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lunes, 9 de enero de 2017

¿El fin de la guerra de divisas?

Daniel Lacalle



“From its creation in 1913, the most important Fed mandate has been to maintain the purchasing power of the dollar; however, since 1913 the dollar has lost over 95 percent of its value” James Rickards

Una de las propuestas menos comentadas de la futura administración Trump es la de penalizar con sanciones económicas a los países que manipulen su moneda… incluso al suyo propio.
La propuesta no es nueva, y defendido por los Republicanos desde 2014, pero sí lo es la de penalizar la manipulación monetaria.
Por un lado, los Republicanos llevan dos proyectos legislativos, uno en el House of Representatives Financial Services Committee -de 2014- y otro, de 2015, en el Senate Banking Committee por los cuales se impediría a la Reserva Federal tomar decisiones en materia de tipos de interés y masa monetaria si se desvían en más de dos puntos porcentuales de un nivel predeterminado. Vamos a explicarlo.
Si la Reserva Federal pone como objetivo un nivel de inflación y empleo para un nivel de tipos y unas medidas monetarias, tendría que explicar al Congreso o al Senado por qué cambia o desvía la normalización y corrección del precio y la cantidad de dinero cuando se cumplen las variables.
¿Por qué? A muy pocos representantes del partido republicano se les escapa que la bajada brutal de tipos de interés llevó a una enorme burbuja que generó la crisis de 2008, y que el mantenimiento de las políticas mal llamadas expansivas en los últimos años ha generado una importante burbuja de bonos y un exceso de euforia en los activos financieros sin impacto en la economía real (lean los resultados aquí)
La creación indiscriminada de dinero sin respaldo siempre se encuentra detrás de las grandes crisis, y siempre hay alguien dispuesto a justificarla como problema y como solución.
Añadan a ello que los economistas de la Reserva Federal y sus presidentes fueron a todas luces incapaces de alertar o siquiera reconocer el riesgo de dichas burbujas (vean desde Greenspan) y entenderán por qué existe una corriente creciente de políticos preocupados por unas políticas monetarias que siempre se lanzan como si no tuvieran riesgo y luego se disculpan con el manido “hubiera sido peor”.
Por supuesto que en la Reserva Federal les parece fatal tener limitaciones. Cuando el banco central se convierte en el mayor Hedge Fund del mundo bajo la premisa de que “no hay inflación” y se crea una brutal burbuja en activos financieros, es difícil acostumbrarse a otra idea. Pero cuando se ha errado de manera constante en estimaciones, impacto y consecuencias, es normal que desde el partido republicano -y demócrata, ojo- se cuestione el mandato del banco central.
Carl Icahn, uno de los inversores más importantes del mundo y asesor recién nombrado por Trump, aún guarda la servilleta donde se apuntó la respuesta del presidente de la Reserva Federal a su pregunta sobre si habían calibrado las consecuencias negativas de su política monetaria. “We don´t know”-“no sabemos”- fue la respuesta.
Pero me interesa especialmente la idea de penalizar a los países que llevan a cabo políticas de “empobrecer al vecino” (beggar thy neighbour) devaluando tras la enorme guerra de divisas vista en los últimos años.
Hace ya varios años, en 2009, tuve la oportunidad de charlar en una reunión con el próximo Secretario de Estado de EEUU, Rex Tillerson, y ya comentaba que la gran amenaza para el mundo era la extensión de la guerra de divisas.
De momento, y a falta de unos días para conocer a todo el equipo gubernamental y de asesores, Rex Tillerson, Mick Mulvaney y Carl Icahn son claramente contrarios a las políticas de represión financiera y empobrecer al vecino devaluando. El propio Steve Mnuchin ha comentado en muchas ocasiones el riesgo de las políticas inflacionistas.
Pero EEUU no puede impedir que los bancos centrales de otros países sigan empobreciendo a sus ciudadanos vía devaluaciones y aumentos brutales de la masa monetaria… A menos que se les imponga una multa por hacerlo. Y esa penalización sí puede tener efectos disuasorios y, además, evitar que se generen mayores burbujas que nos lleven a otra crisis financiera. No es casualidad que el propio Mick Mulvaney aplaudiera iniciativas como el Bitcoin y la despolitización de las monedas.
No pensemos en vuelta al patrón oro o similares. En realidad, lo que esta corriente del partido republicano exige –y en eso tienen toda la razón- es el fin del exceso monetario descontrolado y sin ningún tipo de responsabilidad sobre sus consecuencias. Rechazar un sistema que incentiva las burbujas y el sobreendeudamiento bajo la excusa de que “podría ser peor”.
No sabemos si estas medidas se llevarán a cabo, pero me parece importante y saludable que el debate sobre los excesos de los bancos centrales se eleve al Gobierno de la primera potencia del mundo. El propio Trump, que en campaña dijo una vez que “EEUU puede imprimir todo el dinero que necesite”, ha abandonado ese ridículo comentario.
Sea como sea, igual que la crisis de 2008 acabó con la barra libre de los inversores burbujeros y gran parte de los excesos de algunos operadores financieros, es hora de alertar de que no se puede usar indiscriminadamente a los bancos centrales como si fueran fondos de alto riesgo para perpetuar la burbuja, y que el resultado ha sido, como mínimo, más que decepcionante. Recuperar un poco de cordura, aunque sea modestamente, no le vendrá mal a nadie. Veremos.

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