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lunes, 1 de febrero de 2016

Revolución Industrial y mitos socialistas


El capitalismo y los historiadoresF.A. Hayek (editor), T.S. Ashton, L.M. Hacker, R.M.Hartwell, D. De Jouvenel, A.H Hutt
Unión Editorial, Madrid, 1997
203 páginas

Revolución Industrial y mitos socialistas


  
 Aún hoy está ampliamente extendida la idea de que la Revolución Industrial fue un período oscuro en la historia de Occidente, una etapa lúgubre y vergonzante en la que el hedor de las fábricas sustituyó el aire puro del campo feudal y las masas se vieron sometidas al látigo de los avariciosos capitalistas, empobreciéndose en beneficio de esta nueva clase pudiente. Persiste, todavía, en el imaginario de mucha gente la estampa de unos obreros, antes boyantes campesinos, urbanizados y explotados en las fábricas de la burguesía, en condiciones laborales atroces y en estricto régimen de subsistencia. La Revolución Industrial constituye de este modo el pecado original del capitalismo, cuando no la prueba de que el libre mercado es inherentemente injusto y debe ser corregido o superado por otro sistema que no esté en contradicción con la justicia social. La prosperidad de que gozamos, alegan, se alza sobre el sacrificio de aquellas generaciones pretéritas. El nuestro es un progreso teñido de culpa. Y si el capitalismo, para generar bienestar, requiere de un período inicial de penuria y explotación intensificada y generalizada, es que el capitalismo es indigno per se, porque nada intrínsecamente justo necesita de lo injusto para desarrollarse. Luego su status será, a lo sumo, provisional.
 
El Capitalismo y los Historiadores, editado por Friedrich Hayek, es un compendio de ensayos que se propone refutar, de una vez para siempre, la popular y populista mitología socialista que envuelve la Revolución Industrial inglesa, manejada en esta obra como modelo paradigmático por ser la primera, la más afamada y la más estudiada de las revoluciones industriales. El libro reúne ensayos de Hayek, Ashton, Hacker, Hartwell, De Jouvenel y Hutt. La calidad y el interés de los distintos artículos es desigual, si bien no haremos aquí ninguna crítica exhaustiva de los mismos. Me parece más interesante destacar los aspectos relevantes de la exposición de cada autor y acaso emitir algún que otro juicio valorativo puntual.
 
La Revolución Industrial inglesa, que cabe ubicar entre mediados-finales del siglo XVIII y mediados del siglo XIX, ha sido objeto de estudio de un sinnúmero de historiadores que durante décadas, imbuidos de ideas marxistas, carentes de rigor e imparcialidad, faltos de una teoría previa y una metodología adecuada, difundieron una visión radicalmente distorsionada y partidista de la realidad, un dramatizado cuadro que se alejaba de los hechos tanto como se ajustaba a los esquemas ideológicos de la pujante masa socialista. Esta falaz interpretación de los acontecimientos fue revisada, criticada e impugnada por la mejor historiografía económica en la primera mitad del siglo XX. Pese a ello, aún predomina en la opinión pública, refrendando las ideas estatistas esparcidas por doquier. La ficción ha adquirido carta de naturaleza pasando a formar parte del reino de los hechos consabidos e indisputables, aunque en el mundo académico ya no pueda sostenerse seriamente tamaño artificio. Una muestra de esa imagen ilusoria divulgada durante más de un siglo la encontramos en The Impact of Science on Society, de Bertrand Russell: 
“La revolución industrial provocó en Inglaterra, como también en América, una miseria indescriptible. En mi opinión, apenas nadie que se ocupe de historia económica puede dudar que el nivel medio de vida en la Inglaterra de los primeros años del XIX era más bajo que el de cien años antes; y esto ha de atribuirse casi exclusivamente a la técnica científica”[1].
Incluso en una obra como Historia del liberalismo Europeo, de Guido de Ruggiero, no hostil a la tradición política decimonónica, advertimos la aciaga influencia de esa popularizada interpretación de los hechos: 
“Fue precisamente en el periodo del desarrollo industrial más activo cuando empeoraron la condiciones de vida del trabajador. La duración del trabajo se alargó desmesuradamente; la ocupación de mujeres y niños en las fábricas hizo descender los salarios; la aguda competencia entre los mismos trabajadores que ya no estaban ligados a sus parroquias, sino que viajaban libremente y podían reunirse allí donde la demanda de sus servicios era mayor, abarató todavía más el trabajo que ofrecían en el mercado: crisis industriales numerosas y frecuentes –inevitables en un período de crecimiento, cuando la población y el consumo no se han estabilizado todavía- incrementaban de tiempo en tiempo la multitud de parados, el ejército de reserva de hambre”[2].
La verdad, sin embargo, no pudo ser ignorada por aquellos autores con un mínimo de honestidad intelectual que antaño divulgaron falsedades. Así, los Hammond, que en su día contribuyeron grandemente a la propagación del mito, reconocieron al final de su vida que la Revolución Industrial no empobreció a las masas trabajadoras, antes al contrario:
“Los estadísticos nos informan que, tras el estudio de los datos de que disponen, pueden afirmar que los ingresos subieron y que la mayoría de hombres y mujeres, en el tiempo en que este descontento se hizo más ruidoso y activo, eran menos pobres que anteriormente, en el silencio otoñal de los últimos años del siglo XVIII. El material de prueba es naturalmente escaso, y su utilización no es fácil, pero probablemente esta afirmación sea cierta, en términos generales”[3].
Pero, como advierte Hayek, con frecuencia la ideología y la historia se retro-alimentan mutuamente. De este modo el estatismo imperante se sirve de mitos históricos para reafirmarse mientras el pasado se examina a través de unas lentes estatistas.


 
 
Hayek: historia y política
 
Ha habido siempre una estrecha relación, dice Hayek, entre las convicciones políticas y los juicios que nos merecen determinados eventos históricos, pues nuestra opinión sobre unas doctrinas e instituciones concretas viene marcadamente influida por los efectos pretéritos que les atribuimos. Ahora bien, las referencias que manejamos y que nutren tales opiniones están a menudo viciadas, motivo por el cual no siempre lo que creemos que ocurrió en el pasado se corresponde con lo que ocurrió realmente. En este contexto los historiadores juegan un papel preponderante. Las concepciones políticas se filtran en la opinión pública no tanto en su forma abstracta como a través de imágenes e interpretaciones históricas, luego la presentación que de los hechos hagan los historiadores puede tener una influencia vastísima en la sociedad.
 
La leyenda de los horrores de la Revolución Industrial es en este sentido un ejemplo paradigmático. Dos razones explican, según Hayek, el alcance y la pervivencia del mito. Por un lado, el hecho de que el ascenso del nivel de vida facilitara la toma de conciencia de una miseria que hasta entonces, al tenerse por usual e inevitable, había pasado relativamente desapercibida. Siendo todos testigos del progreso, de golpe la pobreza se convirtió para muchos contemporáneos en una realidad anacrónica, de modo que la industrialización no fue aplaudida por generar riqueza sino criticada por no producir la suficiente. Por otro lado, destaca Hayek, los terratenientes y los círculos conservadores de la capital difundieron esta versión sesgada de la acontecimientos en su pugna contra los fabricantes y el librecambismo, versión que fue recogida por la historiografía socialista, ávida por reafirmar sus tesis con datos empíricos.
 
Apunta Hayek que la interpretación de la historia requiere de una teoría previa. En vano reúne un observador infinidad de datos si lo que pretende es extraer la teoría de ellos[4]. ¿Cómo va a distinguir, atendiendo sólo a los hechos, si un aumento del precio de un producto básico de la época es la causa o el efecto de una contracción de su demanda? Puede asociar dos realidades cualesquiera, como la introducción de las máquinas y la pobreza, pero ausente la justificación teórica de tal asociación el acto de interpretar la historia se convierte en un arbitrario juego adivinatorio. ¿Desplazaron las máquinas a los trabajadores o elevaron su productividad marginal y abarataron los productos? ¿Causó la industrialización la miseria existente o permitió que ésta fuera menos severa? Un historiador sin teoría es un viajero sin mapa ni brújula. De esta suerte la pregonada ficción, resultado de navegar sin cartas y atender a prejuicios socialistas, fue contestada en el siglo XX por una legión de historiadores sólidamente formados en teoría económica. Sus conclusiones, no obstante, toparon con una opinión pública saturada de estatismo, poco receptiva a unas tesis que cuestionaban algunos de los pilares de su ideología. Pero aun cuando la auténtica versión de los hechos circula todavía hoy a contra-corriente, las palabras de Hayek nos invitan a un moderado y prudente optimismo: “si hemos valorado correctamente la importancia que las valoraciones erróneas ejercieron en la formación de la opinión pública, podemos concluir que ha llegado la hora de que la verdad acabe imponiéndose sobre la leyenda que ha dominado tanto tiempo a esa opinión”[5].

 
 
Ashton: el tratamiento del capitalismo por los historiadores
 
Ashton critica el infundado pesimismo que trasluce buena parte de la historiografía de la Revolución Industrial así como el que numerosos autores interpretaran los acontecimientos prescindiendo de las enseñanzas económicas. Se ha dicho que los salarios vienen determinados por el mínimo de alimento necesario para subsistir, se ha atribuido a la legislación estatal mejoras que tienen que ver con el ascenso de la productividad de los trabajadores, se ha personificado el capitalismo, desvinculándolo de las interacciones humanas que lo definen, con expresiones como “el capitalismo exalta la unidad monetaria” o “el capitalismo produjo la actitud mental de la ciencia moderna” (Schumpeter), expresiones que no se corresponden con un tratamiento histórico serio de los procesos sociales. Ashton también da cuenta de la visión romántica de cierta literatura en relación a la época preindustrial. Friedrich Engels, por ejemplo, llevó la idealización de dicha época hasta extremos abiertamente ridículos: 
“Los trabajadores vegetaban en una existencia relativamente confortable, llevando una vida limpia y pacífica con toda piedad y probidad, y su situación material era mucho mejor que la de sus sucesores. No necesitaban trabajar en exceso. No hacían más de lo que habían decidido hacer y, sin embargo, ganaban lo necesario. Disponían de tiempo libre para el saludable trabajo en su jardín o en su huerto, trabajo que constituía un solaz para ellos, y podían participar en otros juegos y diversiones de sus vecinos, y todos estos juegos: bolos, cricket, football, etc., contribuían a su salud y vigor físico. En su mayor parte eran fuertes y bien formados, y en su físico poca o ninguna diferencia podía apreciarse con respecto a sus vecinos campesinos. Sus hijos crecían al aire libre en los campos, y si ayudaban a sus padres en el trabajo, era de manera meramente ocasional; al tiempo que la jornada de ocho a doce horas era algo que no les concernía”[6].
Explica Ashton que una lectura atenta de los numerosos informes de las Comisiones Reales y de los Comités de Investigación redactados durante los siglos XVIII y XIX permite aseverar que muchas de las penurias y desdichas de la época fueron producto de una legislación, unos hábitos y unas formas de organización que habían quedado obsoletas. De aquellos informes, prosigue Ashton, se desprende que los trabajadores industriales estaban mejor pagados que los domésticos, familiarizados con métodos caducos; que era en los talleres aislados, no en las fábricas de vapor, donde se registraban unas condiciones laborales más precarias; que era en los pueblos remotos y en las zonas rurales, y no en los campos carboníferos o en las zonas urbanas, donde las restricciones a la libertad personal y los malos tratos eran más frecuentes. Asimismo, estudios como los de Bowley y Wood ponen de manifiesto que los salarios reales siguieron un recorrido ascendente durante la mayor parte de aquel período.

 
 
Hacker: los prejuicios anticapitalistas de los historiadores americanos
 
Hacker reflexiona primero acerca del sesgado tratamiento histórico de que ha sido objeto el capitalismo en los siglos pasados, para centrarse luego en los particulares prejuicios anticapitalistas de numerosos historiadores norteamericanos.
 
Hacker tilda de burda calumnia el epíteto de “inhumano” que con frecuencia se adjudica al siglo XIX: por aquel entonces los salarios reales aumentaron en los países industrializados debido al descenso de los precios de las mercancías, y al mismo tiempo los países menos desarrollados se vieron favorecidos por un creciente flujo de inversiones. Hacker, no obstante, añade en defensa del siglo XIX un tercer punto del todo desafortunado, a saber, la introducción “de una política estatal en gran escala a favor de la salud y de la instrucción pública”[7]. Aunque este hecho desmintiera las afirmaciones socialistas en sentido contrario, lo cierto es que no cabe concebir dicha injerencia estatal como algo justo o beneficioso. Exactamente las mismas consideraciones que nos llevan a rechazar hoy la intervención del Estado en el ámbito de la sanidad y la enseñanza son las que debieran llevarnos a reprobar esta lamentable concesión de Hacker.
 
El profesor Hacker, siguiendo a Ashton, alude a los obstáculos institucionales que en ocasiones ralentizaron el acentuado progreso en Inglaterra. El caso de las viviendas es ilustrativo. El abarrotamiento, los slums, la precariedad de las casas... fue expresivamente denunciado por los reformadores sociales, que achacaron la responsabilidad de tal estado de cosas a la industrialización. Las causas, sin embargo, cabe buscarlas en los movimientos migratorios de la población, por un lado, y la política fiscal, por el otro. Unos tipos de interés artificialmente fijados, por ejemplo, dificultaron la inversión de capital, mientras que los impuestos sobre los materiales de construcción encarecieron las viviendas.
 
En lo tocante al desarrollo del capitalismo en Estados Unidos y a su tratamiento por parte de los historiadores norteamericanos, Hacker alude a los prejuicios anticapitalistas extendidos entre estos últimos y ahonda en sus rasgos, sus fundamentos y sus implicaciones. A diferencia de los del viejo continente, los prejuicios anticapitalistas no eran aquí tanto de ascendencia marxista como producto de ideas socialdemócratas y fabianas y de un examen histórico viciado por juicios morales.
 
Hakcer se refiere en este contexto a la increíble influencia que ha ejercido tradicionalmente la disputa política entre el hamiltonismo y el jeffersonismo. Atendiendo a consideraciones más morales que económicas, señala Hacker, Hamilton fue asociado con el capitalismo y Jefferson (y Jackson) con el igualitarismo, motivo por el cual los historiadores anticapitalistas se sirvieron de la figura del segundo para divulgar sus interpretaciones. Fatalmente Hacker hace suya esta misma asociación, con conocimiento de causa parece, tomando partido por unas políticas que por muy capitalistas que se les antojen a sus detractores no son para nada liberales. Los federalistas, los whigs y luego los republicanos, de estirpe hamiltoniana, promovieron un gobierno central fuerte, un sistema monetario nacionalizado, ayudas estatales para las industrias nacientes (uno de los pilares del programa de Hamilton), aranceles protectores, planes de obras públicas... lo cual no les convierte en pro-capitalistas, sino más bien en mercantilistas. Jefferson y Jackson, por el contrario, fueron valedores de la corriente demócrata más anti-estatista, hostil al intervencionismo del gobierno federal y a la existencia de un banco central. El énfasis de Jefferson en los derechos naturales y la propiedad privada da cuenta de sus principios liberal-clásicos[8].
 
Si el desarrollo del capitalismo americano hubiera sido objeto de un adecuado tratamiento histórico, sostiene Hacker, contendría reveladoras enseñanzas para el mundo de hoy.

 
 
De Jouvenel: los intelectuales europeos y el capitalismo
 
Explica De Jouvenel que los procesos sociales son sensiblemente más complejos que los fenómenos físicos, y sin embargo se da la paradoja de que las gentes están menos dispuestas a reconocer su ignorancia en cuestiones sociales que en cuestiones de física. Los individuos de a pie no emiten juicios sobre acústica, electromagnetismo o termodinámica, pero muchos sí se creen capacitados para opinar sobre economía, a menudo incluso pomposamente. Lo que se echa en falta aquí es por supuesto un ápice de humildad y sensatez[9], virtudes olvidadas por no pocos historiadores.
 
El estudio del pasado lleva la impronta de las ideas del presente, afirma De Jouvenel. Por eso “la actitud del historiador refleja una actitud difundida entre los intelectuales en general” y para explicar el sesgo de los primeros debemos remitirnos a los segundos. De acuerdo con De Jouvenel, la disposición del intelectual con respecto al proceso económico es doble: por un lado ensalza las conquistas de la técnica y se congratula de que la sociedad goce de un mayor número de bienes, pero por otro lado considera que la industrialización destruye valores y comporta una ruda disciplina. Luego armoniza ambas ideas asignando a la “fuerza del progreso” aquello que le gusta y a la “fuerza del capitalismo” aquello que no le gusta. Asimismo cierta intelectualidad juzga las instituciones desde un punto de vista pretendidamente ético, sin atender a la correspondencia entre los efectos de dichas instituciones y el fin propuesto. Para ilustrar su tesis, De Jouvenel expone el caso de los estudiantes occidentales que, en tiempos de la Guerra Fría, argüían que el bienestar de los trabajadores debía ser el objeto de los gobernantes y, aunque era en Estados Unidos y no en la URSS donde aquel fin se había alcanzado, elogiaban a Moscú porque se alegaba que aquélla era la motivación del régimen soviético y no la del norteamericano.
 
Los intelectuales menosprecian al hombre de negocios porque éste ofrece al público lo que desea, mientras que ellos dicen al público lo que debe y no debe desear. “El hombre de negocios obra dentro del sistema de gustos y de juicios de valor que el intelectual debe intentar siempre cambiar”[10], dice De Jouvenel. Por eso no es extraño que el intelectual se sienta identificado a menudo con el déficit: 
“Se ha observado que tiene simpatía por las instituciones deficitarias, por las industrias nacionalizadas financiadas por la Hacienda pública, por los centros universitarios que dependen de subsidios y donaciones, por los periódicos incapaces de autofinanciarse. ¿Por qué? Porque sabe por personal experiencia que siempre que obra como piensa que debe obrar no hay coincidencia entre su esfuerzo y la manera en que éste es acogido. (...) Puesto que la misión del intelectual es hacer comprender a la gente que son verdaderas y buenas ciertas cosas que antes no reconocía como tales, encuentra una fortísima resistencia a la venta de su propio producto y trabaja con pérdidas”[11].
Ya que el cometido de los intelectuales es pregonar la verdad, De Jouvenel destaca que “tendemos a adoptar respecto al hombre de negocios la misma actitud de superioridad moral que el fariseo respecto al publicano”[12]. Pero el pobre que yacía en el camino, advierte, no fue socorrido por el intelectual (el levita) sino por el comerciante (el samaritano). Han sido especialmente los hombres de negocios y no los intelectuales los que han hecho posible el crecimiento exponencial del bienestar. Por otro lado, “servir a necesidades más elevadas”, apunta De Jouvenel, es una delicada responsabilidad. ¿Cuántos bienes de los que se comercian en el mercado puede uno considerar más o menos perjudiciales? ¿Acaso no son infinitamente más numerosas y devastadoras las ideas perniciosas que muchos intelectuales diseminan por doquier? Si los intelectuales se ven relegados a un segundo plano es porque otros satisfacen mejor las necesidades de la sociedad, aunque como dijera De Jouvenel, la máxima “dad al público lo que quiere” sea aplicable al empresario pero no a un buen escritor.
 

 
Ashton: nivel de vida de los trabajadores en Inglaterra desde 1790 a 1830
 
En este segundo ensayo Ashton empieza reconociendo que hubo varios economistas que en su día juzgaron con pesimismo los efectos de la industrialización. Así John Stuart Mill escribía en 1848: “Hasta este momento es discutible que las invenciones mecánicas realizadas hayan aliviado la fatiga diaria de cualquier ser humano. Han hecho posible que un número mayor de personas vivan la misma vida de ingrato trabajo y de reclusión, y que un número creciente de industriales y de otro acumulen riquezas. Ha aumentado el bienestar de las clases medias, pero hasta ahora no han comenzado a realizar los grandes cambios en el destino humano que está en su naturaleza y que están llamadas a efectuar en el futuro”[13]. Opiniones similares expresaron Thomas Malthus o J.R. McCulloch, junto con el coro de filósofos, conservadores, radicales, clérigos, poetas... que compartían una explícita aversión al sistema de fábrica. En el bando opuesto encontrábanse hombres igualmente distinguidos y con no menos afán reformador, como Sir Frederic Eden, John Wesley, George Chalmers, Patrick Colquhoun, John Rickman y Edwin Chadwick. En palabras de este último, la realidad fue más halagüeña: “Es un hecho que, hasta este momento [1842], en Inglaterra los salarios, o los medios para obtener lo necesario para vivir, han aumentado para el conjunto de los trabajadores, y los bienes económicos al alcance de estas clases han aumentado con el último aumento de población”[14].
 
Ashton diferencia tres períodos en su análisis: el período de la guerra, el período de la posguerra y el reajuste, y el período de expansión económica. Durante la guerra el ingente gasto público improductivo redujo el bienestar de la población; la dificultad de importar alimentos motivó el desarrollo de cultivos marginales y los ingresos de los agricultores y los propietarios de parcelas aumentaron; la escasez de materiales de obra así como las elevadas tasas de interés y los impuestos sobre la propiedad refrenaron la construcción de viviendas en un momento en el que su demanda había crecido... En el período de reajuste subsiguiente los alquileres de las casas y el tipo de interés apenas disminuyeron. Al mismo tiempo se sucedieron quiebras bancarias, se contrajo el gasto público y hubo una reticencia generalizada a invertir a largo plazo. Si en el primer período las condiciones de los trabajadores empeoraron y en el segundo apenas experimentaron mejora, en el tercero se inició una tendencia de progreso. La vuelta al patrón oro, la reforma del sistema fiscal, el descenso del tipo de interés y de los alquileres, la superación de la escasez de la etapa bélica, la caída de los precios fruto de la reducción de costes... abrieron perspectivas de mejora para las masas trabajadoras.
 
Después de destacar la valía de los estudios de Norman J. Silberling, Elizabeth Gilboy, Rufus T. Tucker, Ashton pasa a criticar ciertos aspectos de su metodología y a señalar el ligero aumento del coste de los productos alimenticios así como la caída de los precios y el vasto aumento de la oferta en otros ámbitos. Disminuyó, por ejemplo, el precio de los vestidos, del té, del café y del azúcar. Las botas reemplazaron a los chanclos y se popularizaron complementos como los sombreros, los pañuelos o los relojes. Prosperaron las cajas de ahorro, las sociedades de mutuo socorro, los sindicatos, los periódicos y opúsculos, las escuelas, los templos no conformistas... todo ello reflejo de un notable progreso económico.
 
Por último cabe subrayar que Ashton distingue dos grupos de trabajadores: aquellos con escasa o nula especialización (agricultores, tejedores a mano...) que apenas participaron de las ventajas de la industrialización, y aquellos cuya productividad marginal se vio incrementada y gozaron de un poder adquisitivo más elevado.
 
 
Hartwell: el aumento del nivel de vida en Inglaterra de 1800 a 1850
 
El artículo de Hartwell es un compendio de datos y argumentos que respaldan la tesis de que el bienestar de la población aumentó extraordinariamente como consecuencia de la Revolución Industrial. Según las estimaciones de la época, la renta nacional inglesa se duplicó entre 1800 y 1850 (el crecimiento fue irregular, con un estancamiento durante la guerra y quizás un leve retroceso en los años 30). La producción industrial, de acuerdo con los datos de Hoffmann, aumentó a un ritmo del 3-4% anual durante el intervalo 1782-1855, mientras que para ese mismo período la tasa de crecimiento de la población fue del 1,2-1,5% anual. En este contexto es preciso señalar que la industria manufacturera, que en 1770 constituía un quinto de la renta nacional, pasó a representar un tercio del total en 1831. Hartwell destaca que “entre los factores que contribuyeron a aumentar la producción per cápita, los más importantes fueron la formación de capital, el progreso técnico y un aumento de las capacidades laborales y empresariales”[15]. Los censos muestran que el porcentaje de familias dedicadas a la agricultura descendió siete puntos entre 1811 y 1831 (reducción del 35,2% al 28,2%). Paralelamente aumentó el número de empleados en el sector servicios (transportes, comercio, finanzas, administración pública, profesiones liberales...). Las cajas de ahorro, tras su creación en 1817, acumulaban unos depósitos de 14,3 millones de esterlinas en 1829 y de casi 30 millones en 1850, siendo la mayor parte ahorros de asalariados y artesanos. Las sociedades de asistencia y ayuda mutuas, unas 20.000 en 1858, llegaron a reunir cerca de dos millones de socios.
 
Hartwell también examina un conjunto de datos sobre productos alimenticios para concluir que el londinense medio en 1830 consumía semanalmente 5 onzas de mantequilla, 30 onzas de carne, 56 onzas de patatas y 16 onzas de fruta, cifras muy similares a las del consumo inglés registradas en 1959: 5 onzas de mantequilla, 35 onzas de carne, 51 onzas de patata y 32 onzas de fruta. P.L.Simmonds, que estudió las costumbres alimenticias inglesas a mediados del siglo XIX, afirmó que “el hombre inglés está mejor alimentado que cualquier otra persona en el mundo”[16].
 
Debido a una alimentación más sana, unos hogares más confortables y una mayor higiene la población fue menos propensa al contagio de enfermedades como la tisis. Hubo asimismo avances sanitarios y las condiciones laborales de las fábricas mejoraron. R. Baker, uno de los primeros inspectores de fábricas, escribía en un ensayo para la Social Science Associaton de Bradford, refiriéndose al período 1822 –1856, que “todas las enfermedades típicas del trabajo de fábrica en 1822 han desaparecido casi completamente”[17].
 
Desafortunadamente, sin embargo, Hartwell considera positiva cierta legislación que limitó la jornada laboral y restringió el trabajo de los menores, legislación innecesaria en la medida en que vino a sancionar una realidad ya establecida y contraproducente en la medida en que elevó los costes de los empresarios y rebajó la producción y los ingresos de las familias
 
Hartwell asevera que todos los indicios apuntan en la misma dirección: el nivel de vida aumentó para la mayor parte de la sociedad inglesa en la primera mitad del siglo XIX; lo que no significa que fuera un nivel de vida alto o que no hubiera grandes focos de extrema pobreza. Pero la miseria, el trabajo infantil y femenino, las adulteraciones alimenticias, las duras condiciones laborales... en absoluto constituían fenómenos nuevos. Precisamente la Revolución Industrial permitió su paulatina superación, algo inconcebible hasta entonces. Hartwell destaca además que en aquel período, en parte debido a las oportunidades económicas que surgieron, se inició una de las revoluciones sociales más notorias: la emancipación de la mujer.
 
 
Hutt: el sistema de fábrica a principios del siglo XIX
 
Hutt se propone examinar críticamente las principales fuentes de que se han servido los historiadores e interceder en algunas de las disputas más importantes sobre la materia. En primer lugar valora las declaraciones del Comité Sadler, que describen una espeluznante sucesión de crueldades, miserias, enfermedades y deformaciones que supuestamente afectaban a los niños que trabajaban en las fábricas inglesas. Tales declaraciones fueron recogidas con avidez por parte de los Hammond, Hutchins, Harrison y otros historiadores de renombre, a pesar de que en opinión de R.H. Greg se tratara de una “masa de declaraciones unilaterales y de groseras falsedades y calumnias... como probablemente jamás se había visto en un documento oficial”[18]. El propio Engels, acervo adversario del sistema fabril, señaló que el informe “es claramente partidista, redactado con fines de partido por enemigos declarados del sistema industrial... Sadler se dejó traicionar por su noble entusiasmo y ofreció declaraciones falseadas y completamente erróneas”[19]. Los industriales reclamaron una nueva Comisión, que dejó patente los embustes formulados por el Comité anterior. Se advirtió que la acusación de crueldad sistemática con respecto a los niños carecía por completo de base. De hecho se deducía de los informes de esta segunda Comisión que los maltratos que en ocasiones padecieron fueron perpetrados por obreros en contra de la voluntad de los patronos y sin su conocimiento.
 
En el Comité de los Lores de 1818 las declaraciones de los médicos corroboraron en general que la salud de los niños que trabajaban en las fábricas era por aquel entonces tan buena como la de los niños que no trabajaban en ellas. Interesante resulta asimismo el testimonio de Gaskell, médico hostil al sistema industrial que si bien censuró la degradación moral de los trabajadores, se opuso a la prohibición del trabajo infantil: “Mientras [los niños] no puedan recibir en casa una educación, y mientras se les deje hacer una vida salvaje, se encontrarán en cierto sentido en una situación mejor cuando se les emplea en un trabajo ligero, como es el que de ordinario les toca efectuar”[20].
 
Hutt cuestiona que las fábricas alentaran la discutible degradación moral de los asalariados. Por un lado varios autores consideraron síntomas de decadencia comportamientos que a otros pudieran parecer más bien signos de progreso: el que los niños prefirieran golosinas a alimentos sencillos, el que las chicas compraran los vestidos en lugar de confeccionarlos ellas mismas, el consumo de té, el consumo de tabaco... Por otro lado Hutt apunta dos posibles causas que explicarían la aparente degradación moral: la primera, los altos salarios de los obreros, que podrían moverles a la intemperancia (tesis que sostienen enemigos de la industrialización como Thackrash o Gaskell); la segunda, que el declive moral fuera producto de la masiva inmigración irlandesa, con una tradición social menos arraigada.
 
Hutt enjuicia las condiciones laborales en las fábricas de acuerdo con los criterios de la época. Así, no deja de resultar ilustrativo el hecho de que “en los límites en que los trabajadores de entonces tenían la posibilidad de ‘elegir entre beneficios alternativos’, elegían las condiciones que los reformadores condenaban”[21]. Los obreros tendían a preferir las fábricas porque allí era donde se ofrecían salarios más elevados. Al mismo tiempo, como algunos reformadores reconocieron, aquellas factorías que recortaban sus jornadas eran en ocasiones testigos de la marcha de sus propios obreros a factorías en las que se laboraban más horas a cambio de salarios más altos. En cuanto al trabajo de los niños, Hutt apunta que el afecto de los padres hacia sus hijos no era entonces menor que ahora, luego uno debe remitirse al contexto social de aquel período para entender porque las familias les enviaban a las fábricas. El apoyo de las clases pudientes a las restricciones legales del trabajo infantil “obedecía a una absoluta falta de comprensión de las dificultades que las clases trabajadoras tenían que afrontar. Mientras el desarrollo del sistema industrial no produjo un aumento general de la prosperidad material, estas restricciones sólo pudieron aumentar la miseria”[22].
 
Hutt concluye que hubo una tendencia a exagerar los “males” de la Revolución Industrial, y que la legislación fabril no contribuyó de una manera esencial a la erradicación de estos “males”. “Algunas condiciones que con criterios modernos se condenan eran entonces comunes a la colectividad en su conjunto, y la legislación no sólo causó otros inconvenientes, no claramente visibles en los complejos cambios de la época, sino que contribuyó también a oscurecer y a obstaculizar remedios más naturales y deseables”[23].
 
 
Conclusión
 
El estatismo es prolífico en mitos, y algunos están de tal modo consolidados que cuestionarlos implica exponerse automáticamente al menosprecio y a la marginación intelectual. El mito de la “democrática” Segunda República española, el mito de Lincoln el “libertador”, el mito del crack del 29 como “corolario del capitalismo irrestricto”... Impugnarlos a veces resulta no sólo políticamente incorrecto, sino políticamente grotesco.
 
“El Capitalismo y los Historiadores” desnuda el mito de los horrores de la Revolución Industrial. A lo largo de sus siete ensayos desenmascara las simples falsedades y las burdas exageraciones de que ha sido objeto la historia de aquel período, sugiriendo las causas que se esconden tras esta popularizada tergiversación de los hechos. El socialismo, no obstante, sigue empleando la Revolución Industrial como arma arrojadiza contra aquellos que secundan el mercado libre. Esta obra constata que no hay razón para que los liberales permanezcan a la defensiva. La Revolución Industrial, lejos de ser una muestra de los horrores del capitalismo, es un formidable ejemplo de los beneficios del libre mercado.


[1] Friedrich Hayek (editor), “El Capitalismo y los Historiadores”, 1997, pág. 23
[2] Íbid. Pág. 21-22
[3] Íbid. Pág. 23, citando a J.L. Hammond y Barbara Hammond, “The Bleak Age”, 1934.
[4] “Los fenómenos complejos, engendrados por la concurrencia de diversas relaciones causales, no permiten evidenciar la certeza o el error de teoría alguna. Antes al contrario, esos fenómenos sólo resultan inteligibles si se interpretan a la luz de teorías previamente desarrolladas a partir de otras fuentes”, Ludwig von Mises, “La Acción Humana”, 7ª edición, pág 39.
[5] Friedrich Hayek (editor), “El Capitalismo y los Historiadores”, 1997, pág. 34. 
[6] Íbid. Pág. 40-41.
[7] Íbid. Pág 65.
[8] Sobre el mercantilismo de Hamilton, véase Thomas DiLorenzo, “The Rousseau of the Right”, 2004 (http://www.lewrockwell.com/dilorenzo/dilorenzo64.html). Sobre Jefferson y su defensa de los derechos naturales y la propiedad, véase Luigi M. Bassani, “Life, Liberty, and...: Jefferson on Property Rights”, Journal of Libertarian Studies, 2004 (http://www.mises.org/journals/jls/18_1/18_1_2.pdf). Para una síntesis de la historia del libertarismo jeffersoniano y jacksoniano, véase Murray Rothbard, “For a New Liberty: The Libertarian Manifesto”, 2002 (http://www.mises.org/rothbard/newliberty01.asp)
[9] “It is no crime to be ignorant of economics, which is, after all, a specialized discipline and one that most people consider to be a "dismal science." But it is totally irresponsible to have a loud and vociferous opinion on economic subjects while remaining in this state of ignorance”, Murray Rothbard, “Making Economic Sense”, 1995.
[10] Friedrich Hayek (editor), “El Capitalismo y los Historiadores”, 1997, pág. 109.
[11] Friedrich Hayek (editor), “El Capitalismo y los Historiadores”, 1997, pág. 108-109. En palabras de Robert Nozick: “Los intelectuales piensan que son las personas más valiosas, las de mayor mérito, y que la sociedad debería premiar a la gente en función de su valía y mérito. Pero una sociedad capitalista no cumple el principio distributivo "a cada uno según sus méritos o valía". Aparte de los regalos, las herencias y las ganancias del juego que se dan en una sociedad libre, el mercado distribuye a aquellos que satisfacen las demandas de los demás expresadas a través del mercado, y lo que distribuya de este modo depende de lo que se demande y del volumen del suministro alternativo. Los empresarios fracasados y los trabajadores no sienten la misma animadversión al sistema capitalista que los intelectuales forjadores de palabras. Solamente la conciencia de una superioridad no reconocida, o de unos derechos traicionados, produce esa animadversión”, Robert Nozick, “¿Por qué se oponen los intelectuales al capitalismo?”
[12] Íbid. Pág. 110.
[13] Íbid. Pág. 114.
[14] Íbid. Pág. 115.
[15] Íbid. Pág. 145.
[16] Íbid. Pág. 162.
[17] Íbid. Pág. 174.
[18] Íbid. Pág. 183.
[19] Íbid. Pág. 184.
[20] Íbid. Pág. 190-191.
[21] Íbid. Pág. 198.
[22] Íbid. Pág. 199.
[23] Íbid. Pág. 203.

El Pacto de Retroceso


El año 2015 se ha cerrado para la economía española con cifras récord en un entorno complejo. El PIB crecía un 3,2%, más de lo estimado por varios organismos internacionales, mientras se confirmaba que el crecimiento anualizado global se ralentizaba. Adicionalmente, la EPA mostraba una bajada histórica del paro, que se situaba en el 20,9%, con más de 18 millones de ocupados y una creación de empleo de más de 500.000 trabajos en 2015. Mucho que hacer, pero mucho conseguido.

Ante esta situación, cuando hemos salido de una crisis tan grave en la que se llegaron a destruir 1.500 trabajos diarios, solo cabe una política, Seguir con las reformas y avanzar por la senda adecuada. Sin embargo, lo que se nos plantea a los ciudadanos desde los mal llamados “pactos de progreso”, es repetir los errores de 2008. Pactos de retroceso.

Este fin de semana, Podemos exigía desde las páginas de un diario económico, “retrasar la reducción del déficit”, subir impuestos y aumentar gastos y subvenciones. Cualquier persona en su sano juicio se sorprendería de que, precisamente en nuestro país, se proponga repetir paso a paso la política económica de 2008, que nos llevó a crear un agujero fiscal anual de casi 100.000 millones de euros y destruir 3,5 millones de puestos de trabajo. Muy social.

Lo peor es que estos señores piden “retrasar la reducción del déficit” -es decir, endeudarse más-, y luego declaran la deuda ilegítima.

Pero lo que se nos ofrece es eso. Repetir las políticas económicas que han hecho de Andalucía, tras 35 años de gestión asistencialista socialista, la región con más paro de la Unión Europea y haber dilapidado décadas sin cambiar el patrón de crecimiento.

Todo en nombre de acabar “con la austeridad”. Es una broma llamar austeridad a mantener el gasto público y ocho años consecutivos de déficits muy por encima del límite del pacto de estabilidad. Porque de austeridad, nada. Llevamos un estímulo fiscal superior a 60.000 millones de euros anuales desde hace más de ocho años. Hemos mantenido el gasto público y, sobre todo, el social, intacto en su gran mayoría. Reducir el déficit no es un capricho, es una urgencia que la propia Comisión  Europea reitera. Y no se consigue con la manida llamada a “subir los impuestos a los ricos”. La evidencia de los pactos PSOE-Podemos en España es que se los suben a todos.

Lo que proponen los del “pacto de retroceso” es agrandar el agujero. Repetir los errores que han llevado a otros socios europeos al estancamiento.
Igualdad de derechos
burocracia

Nueve autonomías tienen en 2015 más déficit público que el año anterior

Cataluña lidera a las incumplidoras del objetivo del -0,7%



Cataluña, Valencia, Aragón, Castilla y León, La Rioja, Navarra, Asturias, Canarias y País Vasco son las nueve autonomías que no sólo no han reducido su déficit público en 2015, sino que lo han incrementado respecto al desfase presupuestario que exhibían en noviembre de 2014.


Esa paradoja se agrava por la circunstancia de que, de las nueve, hay seis -se salvan Asturias, Canarias y País Vasco- que incumplen ya en noviembre el tope máximo de déficit autorizado, del -0,7% del Producto Interior Bruto (PIB). Y, de las nueve, Cataluña encabeza a las incumplidoras y también a las de peor gestión fiscal en los 11 primeros meses de 2015.

Las últimas estadísticas de ejecución presupuestaria publicadas por Hacienda asignan a Cataluña el mayor desvío fiscal autonómico, con el -2,21% de su PIB, habiendo empeorado en 420 millones el desfase que arrastraba en noviembre de 2014. En parte, ese abultamiento del déficit catalán se debe a un gasto extraordinario de 1.233 millones de euros, que se contabilizó en septiembre pasado aunque las inversiones que lo motivaron se realizaron en años anteriores.

Como quiera que sea, el apunte de esos 1.233 millones a la región que preside Carles Puigdemont lastra asimismo el déficit conjunto de las 17 autonomías, que suma -14.204 millones en noviembre de 2015, es decir, el -1,31% del PIB, rebasando por tanto el compromiso del -0,7%. De hecho, casi lo duplica, con lo que añade presión sobre la consolidación fiscal del resto de las Administraciones Públicas -Estado, Seguridad Social y corporaciones locales- y dificulta que se pueda cumplir el tope global del -4,2% del PIB que acordó el Gobierno central con Bruselas.

Valencia y Aragón son otras dos regiones que en un año han agravado su desfase fiscal y más que duplican la meta asignada para todo 2015. En el caso valenciano, aumenta su déficit en 83 millones y admite un desvío del -1,92% del PIB, mientras que el Gobierno aragonés tiene 116 millones más de déficit que en 2014 y un escalón fiscal del -1,61% de su PIB.

Castilla y León y La Rioja encajan desvíos presupuestarios que rondan el 1% de sus PIB respectivos, pero es más grave la situación de la primera, ya que ha incrementado su desajuste en 130 millones frente a noviembre de 2014, en tanto que el Ejecutivo riojano lo engordó en 12 millones. Navarra, que en los primeros 11 meses del pasado año registra un déficit 76 millones mayor que en 2014, se desvía de la meta por muy poco y acabará cumpliendo con Hacienda, salvo sorpresas de última hora.
Finalmente, Asturias, Canarias y País Vasco, que en noviembre de 2015 acreditaban un desvío mayor que el del mismo período del año precedente, cumplen no obstante el límite impuesto por Hacienda, con déficits respectivos del -0,58%, -0,31% y -0,27%.
 

Doce meses perdidos


En 2015 las autonomías en su conjunto incumplieron -un año más- su objetivo de déficit del -0,7% del Producto Interior Bruto nacional, que superan en seis décimas. En concreto, admiten un escalón fiscal de -14.204 millones de euros hasta noviembre, es decir, el -1,31% del PIB. Casi el mismo desvío de un año antes (-1,34%), lo que apunta a que 2015 será un año perdido para recortar el desequilibrio regional.

La magnitud del problema de las cuentas regionales va más allá del que plantean las nueve autonomías que han empeorado su déficit con respecto al de 2014, pero es evidente que el peso de Cataluña es el que más lastra el cómputo global, así como también el fuerte desfase de Valencia. También son preocupantes los desajustes fiscales que experimentan Murcia (déficit del -2,21% del PIB, empatada con Cataluña), Extremadura (-1,88% ) y Aragón (-1,61% ).

Madrid incumple al reducir su desvío en sólo 187 millones


La Comunidad de Madrid, que preside la dirigente popular Cristina Cifuentes, cerró el pasado mes de noviembre con un saldo presupuestario de -2.249 millones de euros, representativos del -1,11% del Producto Interior Bruto (PIB) de la región, lo que significa que incumple el objetivo de consolidación fiscal trazado por el Gobierno Central para todo el ejercicio y que puede ser, como máximo, del -0,7% del PIB.

A falta de conocer las cifras de déficit madrileño de diciembre, el resultado de la consolidación fiscal del Gobierno de Cifuentes es particularmente decepcionante, habida cuenta de que Madrid es la autonomía española que experimenta una mayor pujanza industrial, es el centro de negocios y financiero del país y el principal foco de atracción de las inversiones extranjeras.

De hecho, la gestión presupuestaria de la Comunidad de Madrid en los once primeros meses de 2015 es prácticamente neutra respecto a las cifras de noviembre de 2014, tal y como se desprende de las últimas estadísticas publicadas por el Ministerio de Hacienda.

En concreto, en el undécimo mes de 2014 Madrid registraba un desfase presupuestario de -2.436 millones de euros (el -1,24% de su PIB), lo que significa que en el año transcurrido desde entonces únicamente ha logrado rebajar su déficit público en 187 millones.

Además de Madrid, otras 11 autonomías rebasan el techo de déficit para 2015: todas excepto Baleares,  Galicia, País Vasco, Asturias y Canarias. Por descontado, que las regiones incumplan su compromiso de ajuste implica que traspasan a 2016 el problema de la consolidación: España debe reducir su déficit hasta el -2,8% del PIB de aquí al final de diciembre, lo que implica que los Gobiernos regionales han de disminuir su desvío a la mitad de lo que tenían fijado el año pasado: al -0,3%.

Ese mismo problema lo tiene la Seguridad Social, que en 2015 tenía permitido un desvío máximo del -0,6% del PIB, y aun admitiendo que lo pueda cumplir, en 2016 está obligada a reducirlo hasta el -0,3%; es decir, rebajarlo a la mitad.

¿Cómo afectará el yuan al bolsillo de los españoles?


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El yuan se depreciará entre un 10% y un 15% en 2016, lo que podría llevar a España a importar deflación. La cuenta de resultados de muchas cotizadas y la recuperación del 'ladrillo' se podrían ver afectadas.


El modelo económico que convirtió a China en la segunda potencia económica mundial y en la gran fábrica del mundo empezó a dar signos de agotamiento en 2008, coincidiendo con la crisis financiera global.

Ocho años después, China, crece al ritmo más bajo de los últimos 25 años tras toparse con el muro de la reconversión industrial mientras el resto del mundo sufre sus efectos. Según la OCDE, se espera que la economía china registre un crecimiento del 6,5% en el próximo año y sólo del 6,2% en 2017.

A consecuencia de la desconfianza generada por una serie de datos económicos decepcionantes de China, el yuan se ha resentido hasta su nivel más bajo en cinco años. Además, la última batería de medidas económicas intervencionistas de Pekín y la expectativa de nuevas devaluaciones de su moneda tras 8 consecutivas han supuesto un duro golpe a los mercados financieros chinos. Así, el índice compuesto de Shanghái ha caído un 20% desde mediados de diciembre.
 
Prueba también de esa falta de confianza en el dragón asiático es la huida masiva de capitales, un billón de dólares anuales. Por otro lado, preocupa el agotamiento de las reservas de divisas en China, la mayor del mundo, tras reducirse en 107.900 millones de dólares en diciembre, lo que supuso la mayor caída mensual de su historia. En un intento por estimular la debilitada economía china, el banco central ha llevado a cabo una serie de recortes de los tipos de interés hasta el 4,35%.

En palabras del gurú George Soros, la devaluación del yuan supone una transferencia de los problemas de China al resto del mundo. Y es que un yuan débil ayuda a las exportaciones chinas a ser más competitivas en el extranjero y encarece las importaciones al país asiático, lo que desincentiva la compra fuera de sus fronteras. Aunque es pronto para calibrar las consecuencias, la balanza comercial de sus principales socios comerciales se podría ver perjudicada, principalmente la europea y la japonesa. Son mayoría los expertos que confían en que los efectos serán limitados aunque ponen el acento en que el aumento de los productos provenientes de China podría hacer que España importase deflación, lo que agravaría aún más el estancamiento de los precios.

"Las exportaciones europeas a China apenas suponen el 2%-3% del promedio total de ventas, luego no se puede decir que haya un impacto significativo de la caída del yuan. Un 10% de depreciación podría tener un impacto negativo en el crecimiento en dos años inferior a 0,2 puntos en el PIB", señala José Luis Martínez Campuzano, estratega jefe de Citi.

No obstante, son mayoría los analistas que aplauden el camino andado por China hacia una economía basada en el consumo interno. "La producción industrial, las ventas minoristas y PIB apuntan a una suave desaceleración, alejando así el temor a un aterrizaje brusco", señalan desde Carax AlphaValue.
Desde BrightGate Capital, Jacobo Arteaga señala que "esperamos bajadas en los tipos de interés 0,75% en 2016 y reducciones en el coeficiente de liquidez de los bancos de 300 puntos básicos".

Más allá de lo que pueda ocurrir este año, por la cabeza de muchos inversores planea la pregunta de cómo afectarán las posibles devaluaciones a sus bolsillos y es que son muchas las variables que afectan a la vida real. La cifra de empresas españolas con intereses en China supera las 12.000, todas ellas podrían verse perjudicadas en la media en la que quieran cambiar los yuanes obtenidos por euros, lo que lastrará su cuenta de resultados.

Entre ellas, Inditex, Acerinox, ArcelorMittal, Banco Sabadell, Popular, CaixaBank, Endesa, Mapfre, Telefónica y Abengoa. Fuera del Ibex Sniace, Tubos Reunidos o Viscofán sufrirán también la desaceleración china, al igual que Alsa, Cuatrecasas, Garrigues, Roca, Fagor y Freixenet. Mientras en el resto de Europa, los principales perjudicados serían Porsche, Volkswagen, BMW, Peugeot o Renault.

El ladrillo sufrirá


La crisis inmobiliaria que atraviesa España desde 2009 se ha convertido en una oportunidad para los inversores chinos, un país que cuenta con más de tres millones de viviendas vacías. La falta de liquidez de los inversores chinos podría mermar el interés por el ladrillo español a pesar de la caída de los precios.

El turismo se resentirá


La devaluación del yuan provoca que menos turistas salgan al exterior, debido a que su moneda tiene menos poder de compra. España es el tercer país del mundo que más turistas recibe, hasta 65 millones en 2014, y la presencia del turista con pasaporte chino es cada vez más importante. Además, consume cuatro veces más que uno europeo. La tendencia de los últimos años para este segmento muestra un crecimiento del 20%. Y el problema podría acentuarse si el Banco Nacional de China decide seguir devaluando el reminbi, que tiene al menos un margen de caída del 10%.

Depreciación vs devaluación


La guerra de divisas que se ha desatado entre algunos países emergentes ha generado ríos de tinta. Sin embargo, no siempre se utilizan bien los términos para definir lo que está ocurriendo en el mercado de forex. Uno de los errores más habituales ha sido confundir la devaluación de la divisa asiática con la depreciación que ha sufrido. ¿Cuál es la diferencia? Una depreciación consiste en la pérdida de valor de una moneda frente a otra, en un sistema de tipo de cambio libre -basado en la oferta y la demanda del mercado-.

Sin embargo, una devaluación consiste en una caída del valor de una divisa, generada por una decisión de política monetaria.Según el fondo de cobertura Omni Partners, el yuan caerá otro 15% en 2016, o aún más si el país tiene una crisis de crédito. Desde Citi prevén un descenso del 10 por ciento adicional. En la posición contraria se sitúa Ebury, "una fuerte devaluación debilitaría la confianza, lo que sería contraproducente".

Explotando la burbuja de Eugene Fama




En una reciente entrevista en el New Yorker, Eugene Fama, economista de la Escuela de Chicago y padre de la hipótesis de los mercados eficientes (EMH, por sus siglas en inglés), defendía su teoría a la luz del auge y caída de la vivienda. La opinión de Fama sobre burbujas de activos y ciclos económicos muestra un agudo contraste con la postura austriaca habitual. Aunque los economistas de Chicago y los austriacos están en el mismo bando en muchos asuntos políticos (particularmente en su oposición a las soluciones keynesianas), la entrevista a Fama revela las grandes diferencias en sus herramientas teóricas.

¿Qué es una burbuja?

La EMH tiene muchas formulaciones distintas, dependiendo de lo formal de la presentación, Para una explicación informal ante el público, los defensores de la EMH habitualmente dirán que los precios del mercado reaccionan rápidamente a las noticias, así que en cualquier momento concreto los precios reflejan toda la información disponible públicamente.

Otra implicación popular de EMH es que un inversor no puede “derrotar al mercado” sistemáticamente, al menos no usando teorías o datos a los que puedan acceder otros inversores. Aunque la EMH es una teoría económica, evidentemente tiende a asociarse a economistas que defienden políticas de laissez-faire.

Debido al masivo auge y caída en los sectores de la vivienda y financiero, muchos intervencionistas han saltado sobre el aparente absurdo de la EMH y sus defensores. El siguiente diálogo muestra los ataques del entrevistador John Cassidy y los intentos de Fama de defender la EMH:
“JOHN CASSIDY: Mucha gente argumentaría que, en este caso, la ineficiencia estaba principalmente en el mercado del crédito, no en la bolsa, que hubo una burbuja crediticia que se infló y acabó explotando.
EUGENE FAMA: Ni siquiera sé qué significa eso. La gente que tiene crédito tiene que obtenerlo en alguna parte. ¿Significa una burbuja crediticia que la gente ahorra demasiado durante ese periodo? No sé lo que quiere decir una burbuja crediticia. Ni siquiera sé qué significa una burbuja. Esos términos se han hecho populares. No creo que tengan ningún significado.
CASSIDY: Creo que la mayoría de la gente definiría una burbuja como un periodo prolongado durante el que los precios de los activos se alejan muy significativamente de los fundamentales económicos.
FAMA: Eso lo que yo pensaría que es, pero eso significaría que alguien debe haber hecho un montón de dinero apostando por eso, si pudiera identificarlo. Es fácil decir que los precios bajaron, debe haber sido una burbuja, después de que pase. Creo que la mayoría de las burbujas se reconocen siempre a posteriori. La gente siempre dice que los precios son demasiado altos. Cuando resulta ser verdad, les canonizamos. Cuando no, les ignoramos. Normalmente aciertan y se equivocan la mitad de las veces.
CASSIDY: ¿Quiere decir que las burbujas no pueden existir?
FAMA: Tienen que ser fenómenos predecibles. No pienso que nada de esto fuera particularmente predecible (…)
Bien (es fácil) decir después del hecho que las cosas estaban mal. Pero en el momento en el que las comparaban [los títulos garantizados con hipotecas subprime] no pensaban que estaban mal. No es como si fueran inversores ingenuos o algo asi”.
Estoy de acuerdo con la definición de burbuja de John Cassidy. Advirtamos que todos los precios están sujetos a la oferta y la demanda. Pero cuando decimos que hay una burbuja de un activo, lo que eso significa es que los demandantes (es decir, los nuevos compradores) no están comprando de acuerdo con los “fundamentales”, sino por razones especulativas. En otras palabras, sólo compran porque piensan que el precio subirá.

No es puramente un juego de adivinación psicológica. Hay implicaciones empíricas en que el precio de un activo o producto se ligue a la especulación  en lugar de un aumento en la demanda “fundamental”. Por ejemplo, si el precio del petróleo se paga más alto porque los especuladores prevén una guerra con Irán, esperaríamos ver que aumentan los inventarios de crudo, pues el aumento del precio del mercado impulsa a una mayor producción actual de la que los consumidores y refinerías quieren usar.

Por tanto, a corto plazo, el aumento de la especulación en los precios del petróleo ocasiona que se extraiga diariamente más petróleo del que se consume diariamente. Fijémonos en que esto es exactamente lo que queremos que haga la economía de mercado: cuando la gente prevé una inminente guerra con Irán, queremos economizar petróleo ahora mismo y acaparar para el futuro.

En la vivienda, había distintos indicadores de que los precios estaban siendo dirigidos por la demanda especulativa más que por un cambio fundamental en la demanda de vivienda. Por ejemplo, los precios de la vivienda, comparados con los del alquiler aumentaron más de lo que habría estado justificado incluso si consideramos cosas como los tipos hipotecarios y el cambio en la era Clinton del tratamiento de las ganancias de capital en las ventas de viviendas.

Otro ejemplo sería la proporción de viviendas ocupadas por sus propietarios, que bajaba a medida que se intensificaba el auge, lo que está de acuerdo con la teoría de que la gente estaba comprando viviendas intentando deshacerse de ellas en un año o dos después de ganar el precio en que han subido.

Bueno, por supuesto Fama conoce estas observaciones sencillas. Está diciendo que perfectamente los inversores inteligentes (muchos de ellos millonarios) también conocen estos hechos sencillos. Sin embargo, había otras cosas que ocurrían en los años del auge, lo que permitió a los “expertos” dejar de lado los indicadores evidentes de que los precios de la vivienda estaban siendo objeto de demanda especulativa.

Fama parece pensar que así ha desactivado a los críticos de la EMH, pero no veo cómo. Todo lo que Fama ha demostrado es que la gente que compró activos sobrevalorados no se dio cuenta de que estaban comprando activos sobrevalorados en ese momento, o al menos pensaba que podría deshacerse de ellos antes de la caída. Bueno, nadie lo niega. Tampoco hace falta ninguna evidencia empírica para “poner a prueba” esa proposición. Todo lo que tenemos que hacer es suponer que a los inversores no les gusta perder dinero y podemos probar fácilmente que nadie compra un activo que piense que colapsará su precio poco después de que lo compre.

Este punto es crucial, así que déjenme que lo diga de otra manera. Los críticos de la EMH argumentan que los mercados pueden tener periodos de engaño masivo, por decirlo así, en que los precios de los activos se llevan muy por encima de cualquier nivel racional justificado por los fundamentales subyacentes. Algunos críticos echan la culpa de esto a la supuesta desregulación de Bush, mientras que otros (como los economistas austriacos) echan la culpa a la Fed por inundar el mercado del crédito con dinero absurdamente barato.

En este contexto no hace mucho bien a Fama decir que los inversores de entonces no eran conscientes de sus engaños. Podríamos “probar” igual de fácilmente que no existen las sectas religiosas u otras organizaciones fanáticas.

El asunto de la predicción

Es verdad que algunos asesores y expertos en inversiones pueden haber “visto” la burbuja inmobiliaria por pura suerte, ya sea porque son siempre pesimistas o porque han usado una técnica ilegítima que resultó que esta vez generó un análisis correcto.

Aún así, como yo preguntaba en mi crítica previa al EMH, ¿qué podría haber hecho  la gente para probar que había visto la burbuja a alguien como Fama? Fama dice que no ve cómo cualquiera de los inversores podría haber predicho el repentino colapso de los precios de la vivienda. ¿Y si conocieran la teoría austriaca del ciclo económico y hubieran leído la predicción de Mark Thornton en 2004 de que el auge en la vivienda era demasiado bueno para ser cierto?

Probablemente Fama diría que Thornton tuvo suerte y que su previsión macroeconómica general (usando la teoría austriaca) “derrotaría al mercado” la mitad de las veces y sería derrotada por el mercado la otra mitad.

Aún así la defensa habitual de la EMH tiene dos problemas. Primero, Fama evidentemente no ha revisado el registro de previsiones de Mark Thornton (o de los demás inversores que hicieron grandes cantidades de dinero cuando se “salieron” a tiempo antes de la caída). Segundo, la teoría económica austriaca no es un modelo que indique valores a elegir. Pero si de vez en cuando genera alarmas que dicen “¡Las actuales políticas monetarias llevaran a un enorme auge y caída!”, ¿quién puede decir que estos avisos deben necesariamente equilibrarse en el largo plazo?

A grandes rasgos, creo que Fama argumenta de forma circular: en su opinión, no se puede echar la culpa a los inversores por elevar los precios de la vivienda y los valores, pues el mercado (alias, los inversores) estaban elevando los precios de la vivienda y los valores. Vale, la EMH ha sido defendida con experimentos econométricos en revistas académicas, pero no me refiero ahora a eso. Hablo acerca de economistas que aplican la EMH a los acontecimientos de la vida real, como ha hecho Fama en esta entrevista.

Antes de continuar, quiero felicitar a Matt Yglesias por apuntar una parte problemática en la epistemología de Fama. Dice Yglesias:
“Lo realmente extraño (…) es la afirmación metafísica [de Fama] de que nada puede ser real si no es previsible. Fama dice que la mayoría de las burbujas son visibles a posteriori al 100%. Pero una visión al 100% es tener buena vista. Lo que pasa es que ver al 100% a posteriori quiere decir ver las cosas claras cuando ya han sucedido. Pero esas cosas ya han sucedido realmente. Creamos o no que hay una forma fiable metodológicamente para decir que hubo una burbuja inmobiliaria en 2006, hay claramente una forma de decirlo ahora: se llama a retrospección. (…)
Pensemos en los seísmos. No podemos predecir cuándo se producen. Pero siguen siendo muy reales: derriban edificios y matan a personas. Y aunque nadie puede predecir los terremotos, seguimos pudiendo decir cosas de algún valor predictivo sobre los terremotos. (…)
Si tuvieras un tipo por ahí diciendo ‘no existen los seísmos’ cuando lo que realmente quiere decir es que ‘los seísmos son impredecibles’, deberíamos acabar con una pésima política pública”.
Bueno, Matt Yglesias es un declarado progresista que piensa que “una pésima política pública” en el caso de los mercados financieros es la desregulación. Pero aunque Yglesias y yo veamos las cosas de forma muy diferente respecto a cómo prevenir futuras burbujas, ambos estamos de acuerdo en que la economía de EEUU acaba de pasar por una.

Por el contrario Fama ha adoptado lo que podría describirse como una postura posmodernista ante los precios de los activos, en la que las burbujas no existen salvo que la opinión de consenso del momento fuera que se estaba produciendo una burbuja.

Rechazo la opinión de Fama y me alineo con Yglesias. Utilizando la definición de demanda fundamental frente a especulativa, podemos definir objetivamente qué es una burbuja. (hay una sutileza en situaciones en las que los especuladores están anticipando un futuro aumento en el precio fundamental, como en nuestro ejemplo de una guerra con Irán). Bajo esa definición, los Estados Unidos obviamente acaban de experimentar una enorme burbuja en los mercados de la vivienda y de valores. El hecho de que mucha gente no lo advirtiera en su momento no elimina su existencia; por el contrario, explica cómo se hizo tan grande.

Volvamos a la analogía con el terremoto para verlo: Supongamos que algunos sismólogos leen sus instrumentos y dicen al alcalde, “¡Tenemos que evacuar la ciudad! ¡Viene uno muy grande!” Pero otros desdeñan los avisos explicando que “esta vez es diferente”. Después del temblor, Fama apunta el balance de muertes masivas y dice “No hubo ningún terremoto. Después de todo, a la gente no le gusta morir. No estoy seguro de qué significa ‘terremoto’ (quizá agitar edificios o algo así), pero ese temblor habría sido predecible de tener medios operacionales”.

La causalidad en Fama

Además de su visión posmoderna de las burbujas. Fama da una explicación de la recesión que invierte los tiempos de causa y efecto que la mayoría de los analistas han adoptado:
“FAMA: Lo que ha ocurrido es que entramos en una gran recesión, la gente no pudo pagar sus hipotecas y, claro, los que tenían un mayor riesgo fueron los que menos fueron capaces de hacerlo. (…)
CASSIDY: Pero sin duda el inicio de la crisis crediticia precedió a la recesión.
FAMA: No lo creo. ¿Cómo podía hacerlo? La gente no se va de sus casas salvo que no puedan pagarlas. Es un indicador de que estamos en una recesión.
CASSIDY: ¿Así que usted dice que la recesión es anterior a agosto de 2007 cuando estalló el mercados de bonos subprime?
FAMA: Sí. Tuvo que serlo para aparecer entre la gente que tenía hipotecas”.
Estas opiniones de Fama (a pesar de su afirmación de ser un economista empírico) derivan realmente de su teoría, no de los datos. Fama simplemente no puede imaginar cómo podría haber causado la recesión la crisis financiera, en lugar de al revés.

Lo extraño es que la explicación normal (no sólo la que dieron los austriacos, sino la que dieron casi todos los que opinaron sobre lo que ocurrió) muestra el defecto en el razonamiento de Fama. Fue precisamente a causa de los manejos con “préstamos mentirosos”, hipotecas de tipo variable a capricho, hipotecas de amortización de tipo cero o incluso negativas y cosas parecidas por lo que la explosión de la burbuja de los precios inmobiliarios causo una crisis así.

Como los precios de las casas aumentaban a un ritmo increíble, no importaba si un comprador tenía las rentas para permitirse “tanta casa”. La estrategia era meter al tipo en una casa para que el préstamo pudiera venderse en Wall Street, que podría cortarlo y desmenuzarlo y vender de nuevo sus pedazos en forma de bonos con garantía hipotecaria.

No importaba si la renta del acreedor era insuficiente para abonar los pagos de la hipoteca una vez que se reajustara el tipo variable, porque éste podía refinanciarse con una hipoteca convencional o, si fallaba esto, podía simplemente vender la casa. En un mercado que aumentaba a ritmos de dobles dígitos en algunas ciudades ¿a quién le importaba la solvencia del acreedor?

Pero una vez que se estancó el mercado de la vivienda se hizo visible la imprudencia de este razonamiento. La gente que había comprado “demasiada casa” no podía deshacerse de ella para no perder, no digamos para tener un rápido beneficio. Al explotar la burbuja de precios de la vivienda, hubo muchos compradores especulativos (house flippers) que tenían muy poco patrimonio invertido en sus propiedades. ¿Por qué tenían que continuar pagando hipotecas (que se reajustarían a niveles mucho más altos) sobre una casa vacía que valía ahora muchos miles de dólares menos cuando podían simplemente largarse?

He discutido estos asuntos con Doug French, exbanquero en Las vegas, que confirma que esto es realmente lo que pasó. Pero el problema con Fama no es tanto si la explicación anterior es válida o no: es que Fama ni siquiera concede esta posibilidad teórica. Por el contrario, Fama simplemente supone que si la gente empieza a abandonar sus hipotecas, debe ser porque sus nóminas han recibido un golpe debido a una recesión. Su falta de imaginación le lleva a ignorar la sucesión evidente de los distintos acontecimientos de la reciente crisis financiera.

Sobre las burbujas crediticias y el ahorro

Antes de acabar, ocupémonos de un error final que creo que comete Fama en sus simplistas negaciones de un fallo sistemático en los precios de los activos.
“FAMA: Cuando usted empezó a decirme que había una burbuja en todos los mercados, ni siquiera sabía qué quería decir. Ahora estamos hablando de ahorro equivalente a inversión. Me está diciendo básicamente que la gente está ahorrando demasiado y no sé qué hacer con eso”.
Por un lado simpatizo con esta frustración de Fama. Probablemente está aludiendo a la teoría popular que echa la culpa de la burbuja de la vivienda a los bajos tipos de interés impulsados por el ahorro asiático. Igual que Fama, no estoy de acuerdo con esa teoría por su estupidez, como explico aquí.

Sin embargo la explicación más general de Fama está bastante equivocada. Puede sin duda haber una burbuja en todos o en la mayoría de los mercados, incluso aunque los ahorros necesariamente se igualen a las inversiones en términos de recursos reales.

No sólo los austriacos sino incluso los economistas de la corriente principal han llegado a la conclusión de que Alan Greenspan mantuvo los tipos de interés demasiado bajos durante demasiado tiempo tras la caída de las punto com. Fama parece no pensar en las implicaciones que tiene la creación de la nada de nuevo dinero por parte de la Reserva Federal y su inyección en los mercados crediticios. ¿Está de verdad tan seguro de que esto no pudo poner en marcha varias grandes burbujas?
La invocación de Fama de la tautología de la contabilidad macroecnómica de Ahorro = Inversión parece tener en mente la idea de que si, por ejemplo, 100 millones van a vivienda, no debe haber 100 millones para otro sector donde por tanto los precios deben caer.

Pero esto confunde flujos con acciones. Supongamos que las acciones de XYZ se están vendiendo a 10 y luego un inversor al alza compra 1.000 acciones a 11 cada una. Si hay un total de un millón de acciones de XYZ, entonces el gasto de 1.000 por parte del inversor ha creado un aumento de 1 millón en los valores de portfolio de los inversores de XYZ. No hay razón para que el uso del inversor de 11.000 debe traducirse en 1 millón menos de activos en otra parte.

Fama tiene razón en que los recursos físicos o “reales” en una economía no se multiplican gracias a la imprenta: Bernanke no puede crear más tractores y fábricas firmando cheques. La explicación austriaca es que los correspondientes precios de mercado pueden verse dañados cuando la Fed juega con los tipos de interés, inundando los mercados crediticios con nuevo dinero fiduciario. A causa de las distorsionadas señales de los precios, los verdaderos recursos reales (disponibles por medio del ahorro real) se invierten inadecuadamente. La explicación austriaca no es de “sobreinversión”, sino de mala inversión.

Conclusión

Eugene Fama es un economista inteligente y su hipótesis de los mercados eficientes sin duda merece estudiarse. Sin embargo, como muestra su reciente entrevista en el New Yorker, Fama no es consciente de los límites de su teoría. Rechaza simplemente la misma posibilidad de que algo haya causado realmente nuestra actual crisis económica.

Publicado originalmente el 15 de febrero de 2010. Traducido del inglés por Mariano Bas Uribe. El artículo original se encuentra aquí.

El mercado de valores

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El mercado de valores es un componente esencial del capitalismo. Murray Rothbard le preguntó alguna vez a Ludwig von Mises si existía una forma clara de diferenciar a un estado fuertemente intervencionista de un estado abiertamente socialista. Mises respondió: “No puede haber propiedad privada genuina sobre el capital sin un mercado de valores. Si se le permite existir a tal mercado no puede haber socialismo” [1]

A pesar de su importancia el mercado de valores continúa siendo algo misterioso para muchos e incluso para aquellos que en otros contextos son defensores convencidos del libre mercado. Personas que por lo general no tienen dificultades defendiendo las acciones de ejecutivos en el mundo de la publicidad o a prestamistas, suelten tener dificultades para defender a especuladores o “corporate raiders” (especuladores que articulan agresivas adquisiciones de control accionario). Pero lo cierto es que esos villanos populares en realidad efectúan servicios fundamentales, y las políticas gubernamentales tomadas contra sus “adquisiciones hostiles” en verdad nos perjudican a todos.

¿Qué es el mercado de valores?

En su forma más básica el mercado de valores hace referencia simplemente al mercado abstracto en donde se comercializa la propiedad de empresas. Existen lugares físicos, llamados “bolsas de valores”, donde compradores y vendedores se encuentran. La bolsa más famosa del mundo es por supuesto la New York Stock Exchange, localizada en Wall Street n°11 en New York. Pero el “mercado de valores” en sí es el encuentro intangible de todos aquellos compradores y vendedores, personas de todos los tipos, incluyendo day traders que realizan sus transacciones desde sus laptops en las payas de Tahiti.

 En el mercado de valores las personas compran y venden acciones que representan una fracción de propiedad sobre una empresa. Por ejemplo, si la Empresa XYZ está compuesta por 10.000 acciones y Joe Smith compra 1.000 acciones, entonces, en términos generales, poseerá 10 % de los activos y pasivos del balance general de dicha empresa.

Muchos suelen creer que las empresas funcionan con una especie de piloto automático. Lo cierto es que una persona o un grupo de personas deben decidir cómo será conducida cada empresa. ¿Cuánto debe invertirse en investigación y desarrollo (I&D)? ¿Cuántas fabricas deben cerrarse o abrirse? ¿Deberían emitirse más bonos y títulos para conseguir el financiamiento necesario para adquirir una empresa más pequeña de una industria relacionada? ¿Debe realizarse el lanzamiento del nuevo modelo con el objetivo de superar a la competencia, aún cuando no se haya conseguido solucionar todos sus problemas?

En la práctica es la dirección ejecutiva quien toma este tipo de decisiones. En la mente del público toda la responsabilidad está en las manos de la gerencia de la empresa, su CEO. Pero ese es un análisis superficial ya que el gerente es un empleado más que también puede ser despedido. En última instancia, los dueños de la empresa son sus accionistas, y ellos (de forma colectiva) tienen la última palabra sobre sus operaciones.

En este contexto, podría decirse que el objetivo del mercado de valores es el de determinar qué personas poseerán las acciones de las diferentes empresas.



La importancia de los precios de mercado

La economía convencional enseña que, dadas determinadas condiciones, el mercado descentralizado conlleva a un reparto eficiente de los recursos entre las diferentes industrias porque conecta los intereses de los empresarios con los deseos de los consumidores.

El precio relativamente alto del oro, por ejemplo, garantiza que el metal dorado sea asignado a la producción de joyas y al tratamiento de la artritis. Metales más baratos, como el aluminio, son utilizados de una forma más diversa, por ejemplo, como papel para envoltura desechable. Nadie emplearía el oro de la misma forma.

Ese mismo proceso es válido no sólo para la formación de precios de los distintos metales, sino también para la formación de los precios de las acciones. Una acción con un precio muy bajo (como los así llamados penny stock) indica que el mercado no valora particularmente a una empresa dada. Un ciudadano común podría adquirir una parte considerable de dicha empresa con una fracción de su salario, si así lo desea.

Por el contrario, no importa que tan convencida esté una persona que puede cambiar las cotizaciones de Microsoft en tres meses, a menos de que sea multimillonario, nunca tendrá por sí solo la capacidad de alterar el destino de tal gigante. El precio de cada acción multiplicado por el número de acciones lanzadas representanta, en última instancia, el precio total o price tag de una empresa. El precio relativamente alto del oro indica que se trata de un recurso escaso y que, por ende, debe asignarse de forma cuidadosa. De la misma forma, el valor de mercado (market cap o market capitalization) de Microsoft, que supera los $200 mil millones, indica que la valoracón del mercado es muy favorable.
Las personas que en última instancia controlan el destino de Microsoft (así como de otras empresas) tendrán una fabulosa cuantía de riqueza dependiendo de sus decisiones. Es no garantiza que tomen siempre las decisiones correctas, pero sí hace mucho más probable que algunos de los técnicos y especialistas más capaces en las diferentes áreas se vean envueltos en los procesos de toma de decisión de la empresa.


El mercado de valores y la inversión corporativa

Una de las quejas más comunes sobre el mercado de valores es que éste falla en direccionar los ahorros hacia formas de inversión productivas. De acuerdo a este raciocinio, si alguien toma $1.000 de su salario y compra acciones de “Acme” no está realmente invirtiendo en “Acme”, sino simplemente transfiriendo dinero para el individuo que hasta ese momento era dueño de esas sus acciones.  Los $.1000 no llegan a las manos de la empresa de modo que ésta pueda expandir sus instalaciones o contratar a nuevos talentos.

Pero esa visión es superficial. En primer lugar, las empresas pueden, de hecho, conseguir capital directamente por medio de nuevos inversores a través de una oferta pública no inicial de acciones (en inglés Seasoned Equity Offering o SEO), en la que la empresa emite nuevas accionen para el público comprador. (Lo que permite que una empresa se expanda por medio de la emisión de más participación accionaria en lugar del financiamiento por medio de la emisión de títulos o bonos, algo que genera endeudamiento).

Pero incluso en el caso más común, es decir, cuando un nuevo inversor compra acciones “de segunda” a su dueño anterior, la capacidad de vender acciones que ya fueron emitidas permite que la empresa tenga acceso a más fondos. Nadie niega que una empresa recibe una fuerte inversión de capital cuando vende sus accionen por primera vez en una oferta pública inicial (Initial Public Offering o IPO). Pero es la existencia de un “mercado secundario” la que estimula el valor de reventa de esas acciones ya existentes y hace que los inversores estén dispuestos a pagar precios más altos. En otras palabras, la empresa “Acme” recibe capital de inversores al momento de su IPO  únicamente gracias a que esos inversores saben que si la empresa tiene éxito, nuevos inversores irán a querer participar también en el futuro, aceptando pagar, por ejemplo, $1.000 por acciones que probablemente ya habrán incrementado su precio desde su oferta inicial.

Finalmente debemos considerar lo que ocurre con nuestros hipotéticos $1.000. Si la persona que los recibe gasta todo en el consumo, por ejemplo, de ropa de marca, entonces es claro que “Acme” no recibirá fondos adicionales para inversiones; el inversor que desembolsó $1.000 de sus ahorros para comprar acciones sólo es la contrabalanza en el aumento de $1.000 en el consumo del individuo que vendió sus acciones.

Pero por otra parte, si el vendedor de las acciones de “Acme” toma sus $1.000 para invertirlos en otro activo (por ejemplo, en acciones de la Empresa XYZ, la cual acabó de hacer su primera oferta pública), entonces sí habrá un incremento neto en el ahorro. Pero incluso en este caso no habrá un aumento las inversiones en “Acme”, sino en la Empresa XYZ. El inversor que emplea sus $1000 para comprar acciones de “Acme” no le está dando a la empresa, en aquel momento, $1.000 de más para invertir; todo lo que el inversor ha hecho es permitir que el propietario original de las acciones transfiera su ahorro para otro lugar, mientras que “Acme” permanece inalterada.


La función social de la especulación

En la nueva secuela de la película Wall Street, un Gordon Gekko más viejo (tal vez en un intento de vender una mayor cantidad de copias de su libro) se dirige a una audiencia joven afirmando que “la madre de todos los males” es la especulación. Otras escenas de la película refuerzan la idea común de que los especuladores no producen nada realmente, sino que simplemente “mueven el dinero de un lugar para el otro”.

Ese desprecio por la especulación hace parte de un odio mucho más general a la figura del “intermediario”. Por ejemplo, alguien que compra naranjas en Florida por $0,75 y las vende en New York por $1 con frecuencia es condenado por estar “moviendo simplemente frutas de un lugar al otro”. En realidad tal intermediario desempeña un gran servicio para quienes aprecian ese tipo de frutas en New York ya que una suculenta naranja a 1.500 km de distancia no es muy útil.

De la misma forma, un especulador exitoso logra optener ganacias al mismo tiempo que efectúa un servicio que también es útil para otros. El lema del especulador es “comprar a la baja y vender al alta” (o “vender al descubierto al alta y comprar de vuelta a la baja”). Si tiene exito, el especulador consigue hacer que los precios de las acciones (y otros activos) sean menos volátiles y, de hecho, los acerca más  rápido de lo que tardarían en ausencia de especulación a sus precios futuros.

Un simple ejemplo servirá para ilustrar esta idea. Supongamos que un especulador percibe que las acciones de la empresa “Paneles Solares Acme” están siendo vendidas actualmente por $10. Sin embargo, el especulador cree que habrá una guerra con Irán dentro de pocos meses y que los otros agentes del mercado aún no han percibido adecuadamente este hecho. El especulador prevé que cuando la guerra empiece el precio del petróleo ira a dispararse hasta alcanzar unos $200 por barril y que los precios de las acciones de las empresas de energía alternativa irán a subir igualmente.

El especulador, por lo tanto, correrá a comprar acciones de “Paneles Solares Acme”, que él considera que se encuentran fuertemente subvaloras. La agresividad de sus compras empujará el precio hasta alcanzar, digamos, unos $13 por acción. Si cuando la guerra estalle los precios suben hasta unos $20, punto en el que el especulador venderá sus acciones, este logrará una ganancia neta por acción de entre $7 a $10.

El ciudadano común, e incluso Gordon Gekko en la primer película Wall Street, cree que se trata de un juego de suma cero y que las ganancias del especulador provienen necesariamente de las pérdidas de otras personas. Eso es cierto únicamente en el sentido más estricto del análisis, cuando observamos que un individuo vendió sus acciones al especulador por $11, “dejando de ganar” $ 9 que hubiera podido optener en caso de haber esperado un poco más para vender cuando el precio hubiera alcanzado los $20.

Pero la función del especulador ha traído beneficios claros a la sociedad. En primer lugar, al suavizar los saltos en los precios de las acciones. Al comprar acciones subvaloradas, condujó a un aumento de los precios. (De la misma forma que, en el caso de una venta al descubierto de una acción sobrevalorada, conduciría a una reducción de los precios). Así, en lugar de que las acciones saltaran de $10 a $20 al momento de iniciar la guerra, ellas sólo subirían de $13 a $20, pues las compras agresivas del especulador ya habrían reducido la diferencia en un 30%.

Al reducir la volatilidad del precio de las acciones los especuladores reducen de cierta forma el riesgo de mantener acciones en las carteras y depósitos. Además, tampoco es necesariamente cierto que la persona que vendió prematuramente al especulador sus acciones por $11 haya “perdido” $9 en favor del malicioso especulador. Es perfectamente posible que tal persona haya decidido vender sus acciones de “Acme” por otros motivos, tal vez por haber perdido su empleo o simplemente porque la matrícula de su hijo ha subido de nuevo. En pocas palabras, el especulador en verdad sólo hizo posible que esa persona, que había planeado vender sus acciones incluso por el precio inicial de $10, tuviera una mayor liquidez.

Hablando de una forma más general, al anticipar cambios en los futuros “datos fundamentales” y traducirlos en valores actuales para las acciones, los especuladores benefician incluso a los inversores de largo plazo, aquel tipo de inversor que las personas aprecian más (en contraposición a los especuladores de corto plazo). Por ejemplo, si un inversor institucional (institutos financieros que invierten grandes cantidades de dinero) cree haber descubierto una empresa sólida que ira a tener altos dividendos y que permanecerá activa por lo menos por veinte años, son los especuladores quienes irán a ayudar a que los precios diarios de las acciones de esas empresas no se desvíen excesivamente de la realidad a largo plazo. En el caso de un pánico financiero en el que los accionistas comienzan a vender sus acciones de todo tipo, son los especuladores quienes detienen el desangramiento al comprar las acciones “en promoción” a precio de liquidación.

Eso demuestra que los especuladores otorgan liquidez al mercado de valores haciéndolo más lucrativo para que otros inversores, enfocados en periodos de largo plazo, puedan dedicarse a sus deberes e invertir parte de sus ahorros en empresas que creen que tendrán un futuro sólido. Uno de los mayores riesgos de esta forma de inversión es la iliquidez (el inversor, talvez por estar en dificultades, pueda verse obligado a vender a un precio mucho menor del que podría obtener si dispusiera de más tiempo para esperar). Los especuladores se encargan de mitigar ese riesgo. Si el precio cae muy por debajo de lo que una acción “vale en realidad”, ese será el momento exacto en el que el especulador tendrá un incentivo para actuar.


Implicaciones políticas

Ahora que ya hemos visto algunos de los servicios que los especuladores ofrecen, podemos sacar dos conclusiones acerca de las políticas gubernamentales. La primera es cuando el gobierno intenta salvar a empresas que “son muy grandes para caer” lo que hace en realidad es debilitar el proceso auto-correctivo que hemos descrito más arriba. De hecho, los recates efectuados por el gobierno pueden transformar a la especulación en una fuerza verdaderamente perniciosa.

Observemos que no hay nada en nuestra argumentación que excluya la posibilidad de “burbujas” en las que los precios de las acciones suban cada vez más por causa de la misma especulación. Si los especuladores creen que las acciones de la Empresa XYZ irán a subir de $20 a $30, entonces, en términos de corto plazo, pueden llegar a provocar una especie de “profecía auto-realizable” dado que, desde más suba el precio de XYZ, más y más personas se verán atraídas a la especulación, lo que aceleraría ese proceso.

Sin embago, aún cuando las burbujas puedan darse en un libre mercado, en la medida en que una de ellas se intensifica, mayores serán los insentivos para especular a la baja por medio de ventas al descubierto. Eso ayuda a derrumbar la cotización, haciendo a la burbuja menos extrema y acercando el precio un poco más a su “verdadero valor” de largo plazo. Es verdad que los especuladores pueden obtener ganancias a corto plazo al participar en un boom insostenible, pero también es cierto que si ellos no se salen a tiempo el mercado los castigará con grandes pérdidas. Y sus pérdidas, cabe decirlo, serán proporcionales a cuan “artificial” sea el precio de una acción dada durante una burbuja.
Esa restricción vital al crecimiento de una burbuja es anulada por los rescates gubernamentales, así como por otras intervenciones concebidas para re-inflarlas una vez que éstas han colapsado. En tal ambiente, la realidad queda distorsionada. Al evitar que las personas tengan que asumir sus errores durante un crash, el gobierno remueve la única manera que el mercado posee para disciplinar a los especuladores.

La segunda y menos obvia implicación es que las regulaciones concebidas para impedir las actividades de los corporate raiders acaban en realidad perjudicando a los accionistas y reduciendo la eficiencia económica. Consideremos el peor de los escenarios supuestamente posibles: un especulador utiliza crédito para comprar el núcleo de control (es decir, la cantidad de acciones que posibilita direccionar las actividades de una empresa) de una corporación, despidiendo a todos sus empleados, para luego, rematar todos los activos de la empresa. Para entender por qué eso puede ser socialmente útil necesitamos entender qué tipo de empresa es vulnerable a ese “agresor”, es decir, una empresa con un precio de compra (precio por acción multiplicado por el número de acciones) más bajo que el precio de sus activos individuales menos su pasivo.

En otras palabras, el corporate raider es un especulador que se lucra al desintegrar una empresa únicamente si consigue re-direccionar los activos de dicha empresa (fabricas, maquinaria, herramientas, etc.) hacia otras empresas en las que estos resultarán más productivos.

Las fronteras de cada empresa no son arbitrarias y hay razones económicas detrás del hecho de que Google posea una enorme capacidad de cálculo computacional o detrás de que Bayer posea instalaciones adecuadas para la investigación farmacéutica. En casos extremos, cuando una industria muda rápidamente o la administración no es lo suficientemente efectiva, el camino adecuado es la disolución de la empresa. De este modo los recursos son retirados de una organización relativamente ineficiente para ser puestos en diferentes líneas de producción donde serán más útiles. Aun cuando sea particularmente doloroso para los trabajadores envueltos, en una sociedad libre las dimisiones son la única manera de señalizar en qué momentos la mano de obra está siendo utilizada en procesos poco productivos.

Una vez entendida la función vital desempeñada por el mercado de valores y por la especulación (exitosa), el argumento a favor de la intervención gubernamental en los mercados financieros queda debilitado considerablemente.


[1] Murray N. Rothbard, “A Socialist Stock Market?” en Making Economic Sense (Auburn, AL: Ludwig von Mises Institute, 1995), p. 356. Disponible en http://mises.org/econsense/ch103.asp.

(Publicado el 4 de octubre de 2010), traducción por La bolsa para principiantes, el artículo original se encuentra aquí.


El empresario está acostumbrado a una economía maniaco-depresiva



La salida de la crisis pasa por que “los políticos no caigan en los grandilocuentes planes de salvamento”, alerta Jesús Huerta de Soto (Madrid, 1956).

Catedrático de Economía y uno de los máximos representantes actuales de la escuela austriaca, Huerta de Soto, que acaba de dar una conferencia en la Asociación Madrileña de la Empresa Familiar (AMEF), no tiene duda de que “la gran crisis social de nuestro tiempo es la estatolatría”.

El catedrático Jesús Huerta de Soto impartió el jueves una conferencia para los empresarios de AMEF

Esto es, dejar en manos del Estado la resolución de cualquier problema que se presente. En una entrevista con EXPANSIÓN, asegura que cuando se salga de este batacazo económico “se entrará de nuevo en una expansión crediticia que dará lugar a malas inversiones generalizadas”. Se creará, por tanto, el caldo de cultivo de la siguiente recesión.

¿Cree que se está atacando de manera correcta la crisis?

Las autoridades siempre reaccionan con más regulación a las recesiones. Sólo atacan los síntomas, no las causas. No se puede evitar que las empresas inviertan en proyectos más alocados si continúa la expansión del crédito. Los bancos centrales son los responsables de la burbuja de la última década: inyectan el crédito a tipos de interés reducidísimos y los empresarios se lanzan a invertir en proyectos no viables.

¿Cómo se debe ajustar la economía para salir adelante?

El mercado es muy eficiente para sanear los errores. De hecho, en España han desaparecido ya 150.000 empresas y pueden destruirse otras 150.000. Para facilitar que este proceso sea más rápido es preciso una economía flexible. Especialmente, en el mercado laboral. Hay que desplazar a millones de trabajadores que estaban implicados en proyectos de inversión no viables hacia otras líneas sostenibles.

Cuando lleguemos al cénit del desempleo, en torno a los cinco millones de parados, la economía ya estará recuperada. Las empresas que queden serán sanas. El problema es que contratar a un trabajador equivale a casarse con él. O peor, porque gracias al divorcio express es más fácil separarse que despedir a alguien. Esto hace mucho más lenta la reinserción laboral.

El Gobierno acaba de presentar una subida de impuestos, ¿Cuál será la consecuencia?

Las empresas y los hogares se sanean devolviendo préstamos y reduciendo costes. Esto es más fácil si tienes más renta disponible, con lo cual, es importante que los impuestos no suban y, en todo caso, que bajen. Al igual que en los particulares, también es imprescindible la austeridad del sector público. Durante la Gran Depresión se actuó de forma contraria. Roosevelt hizo más rígido el mercado laboral, incrementó los salarios por decreto, subió los impuestos y, además, reforzó el papel de Estado en todos los ámbitos. Eso es lo que hizo a la depresión de los años veinte grande.

Muchas veces, es el sector privado es el que exige la intervención del Estado.

El empresario en España está acostumbrado a una economía maniaco-depresiva, que vive entre la burbuja y la crisis. La recuperación para ser sostenible tiene que ser fría, sin crecimientos acelerados. Por primera vez en la historia, España no puede reaccionar a una recesión engañando a los ciudadanos, mediante una devaluación de la moneda. Esta crisis ha dejado en evidencia que los problemas son reales y no queda más remedio que afrontarlos.

Es necesario un ejército de empresarios que detecten los errores. Después, hay que reducir costes, reestructurar las compañías y matarse por mejorar la calidad de los productos.