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jueves, 31 de julio de 2014

El liberalismo y la Escuela de Chicago

Walter Castro-Gobierno grande: ineficiencia grande

Capitalismo en una lección

CAMINO DE SERVIDUMBRE de F.A. HAYEK


Hayek, sobre las fluctuaciones industriales [Por Roger W. Garrison]

Hayek
Como indica la reciente biografía (2001) de Alan Ebenstein, “Mr. Fluctuaciones” se convirtió en el apodo de Hayek en la década de 1930, debido a su continuo uso de esa palabra, pronunciándola con un fuerte acento austriaco. Y sus lecciones sobre fluctuaciones industriales venían acompañadas de un completo complemento de gráficos que mostraban la estructura de capital de la economía y los efectos de la creación de crédito en esa estructura. Una estudiante de la LSE (Ben Higgins) lamentaba que la importancia de las clases se viera “enterrada bajo los abrumadores gráficos en tres dimensiones con los que Hayek presentaba sus ideas y que los hacía parecer como algo del campo de la ingeniería” (Patinkin y Leith, 1978, p. 74).
¿Qué pasó con estos diagramas en 3-D y las ideas que representaban? ¿Por qué veía Hayek  la estructura de capital de la economía como algo tan importante para nuestra comprensión de las fluctuaciones industriales? ¿Cómo se alineaban estas ideas frente a las desarrolladas por John Maynard Keynes? ¿Y por qué acabó Hayekl abandonando casi completamente el programa investigador que le había motivado tanto en esos primeros años?
Las primeras lecciones que Hayek dio en la LSE a principios de 1931 establecieron su propia comprensión de la teoría del ciclo económico de Ludwig von Mises. Estas lecciones, que fueron la base para ser nombrado a la cátedra Tooke, aparecieron más tarde es e mismo años como Precios y producción. Fue una década después de que publicara La teoría pura del capital (1941), un largo y aburrido volumen que incorporaba algunos de esos diagramas en 3-D. Este libro pretendía ofrecer el sustrato teórico para su primer trabajo sobre ciclos económicos. Un libro que debía haberle seguido, llamado La dinámica del capital (Hayek, 1983, p. 413), no se escribió nunca. Sin embargo, no es difícil imaginar que la Dinámica habría sido  Precios y producción con todo su ropaje teórico.
Después de La teoría pura, los intereses de Hayek cambiaron a los asuntos más amplios de su época. Su hito, “Economics and Knowledge” (1937) fue asimismo una piedra angular des la economía de las fluctuaciones industriales al campo de la filosofía política. Hayek se hizo enormemente conocido por suCamino de servidumbre de 1944 y sus posteriores escritos en la tradición liberal clásica. Con el tiempo, toda su obra anterior al Camino se ignoró ampliamente. Y si se reconocían en algo, sus ideas de la naturaleza y la significación de la variación cíclica se consideraban desdeñosamente como la “economía técnica” de Hayek.
La dura crítica del primer Hayek (de sus adversarios, sus antiguos defensores y sus aliados científico-políticos) prevalece en la literatura. Keynes (1931, p. 394) se refería a Precios y producción como “un terrorífico embrollo”. Joan Robinson (1972, p. 2), refiriéndose explícitamente a los triángulos que acompañaban a las clases de Hayek de 1931, condenaba su teoría del ciclo económico como un “lamentable estado de confusión”.
Lionel Robbins, cuya Great Depression de 1934 era una hábil aplicación de la teoría hayekiana del auge y declive del periodo de entreguerras, abjuró de este libro en su Autobiografía (p. 154) de 1971, confesando que “le gustaría verlo olvidado”. Comentando sobre la “economía técnica” de Hayek durante una entrevista (Ebenstein, 2001, p. 81), Milton Friedman destaca que es “un enorme admirador de Hayek, pero no de su economía. Creo que Precios y producción es un libro muy defectuoso. Creo que sus libro de teoría del capital [La teoría pura] es ilegible. Por el contrario, Camino de servidumbre es uno de los grandes libros de nuestro tiempo”.
La biografía de Ebenstein ofrece solo un relato breve e insatisfactorio de la primera teorización del ciclo económico de Hayek. En un capítulo titulado “LSE”, escribe que “el error básico de Hayek de la producción económica se refiere a la naturaleza del capital” (p. 54). En un capítulo posterior titulado “Capital”, Ebenstein indica que el aspecto esencial de la concepción de la estructura del capital de Hayek es que el capital es heterogéneo. Luego da a este episodio del pensamiento hayekiano un abrupto final indicando que “Si esta suposición empírica de la heterogeneidad del capital es falsa, falla el sistema teórico [de Hayek] de actividad económica” (p. 83). Por supuesto, es trivialmente cierto que el capital homogéneo implicaría la ausencia de estructura y por tanto la irrelevancia de cualquier teoría basada en consideraciones de estructura.
Hayek consideraba demasiado evidente tener que probar que haya una estructura de capital (una estructura que puede modificarse, pero no instantáneamente y sin coste). Los costes de reestructurar el capital era fácilmente absorbida durante un auge inducido políticamente cuando el crédito es barato y las expectativas de ganancia son altas. Pero después del declive, los costes de deshacer las malas asignaciones realizadas por un crédito inapropiado toman las formas de pérdidas empresariales, quiebras y desempleo.
La concepción del proceso de producción de Hayek conlleva una secuencia temporal de actividades que transforma entradas en salidas consumibles. El capital de distintos tipos (plantas y equipos, herramientas y maquinaria, materias primas y bienes en proceso) se ponen en uso en las distintas etapas de producción. Por tanto, la estructura de capital se define en términos de esta disposición temporal de bienes de capital heterogéneos. A efectos pedagógicos, Hayek divide el proceso de producción económica en un número finito de etapas, de forma que la salida de una etapa constituye la entrada de la siguiente, siendo la última etapa la generación de salidas consumibles. Aunque simplificada, la idea de una secuencia de etapas servía para el fin de incorporar en su teorización el elemento del tiempo del proceso de producción.
Por tanto, ésta es la significación de la estructura de capital (y de esos diagramas en 3-D): la estructura de capital captura el elemento temporal. La forma analíticamente más sencilla de ocuparse del tiempo de la producción es el triángulo hayekiano: un triángulo rectángulo en el que las etapas de producción se alinean en la lado horizontal y el valor de mercado de la producción final se representa en la altura del lado vertical. La reestructuración del capital, como podría inducirse por un cambio en el tipo de interés, se representa en un cambio en la forma del triángulo. A posteriori, podríamos juzgar que la simplicidad del triángulo hayekiano es su mayor virtud.
La circularidad, tanto en el flujo circular de rentas y gastos como en la lógica del sistema keynesiano, lleva a su vez a la conclusión de que las expectativas se autocumplen y que las economías de mercado son inestables. Las dos únicas proposiciones auxiliares necesarias (ambas proporcionadas por Keynes) son que las expectativas acerca de la rentabilidad del gasto actual en inversión esencialmente no tienen fundamento y que esas expectativas están sujetas a cambios dramáticos.
El triángulo hayekiano tiene su propia lógica, una muy distinta de la del círculo keynesiano. Hayek fue capaz de demostrar que la asignación de recursos entre las etapas de producción secuenciadas temporalmente se corresponde con un patrón temporal particular de producción consumible. Si esta asignación de recursos es consistente con el patrón preferido de consumo, entonces la consiguiente actividad económica (ganar rentas trabajando en las distintas etapas y gastar estas rentas en la etapa final de producción) es sostenible. Además, los movimientos ordinariamente dirigidos por el mercado en el tipo de interés empujan a la economía hacia este patrón de producción y consumo internamente consistente y temporalmente sostenible. El sistema no es inherentemente inestable.
La teorización de Hayek estaba guiada desde el principio por una máxima metodológica crítica: Debemos explicar primero cómo puede funcionar bien una economía antes de que podamos preguntar con sentido lo que podría ir mal. La teoría de las fluctuaciones industriales de Hayek respetaba esta máxima y la seguía directamente como algo lógico: Si el tipo de interés se mantiene por debajo de su tipo de mercado, o “natural”, por la expansión del crédito, las decisiones de los productores serán inconsistentes con las preferencias de los consumidores. La expansión económica será insostenible. El auge acabará con un declive. Solo con un tipo de interés determinado por el mercado pueden evitarse las variaciones cíclicas.
Ante la enorme diferencia entre los marcos keynesiano y hayekiano le habría sido bastante fácil a Hayek explotarla en una reseña de la Teoría general de Keynes: el sistema de Keynes es inherentemente inestable, mientras que el de Hayek es potencialmente estable pero particularmente vulnerable para las desestabilizadoras políticas pro-crecimiento del banco central. Aunque Hayek nunca reseñó realmente el libro de Keynes, de hecho sí argumenta precisamente en esta línea en las últimas páginas de su Teoría pura (p. 408), donde reconoce que el dinero constituye una “vaga unión”  en nuestra estructura moderna y compleja del crédito: “Pero la existencia de esa vaga unión no es una justificación para concentrar la atención en ella y olvidar el resto del mecanismo y aún menos para hacer el mejor uso posible de la efímera libertad  de la necesidad económica que permite dicha vaga unión”.
Aunque la explicación de Hayek del auge y declive tenía una lógica esencial y convincente acerca de ello, sus intereses se dirigieron hacia otros asuntos, empezando incluso antes de la publicación de su libro sobre el capital. Su artículo de 1937 se considera por lo general como un cambio importante en su pensamiento, un cambio que pone en cuestión su propia obra anterior sobre fluctuaciones industriales. Sin embargo, una interpretación alternativa es que Hayek se hizo cada vez más consciente de la significación de la máxima metodológica que siempre había respetado y que Keynes y muchos otros habían despreciado sin motivo.
En los primeros años en la LSE a Hayek le preocupaba la cuestión de cómo tenía que operar el proceso de mercado si las preferencias de los consumidores tenían que transformarse en planes de producción de los productores y cómo podía interferir en este proceso la expansión del crédito. Es sus últimos escritos le preocupaba la cuestión de cómo podía este mismo proceso de mercado operar de hecho incluso aunque la información en la que se basa sea incompleta y esté dispersa en toda la economía.
Hayek era completamente consciente de esta segunda cuestión mucho antes de ir a la LSE. De hecho, según su propio relato (Hayek, 1994, p. 1), ya estaba trabajando con y bajo la influencia de Mises cuando apareció en 1922 Socialismo de Mises, que se ocupaba con detalle del asunto del cálculo económico. Hayek pudo haber creído en este momento temprano que la profesión económica había entendido o entendería pronto todo el significado del libro de Mises. Así que sus propios esfuerzos podían centrarse en la coordinación intertemporal que hacen posible los mercados del crédito no intervenidos y la descoordinación intertemporal causada por un errónea política bancaria. Si marca algo, el artículo de 1937, es la percepción de que la profesión económica de hecho no había asimilado en absoluto las ideas de Mises. Los colegas economistas de Hayek no podían apreciar Precios y producción porque les faltaba una comprensión fundamental de la economía de mercado. En un intento de superar este obstáculo, Hayek empezó a ocuparse de una manera más explícita de la coordinación de planes individuales basándose en la información dispersa e incompleta.
Con esta interpretación alternativa, la “economía técnica” de Hayek y su consiguiente filosofía política puede verse como mostrando cierta continuidad de pensamiento (implicando la última fase preocupaciones e incluso remedios más fundamentales). Esta interpretación coherente con la propia retrospectiva de Hayek en el prólogo a Economics as a Coordination Problem: The Contributions of Friedrich A. Hayek (1977, p. ix), de Gerald O’Driscoll:
El que parezca en principio posible refundir una gran parte de la teoría económica en términos de la aproximación que he encontrado útil realizar con problemas tan distintos como los de las fluctuaciones industriales y el funcionamiento de una economía socialista me resulta gratificante. (…) El profesor O’Driscoll casi me ha convencido de que tendría que haber continuado con el trabajo que estuve realizando  en las décadas de 1930 y 1940 en lugar de alejarme hacia otros problemas que pensaba que eran más importantes.
Por mucho que admiremos los escritos de filosofía política de Hayek, seguimos pudiendo lamentar que “Mr. Fluctuaciones” no mantuviera el rumbo en sus esfuerzos por ofrecer una alternativa completa a la emergente ortodoxia keynesiana.
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Referencias
Ebenstein, Alan. (2001) Friedrich Hayek: A Biography. Nueva York: St. Martin’s Press.
Hayek, F. A. (1931) Prices and Production. Londres: George Routledge and Sons, Ltd. [Publicado en España como Precios y producción (Madrid: Unión Editorial, 1996)]
____. (1937) “Economics and Knowledge”, Economica, vol. 4 (nueva serie), pp. 33-54.
____. (1941) The Pure Theory of Capital, Chicago: University of Chicago Press.
____. (1983) Entrevista: “Nobel Prize-Winning Economist Friedrich A. von Hayek” Los Angeles: UCLA Oral History Program (encuaderno en espiral).
____. (1994) Hayek on Hayek: An Autobiographical Dialogue, ed. Ste[jem Lresge amd :eof Wemar. Chicago: University of Chicago Press. [Publicado en España como Hayek sobre Hayek: un diálogo autobiográfico (Madrid: Unión Editorial, 2011)]
Keynes, John M. (1931) “The Pure Theory of Money: A Reply to Dr. Hayek”, Econometrica, vol. 11 (Noviembre), pp. 387-397.
____. (1936) The General Theory of Employment, Interest, and Money. Nueva York: Harcourt, Brace, and Company. [Publicado en España como La teoría general del empleo, el interés y el dinero (Madrid: Editorial Aosta, 1998)]
Mises, Ludwig von. ([1922] 1951) Socialism. New Haven: Yale University Press. [Publicado en España como El socialismo (Madrid: Unión Editorial, 2009)]
O’Driscoll, Gerald, P., Jr. (1977) Economics as a Coordination Problem: The Contributions of Friedrich A. HayekKansas City: Sheed, Andrews, and McMeel, Inc.
Patinkin, Don y J. Clark Leith. (1978) Keynes, Cambridge and the General Theory. Toronto: University of Toronto Press.
Robbins, Lionel, ([1934] 1971) The Great Depression, Freeport, N.Y.: Books for Libraries Press.
____. (1971) Autobiography of an Economist. Londres: Macmillan.
Robinson, Joan (1972) “The Second Crisis in Economic Theory”, American Economic Review 62 (1-2): pp. 1-10.

Argentina Defaults According to S&P: What Now?

Paraisos fiscales, la gran evasion

Vídeos del Instituto Cato

El bluf fiscal

El apocalipsis de la deuda estadounidense ha desaparecido de las noticias. Porque no hay crisis de deuda, ni nunca la ha habido



Durante gran parte de los últimos cinco años, a los lectores de las noticias políticas y económicas les quedaron pocas dudas de que el déficit presupuestario y el aumento de la deuda eran los problemas más importantes a los que se enfrentaba Estados Unidos. La gente seria emitía sin cesar funestas advertencias de que Estados Unidos corría el riesgo de convertirse en otra Grecia en cualquier momento. El presidente Obama nombró una comisión especial con representación de ambos partidos para proponer soluciones a la supuesta crisis fiscal y pasó gran parte de su primer mandato intentando negociar con los republicanos un gran pacto sobre el presupuesto.
El pacto nunca se produjo porque los republicanos se negaron a tomar en consideración cualquier acuerdo que aumentase los impuestos. Sin embargo, la deuda y los déficits se han esfumado de las noticias. Y hay una buena razón para esta desaparición: resulta que todo el asunto ha sido una falsa alarma.
No estoy seguro de que la mayoría de los lectores acaben de darse cuenta de hasta qué punto el gran pánico fiscal se ha desinflado por completo. Y los cascarrabias del déficit, por supuesto, siguen refunfuñando. Incluso están intentando tergiversar las últimas previsiones a largo plazo de la Oficina Presupuestaria del Congreso —que salta a la vista que no tienen nada de alarmantes— como una especie de confirmación de sus anteriores tácticas de amedrentamiento. Así que parece que es buen momento para ofrecer una puesta al día sobre el desastre de la deuda que nunca existió.
Sobre las previsiones: la oficina presupuestaria pronostica que el déficit federal de este año será de tan solo el 2,8% del PIB, por debajo del 9,8% de 2009. Es cierto que el hecho de que todavía estemos registrando déficit significa que la deuda federal en dólares sigue creciendo, pero la economía también está creciendo, de manera que la oficina presupuestaria espera que el porcentaje crucial de la deuda con respecto al PIB se mantenga más o menos estable durante la próxima década.
Se supone que después las cosas empeorarán, sobre todo debido al impacto del envejecimiento de la población con derecho a Medicare y la Seguridad Social. Pero ha habido una ralentización espectacular de los costes de la asistencia sanitaria, que solían desempeñar un papel estelar en los espeluznantes escenarios presupuestarios. En consecuencia, a pesar del envejecimiento, se prevé que en 2039 —¡dentro de 25 años!— la deuda no supere, en cuanto a porcentaje del PIB, a la que Estados Unidos tenía a finales de la Segunda Guerra Mundial o a la que Reino Unido tuvo durante la mayor parte del siglo XX. Ah, y la oficina presupuestaria espera ahora que los tipos de interés se mantengan considerablemente bajos, no muy por encima de la tasa de crecimiento de la economía. Esto a su vez debilita —de hecho, prácticamente elimina— el riesgo de una espiral de la deuda, en la que el coste del servicio de la deuda conduce a un endeudamiento aún mayor.

“A pesar del envejecimiento, solo se espera que la deuda de EE UU supere a la adquirida en la II Guerra Mundial en 2039”
En todo caso, que la deuda aumente no es bueno. Entonces, ¿cuánto costaría evitar cualquier incremento de la tasa de endeudamiento? Sorprendentemente poco. La oficina presupuestaria calcula que estabilizar el endeudamiento con respecto al PIB a su nivel actual exigiría recortar los gastos o aumentar los impuestos por valor de un 1,2% del PIB si empezásemos ahora, o de un 1,5% del PIB si esperásemos hasta 2020. Políticamente sería difícil dada la radical oposición republicana a cualquier cosa que pueda proponer un presidente demócrata, pero desde un punto de vista económico no sería gran cosa y no requeriría ningún cambio fundamental en nuestros principales programas sociales.
En definitiva, el apocalipsis de la deuda ha sido cancelado.
Un momento. ¿Qué hay del riesgo de una crisis de confianza? Ha habido múltiples admoniciones de que dicha crisis era inminente, algunas de ellas acompañadas de reconocimientos sorprendentemente sinceros de la decepción porque no se hubiese producido aún. Por ejemplo: Alan Greenspan advirtió de la "analogía griega" y declaró que era "lamentable" que los tipos de interés y la inflación de Estados Unidos todavía no se hubiesen disparado.
Pero de eso hace más de cuatro años, y tanto la inflación como los tipos de interés siguen bajos. A lo mejor, después de todo, Estados Unidos, que entre otras cosas adquiere los préstamos en su propia moneda y por lo tanto no puede quedarse sin efectivo, no se parece tanto a Grecia.
De hecho, incluso en Europa la severidad de la crisis de la deuda disminuyó rápidamente una vez que el Banco Central Europeo empezó a hacer su trabajo, dejando claro que haría "todo lo necesario" para evitar crisis de liquidez en los países que habían renunciado a sus propias monedas y adoptado el euro. ¿Sabían que Italia, que sigue fuertemente endeudada y que sufre el lastre del envejecimiento de la población mucho más que nosotros, actualmente puede conseguir préstamos a largo plazo a un tipo de interés de tan solo el 2,78%? ¿Sabían que Francia, que continuamente es objeto de informaciones negativas, paga solo un 1,57%?
O sea, que no tenemos una crisis de la deuda, y nunca la hemos tenido. ¿Por qué da la impresión de que cualquier persona importante piensa lo contrario?
Para ser justo, ha habido algunas noticias realmente buenas sobre las perspectivas fiscales a largo plazo, sobre todo en lo relativo a la atención sanitaria. Pero es difícil evitar la sensación de que el pánico de la deuda fue fomentado porque servía a un propósito político, de que mucha gente estaba promoviendo la idea de una crisis de la deuda como un medio para atacar a la Seguridad Social y a Medicare. Y causaron un enorme perjuicio por el camino, distrayendo durante años y años la atención del país de sus problemas reales: el paro devastador, el deterioro de las infraestructuras y otros. 
Paul Krugman es profesor de Economía de Princeton y premio Nobel de 2008.
Traducción de News Clips.

Una súplica por una deflación moderada

por George Selgin

George Selgin es profesor asociado de economía en la University of Georgia y académico adjunto del Cato Institute. Este ensayo fue publicado originalmente en el Cato Policy Report de Mayo/Junio de 1999. También puede leer este documento en formato PDF aquí.


En años recientes los banqueros centrales de las economías más desarrolladas del mundo han estado cerca de conseguir un objetivo que parecía inalcanzable dos décadas atrás: la erradicación de la inflación. En Estados Unidos, por ejemplo, el Índice de Precios al Consumidor (IPC) se elevó tan solo 1.6% en 1998. No obstante, justo cuando la elusiva meta de estabilidad en los precios está al alcance de sus manos, pareciera que los banqueros centrales se están echando hacia atrás: una inflación moderada, ahora nos dicen, es un costo que vale la pena asumir a fin de evitar una amenaza aún peor: la deflación, o caída de los precios.
Deflación. Para mucha gente la palabra evoca imágenes de la gran depresión, cuando los precios cayeron dramáticamente en la mayor parte del mundo. El declive en los precios fue la contraparte del colapso en las ventas, las bancarrotas generalizadas, y los ejércitos de trabajadores desempleados. Si un poco de inflación es la única garantía contra otra calamidad como aquella de los treinta, entonces ciertamente es un precio que conviene pagar.
La verdad, sin embargo, es que la deflación no tiene por qué ser una receta para la depresión. Por el contrario, una deflación moderada puede ser una buena noticia, siempre y cuando sea el tipo correcto de deflación.
Desde los desastrosos años treinta, los economistas y banqueros centrales parecen haber perdido de vista el hecho que existen dos tipos de deflación—una maligna, y la otra benigna. La deflación maligna, del tipo que acompañó a la Gran Depresión, es una consecuencia de la contracción en el gasto, las ganancias corporativas y los salarios. En rigor, aún en este caso, no es precisamente la deflación en sí misma la que resulta dañina, sino su causa subyacente, un stock inadecuado de dinero. El atesoramiento del dinero, o su actual desaparición (la cantidad de dinero en la economía de Estados Unidos en realidad se contrajo un 35% entre 1930 y 1933), causa que la demanda por bienes y servicios se evapore. En respuesta, las firmas se ven forzadas a reducir la producción y a despedir trabajadores. Los precios caen, no porque los bienes y servicios abunden, sino porque el dinero es escaso.
La deflación benigna es algo completamente distinto. Es el resultado de mejoras en la productividad, es decir, ocasiones en las que los avances tecnológicos o administrativos permiten la obtención de mayores cantidades reales de bienes y servicios finales con el uso de una cantidad dada de tierra, trabajo y capital. Ya que un alza en la productividad es lo mismo que una disminución de los costos de producción, una reducción de precios en los bienes y servicios finales debido a mayor productividad no implica ninguna caída de las ganancias de los productores ni de los salarios de sus trabajadores. Los menores costos son correspondidos por menores precios al consumidor, no por menores salarios o ingresos. Tal deflación—originada en la productividad—es una buena noticia para el asalariado promedio.
La deflación benigna es un concepto relativamente extraño debido tanto a que los economistas modernos prestan relativamente poca atención a ella (centrando sus discusiones en torno a la inflación o a la deflación de tipo maligno), como a que los responsables de la política monetaria en Estados Unidos y en otras partes han evitado que la deflación benigna ocurra durante la mayor parte del siglo XX. Así, desde la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos ha observado frecuentes ganancias de productividad al punto que, en términos reales, el costo unitario de producción de bienes y servicios es hoy en día aproximadamente la mitad de lo que era en 1945. No obstante, el nivel general de precios, en lugar de ser la mitad de lo que era luego de la guerra, se ha incrementado nueve veces respecto a lo que era anteriormente. En vez de permitir que los precios de los bienes caigan al caer sus costos reales de producción, la Fed ha inflado artificialmente los precios introduciendo grandes sumas de dinero en la economía. La última vez que se dejó que las ganancias de la productividad se tradujeran, parcial y temporalmente, en una caída del nivel de precios fue en 1955, 44 años atrás. Y ello fue producto de la casualidad, no del diseño deliberado de la Fed.
La deflación continua de tipo benigno no es solo una posibilidad hipotética. Muchas naciones Occidentales experimentaron algo parecido entre 1873 y 1896, cuando el patrón oro imponía límites a la capacidad de sus gobiernos para compensar los efectos de mejoras en la productividad vía expansiones monetarias. Aunque los niveles nacionales de precios declinaron casi en forma continua de 1873 a 1896, causando durante cierto tiempo que los académicos se refieran a la era en cuestión como la primera "Gran Depresión", cada otro indicador económico—precios, salarios, ganancias, producción industrial, comercio—muestra que fue una época de crecimiento y prosperidad sin precedentes. Ciertamente, el período tuvo su porción de depresiones genuinas; no obstante, aquellos giros cíclicos fueron el resultado de una legislación financiera defectuosa. El haber permitido una tendencia negativa en los precios no parece haber causado daño alguno, en la medida que dicha tendencia reflejaba ganancias continuas de la productividad.
En la última década se ha observado ganancias sustanciales de productividad laboral, conjuntamente con ganancias menores en la productividad total de los factores, lo que indica que en el presente período podría haberse obtenido, sin causar daños, una significativa reducción nominal del costo de vida. No obstante, los banqueros centrales del mundo, no han estado dispuestos a permitir que dichas reducciones ocurran.

Conceptos Erróneos de los Banqueros Centrales
Los banqueros centrales creen que la deflación es siempre dañina, sin importar su causa. Ellos están convencidos de (1) que la deflación es injusta para los deudores, porque incrementa arbitrariamente el valor real de sus deudas; (2) que la deflación implica una caída de los salarios y un mayor desempleo; (3) que un nivel estable, o ligeramente creciente del nivel de precios es la mejor forma de evitar auges y depresiones; (4) que la deflación puede significar tasas de interés reales artificialmente altas, porque las tasas de interés nominales nunca pueden caer por debajo de cero; (5) que la deflación es dolorosa para los vendedores, los que por lo tanto resistirán el recorte de precios; y (6) que una tasa de deflación variable debe ser una fuente de confusión y error empresarial. En verdad, ninguna de estas creencias es válida en tanto la deflación en cuestión refleje el crecimiento de la tasa de productividad en la economía.
Considérese primero el efecto de la deflación en los deudores. Supóngase que en el curso de un año la productividad total se incrementa de forma inesperada en un 2% y que el nivel general de precios declina en un 2%. Entonces, aún cuando los acreedores recibirán una tasa de interés real mayor a la que anticiparon, los deudores no tendrán ninguna razón para quejarse: aunque el valor real de sus obligaciones se incrementa, sucede lo mismo con su ingreso real, mientras que los pagos nominales asumidos por ellos se mantienen inalterados. En otras palabras, los deudores pueden solventar el pago de mayores tasas de interés reales, y bien podrían haber acordado dichas tasas por anticipado si ellos y sus acreedores gozaran de una previsión perfecta. Una política monetaria dirigida a evitar deliberadamente que los precios caigan, en este caso, simplemente privaría a los acreedores (y a otras personas con ingresos nominales fijos, incluyendo a los beneficiarios de la Seguridad Social) de su justa porción de las ganancias de productividad que están siendo disfrutadas por todos los demás perceptores de ingresos.
Aquellos que sin embargo insisten en una política de estabilización de precios como la única política equitativa harían bien en considerar lo que tal política acarrea en el evento de un revés en la productividad. Cuando la productividad declina, la única manera de mantener el nivel de precios estable es a través de una reducción en los ingresos nominales. Los deudores podrían entonces encontrar no solo difícil sino tal vez imposible el repago de sus deudas. Si se admite que los intereses de deudores y acreedores son mejor servidos por un incremento en los precios cuando la productividad declina, entonces un razonamiento análogo sugiere que esos mismos intereses son mejor servidos permitiendo que los precios caigan en la medida que la productividad crece.
La falsedad en la creencia que la deflación debe implicar caídas salariales ha sido aludida anteriormente. Cuando la productividad aumenta, sucede lo mismo con los salarios reales de los trabajadores. En otras palabras, los salarios nominales (monetarios) crecen en comparación con el costo de vida. Si se permite que las ganancias de la productividad tomen la forma de menores precios de bienes finales, entonces los salarios monetarios permanecerán estables o se incrementarán de forma modesta. (Este último resultado se obtiene si los precios caen a una tasa igual a la tasa de crecimiento de la productividad total de los factores, la cual usualmente progresa más lentamente que la tasa de crecimiento de la productividad laboral). Por el contrario, si las autoridades monetarias insisten en impedir la caída del nivel de precios, las ganancias de la productividad deben tomar la forma de salarios monetarios aún mayores.
Supóngase, por ejemplo, que la productividad laboral crece a una tasa anual del 3%, mientras que la productividad total de los factores lo hace a una tasa anual del 2%. Entonces el salario real, que refleja la productividad laboral, deberá también incrementarse a una tasa anual de 3%. Si se deja que los precios al consumidor declinen a una tasa igual al incremento en la productividad total de los factores, los salarios nominales aún se incrementarán a una modesta tasa anual del 1%. En contraste, si las autoridades insisten en estabilizar el IPC, los salarios monetarios deberán crecer un 3% al año. En términos generales, los salarios monetarios son menos "flexibles" que los precios de los bienes finales, así que una política que impida o limite los ajustes salariales al permitir que los precios caigan es menos probable que sea una fuente de fricciones en el mercado laboral y de consecuentes errores en la asignación de trabajo. (Por supuesto, si la productividaddeclina, las perturbaciones del mercado laboral son evitadas más eficientemente dejando que los precios se eleven sin alterar los salarios monetarios, en vez de tratar de estabilizar los precios y por lo tanto haciendo necesaria una reducción en los salarios monetarios.)
La relativa rigidez de los precios de los factores, y particularmente del precio de la mano de obra, en comparación con los precios de los bienes finales, es también una razón para dudar de la difundida creencia que un nivel de precios estable es la mejor forma de evitar auges y crisis. Supóngase, por ejemplo, que la productividad crece más rápidamente que lo usual. En este caso, una política de cero inflación requiere una tasa de crecimiento monetario suficiente para sostener una inflación de los precios de factores igual al crecimiento de la productividad. Sin embargo, si los precios de los factores son rígidos, la expansión monetaria logrará al principio engrosar las ganancias corporativas sin inducir un alza equivalente en los precios de los factores. Las ganancias de las firmas se verán artificialmente favorecidas. Los especuladores que fallen en reconocer la naturaleza temporal de dichas ganancias expandidas, pujaran al alza los precios de las acciones, generando un auge. Finalmente, sin embargo, los precios de los factores responderán positivamente a la expansión de las ganancias (los costos alcanzarán a los ingresos), de tal forma que las utilidades se contraerán y el valor de las acciones caerá. El auge dará paso a una crisis. Si en lugar de estabilizar el nivel de precios al consumidor las autoridades monetarias se preocuparan por estabilizar los precios de los factores (o equivalentemente el flujo de ingreso nominal), el ciclo auge-crisis podría ser evitado.
El alegato de que la deflación es dolorosa para los vendedores, que por lo tanto se resisten a recortar los precios, puede ser válido para la deflación de tipo maligno, derivada de una contracción en la demanda, pero no es válido para la deflación benigna, proveniente de una mayor productividad. Cuando se contrae el gasto general en bienes y servicios, los vendedores pueden resistirse a reducir los precios hasta que puedan negociar recortes correspondientes en los costos, preservando por lo tanto sus márgenes de ganancia. Por tal razón, los precios de los productos son usualmente fijados de acuerdo a "contratos implícitos" que prometen cierto margen porcentual fijo de los precios sobre los costos unitarios. Pero esta práctica, que explica el lento ajuste de los precios de los productos en respuesta a cambios en el gasto de los consumidores, no lleva a un ajuste lento de los precios en respuesta a cambios en la productividad. Cuando la productividad cambia, también lo hacen los costos unitarios de producción, de forma que de hecho se requieren ajustes en los precios de los productos para preservar los márgenes constantes. Sin duda, los vendedores buscan activamente formas de mejorar la productividad a fin de poder cobrar menos que sus rivales sin sacrificar ganancias por ello. Los recortes de precios basados en la productividad son, en otras palabras, un aspecto saludable del proceso competitivo, que ocurriría rutinariamente en la mayoría de los mercados si no fuese por el éxito de las autoridades monetarias en compensar las ganancias de productividad con iguales o mayores adiciones al flujo de gastos nominales.
El temor de que la deflación pueda significar tasas de interés reales artificialmente altas, debido a que las tasas nominales no pueden ser negativas, es una falacia en tanto no se permita que la tasa de deflación exceda la tasa de crecimiento de la productividad. Supóngase, por ejemplo, que la tasa de interés nominal en una economía con productividad total de los factores constante y un nivel de precios constante es 4 por ciento. Si la política monetaria se ajustase al punto de causar una deflación anual de 5 por ciento, sin ninguna mejora compensadora en la productividad, se produciría el caos: las tasas de interés nominales se acercarían a cero, pero no caerían por debajo a pesar de la deflación, creando un superávit de fondos de financiamiento y un correspondiente déficit de gasto corriente. Pero supóngase que solo se permite que la deflación proceda en tanto sea empatada por correspondientes ganancias de productividad. En este caso, una tasa de deflación anual de 5 por ciento sería permitida únicamente en respuesta a un incremento en 5 por ciento de la productividad total de los factores. Dicha elevada tasa de crecimiento de la productividad tenderá a ser reflejada en un consecuente elevado equilibrio de tasa de interés real. Los efectos de la mayor productividad y de la deflación en la tasa de interés nominal tenderían entonces a compensarse uno con otro. En otras palabras, las tasas de interés nominales de equilibrio ciertamente permanecerían positivas.

¿Confunde la Deflación a los Empresarios?
La última creencia errónea—que un nivel de precios estable funciona mejor para evitar la confusión y el error empresarial—surge de una falla en apreciar el hecho de que las predicciones incorrectas del nivel de precios son sólo uno de los muchos tipos de errores de predicción que pueden frustrar a los empresarios. Por supuesto que un nivel de precios estable, y totalmente predecible, es deseable en un mundo de productividad invariante, ya que las fluctuaciones de precios nunca podrían ser una fuente de información empresarial útil en tal mundo. Pero el nuestro es un mundo en el que la productividad cambia constantemente, algunas veces para bien, otras para mal. En nuestro mundo, los movimientos inesperados del nivel de precios guiados por la productividad servirían mejor para informar a los empresarios de los cambios subyacentes en la eficiencia económica de la manera más transparente posible. Si se permite que el nivel de precios varíe únicamente con cambios opuestos en la productividad, la incapacidad de los empresarios para predecir cada cambio en el nivel de precios será puramente un reflejo de la imposibilidad general de pronosticar con precisión los cambios en la productividad. Las autoridades monetarias que creen poder impedir esta fuente de error empresarial al estabilizar los precios de los bienes se están engañando a sí mismas: al estabilizar los precios de los bienes, únicamente logran desestabilizar los precios de los factores y el ingreso nominal, aumentando y no reduciendo la confusión empresarial.
Probablemente todos los banqueros centrales aprecian la importancia de permitir que los precios monetarios particulares reflejen condiciones cambiantes en industrias particulares. Todo el mundo comprende que las computadoras son producidas más eficientemente hoy que una década atrás. El que esta información sea más fácilmente transmitida a los consumidores y empresarios a través de un menor precio de las computadoras parece algo obvio. No obstante, los bancos centrales se rehúsan a extender esta lógica a los cambios generales en la productividad. En realidad, no sólo las computadoras, pero casi todo otro bien o servicio se produce hoy a un menor costo real (esto es, con menor uso de tierra trabajo y capital por unidad) que hace una década. Entre 1991 y 1997 los costos unitarios de producción en el sector privado cayeron a una tasa anual ligeramente superior al 0.8%. Entonces, ¿por qué no debería permitirse que el nivel general de precios se contraiga para reflejar este hecho? La respuesta es, por ninguna razón, salvo la creencia injustificada de los bancos centrales de que la deflación—aún una deflación moderada—nunca puede ser beneficiosa para los consumidores.
El crecimiento de la productividad continúa presionando a la baja los precios, y resultaría en deflación real si tan solo la Fed y otros bancos centrales lo permitiesen. En lugar de tentar cero inflación o (aún peor) de permitir que los precios continúen su tendencia gradual al alza, los banqueros centrales del mundo deberían permitir que los movimientos de los precios reflejen cambios opuestos en la productividad. Ellos pueden lograrlo al estabilizar, no los precios al consumidor, sino la tasa de crecimiento del gasto nominal, permitiendo que tal gasto crezca a una tasa igual al crecimiento (esperado) de largo plazo del trabajo y capital, o (a juzgar por las estadísticas de la última década) a una tasa anual de aproximadamente 2%. Esta política llevaría a una tendencia muy gradual de reducción en los niveles nacionales de precios, interrumpida por los reveses ocasionales de la productividad o "shocks de oferta", como los eventos de escasez de petróleo patrocinados por la OPEC en los setenta. Ya que esta política requiere que los bancos centrales siempre creen suficiente dinero para compensar el atesoramiento del mismo (según se refleja en las reducciones de la "velocidad de circulación" del dinero), no plantea ningún peligro de recurrencia a una depresión del estilo de los años treinta. Solo se permitiría deflación del tipo benigno: cada declive en los precios sería una buena noticia tanto para los consumidores como para los hombres de negocios.

El Fantasma de la Gran Depresión
Si la política de una moderada deflación benigna aquí recomendada parece extrema, es sólo porque la gente se ha acostumbrado por mucho tiempo al incremento de los precios debido al perdurable fantasma de la curva de Phillips (que pretende mostrar una relación negativa entre la tasa de inflación y la tasa de desempleo), y porque la Gran Depresión le otorgó a la deflación una mala reputación de la que aún tiene que recuperarse. En torno a ello, cabe notar que, antes de tal episodio, muchos de los más famosos economistas mundiales, incluyendo a Alfred Marshall, Dennis Robertson, Gunnar Myrdal y Friedrich Hayek, veían a la deflación gradual vinculada a mejoras de la productividad como la forma menos perturbadora de transmitir los beneficios del progreso económico a los consumidores, incluyendo a aquellas personas dependientes de un ingreso monetario fijo. Su razonamiento concordaba con lo que en ese entonces solía ser sentido común: a medida que los bienes se tornan menos costosos de producir, sus precios deben reducirse.
La Gran Depresión propinó un golpe casi mortal a tal pensamiento de sentido común en torno a los precios y su nivel general. Una nueva generación de economistas se volvió tan obsesionada con impedir la perniciosa deflación que se olvidaron completamente de la existencia de una deflación benigna. Los seguidores de Keynes defendían políticas inflacionarias, las cuales han sido la norma desde entonces. Habiendo pagado penitencia por la Gran Depresión al sufrir inflación durante seis décadas, es nuestro momento de revivir la lógica antigua concerniente a los beneficios potenciales de la deflación.
El reconocimiento de la posibilidad de una deflación benigna debería tener un efecto saludable en el pensamiento de los banqueros centrales de todo el mundo. Al ayudarlos a sobreponerse a su temor a una caída de los de precios, los fomentaría a dar una estocada final al flagelo mundial de la inflación. Pero esto es solo el principio. Una vez que la posibilidad de una deflación benigna sea completamente apreciada, la obtención de inflación cero en sí misma vendría a ser reconocida como una política demasiado expansiva—esto es, como un mero paso intermedio en el camino a algo aún mejor.


Traducido por Alejandro Caballero Aste para el Cato Institute.

Sube el PIB y bajan los precios, ¡no puede ser! ¿O sí?. DANIEL LACALLE.

       
“Inflation is taxation without legislation” – Milton Friedman
Este miércoles hemos recibido dos buenas noticias. Bajan los precios y sube el PIB. ¿Cómo? ¿No es malísimo que los precios no suban? ¿No es la inflación la solución a nuestros problemas? Pues no. A pesar de que les repitan una y otra vez que la inflación es la panacea, es empíricamente incorrecto.
El PIB avanza un 0,6%, por encima de lo esperado, y ya supera todas las estimaciones de consenso con una subida interanual del 1,2%. Ya lo comentábamos en esta columna hace meses, el crecimiento español es una buena noticia tras otra. Lo más relevante de esta mejora del PIB es que el consumo y la inversión empresarial son los principales motores de la sorpresa. La demanda nacional es el principal factor positivo del PIB del segundo trimestre. Por otro lado, la evolución del sector exterior vuelve a ser positiva, +0,2%, confirmando la buena salud de nuestras exportaciones en un entorno de desaceleración del comercio mundial, según la OMC y el FMI, y caída de las exportaciones en países como Japón, durante dos meses consecutivos, y varios de nuestros socios de la UE. Muchos analistas ponen en cuestión el PIB, sin embargo, como explicaba en "Razones para creer el PIB",  aquí estamos viendo un cambio radical en la composición de un Producto Interior Bruto menos expuesto a la construcción y la obra civil y más al sector exterior y el consumo, aunque también, desafortunadamente, sostenido por un gasto público excesivo.

Desde mi punto de vista, la moderación de las importaciones es un factor clave, ya que el déficit exterior se había acelerado en los primeros meses, con lo cual la estimación de una aportación al PIB positiva del sector exterior en el año 2014 se mantiene. Es curioso que los analistas burbujeros se empeñen en hablar del inexistente desplome de las exportaciones y aumento del déficit exterior -preocupante, por supuesto- a 8.200 millones, mucho menor que el de Francia o Reino Unido en cualquier caso, cuando en 2009, con un déficit exterior de 94.000 millones de euros, afirmaban que todo iba estupendamente.

Nuestros economistas burbujeros de "la inflación es necesaria" se mesan los cabellos. No solo creamos empleo, sino que crecemos más de lo esperado, y el consensos ya se mueve entre +1,2% y +1,5% cuando solo hace siete meses se situaba en la mitad. España ha creado 402.000 puestos de trabajo durante el segundo trimestre, aumentando empleo privado y contratos fijos, con un crecimiento del PIB del 0,6% intertrimestral. Para generar este nivel de empleo en el pasado había que crecer el doble. Si, empleo temporal, pero nadie ha salido de una crisis como la nuestra desde el empleo fijo y los sueldos de 3.000 euros al mes en la construcción, siempre se empieza por el empleo temporal y, a medida que la confianza se recupera y se invierte, se va creando, como estamos viendo en 2014, mayor empleo fijo. De los 402.000 nuevos empleos mostrados en la EPA, unos 180.000 fueron indefinidos (44,2%), el 94% a tiempo completo.

Mientras, las estimaciones de crecimiento de EEUU se desploman de +2,9% a +1,7% con el índice de participación laboral más bajo desde 1978, y las estimaciones de Japón bajan a +1,3%, sus exportaciones -2,2% y aumenta el paro con la mayor caída en salarios reales en veinte años.

Pues bien, la sorpresa en el crecimiento de la economía española no es independiente del hecho de que los precios hayan bajado. Es claro que la moderación de los precios energéticos y los alimentos son precisamente soporte para que el consumo y la inversión se recuperen, en un país donde hemos visto caer la renta disponible por devaluación salarial e impuestos y los márgenes de las empresas precisamente por los excesivos costes energéticos (los terceros más altos de la UE, según Eurostat). Nos encontramos en una recuperación apuntalada precisamente por la baja inflación, como comentaba el propio Wall Street Journal o el Independent . Energia y alimentos no elaborados explican la mayor parte de la caída de precios, y eso es bueno para el crecimiento en un entorno de salida de una recesión de exceso de deuda. Porque ayuda a limpiar los balances sin acudir al impuesto de los pobres, la inflación.
Ya me imagino a algunos economistas alarmados contando la monserga que la inflación baja es mala porque retrasa la decisión de consumo, mientras pienso en el ciudadano que va al supermercado o a la gasolinera y dice "este mes no voy a comer, encender la luz o llenar el depósito, no vaya a ser que bajen los precios el mes que viene".

Por otro lado, el cuento del miedo a la deflación que comentábamos aquí  olvida que los precios bajan porque la renta disponible de los ciudadanos se ha destruido a través de una fiscalidad confiscatoria, y que intentar forzar la inflación con políticas artificiales es un fracaso para la economía, como hemos visto en Japon, con las exportaciones, producción industrial y salarios reales cayendo. Mientras no recuperemos la renta disponible, la inflación sería un enorme fracaso y un escollo a la recuperación.

Les recomiendo que lean el análisis de George Selgin, de la Universidad de Georgia, llamado "Una súplica por una deflación moderada" en la que muestra lo que estamos viendo. Los precios bajos en los elementos adecuados -energía en particular- son positivos para una recuperación sostenida, en la que el empleo vuelve de manera lenta pero firme. Es por ello que el consumo va despertando poco a poco (fuente BBVA).

Nos seguirán diciendo que la inflación es necesaria para salir de una recesión de balances porque así se pagan las deudas. Las deudas se pagan con crecimiento económico, renta disponible y mejores beneficios empresariales. Las medidas inflacionistas solo traen desequilibrios que luego se pagan mucho más caros. Nuestro país es el ejemplo de la debacle tras las políticas de demanda.
Como comentaba en 2011 en "Semana de pánico, década de borrachera, año de resaca", estamos sufriendo los efectos devastadores de una década de exceso, y de la decisión suicida de aumentar el déficit en 100.000 millones anuales desde 2009 "para estimular", que nos ha llevado a aumentar la deuda a niveles preocupantes en tiempo récord.

Los datos de este miércoles son esperanzadores, pero hay mucho trabajo que hacer. El gasto público, el déficit y la deuda siguen siendo extremadamente altos, y un crecimiento del 1,5% - 2% en 2015 no va a reducir el peso de esas cifras. El desempleo sigue siendo demasiado alto y las dificultades para crear empresas, burocracia y rigideces de la economía siguen siendo altas. Hemos perdido diez puestos en el ranking de libertad económica mundial y los empresarios y emprendedores siguen encontrando enormes trabas impositivas y administrativas para crear empleo y cambiar el modelo de crecimiento. Pero estamos saliendo del infierno creado por el estímulo artificial de la demanda interna desde la construcción y la obra civil, que nos llevó a la peor recesión de la historia. Ese nuevo modelo no se va a decidir en un comité en La Moncloa o en Ferraz o en un guatequillo de indignados. Se va a decidir en el mercado, compitiendo. Pero las tentaciones de darle otra vez a la chequera en blanco pueblan las promesas de las viejas-nuevas caras de nuestro arco político.
Siempre se dice que los norteamericanos votan con el bolsillo, y a veces uno piensa que los españoles votamos con el bolsillo... de los demás. A pesar de tener el ejemplo de lo que no hay que hacer en nuestro pasado más reciente, lo querremos repetir. Esperemos que no
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La dependencia del capital exterior, punto débil de Rusia

El país debe refinanciar 127.000 millones de deuda externa en el próximo año.


“Mucha gente es consciente de la fuerte dependencia de Rusia de la [exportación de] energía pero no tanto de su enorme dependencia de capital exterior”, advierte desde Washington, en conversación telefónica, Lubomir Mitov, economista jefe para Europa del Este del Instituto de Finanzas Internacionales (IIF, por sus siglas en inglés), la asociación que agrupa a los principales bancos privados del mundo. La dependencia financiera es el gran talón de Aquiles de la economía rusa. Tanto que entre 2000 y 2013 el saldo positivo de la balanza exterior (el superávit por cuenta corriente) pasó del 18% al 1,6% del PIB, pese al aumento del precio del petróleo durante la mayor parte de esos años. No es extraño que sea hacia ese punto débil donde se dirige el grueso de las sanciones económicas impuestas por Estados Unidos y la Unión Europea.
Según los cálculos de Bridgewater (el mayor fondo de alto riesgo del mundo), Rusia tiene que hacer frente a vencimientos de la deuda exterior en los próximos 12 meses por unos 127.000 millones de euros, “lo que implica el reto de refinanciarla con deuda a corto plazo o buscar fuentes de financiación domésticas”, señala Bridgewater en una nota a clientes de esta semana.
Es verdad que el país cuenta con reservas suficientes para hacer frente a dificultades añadidas de acceso a la financiación —por unos 360.000 millones de euros— y que, en último extremo, “el banco central puede imprimir tantos rublos como quiera si es el caso”, recuerda Mitov, aunque ello implicaría una tremenda depreciación de la divisa y la escalada de la inflación. “No es nuestro escenario central pero es el mismo camino que utilizaron para salir de la crisis de 2008 y 2009”, explica el economista del IIF.

El superávit de la balanza exterior ha pasado del 18% al 1,6% del PIB
Pero el miedo a quedar atrapado en el laberinto de las sanciones a Rusia ya se deja sentir entre los inversores extranjeros. Por primera vez desde 2008, el saldo neto de flujos de capital extranjero es negativo; unos 54.000 millones de euros han abandonado el país en el primer semestre y las nuevas previsiones estiman que la cifra ascenderá a 97.000 millones a finales de año.
El banco central ha subido los tipos de interés hasta el 8% para frenar la caída del rublo, con el consiguiente encarecimiento de la financiación para empresas y bancos. “El crédito se está contrayendo desde marzo y la inversión y las importaciones se han colapsado”, recuerda Lubomir Mitov, al caer un -6,1% y -3%, respectivamente, según datos del Fondo Monetario Internacional. La situación previsiblemente irá a más. Uno de los bancos sancionados, VEB, dependía tradicionalmente de los mercados de EE UU para financiarse; las petroleras Rosneft y Novatek están embarcadas en ambiciosos proyectos en el Ártico y en Siberia, cuya financiación ahora se complica. “Dadas las agresivas sentencias de los jueces estadounidenses contra los inversores en Irán y Sudán, la aversión al riesgo de los inversores internacionales ha aumentado considerablemente”, advierte el IIF.

Los inversores temen el precedente iraní y las condenas judiciales en
EE UU
Rusia canceló este martes una subasta de deuda ante “las desfavorables condiciones del mercado”, admitía el Ministerio de Finanzas al afrontar la mayor subida mensual del coste de financiación del Estado desde mayo de 2009. Es la cuarta emisión pública cancelada en lo que va de año.
“Las sanciones van a tener probablemente gran impacto, ahora que la economía y el sistema financiero rusos se han vuelto tan interdependientes de la economía global, una situación que no existía durante la Guerra Fría”, aseguran los analistas de Citigroup en un informe. Porque, como sentenciaba recientemente un antiguo responsable financiero internacional, “uno no puede jugar a ser la Unión Soviética y querer ser una economía globalizada al mismo tiempo”.

miércoles, 30 de julio de 2014

Ética en el capitalismo | Fred Kofman

Libertad y economía [El legado de Ludwig von Mises]

Inversores y economía austriaca

En años recientes, hemos visto cada vez más análisis económicos con tintes austriacos de inversores como Mark Spitznagel y Jim Rogers, por nombrar solo a dos. Como alguien implicado personalmente en el mundo de la inversión, ¿ha visto crecimiento en las ideas austriacas entre los inversores y profesionales similares?
Robert Blumen: Ha habido un tremendo crecimiento en el interés por la economía austriaca entre profesionales financieros. Empecé con un grupo de interés por los austriacos en finanzas en Linkedin, que, en unos pocos años, ha crecido hasta casi 2.000 miembros de EEUU, Sudamérica, Asia Oriental, Central y del Sur, África y Europa Oriental y Occidental. Peter Schiff aparece habitualmente en programas sobre economía. El Instituto Mises arrastró a miles de personas del mundo de la inversión a un evento en Manhattan.
Desde 2002, han aparecido varios libros de tema austriaco en economía financiera. Junto con títulos de escritotres conocidos como James Grant, está Paper Money Collapse, de Detlev Schlichter y varios libros de Peter Schiff. Hay muchos bloggers populares como Grant Smith y Robert Wenzel. Más de dos millones de audiencia tuvo un vídeo de 2006 en el que una serie de presentadores condescendientes de medios de comunicación ridiculizaban a Peter Schiff, quien, hay que reconocerlo, no retrocedió ante su petulancia.
¿Ayudó la crisis financiera de 2008 a aumentar la simpatía por la economía austriaca?
Robert Blumen: He oído la misma historia de mucha gente en finanzas. Cuando se produjo el declive de 2000 (o de 2008), no se ajustaba a lo que les habían enseñado en la universidad, ni podía explicarse dentro de los sistemas de creencias de sus colegas en mercados financieros. Su siguiente paso fue leer, buscando respuestas y luego encontrando los escritos de Mises, Hayek o Rothbard que las permitieron dar sentido a lo que había ocurrido.
Para responder a su pregunta, sí, creo que el fracaso de las teorías económicas populares (evidenciadas por estas crisis inexplicables) ha dirigido la búsqueda de ideas superiores. El Instituto Mises ha estado publicando durante años, explicando estos ciclos de auge y declive con economía austriaca. Cuando la gente buscaba, muchos acababan en Mises.org.
A pesar de lo deslucido del crecimiento de Main Street, Wall Street parece bastante feliz con el crecimiento de los dos últimos años. Para el observador lego, podría argumentarse quela Fed ha gestionado bien las cosas. ¿Qué ve de problemático en la aproximación actual y hay alguien en el mundo financiero escéptico ante la estrategia actual de la Fed?
Robert Blumen: La Fed tiene una serie de teorías erróneas apoyando su creencia en que precios mayores en bolsa indican el éxito de sus políticas.
La primera es pensar que los precios de activos son riqueza real, cuando son solo los precios de los bienes de capital, que son una forma de riqueza real. Los precios de activos, en términos reales, son los tipos de intercambio entre bienes de consumo y bienes de capital. Los precios de activos estimulados artificialmente solo significan que los propietarios de los activos que los compraron a precios más bajos han aumentado sus posibilidades de consumo en relación con los no propietarios de activos. Los propietarios de la mayoría de los activos, los llamados “1%” son los beneficiarios de las políticas de la Fed.
No hay beneficio económico sistémico para ningún valor concreto para precios de acciones. Los jóvenes que ahorren para el futuro y los empresarios que buscan conseguir bienes de capital a precios de saldo preferirían que precios bajos en bolsa les ofrecieran un mejor negocio. Pasa lo mismo con cualquier otro bien.
Su segundo error es que precios más altos en bolsa creen un “efecto riqueza” en el que la gente ve aumentar los valores de sus activos, se sienten más ricos y consecuentemente ahorran menos y gastan más. Su objetivo es estimular el consumo hinchando los precios de activos. Como keynesianos, están todos a favor de esto porque piensan que el consumo dirige la producción.
El pensamiento económico correcto ha reconocido, al menos desde la escuela clásica, que la producción debe preceder al consumo y la producción dirige la demanda, no al contrario. La Fed no entiende nada de esto porque no entienden el propósito de los bienes de capital en el proceso de producción, que es aumentar la productividad del trabajo.
Creen también esto respecto de los precios de las viviendas, lo que es en realidad una mentira aún mayor porque las viviendas son bienes de consumo. Un nivel de vida creciente significa que podemos comprar bienes de consumo a precios reales inferiores, no superiores, a la largo de la vida.
Y finalmente ven a la bolsa como una especie de referéndum sobre sus políticas. Apuntan a la bolsa y dicen: “mira, el mercado aprueba lo que estamos haciendo”. Pero cuanto te das cuenta de que, mediante su expansión monetaria, la propia Fed es responsable de la subida de la bolsa, esto pone en duda si podemos usarla como medición independiente de la opinión pública o más bien a la Fed votándose a sí misma con el dinero que imprime.
Los pensadores financieros con conocimientos austriacos entienden esto. Hay cientos de blogs y sitios de comentario de orientación austriaca, así como excelentes sitios heterodoxos con una perspectiva muy cercana a los austriacos, como Zero Hedge, Jim Rickards, Marc Faber y Fofoa.
Hemos estado hablando principalmente acerca de EEUU hasta ahora, pero, hablado globalmente, ¿ve alguna área de especial preocupación, como China o la Eurozona?
Robert Blumen: La asignación del crédito en China no se basa en el mercado. Importan la inflación de la Fed mediante su paridad monetaria, que desvía dólares hacia su fondo soberano donde se “invierten” por burócratas en diversas formas de activos de la zon dólar. Sus ahorros nacionales van a su sistema bancario, donde se desperdicia en proyectos favorecidos políticamente debido a la asignación de crédito bancario sin considerar el mercado. Todo el sistema está experimentando una serie de burbujas  en inmuebles y otros sectores.
Esta tasa de gasto en infraestructura para economías comparablemente desarrolladas es aproximadamente el doble del normal. Esto pasa porque los cargos del partido comunista están bajo gran presión para cumplir los objetivos de PIB, como si la prosperidad pudiera existir llegando a una cifra. Infraestructuras como carreteras y ciudades vacías, presentan una oportunidad para gastar una gran cantidad de dinero, todo en un lugar, en un montón de Cosas Muy Grandes, que bajo el cálculo económico basado en el mercado se revelaría como desperdicio.
Los problemas en Europa son una combinación de deudas masivas que nunca podrán pagarse, los títulos no presupuestados y el crecimiento de las cargas de los productores, un tema del que me ocupé en mi reciente artículo de Mises Daily sobre la ley de Say. Esta carga consiste en la totalidad de regulación, impuestos, precios inflexibles y mercados laborales y la amenaza de confiscación de riqueza. Si se proyectan estas tendencias en el futuro cercano, no estoy seguro de dónde se cruzan las líneas, pero el sistema es claramente insostenible en su forma presente, porque confía en sostener los niveles actuales de consumo mientras la gente produce cada vez manos.

Publicado el 4 de julio de 2014. Traducido del inglés por Mariano Bas Uribe. El artículo original se encuentra aquí.