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miércoles, 4 de enero de 2017

La renta básica es injusta

La renta básica es injusta

Finlandia comenzará a experimentar a partir de este 2017 con la renta básica. Este mismo mes de enero, 2.000 ciudadanos recibirán durante dos años 560 euros mensuales con independencia de su situación personal: esto es, aun cuando encuentren trabajo, seguirán percibiendo esta retribución; aun cuando se nieguen a encontrar trabajo, seguirán percibiendo esta retribución. La renta básica —a diferencia de lo que sucede con otras transferencias sociales, como las rentas mínimas de inserción— posee estas dos notas fundamentales: es universal —todo el mundo la cobra— y es incondicional —se cobra bajo cualquier circunstancia personal imaginable—.
El programa piloto se hallará, sin embargo, bastante acotado. Ni siquiera el Ejecutivo finés se ha atrevido a lanzarse al ruedo de esta masiva redistribución de la renta sin mensurar antes cuáles pueden ser sus consecuencias. Al cabo, si la renta básica se percibe incondicionalmente, ¿seguirá la gente dispuesta a trabajar o se contentará con disfrutar de su tiempo libre sobreviviendo merced a este subsidio estatal? Una deserción masiva del mercado laboral podría provocar un colapso económico y la propia imposibilidad de seguir financiando esta renta básica.
Mas las propias limitaciones del programa harán que sus resultados sean poco generalizables. Primero, la cuantía de la renta básica es muy inferior a la que defiende cualquiera de sus principales promotores pues a duras penas permite siquiera sobrevivir: 560 euros en Finlandia poseen un poder adquisitivo inferior a 400 euros en España. Segundo, la prestación se concede únicamente a parados (no a personas con empleo) y por tiempo limitado (dos años): es harto dudoso que nadie vaya a renunciar a un empleo por el hecho de percibir durante ese breve período unos ingresos extra de 13.500 euros. Tercero, la implementación de una renta básica a gran escala obligaría a subir extraordinariamente los impuestos a las clases medias y clases medias-altas, lo que también provocaría un retraimiento de su predisposición a trabajar: este efecto pauperizador —tan o más importante que el desincentivo a buscar empleo entre los ciudadanos con menor renta— simplemente no se medirá en este restringido experimento, pues el coste presupuestario del programa es ridículo.
Evidentemente, a mayor importe mensual de la renta básica, mayores impuestos necesarios para financiarla y, por tanto, mayor distorsión económica tanto sobre los perceptores como sobre los pagadores. Cuanto más alto sea el sueldo mensual que nos abone el Estado, menores incentivos a trabajar en el mercado para complementarlo; cuanto más altos sean los impuestos para financiar ese programa estatal, menores incentivos a trabajar en el mercado para generar una riqueza que luego nos es ruinmente expoliada por el gobierno. La renta básica se carga por arriba y por abajo la coordinación social porque lleva en su misma naturaleza la más profunda contracción económica posible: desvincular producción de consumo (si quiero consumir ya no necesito producir nada porque el Estado me proporciona renta en cualquier caso). Una absoluta imposibilidad a escala agregada por cuanto no es posible consumir aquello que no ha sido producido previamente.
Pero, en el fondo, el gran problema de la renta básica no es económico, sino moral. Tal como explico de manera detallada en mi libro Contra la renta básica (Planeta, 2015), este programa estatal es completamente injusto porque consiste en reconocer a cada persona un derecho incondicional a obtener ingresos del resto de la sociedad. ¿Y cuál es el correlativo de un derecho incondicional? Una obligación incondicional a producir y abonar esas rentas: y una obligación incondicional a generar y entregar rentas se llama esclavitud.
Lejos de ahondar en medidas redistributivas que son antieconómicas e inmorales, Europa debería avanzar hacia una mayor libertad social y económica. La libertad no es una amenaza para las personas más pobres de la sociedad, sino la forma de multiplicar sus oportunidades: y por eso, la libertad no sólo es intrínsecamente moral, sino también ilusionantemente funcional.

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