismo, ya que muchos sospechan que afectará negativamente al bienestar social y económico de la gente y que es probable que restrinja severamente la soberanía nacional.

Promesas, promesas…

Al público se le dice que la TTIP promete un mayor crecimiento económico, más empleo, la armonización de la protección medioambiental, regulaciones de sanidad y seguridad e incluso mejoras en los servicios bancarios y financieros. Si hay que creer las estimaciones de la comisión europea, ¡la TTIP parece ser el tratado de siglo!
La Comisión espera que aumente la producción económica de la UE en 120.000 millones de euros anuales, la producción económica de EEUU en 90.000 millones de euros y la economía global en 100.000 millones de euros, al tiempo que crearía millones de nuevos empleos.
En un informe publicado el año pasado, el World Trade Institute decía que el TTIP elevaría el crecimiento del PIB en toda la UE hasta un 1,6%, aumentarían las exportaciones y crecerían los salarios. Incluso se suponía que disminuiría algo la desigualdad de rentas, ya que se esperaría una mejora de los salarios por encima de la media para los trabajadores de baja cualificación.
Además, se suponía que los precios bajarían hasta un 0,9% en la mayoría de los estados miembros de la UE. (Esto fuera verdad, daría al BCE una razón para inflar aún más la oferta monetaria, ya que, de acuerdo con la ortodoxia moderna del banco central, una bajada en los precios del consumo se considera “mala”).
El informe identificaba concretamente a las manufacturas, el transporte marítimo, los servicios de seguros, los alimentos procesados, los productos químicos y las farmacéuticas como los sectores que obtendrían los mayores beneficios potenciales del tratado.
También promete mucho para las pequeñas y medianas empresas, para las que se supone que habrá un mejor acceso al mercado para sus exportaciones. ¡La lista de beneficios es larga y las cifras parecen muy prometedoras!

Desconfianza, confusión y rabia públicas

Sin embargo, según Time, los europeos entienden ahora mismo la TTIP como “un plan estadounidense para perjudicar a sus democracias y a los patrones medioambientales nacionales”. Las filtraciones han puesto la vista temas polémicos, particularmente con respecto a la privatización de servicios públicos (el sistema sanitario de Reino Unido puede salvarse después del bréxit, ¿pero qué pasa con el resto de los sistemas sociales europeos?) o la rebaja en las restricciones bancarias para los bancos de EEUU (que podría ser bastante arriesgada a la vista de las políticas monetarias que ya están subvencionando al sector financiero y extrayendo riqueza del público).
Uno de los asuntos más polémicos se refiere a la introducción del sistema Investor-State Dispute Settlements (ISDS), del que se piensa que en la práctica daría a las grandes multinacionales el poder de dictar las políticas de gobiernos democráticamente elegidos (en un grado desconocido).
Los partidos populistas en Alemania y Francia se oponen al acuerdo, al que consideran un riesgo para la sociedad y el bienestar social, así como una renuncia a la soberanía nacional. De acuerdo con datos recientes, solo un 17% de los alemanes sigue considerando bueno el acuerdo comercial.
Según una encuesta realizada por la emisora alemana ARD en mayo de 2016, un 70% de los alemanes están en contra de la TTIP, comparado con un 55% en las primeras etapas de las negociaciones en 2014. Asimismo, un 79% ve el acuerdo como un riesgo para la protección del consumidor y el 83% está en desacuerdo con la naturaleza secreta de las negociaciones.
Esto sugiere que, cuanta más información se filtre al público, más consciente y preocupado estará este por el acuerdo y los riesgos que implica. Incluso el apoyo público en EEUU ha caído entretanto al 18% desde el 53% de 2014.
También parece que Merkel está ahora mismo sola a la hora de impulsar el pacto: la pasada primavera, el ministro francés de comercio, Matthias Fekl, dijo que la UE ha ofrecido más de lo que recibiría a cambio, declarando: “No puede haber un acuerdo sin Francia y mucho menos en contra de Francia”. En varias ocasiones, cargos públicos franceses han reclamado en bloque suspender totalmente el acuerdo.
Los grupos ecologistas son también grandes opositores a la TTIP, particularmente Greenpeace. En mayo de este año, la organización público un extenso informe, incluyendo información confidencial que forma parte del acuerdo.
Daniel Mittler, el director político de Greenpeace International, dijo a la prensa: “Nuestra impresión es que este es realmente, como temíamos, un documento que ponen a las grandes empresas, al poder corporativo en el centro de la creación de políticas”. Jorgo Riss, el director de Greenpeace en la UE, fue citado diciendo: “Está abriendo el camino para una carrera para rebajar los patrones medioambientales, de protección al consumidor y de sanidad pública”.
El reto es reconciliar diferencias entre dos mentalidades a menudo fuertemente opuestas, particularmente en asuntos como banca, medio ambiente y servicios sanitarios. En áreas como cosmética, por ejemplo, la UE prohíbe las pruebas con animales, un asunto sobre el que a las dos partes parece separarles un mundo.
Filtraciones de los negociadores de la UE inter alia indican que “EEUU dijo que tenía que consultar con su sector químico sobre cómo posicionarse”. (Esto era en referencia a la posible interferencia de empresas químicas y de combustibles fósiles).
La TTIP parece estar haciendo bastante sencillo para las grandes empresas influir en la legislación, lo que se ve de forma generalizada como una amenaza para los altos patrones de protección medioambiental actualmente en vigor en Europa.

¿Se aprobará la TTIP?

Actualmente la mayor preocupación parece ser finalizar realmente las negociaciones. El presidente Obama está personalmente muy motivado para firmar el “mayor acuerdo comercial hasta la fecha” antes de dejar el cargo, lo que añadiría una histórica sociedad comercial trasatlántica a su lista de logros presidenciales.
Ninguna parte puede realmente permitirse que las negociaciones se demoren hasta 2017, que es año de elecciones tanto en Francia como en Alemania. Tras las recientes conversaciones de los ministros de comercio de la UE en Bratislava, el ministro de comercio de Eslovaquia, Peter Ziga, concluía: “el debate demostró que es poco realista una conclusión de las negociaciones de la TTIP antes de acabar el año”.
Varios factores apoyan esta conclusión, como la creciente frustración con las reclamaciones de EEUU y el aumento en el sentimiento contra el establishment y la globalización que se muestra en las manifestaciones y que también ha fijado como objetivo un acuerdo independiente de libre comercio casi finalizado con Canadá.
Aunque el gobierno austriaco contrario al libre comercio está dividido acerca del tratado con Canadá y los dos parlamentos regionales de Bélgica también lo han rechazado, parece que este tratado tiene más posibilidades de ser firmado que la TTIP.
Los negociadores de ambas partes dijeron que tratarían las preocupaciones de los críticos a través de declaraciones conjuntas. Sin embargo sigue siendo un reto importante, ya que el tratado tiene que ser aprobado por 38 parlamentos nacionales y regionales, un proceso que podría llevar mucho tiempo.

Los tratados comerciales no representan el verdadero libre comercio

La TTIP no es un acuerdo de libre comercio, más bien es otro ejemplo de “comercio dirigido”. Mantener en secreto las negociaciones indudablemente ha empañado las intenciones tras el acuerdo y sobre si realmente es lo que más interesa a los ciudadanos estadounidenses y de la UE.
Murray Rothbard fue muy crítico contratados comerciales como el NAFTA. En realidad, la libertad comercial no requiere tratados: como señalaba Rothbard, el verdadero libre comercio eso una política unilateral. No hay necesidad de pedir permiso a nadie para eliminar las barreras comerciales propias. He aquí a Rothbard sobre el NAFTA:
La gente que nos ha traído el NAFTA y trata de calificarlo como “libre comercio” esla misma gente que llama “inversión” al gasto público, “contribuciones” a los impuestos y “reducción del déficit” a aumentar los impuestos. No olvidemos que los comunistas también solían llamar “libertad” a su sistema.
En primer lugar, el verdadero libre comercio no requiere un tratado (o su primo deforme, un “acuerdo comercial”; al NAFTA se le llama acuerdo comercial, así que puede evitar el requisito constitucional de aprobación por dos tercios del Senado). Si los dirigentes quisieran realmente libre comercio, todo lo que tienen que hacer es abolir nuestros numerosos aranceles, cuotas de importación, leyes anti-“dumping” y otras restricciones al comercio impuestas por Estados Unidos. No hace falta ninguna política exterior ni maniobras en el exterior.
Si alguna vez apareciera en el horizonte el auténtico libre comercio, habría una forma segura de saberlo. Gobierno/medios de comunicación/grandes empresas se opondrían a este con uñas y dientes. Veríamos una serie de editoriales “advirtiendo” acerca del inminente retorno al siglo XIX. Los expertos de los medios y académicos plantearían todos los viejos bulos contra el libre mercado, que es explotador y anárquico sin la “coordinación” del gobierno. El establishment reaccionaría a la institución de un verdadero libre comercio con tanto entusiasmo como lo haría para abolir el impuesto de la renta.
La TTIP parece ser principalmente un acuerdo escrito por las grandes empresas y sus cabilderos para el fin de posicionarlas mejor en los mercados europeos y estadounidense a costa de la calidad los productos ofrecidos al público.
Con el secreto viene la desconfianza. La TTIP que es defendida como el mayor tratado comercial en la historia moderna por cargos no electos que mantienen incontables reuniones tras puertas cerradas con intereses especiales poderosos, bien podría convertirse también en el más “antidemocrático”.

El artículo original se encuentra aquí.