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jueves, 20 de julio de 2017

El fantasma de la economía moderna

El fantasma de la economía moderna

La economía 'mainstream' trata a las personas como autómatas similares a los internos que dan vueltas: todos se comportan de forma homogénea, metódica y 'racional'


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Seguramente han visto la película de 1978 'El expreso de medianoche'. Dirigida por Alan Parker y con guion adaptado por Oliver Stone del libro homónimo, relata el drama vivido por Billy Hayes —Brad Davis— en una cárcel turca tras ser condenado por tráfico de drogas. En una de sus escenas más angustiosas, Billy es trasladado al ala psiquiátrica y allí encuentra que los internos pasan el día dando vueltas alrededor de una columna, siempre en la misma dirección. Un día, tras ver a su novia, Billy decide caminar en sentido contrario, enfrentándose a la resistencia de la mayoría, que trata de persuadirle con aspavientos para que deje de ir a contracorriente. Pues bien, algo similar ocurre con la economía, dominada por una corriente mayoritaria de académicos que camina en círculos en torno a supuestos que en nada reflejan la realidad.


En gran medida, la motivación por la economía como disciplina científica nace del deseo de explicar fenómenos como el crecimiento económico, el paro, los ciclos económicos o las crisis financieras. Sin embargo, el modelo teórico dominante excluye muchos de los aspectos de la economía que son causantes de las crisis y del carácter cíclico de las mismas, ya que la visión sostenida por el 'mainstream' es que las economías son inherentemente estables —en una situación de equilibrio que nadie conoce—, y es únicamente por causas externas —sean manchas solares, 'animal spirits', fluctuaciones entre la codicia y la aversión al riesgo, o 'shocks' tecnológicos— que se salen de su estado natural de equilibrio. De ahí que la actual crisis sorprendiera a la mayoría de la profesión y que, para la salida de la misma, se estén dando tantos palos de ciego en forma de políticas de tipos negativos, 'quantitative easing', etc.


Y es curioso, porque la civilización moderna lleva unas cuantas crisis y ciclos de auge y depresión a sus espaldas para que la ciencia económica en su conjunto —exceptuando honrosas excepciones, como la escuela austriaca iniciada con Menger y continuada por sus discípulos Böhm-Bawerk, Mises o Hayek— ignore sistemáticamente la naturaleza intrínsecamente cíclica —que no matemáticamente regular— del actual sistema económico, caracterizado por la creación artificial de dinero, la concesión de crédito sin ahorro previo, la planificación centralizada de los tipos de interés y manipulación del sistema financiero por los poderes públicos.


En ese mundo quimérico, cada uno de nosotros únicamente trabaja para producir un bien y, por supuesto, no existen bancos ni sistema financiero


En la misma escena de la película referida, uno de los reclusos, llamado Ahmet —interpretado por Peter Jeffrey— se acerca al joven Billy y trata de entablar conversación, asegurando con marcado acento británico haber estudiado en Harvard y Viena, aunque su 'alma mater' sea Oxford. Le explica que todas las personas proceden de una fábrica y que esta a veces produce máquinas defectuosas, que son apartadas y enviadas a aquel lugar. Las máquinas averiadas no saben que son defectuosas, pero los dueños de la fábrica sí que lo saben y por eso las retiran de la circulación. Pues bien, la economía 'mainstream' trata a las personas como autómatas similares a los internos que dan vueltas: todos se comportan de forma homogénea, metódica y 'racional' —siendo lo racional, en ese entorno particular, seguir la corriente—.


Exactamente igual que ese ser fantasmagórico, el 'Homo oeconomicus', que los economistas emplean en sus modelos como agente representativo. Para ellos, ustedes y un servidor somos representados por una especie de autómata que comienza su vida productiva con un mapa claro y definido de todas las decisiones de consumo e inversión que han de planteársele en el futuro, con conocimiento exhaustivo de todos los posibles cursos de acción y sus consecuencias, así como los riesgos a los que se enfrenta y sus probabilidades matemáticas. En ese mundo quimérico, cada uno de nosotros únicamente trabaja para producir un bien y, por supuesto, no existen bancos ni sistema financiero. Un mundo que, convendrán conmigo, se parece más al pabellón psiquiátrico de la cárcel turca del filme que al mundo real.


La teoría económica dominante parte de supuestos que hacen que las depresiones sean inexplicables al ser incompatibles con las premisas asumidas


La teoría económica que domina en los despachos de las facultades, de las editoriales científicas y de los bancos centrales y organismos internacionales como el FMI, parte de supuestos que no solo no explican la gestación y proliferación de las crisis, sino que hacen que las depresiones sean inexplicables al ser incompatibles con las premisas asumidas en sus modelos. Por ejemplo, para el Nobel Robert Lucas, factótum del 'mainstream' y uno de los padres de la hipótesis central de la corriente dominante —las expectativas racionales—, si un economista fuera capaz de predecir una crisis con un mes de anticipación, dicha información estaría disponible para todos al momento y, por tanto, la crisis predicha ocurriría un mes antes de lo previsto. Conclusión, es imposible diseñar modelos que predigan las crisis.


Curiosa forma de hacer ciencia aquella en la que cuando un fenómeno no entra en el modelo, simplemente se ignora con tal de no descartar la teoría. Hay una frase de Lucas (en 2003) que resume toda la arrogancia: “La macroeconomía en este sentido original ha tenido éxito: el problema central de prevención de depresiones ha sido resuelto a todos los efectos prácticos y, en realidad, se ha resuelto por muchas décadas”. El desmentido apenas tardó un lustro en llegar. Solo comparable a aquella otra rotunda afirmación de John Stuart Mill, que en 1848 clamaba que, “por fortuna, nada queda por aclarar sobre las leyes del valor; la teoría sobre el tema está completa” —ni qué decir tiene que dicha teoría, que era la del valor-trabajo, saltó por los aires poco después con la revolución marginalista—.


Y es que las causas últimas del fracaso de la ciencia económica dominante en explicar, predecir y solucionar la crisis nacen de la insistencia en la construcción de modelos absurdos que, por definición, ignoran los elementos clave que impulsan los resultados en los mercados reales. Estos modelos parten de premisas como que todos los participantes en el mercado —productores, consumidores, empresarios, trabajadores, banqueros, inversores, funcionarios, políticos, etc.— se comportan de manera homogéneamente racional en toda circunstancia de momento y lugar. Es decir, como si todos los agentes económicos fueran doctores en economía formados en Chicago, capaces de analizar con frialdad algebraica todos los cursos posibles de acción para tomar siempre la decisión más favorable.


Hay que descartar paradigmas que no representan el mundo y abordar la investigación con el arsenal analítico adecuado al examen de la acción humana


Por ejemplo, mientras los economistas ven un empleo como un simple intercambio de trabajo por dinero, sujeto a las restricciones de una función matemática y objeto de un mero problema de optimización, cualquier sociólogo o psicólogo puede ilustrarnos sobre el hecho de que trabajar está íntimamente relacionado con un sentido de propósito, de identidad y hasta de pertenencia, dimensiones psicológicas que son imposibles de modelar con ecuaciones diferenciales. Matemáticamente, es mucho más conveniente modelar un agente que se preocupa únicamente de maximizar su utilidad en función de sus preferencias individuales y sin referirse a las preferencias de los demás.


Pero los agentes que intervenimos en la economía somos seres humanos que nos enfrentamos a una realidad muy compleja, caracterizada por una infinidad de relaciones interdependientes que, además, cambian a cada momento y en que reina una incertidumbre inerradicable. Para confrontar esa realidad, nos basamos básicamente en reglas heurísticas —o reglas de descubrimiento— que, gracias a nuestra capacidad creativa, nos permiten plantearnos continuamente fines nuevos, así como descubrir los medios necesarios para lograrlos.


¿Quiere esto decir que es imposible realizar una aproximación rigurosa al estudio de la economía como disciplina científica? Todo lo contrario, es perfectamente posible, pero para ello es necesario descartar paradigmas que en nada representan el mundo real y abordar la investigación con el arsenal analítico adecuado al examen de la acción humana, que nada tiene que ver con las herramientas que el científico utiliza para entender el funcionamiento de la naturaleza. De ello hablaremos otro día.


EL AUTOR:


En su columna Monetae mutatione, Antonio España (Málaga, 1973) combina la aplicación del instrumental analítico desarrollado por la escuela austriaca de economía con su personal apreciación de los hechos económicos y monetarios que periódicamente sacuden la economía en forma de ciclos económicos. Casado y con tres hijos, Antonio España es Ingeniero de Telecomunicación por la Universidad de Málaga, MBA por el IESE y Máster en Economía de la Escuela Austriaca por la Universidad Rey Juan Carlos. Con una importante trayectoria profesional como directivo y consultor de negocio, actualmente trabaja asesorando a grandes compañías en estrategia y operaciones, aunque las opiniones y tomas de posición expresadas en este blog son exclusivamente suyas.







martes, 29 de diciembre de 2015

El misterioso caso del Partido Liberal desaparecido

Santiago Navajas

¿Sería posible un partido orgullosamente liberal? O, si no 'orgulloso', al menos que no hubiese que ocultarlo vergonzosamente a las visitas.


Casi un tercio de los españoles se define como liberal y, lo que es más importante, entre los más jóvenes es la etiqueta política favorita. Si para la generación de los mayores el debate ideológico se establece entre socialistas y conservadores, en los menores de 35 años la discusión se plantea entre ser socialista o liberal. Se podría esperar una representación parlamentaria, pequeña pero matona, que pudiese ser clave en cuestiones trascendentales. Pero aunque relevante en los medios de comunicación, con diarios como Libertad Digital o revistas como La Ilustración Liberal, en el Parlamento la voz liberal es ensordecedoramente silenciosa.
En las últimas elecciones el voto liberal se ha dirigido a Ciudadanos (The Economist mediante), al PP o, directamente, a la abstención. El partido de Albert Rivera es actualmente la opción más cercana a un mínimo común liberal, al recoger del liberalismo de derechas una aproximación económica favorable al mercado y del liberalismo de izquierda una ampliación de los derechos civiles. Sin embargo, Ciudadanos es un partido de centro en el que caben otras ideologías, fundamentalmente la socialdemócrata, reflejo de lo que en Europa se conoce como liberal-democracia. El Partido Popular, por otra parte, hace guiños en clave liberal durante las campañas electorales, de la bajada de impuestos a una mayor libertad económica, lo que atrae en cada elección a liberales adictos al voto útil, por mucho que la dura realidad de las crónicas subidas de impuestos de los populares, su intervencionismo económico y su paternalismo social desmienta una y otra vez dichas promesas.
¿Sería posible un partido orgullosamente liberal? O, si no orgulloso, al menos que no hubiese que ocultarlo vergonzosamente a las visitas. Los liberales sufren más que otras ideologías del síndrome Von Mises. En una reunión de la Sociedad Mont Pelerin, el célebre economista y filósofo austríaco se fue con cajas destempladas acusando al resto de presentes de ser todos "una banda de socialistas". Desde entonces, el esnobismo de la pureza y el sectarismo excluyente han distinguido a los liberales de todas las escuelas. Los de Austria (Hayek) no se hablan con los de Chicago (Friedman), que miran por encima del hombro a los de Cambridge (Keynes), que ni se cruzan con los de Friburgo (Eucken), que jamás se irían de vacaciones a Las Vegas (Rothbard). Sólo los marxistas, en sus diversas opciones leninistas, trotskistas, maoístas, estalinistas o, últimamente, zizekianos y chavistas, pueden competir con los liberales en cuanto a corrientes y tendencias tan fraternales como Caín y Abel.
Muchos liberales no votan. Han renunciado al liberalismo como plataforma política y viven instalados cómodamente en su torre de marfil abstencionista. Lo que es legítimo pero también claudicante. Como si la democracia y el liberalismo fuesen incompatibles. Y son las dos caras de una misma moneda: la libertad como autonomía en todas las facetas sociales, de la individual a la colectiva. El liberalismo doctrinario ha optado por la marginalidad y el utopismo como respuesta resignada al triunfo del capitalismo avanzado de bienestar. Dicho Estado de Bienestar es el gran enemigo para muchos liberales, que se niegan a gestionarlo, ya que lo consideran un dogma y un peligro. Si cayó rendido un randiano como Alan Greenspan a los cantos de sirena de la Reserva Federal es que no hay remedio, parecen pensar. Del mismo modo que en el Infierno de Dante, del Estado de Bienestar parece colgar un cartel que reza: "Oh vosotros los que entráis, abandonad toda esperanza". Algunos esperan a que quiebre para refundarlo como Estado Liberal stricto sensu. Esa es la tentación marxista de algunos liberales utópicos que esperan el Apocalipsis del Estado de Bienestar como los comunistas el Armagedón del capitalismo. Pero todos ellos van a esperar sentados, contándose batallitas decimonónicas de cuando el Estado sólo controlaba el 5% del PIB, o bien lanzándose en plan kamikaze contra el portaaviones del Estado Social de Derecho con jeremiadas librescas.
Por el contrario, se trata de implementar el Bienestar en modo liberal style, en lugar de a lo socialista o a lo conservador. Fue posible en Suecia con unos liberales pragmáticos, como relata Mauricio Rojas. Cabe dentro de una tecnología social fragmentaria: pequeñas experiencias que vayan dejando huella liberal. Efectivamente, Ciudadanos es lo más liberal que hay en España. O lo más moderado (para los que han visto la serie Borgen, es fácilmente asimilable al partido de Birgitte Nyborg). Los partidos liberales que hay en Europa no lo son mucho más que Ciudadanos, que cuenta en su ideario entre un 50 y un 60% de ideario liberal. Pero… ¿Se podría diseñar un partido que recogiese en su seno al menos un 80% de liberalismo común a todas las tendencias? Sí, desde el realismo en lugar del idealismo. Veamos cómo.
La respuesta a cómo es posible que no haya un partido liberal clásico en España se resuelve estableciendo un mínimo común denominador: los principios del gobierno limitado, la responsabilidad personal, la justicia como imparcialidad y la libre empresa. Pero teniendo en cuenta la realidad política de este planeta, así que mejor olvidar el patrón oro, la legalización sin restricciones de la compra de metralletas y otras veleidades libertarias (el Partido Libertario, que está bien organizado, no ha alcanzado los tres mil votos el 20-D).
Un método para asentar a los floridos liberales en el desierto de la realidad sería coger las cuestiones que se plantean en test políticos como el de A quién voto o Brújula electoral y responderlas desde un punto de vista liberal para ir elaborando un programa ad hoc de las circunstancias concretas en España. Por ejemplo, respecto de las cuestiones "El Estado debería intervenir lo menos posible en economía", "Para luchar contra el desempleo, las empresas deben tener más facilidades para contratar y despedir a los trabajadores", “En algunos casos, la sanidad pública debería ser gestionada por empresas privadas para asegurar unos servicios de mayor calidad y más eficientes” o “Las privatizaciones de empresas públicas son una buena manera para que el Estado se financie”, habrá un acuerdo generalizado entre los liberales en responder “de acuerdo” o “totalmente de acuerdo”. Por lo que respecta a cuestiones sociales, y aunque no estén de acuerdo desde el punto de vista de su moral particular, a las preguntas “Las corridas de toros deberían prohibirse porque constituyen maltrato animal”, “Las personas del mismo sexo deben tener el derecho de contraer matrimonio”, “La eutanasia debe ser legalizada” o “La prostitución debería ser legalizada y regulada”, el liberal “estándar” votaría “A favor” o “Muy a favor”, mientras que ante la cuestión “La legislación sobre el aborto debería ser más restrictiva” o “Para luchar contra el terrorismo, deben aceptarse restricciones de derechos y libertades civiles” apoyaría la opción de “En contra” o “Muy en contra”. En otras cuestiones, como la posibilidad de plantear referéndums más fácilmente o intervenir militarmente en Siria, no hay una respuesta liberal clara, por lo que caben distintas posiciones, pero que no debieran ser casus belli.
Sobre la base de un máximo de libertades civiles, una economía competitiva, una política fiscal restrictiva, un Estado de Bienestar eficiente, una regeneración democrática basada en la separación de poderes y la transparencia administrativa, un Estado descentralizado, un sistema educativo variado y plural, un aumento de la responsabilidad individual que conecte los derechos con los deberes y, sobre todo, una política y una economía basadas en la evidencia y la tolerancia, un partido con una agenda liberal podría reunir unos dos millones de votos, suficientes para ser decisivos gracias al puñado de escaños que se obtendrían en el Parlamento. Bastantes y bien armados conceptualmente, los liberales ya han salido del armario, pero todavía falta un núcleo irradiante de líderes mediáticos e intelectuales que saquen las siglas PL de la hibernación.

jueves, 2 de abril de 2015

Cómo los bancos crean dinero de la nada

http://www.elblogsalmon.com/


A raíz de la iniciativa de Islandia de eliminar el poder de la banca privada para crear dinero, ha surgido nuevamente el tema de la creación de dinero por parte de la banca privada sobre el cual, a la luz de los comentarios, se desconocen algunos puntos claves que intentaré despejar en este post.
En la mayoría de los textos de economía y finanzas existe la noción de que la banca es un simple intermediario entre depositantes y prestatarios. Esta noción está tan arraigada en el adn financiero y económico que se considera que el dinero es completamente neutral en la economía. Sin embargo, la realidad es muy diferente y en este post intentaremos una primera aproximación a un tema que es poco conocido pero que tiene grandes consecuencias en el desarrollos de los ciclos de auge y caída del sistema financiero.

Karl Marx dedica un importante capítulo en el tercer tomo de El Capital a El capital ficticio, como un capital (el financiero) carente de valor real, y desencadenante de las crisis del capitalismo. Schumpeter, von Mises y Keynes también hicieron hincapié en este tema para comprender la naturaleza del dinero y el papel de los bancos en el mundo de hoy. Sin embargo, este es un tema largamente silenciado pese a estar en los orígenes de todas las crisis financieras.
Hay que admitir que si bien decir que "los bancos crean dinero de la nada" resulta una exageración que puede inducir a engaño a los no iniciados, hay que apuntar que los bancos crean dinero a partir de algo. La pregunta es, ¿qué es ese algo?, y ¿que hay de malo en ello?
La respuesta es que los bancos crean dinero sobre la base de las promesas de sus prestatarios para pagar. En muchos textos de economía y finanzas se hace creer que los bancos simplemente toman el dinero de los ahorradores y lo prestan a los prestatarios. Esta es una visión bastante errónea. Incluso la Reserva Federal, en sus propias publicaciones (Modern Money Mechanics Mecánica del dinero moderno, explica el proceso de la creación de dinero:
El proceso real de creación de dinero se lleva a cabo principalmente por los bancos privados… Los pasivos de los bancos son aceptables como dinero. Estos pasivos son las cuentas de los clientes, que aumentan cuando el banco concede préstamos que se acreditan en las cuentas de los prestatarios... Este atributo exclusivo del negocio bancario fue descubierto hace muchos siglos. Comenzó con los orfebres... Fueron los primeros banqueros que inicialmente prestaban el servicio de custodia, y obtenían beneficios por almacenar en sus bóvedas el oro y las monedas de los ahorrantes. Cada vez que la gente necesitaba oro o monedas para comprar algo, canjeaba un "recibo de depósito". Con el tiempo, encontraron que era mucho más fácil utilizar directamente los recibos de depósito como medio de pago. Estos recibos eran aceptados como dinero ya que quien los tenía podía ir al banco y cambiarlos por dinero metálico... Entonces, los banqueros descubrieron que podían hacer préstamos simplemente dando sus promesas de pago, o billetes de banco, a los prestatarios. De esta manera, los bancos comenzaron a crear dinero.

Operatoria de la creación de dinero

Los bancos tienen dos funciones principales. Actúan como depositarios en la reasignación de fondos de los ahorradores a los prestatarios y en la emisión de préstamos que monetizan las promesas de sus prestatarios. En este punto, la banca puede crear dinero de buena fe, cuando presta en base a depósitos existentes, y de mala fé, cuando lo hace sobre depósitos inexistentes. En la siguiente tabla vemos el detalle de un depósito de 100 euros en un banco que mantiene una tasa de reservas del 10 por ciento. El banco puede prestar 90 euros, y ese nuevo depósito de 90 euros da curso a nueva reserva de 9 euros y nuevo préstamo de 81 euros. Al final de la cadena y cuando la suma de reservas alcanza los 100 euros iniciales, la banca ha creado 900 euros. De esta forma, si la tasa de reservas es de 10 por ciento, la banca multiplica por 10 el depósito inicial convirtiéndolos en 1000 euros. El multiplicador monetario (m) es el inverso de las reservas bancarias (r): m=1/r

Esto es lo que se conoce como la Expansión Monetaria, y que tuvo gran protagonismo en la incubación de la crisis que estalló el año 2008. Como gran parte de la banca no tiene exigencias de mantención de reservas, los bancos pueden manejar a su arbitrio la creación de dinero. Consta que Citibank y Goldman Sachs mantenían reservas menores al 1 por ciento de los depósitos. Un depósito de 1 millón de dólares se convertía, a través del multiplicador monetario, en 100 millones de dólares. En la siguiente gráfica vemos la expansión monetaria ante diferentes tipos de reserva. La tasa de reservas del 10 por ciento resulta la más conservadora, la tasa del 1 por ciento es la más expansiva.

Uno de los mecanismos más empleados en la creación de dinero lo constituyen las inversiones inmobiliarias. El auge inmobiliario deviene justamente de la artificiosa creación de dinero por parte de la banca. Cada préstamo de 100 mil euros por parte de la banca, impulsa la expansión del ciclo económico y cuando se convierte en pandemia desata una burbuja que se acelera hasta que estalla por su propia insostenibilidad.
Cuando esto ocurre es porque los bancos no han prestado de buena fe y porque se han excedido en sus atribuciones de otorgar préstamos. Por otra parte, en los períodos de auge, surge la insana competencia de prestar dinero a personas que no tienen ninguna posibilidad de devolverlo. Es el caso de Fannie Mae y Freddie Mac en Estados Unidos, y de las “Cajas” españolas. No debe extrañar, entonces, el encumbramiento de la tasa de impagos o morosidad que en el caso español batió récords históricos. A continuación una gráfica sobre la morosidad en España a noviembre de 2012:
La creación de dinero sobre la base de los préstamos que devengan interés ha sido uno de los imperativos del crecimiento en el actual modelo económico basado en la deuda. Pero como los préstamos excedieron la buena fe y los principios básicos de la sostenibilidad del capitalismo, tenemos la larga crisis que entra en su séptimo año. Si queremos lograr una sociedad sostenible y asegurar la supervivencia de la civilización, hay que reformular la importancia del dinero y reinventar un sistema financiero sin excesos y abusos.

viernes, 13 de febrero de 2015

LOS DUEÑOS DEL CAPITAL

JUAN JOSÉ TORIBIO
Pocos serán los lectores que, a estas alturas, no hayan oído hablar del libro de Thomas Piketty «Capital, en el siglo XXI», aunque serán muchos menos quienes se hayan aventurado a leer sus casi setecientas páginas. Como idea básica, el libro defiende que, a largo plazo, las desigualdades económicas han de tender a gravarse, puesto que, en los países que el texto considera y en la mayoría de sus períodos históricos, la rentabilidad del capital parece haber superado a la tasa de crecimiento del producto nacional. Si ello fuera generalizable en el tiempo y en el espacio, los dueños del capital obtendrían permanentemente una renta superior a la del conjunto de los agentes económicos, ocasionando así profundas desigualdades sociales. Para evitarlas, Piketty propugna, entre otras medidas, el establecimiento de un impuesto progresivo sobre el capital, una sugerencia que ha encontrado eco inmediato en el ala izquierda del espectro político.
El libro está más centrado en la historia que en el análisis económico, y destaca más por la profusión de datos y estadísticas que por la solidez conceptual de sus argumentos o la validez de sus conclusiones. Aunque no sería razonable despachar la crítica a tan voluminoso trabajo en los límites de un breve artículo periodístico, sí cabe aportar algunas consideraciones de carácter reflexivo, aunque solo sea para animar el debate social y económico.
La primera y principal de tales consideraciones es que no debe confundirse la distribución funcional de la renta (la que se da entre capital y trabajo, como factores de producción) con la distribución personal, que se refiere a la observada entre individuos de un ámbito geográfico determinado. Aunque aceptáramos que la rentabilidad del capital físico fuera siempre superior a la del capital humano (es solo una hipótesis), no resultaría fácil traducir ese desequilibrio entre factores a los simples términos de la desigualdad entre personas.
En la iconografía populista, cuando de personas se trata, los dueños del capital son siempre individuos obesos, de cintura prominente, con sombrero de copa, chaqué y un habano en los labios, a los que bien vale la pena gravar fiscalmente. Los perceptores de rentas del trabajo responden, por el contrario, a la triste imagen decimonónica del proletario subalimentado, con boina y alpargatas. Pero en el siglo XXI las cosas no son necesariamente así, o vienen fuertemente matizadas por otros elementos que dejan obsoleto tal populismo, aunque continúe habiendo ricos y pobres.
¿Quién ostenta hoy la propiedad del capital? Cualquier analista de los mercados financieros sabe que, más allá de algunos nombres sobradamente conocidos, el gran capital corresponde al llamado «ahorro institucional» y, dentro de esa denominación genérica, a tres tipos de entidades: los fondos soberanos, los fondos de pensiones y los fondos de inversión (abiertos), a los que cabría quizá añadir las grandes aseguradoras. Examinemos cada una de tales instituciones, en orden inverso a su importancia cuantitativa.
1. Según datos del «Sovereign Fund Institute», disponibles en internet, cuatro fondos de inversión del Gobierno chino (CIC, SAFE, NCSSF y CADF) poseen y gestionan activos superiores al billón y medio de euros, es decir, cincuenta por ciento más que el PIB español. Por su parte, los fondos soberanos de Emiratos Árabes Unidos manejan activos superiores al billón de euros, cifra que alcanzan también los del Estado noruego y los de Arabia Saudí, a los que siguen fondos soberanos de Singapur, Kuwait, Hong Kong y Canadá. En total, más de siete billones de euros (doce veces los activos del propio Fondo Monetario Internacional) son administrados por los diez primeros fondos soberanos del mundo. ¿A quién de esos grandes «propietarios del capital» desean gravar Picketty y sus seguidores con un impuesto patrimonial? ¿Al Estado chino, al noruego o al saudí?
2. Pero tampoco son ellos los mayores dueños del capital. En todo el mundo, los fondos de pensiones controlan activos superiores a veinticinco billones de euros, y si añadimos planes de pensiones la cifra asciende a más de cuarenta billones solo en la OCDE. Los principales fondos de pensiones (con activos de quince billones de dólares) se encuentran en los Estados Unidos, pero, en proporción al PIB, resultan superiores los de países europeos, como Holanda, Reino Unido, Suiza e Islandia. Aunque en España son menos importantes, manejan cifras equivalentes al diez por ciento de la renta nacional.
¿Y quiénes son los dueños últimos de esos fondos de pensiones, tan intensivos en capital? No sus gestores, ni mucho menos los sujetos del habano y la chistera, sino los trabajadores del mundo, jubilados o en expectativa de jubilación, un escenario que no pudieron soñar ni los más devotos sindicalistas del siglo XIX. A modo de anécdota, me permito recordar cómo hace unos años, en la junta general de accionistas de Nestlé, celebrada en Vevey (Suiza), y a la que tuve ocasión de asistir, un trabajador jubilado blandía airadamente su bastón hacia ecologistas cuyas actividades ponían en riesgo el valor de la acción, al grito de «¡están Vds jugando con mi pensión y eso no se lo tolero!». ¿Desean Picketty y los suyos gravar fiscalmente aquellos activos de capital de los que dependen las pensiones de tantos trabajadores del mundo, incluido mi personaje de Nestlé? Quizá no se lo toleren.
3. Quedarían, por último, los llamados fondos mutuos ( openend), con activos próximos a los veinticinco billones de euros, es decir, muy superiores a todos los anteriores, y que no son precisamente la inversión favorita de las grandes fortunas, sino el refugio inversor de las amplias clases medias del mundo, que no disponen de recursos, tiempo y conocimientos para crear su propia cartera inversora. ¿También al pequeño y mediano ahorro hemos de gravar con impuestos patrimoniales? ¿En nombre de qué pretendido principio de justicia social?
Gobiernos, trabajadores, clases medias: he ahí una representación actual y mayoritaria de los dueños del capital. Es hora, por tanto, de que echemos por la borda conceptos decimonónicos, que solo llevan a antiguas recetas fracasadas, y nos asomemos con mentalidad abierta a las complejas realidades económicas del siglo XXI.
En este nuevo contexto, lo importante no consiste en idear mecanismos de ingeniería social distributiva, sino en intensificar la lucha contra la miseria, que no siempre es lo mismo. El problema del mundo –por ponerlo en otros términos– no reside en la desigualdad, sino en la pobreza, y en este terreno se han obtenido éxitos importantes, pues durante los últimos veinticinco años la economía de mercado ha permitido que setecientos millones de personas abandonaran la exclusión social, según datos de Naciones Unidas en su Informe 2014 sobre los Objetivos del Milenio. El reto es perseverar en esa tarea, para la que no sirve de mucha ayuda el retorno a viejos conceptos y viejos errores.

domingo, 30 de noviembre de 2014




El mito de Adam Smith

23 Enero, 2012

Adam Smith (1723-1790) es un misterio en un rompecabezas, envuelto en un enigma. El misterio es la enorme diferencia sin precedentes entre la reputación exaltada de Smith y la realidad de su dudosa contribución al pensamiento económico.
La reputación de Smith casi ciega al sol. Desde poco después de su tiempo hasta muy recientemente se le ha considerado como al que creó prácticamente de la nada la ciencia económica. Ha sido considerado universalmente como el Padre Fundador. Los libros de la historia del pensamiento económico, después de unos poco desprecios bien merecidos a los mercantilistas y un vistazo a los fisiócratas, empiezan invariablemente con Smith como creador de la disciplina de la economía. Cualquier error que cometiera era comprensiblemente excusable como fallo inevitable de cualquier gran pionero.
Se han escrito innumerables textos sobre él. En el bicentenario de su obra magna, Una investigación de la naturaleza y causas de la riqueza de las naciones (1776), hubo una verdadera inundación de libros, ensayos y recuerdos sobre el tranquilo profesor escocés. Su perfil esculpido en un medallón por Tassie es conocido en todo el mundo. Incluso se hizo una película hagiográfica durante su bicentenario por parte de una fundación de libre mercado, y empresarios y defensores del libre mercado han considerado a Adam Smith desde hace tiempo como su santo patrón.
Las ‘corbatas Adam Smith’ se llevaban como una insignia de honor en los escalones superiores de la Administración Reagan.
Por otro lado, los marxistas, con algo más de justicia, consideran a Smith como la fuente original de inspiración de su propio Padre Fundador, Karl Marx. De hecho si se le pregunta al ciudadano medio el nombre de dos economistas en la historia de los que haya oído hablar, Smith y Marx probablemente serían los vencedores destacados de la encuesta.
Como ya hemos visto, Smith apenas fue el fundador de la ciencia económica, que existía desde los escolásticos medievales y, en su forma moderna, desde Richard Cantillon. Pero lo que los economistas alemanes solían llamar, en una relación más estrecha, Das AdamSmithProblem,[1] es mucho más grave que eso. Pues el problema no es simplemente que Adam Smith no fuera el fundador de la economía.
El problema es que no generó nada que fuera verdad y que todo lo que generó era erróneo, que, incluso en una época en que había menos citas y notas a pie de página, Adam Smith era un desvergonzado plagiario, admitiendo poco o nada y robando grandes porciones, por ejemplo, a Cantillon. Mucho peor fue el completo olvido de Smith de citar o reconocer a su amado mentor Francis Hutcheson, del que recibió la mayoría de sus ideas, así como la organización de sus lecciones de economía y filosofía moral. De hecho Smith escribió en una carta privada a la Universidad de Glasgow sobre el ‘eternamente inolvidable Dr. Hutcheson’, pero aparentemente la amnesia golpeó convenientemente a Adam Smith cuando llegó el momento de escribir La riqueza de las naciones para el público general.[2]
Aunque era un empedernido plagiario, Smith tenía un complejo de Colón, acusando incorrectamente a sus amigos cercanos de plagiarle a él. Y a pesar de ser un plagiario, plagiaba mal, añadiendo nuevas falacias a las verdades que había empleado. Al censurar a Adam Smith por sus errores, por tanto, no estamos siendo anacrónicos, castigando absurdamente a pensadores pretéritos por no ser tan inteligentes como los que vinieron después. Pues Smith no sólo no contribuyó en nada de valor al pensamiento económico: su economía fue un grave deterioro respecto de sus predecesores: de Cantillon, de Turgot, de su maestro Hutcheson, de los escolásticos españoles, incluso extrañamente de sus propias obras anteriores, como las Lecciones sobre Jurisprudencia (inédita, 1762-63, 1766) y la Teoría de los sentimientos morales (1759).
Por tanto, el misterio de Adam Smith es la inmensa distancia entre una reputación monstruosamente inflada y la triste realidad. Pero el problema es peor, pues no es sólo que La riqueza de las naciones de Smith haya tenido una reputación terriblemente desmesurada desde su tiempo hasta el nuestro. El problema es que La riqueza de las naciones ha sido capaz de cegar de alguna forma a todos los hombres, economistas y legos, el mismo conocimiento de que otros economistas, no digamos los mejores, han existido y escrito antes de 1776. La riqueza de las naciones ha ejercido un impacto tan colosal en el mundo que se ha borrado todo el conocimiento de los economistas anteriores, de ahí la reputación de Smith como Padre Fundador. El problema histórico es éste: ¿cómo pudo haberse producido este fenómeno con un libro tan poco original, tan profundamente defectuoso, tan menos digno de aprecio que sus predecesores?
La respuesta no es sin duda la lucidez o la claridad de estilo o pensamiento. Pues la muy reverenciada La riqueza de las naciones es un tomo enorme, disperso, incompleto y confuso, lleno de vaguedades, ambigüedades y profundas contradicciones internas. Por supuesto, en la historia del pensamiento económico, tiene una ventaja que una obra sea enorme, dispersa, ambivalente y confusa. Hay una ventaja sociológica en la vaguedad y la oscuridad. El desconcertado smithiano alemán Christian J. Kraus, se refirió una vez a La riqueza de las naciones como la ‘Biblia’ de la economía política. En cierto sentido, el Profesor Kraus tenía más razón de la que creía. Porque en un sentido La riqueza de las naciones es como la Biblia: es posible dar interpretaciones variadas y contradictorias a distintas (o incluso las mismas) partes del libro. Además, la misma vaguedad y oscuridad de una obra puede ofrecer campo de búsqueda feliz para intelectuales, estudiantes y seguidores. Abrirse paso en un camino oscuro y difícil, tejer hilos apenas percibidos en el libro dentro de un patrón coherente, es una tarea agradable para los intelectuales. Y un libro así también incluye un bienvenido proceso de exclusión, de forma que sólo un número relativamente pequeño de adeptos pueda disfrutar de su conocimiento sobre una obra o un sistema de pensamiento. De esa forma aumentan su prestigio e ingresos y dejan atrás a otros admiradores para que formen una sección de animadores de los discípulos principales del Maestro.
Adam Smith no fundó la ciencia de la economía, pero sí que creó el paradigma de la escuela británica clásica y es a menudo útil al creador de un paradigma el ser incompleto y confuso, dejando así espacio a los discípulos que intentarán clarificar y sistematizar las contribuciones del Maestro. Hasta la década de 1950, los economistas, al menos los de la tradición angloamericana, reverenciaban a Smith como fundador y consideraban al posterior desarrollo de la economía como un movimiento ascendente directo hacia la luz, sucediendo a Smith, Ricardo y Mill y luego, después de un poco de distracción creada por los austriacos en la década de 1870, Alfred Marshall que establecería la economía neoclásica como una disciplina neo-ricardiana, y por tanto neo-smithiana. En cierto sentido, John Maynard Keynes, alumno de Marshall en Cambridge, pensaba que sólo estaba rellenando los huecos de la herencia de Ricardo y Marshall.
Dentro de esta miasma complaciente de adoración a Smith, la Historia del análisis económico, de Joseph A. Schumpeter apareció como un verdadero éxito de ventas. Procedente de las tradiciones continentales walrasiana y austriaca, en lugar del clasicismo británico, Schumpeter fue capaz, prácticamente por primera vez, de dar una visión fría y realista del famoso escocés. Escribiendo con desdén tenuemente velado, Schumpeter en general denigraba la obra de Smith, y sostenía esencialmente que éste había desviado a la economía hacia un camino equivocado, un camino desafortunadamente distinto del de sus antepasados continentales. [3]
Desde Schumpeter, los historiadores del pensamiento económico se han retirado bastante a una posición de repliegue. Smith, se concede, no creó nada, pero fue el gran sintetizador y sistematizador, el primero en juntar todos los hilos de sus predecesores y entretejerlos en un marco coherente y sistemático. Pero la obra de Smith era todo lo contrario de coherente y sistemática, y Ricardo y Say, sus dos discípulos principales, se dedicaron por separado a la tarea de forjar ese sistema coherente a partir del embrollo smithiano. Y además, aunque es verdad que los escritos pre-smithianos eran incisivos pero escasos (Turgot) o estaban incluidos en la filosofía moral (Hutcheson), también es cierto que hubo dos tratados generales de economía antes de La riqueza de las naciones. Uno fueron los grandes Ensayos de Cantillon, quien, después de Smith, cayó en un ominoso olvido, para ser rescatado un siglo después por Jevons; el otro, y el primer libro que usó la economía política en su título, fue la anticuada obra en dos volúmenes de Sir James Steuart (1712-1780), Principios de Economía Política (1767). Steuart, un jacobita que se había implicado en la rebelión del Buen Príncipe Carlos, fue durante buena parte de su vida un exiliado en Alemania, donde se vio influido por la metodología y los ideales del ‘cameralismo’ alemán. El cameralismo era una forma virulenta de mercantilismo absolutista que floreció en Alemania en los siglos XVII y XVIII. Los cameralistas, aún menos que los mercantilistas de Europa occidental, no eran economistas en absoluto, es decir, no analizaban los procesos del mercado, sino que eran asesores técnicos sobre cómo y de qué manera imponer el poder el estado sobre la economía. Los Principios de Steuart iban en esa línea de escasa economía y más bien hacia una reclamación de una intervención masiva del gobierno y una planificación totalitaria, desde una regulación detallada del comercio a un sistema de cárteles obligatorios y a una política monetaria inflacionista. Su única ‘contribución’ fue refinar y expandir ideas previamente dispersas y efímeras de una teoría del valor trabajo y elaborar una teoría protomarxista del conflicto de clases inherente en la sociedad. Además, Steuart había escrito un tomo ultramercantilista justo en el momento en que estaba apareciendo y haciéndose dominante el pensamiento liberal clásico y librecambista, al menos en Gran Bretaña y Francia.
A pesar de que los Principios de Steuart estaban desfasados con la emergencia del Zeitgeist liberal clásico, no debe concluirse que la obra tuviera poca o ninguna influencia. El libro fue bien recibido, altamente respetado y se vendió muy bien, y cinco años después de su publicación, en 1772, Steuart se impuso a Adam Smith en obtener un puesto como consultor monetario en la Compañía de las Indias Orientales.
Una razón por la que la opinión de Schumpeter sobre Smith sorprendió a la profesión económica es que los historiadores del pensamiento económico, al igual que los historiadores de otras disciplinas, han tratado habitualmente el desarrollo de la ciencia como una marcha lineal y ascendente hacia la verdad. Cada científico pacientemente formula, prueba y descarta hipótesis y de este modo cada uno que tiene éxito se mantiene a hombros del que vino detrás. Lo que podría llamarse esta ‘Teoría whig de la historia de la ciencia’ se ha visto hoy descartada en buena medida por la mucho más realista teoría de Kuhn de los paradigmas. Para nuestros propósitos, lo importante de la teoría de Kuhn es que muy poca gente prueba pacientemente algo, particularmente los supuestos fundamentales o ‘paradigma’ básico de su teoría y que los cambios en los paradigmas pueden producirse incluso si la nueva teoría es peor que la vieja. En resumen, el conocimiento puede perderse y se pierde, igual que se puede ganar y se gana, y la ciencia a menudo se mueve en zig-zag en lugar de en forma lineal. Podríamos añadir que esto sería particularmente cierto en las ciencias sociales y humanas. En consecuencia, se pierden paradigmas y verdades básicas y los economistas (así como los miembros de otras disciplinas) pueden empeorar, y no mejorar, con el tiempo. Con los años, bien puede llegarse a un retroceso, así como a un progreso. Schumpeter había lanzado una bomba en el templo de los historiadores whig del pensamiento económico, en concreto de los partidarios de la tradición de Smith-Ricardo-Marshall.[4]
Así que planteamos nuestra propia versión del Das AdamSmithProblem: ¿cómo pudo convertirse una obra tan defectuosa como La riqueza de las naciones en tan dominante como para tapar todas las alternativas? Pero antes de considerar esta cuestión, debemos examinar los distintos aspectos del pensamiento de Smith con más detalle.

La vida de Smith

Adam Smith nació en 1723 en el pequeño pueblo de Kirkcaldy, cerca de Edimburgo. Su padre, también llamado Adam Smith (1679-1723), que había muerto poco antes de que él naciera, era un distinguido abogado judicial en Escocia y posteriormente controlador de aduanas en Kirkcaldy, que se había casado con una mujer de una familia terrateniente adinerada local. Por tanto, el joven Smith fue criado por su madre. El pueblo de Kirkcaldy era militantemente presbiteriano y en la Burgh School del pueblo conoció a muchos jóvenes presbiterianos escoceses, uno de los cuales, John Drysdale, iba a ser por dos veces moderador de la asamblea general de la Iglesia de Escocia.
De hecho, Smith provenía de una familia de funcionarios de aduanas. Además de su padre, su primo Hercules Scott Smith trabajó como recaudador de aduanas en Kirkcaldy, y su tutor, también llamado Adam Smith, iba a ser recaudador de aduanas en Kirkcaldy y asimismo inspector de aduanas para los puertos escoceses. Finalmente, otro primo más llamado Adam Smith sirvió más tarde como recaudador de aduanas en Alloa.
De 1737 a 1740, Adam Smith estudió en el Glasgow College, donde cayó bajo el influjo de Francis Hutcheson y se imbuyó de la excitación de las ideas del liberalismo clásico, la ley natural y la economía política. En 1740, Smith obtuvo la licenciatura en humanidades con distinción especial en la Universidad de Glasgow. Su madre había bautizado a Adam en la fe episcopaliana y deseaba que su hijo se convirtiera en ministro episcopaliano. Smith fue enviado al Balliol College, en Oxford, a unos cursos destinados a formar futuros clérigos episcopalianos, pero fue infeliz en la horrible instrucción del Oxford de su tiempo y regresó después de seis años, con 23 años, sin haber recibido las santas órdenes. A pesar de su bautismo y de la presión de su madre, Smith siguió siendo un ardiente presbiteriano y tras volver a Edimburgo en 1746, permaneció desempleado durante dos años.
Finalmente, en 1748, Henry Home, Lord Kames, juez y líder de la liberal Ilustración Escocesa y primo de David Hume decidió promover una serie de lecciones públicas en Edimburgo para educar a los jueces. Junto con el amigo de la infancia de Smith, James Oswald de Dunnikier, Kames hizo que la Sociedad Filosófica de Edimburgo patrocinara a Smith durante varios años de lecciones sobre ley natural, literatura, libertad y libre comercio. En 1750, Adam Smith obtuvo la cátedra de lógica en su alma mater, la Universidad de Glasgow y no tuvo ningún problema con el requisito de aceptar la Confesión de Fe de Westminster ante el Presbiterio de Glasgow. Por fin, en 1752, Smith tuvo la satisfacción de ascender a la cátedra de filosofía moral de su querido maestro Hatcheson en Glasgow, donde permaneció durante 12 años.
Las clases de Smith en Edimburgo y Glasgow eran muy populares y su mayor énfasis se daba en el ‘sistema de libertad natural’, en el sistema de ley natural y laissez faire que entonces defendía con muchas menos reservas que más tarde en su más cauteloso La riqueza de las naciones. También se las arregló para convertir a muchos de los principales comerciantes de Glasgow a este excitante nuevo credo. Smith también ingresó en las asociaciones sociales y educativas que empezaban a formarse por parte del clero presbiteriano moderado, profesores universitarios, eruditos y abogados, tanto en Glasgow como en Edimburgo. Es probable que David Hume asistiera a las clases de Smith en Edimburgo en 1752, pues se hicieron grandes amigos poco después.
Smith fue miembro fundador de la Sociedad Literaria de Glasgow al año siguiente: la sociedad organizaba discusiones y debates de alto nivel y se reunía puntualmente cada jueves por la tarde de noviembre a mayo. Tanto Hume como Smith eran miembros, y en una de las primeras sesiones, Smith leyó un comentario de algunos de los Discursos Políticos de Hume, recientemente impresos. Extrañamente, ambos amigos, claramente los miembros más brillantes de la Sociedad, eran extraordinariamente reservados y nunca dijeron ni una palabra en ninguna de las discusiones.
A pesar de su reserva, Smith era un miembro de clubs ocupado y empedernido, convirtiéndose en un miembro importante de la Sociedad Filosófica de Edimburgo y de la Sociedad Selecta (Edimburgo), que florecieron en la década de 1750 y se reunían semanalmente, reuniendo a la élite moderada de poder con el clero, la gente de la universidad y la profesión legal. Smith fue también un miembro activo del Club de Economía Política de Glasgow, el Oyster Club (Edimburgo), el Club Simson de Glasgow y el Poker Club (Edimburgo), fundado por su amigo Adam Ferguson, profesor de filosofía moral en la Universidad de Edimburgo, específicamente para promover el ‘espíritu marcial’. Por si fuera poco, Adam Smith fue uno de los principales contribuidores y editores del frustrado Edinburgh Review (1755-1756), dedicado principalmente a la defensa de sus amigos Hume y Kames frente al clero calvinista evangélico radical de Escocia. El Edinburgh Review fue fundado por el brillante joven abogado, Alexander Wedderburn (1733-1805), que iba a ser juez, miembro del Parlamento en Inglaterra y finalmente Lord Canciller (1793-1801). Wedderburn era tan libertino como para defender la legalización de los burdeles. Otras luminarias del Edinburgh Review fueron importantes líderes moderados: el político John Jardine (1715-1760), cuya hija se casó con el hijo de Lord Kames, el poderoso Rev. William Robertson y el Rev. Hugh Blair (1718-1800), profesor de retórica en la Universidad de Edimburgo.
La intensidad del presbiterianismo, aunque no fundamentalista, de Adam Smith puede verse en su relación con Hugh Blair. Blair, ministro de High Kirk, Geryfriars, estaba en continuo conflicto con el clero calvinista ortodoxo, que le denunciaba repetidamente en los Presbiterios de Glasgow y Edimburgo. En La riqueza de las naciones, Adam Smith incluyó el siguiente encomio al clero presbiteriano: ‘Tal vez haya en Europa muy pocos grupos de hombres más eruditos, decentes, independientes y respetables que la mayor parte de los clérigos presbiterianos de Holanda, Ginebra, Suiza y Escocia’. A lo que su viejo amigo Blair, aun siendo un importante aunque atacado clérigo presbiteriano, comentó en una carta a Smith: ‘Pienso que eres demasiado favorable al Presbiterio’.
Después de que Smith publicara su filosofía moral en su Teoría de los sentimientos morales (1759), su creciente fama le hizo ganar un lucrativo puesto en 1764 como tutor de joven duque de Buccleuch. Durante tres años de tutoría con el joven duque en Francia, Smith obtuvo un salario anual vitalicio de 300₤, dos veces su salario anual en Glasgow. Durante tres agradables años en Francia conoció la obra de Turgot y los fisiócratas. Una vez terminadas sus tareas tutoriales, Smith regresó a su pueblo natal de Kirkcaldy, donde, una vez asegurado su estipendio vitalicio, trabajó durante diez años para completar La riqueza de las naciones, que había empezado al principio de su estancia en Francia: la fama de La riqueza de las naciones hizo que su orgulloso antiguo pupilo, el Duque de Buccleuch, le ayudara a conseguir en 1778 el bien pagado cargo de comisionado de aduanas escocesas en Edimburgo. Con una paga de 600₤ anuales de su puesto en el gobierno, que mantuvo hasta el día de su muerte en 1790, añadido a su bonita pensión vitalicia, Adam Smith ganaba cerca de 1.000₤ anuales, el ‘ingreso de un príncipe’ como lo ha descrito uno de sus biógrafos. Incluso el propio Smith escribió en este periodo que era ‘tan rico como podía desear’. Sólo se lamentaba porque tenía que atender su puesto en las aduanas, lo que le quitaba tiempo para sus ‘empeños literarios’.
Y aun así sus quejas eran poco pronunciadas: al contrario que la mayoría de los historiadores, que han tratado el puesto en las aduanas de Smith embarazosamente como prácticamente una sinecura a la que no tenía que asistir en premio a sus logros intelectuales, la reciente investigación ha demostrado que Smith trabajaba la jornada completa en su puesto, a menudo presidiendo las reuniones diarias del consejo de comisionados de aduanas. Además, Smith consideró altamente el nombramiento y aparentemente encontró el puesto divertido y relajante. Es verdad que Smith empleó poco tiempo o energía en el estudio y la escritura después de su nombramiento, pero había hojas de ausencias disponibles sobre las que Smith mostró poco interés en obtener. Además, el fundamento de la búsqueda del puesto por Smith no era tanto por sus logros intelectuales como una recompensa por su ayuda como consejero sobre impuestos y presupuestos al gobierno británico desde mediados de la década de 1760.[5]

La división del trabajo

Es apropiado empezar una explicación de La riqueza de las naciones de Smith con la división del trabajo, pues el propio Smith empieza aquí y porque para él esta división tenía una importancia crucial y decisiva. Su maestro Hutcheson también había analizado la importancia de la división del trabajo en la economía en desarrollo, como hicieron Hume, Turgot, Mendeville, James Harris y otros economistas- Pero para Smith la división del trabajo tenía una importancia descomunal, oscureciendo materias tan importantes como la acumulación de capital y el crecimiento del conocimiento tecnológico. Como apuntaba Schumpeter, ningún economista anterior o posterior hizo que la división del trabajo asumiera una posición directora de tanta importancia.
Pero hay más problemas en la división del trabajo de Smith que su exageración de su importancia. La percepción más antigua y más cierta del motivo motor de la especialización y el intercambio era simplemente que cada parte de un intercambio (que tiene necesariamente dos partes y dos productos) se beneficia (o al menos espera beneficiarse) del intercambio: en caso contrario el intercambio no tendría lugar. Pero desgraciadamente Smith traslada el foco principal del beneficio mutuo a una supuesta irracional e innata ‘propensión al trueque y el intercambio’, como si los seres humanos fueran lemmings determinados por fuerzas externas a sus propios fines elegidos. Como apuntaba Edwin Cannan, Smith adoptó este asidero porque rechazaba la idea de las diferencias innatas en talentos y capacidades naturales, que naturalmente derivarían hacia distintas ocupaciones especializadas. En su lugar, Smith adoptó la postura igualitaria-ecologista, todavía hoy dominante en la economía neoclásica, de que todos los trabajadores son iguales y por tanto las diferencias entre ellos sólo pueden ser el resultado en lugar de la causa del sistema de división del trabajo.
Además, Smith dejó de aplicar su análisis de la división del trabajo al comercio internacional, donde hubiera ofrecido una poderosa munición para sus propias políticas de libre comercio. Iba a quedar para James Mill hacer dicha aplicación en su excelente teoría de la ventaja comparativa. Además, internamente, Smith dio demasiada importancia a la división del trabajo dentro de una fábrica o industria, descuidando la más importante división del trabajo entre industrias.
Pero si Smith tenía un aprecio injustificado por la importancia de la división del trabajo, paradójicamente sembró grandes problemas para el futuro al introducir la queja sociológica moderna acerca de la especialización que fue rápidamente acogida por Karl Marx y ha sido convertida en un arte mayor por los quejosos socialistas sobre la ‘alienación’. No tiene sentido el hecho de que Smith se contradijera completamente entre el Libro I y el Libro V de La riqueza de las naciones. En el primero, sólo la división del trabajo cuenta para la riqueza de la sociedad civilizada y de hecho se iguala repetidamente con la ‘civilización’ a lo largo del libro. Y aún así, mientras que en el Libro I se alaba la división del trabajo por expandir la atención e inteligencia de la población, en el Libro V se la condena por llevar a la degeneración intelectual y moral, a la pérdida de sus ‘virtudes intelectuales, sociales y marciales’. No hay forma de que esta contradicción pueda reconciliarse.[6]
Adam Smith, a pesar de ser un plagiario de considerables dimensiones, también tenía un complejo de colón, acusando a menudo a otra gente de plagiarle injustamente. En 1755 reclamó haber inventado el concepto de laissez faire o el sistema de libertad natural, afirmando que había enseñado esos principios desde sus clases en Edimburgo en 1749. Puede ser: pero la reclamación ignora previamente esas expresiones en sus propios profesores, así como Grocio y Pufendorf, sin mencionar a Boisguilbert y los demás pensadores del laissez faire franceses de finales del siglo XVII.
En 1769, el beligerante Smith presentó una acusación de plagio contra el Director William Robertson, con ocasión de la publicación de la Historia del emperador Carlos V, de este último. No se sabe qué tipo de robo literario se suponía que era y es difícil de adivinar, considerando la distancia de la obra de Smith con el tema del libro de Robertson.
La más famosa acusación de plagio lanzada por Smith fue contra su amigo Adam Ferguson sobre la cuestión de la división del trabajo. El Profesor Hamowy ha demostrado que Smith no rompió con su viejo amigo, como se pensaba anteriormente, a causa del uso de Ferguson del concepto de la división del trabajo en su Essay on the History of Civil Society de 1767. A la vista de todos los escritores que habían empleado antes el concepto, este comportamiento habría sido ridículo, incluso para Adam Smith. Las suposiciones de Howdy de que la ruptura llegó al principio de la década de 1780, a causa de la explicación de Ferguson en su club de lo que luego se publicaría como parte de sus Principles of Moral and Political Science de 1792. Pues en los Pirnciples, Ferguson resumía el ejemplo de la factoría de alfileres que constituía el pasaje más famoso de La riqueza de las naciones. Smith había apuntado que una pequeña factoría de alfileres con diez trabajadores, cada uno especializado en un aspecto distinto del trabajo, podía producir más de 48.000 alfileres diarios, mientras que si esos diez hubieran hecho todo el alfiler por sí mismos podían no hacer ni siquiera un alfiler al día, y sin duda no más de 20. De esta forma, la división del trabajo multiplicaba enormemente la productividad de cada trabajador. En sus Principles, Ferguson escribió: ‘Una variedad adecuada de personas, de las cuales cada una no realiza más que una parte de la fabricación de un alfiler, puede producir mucho más en un plazo concreto que tal vez doblar el número, del cual cada uno produciría la totalidad o realizaría cada parte en la construcción de ese diminuto artículo’.
Cuando Smith reprendió a Ferguson por no reconocer la precedencia de aquél en el ejemplo de la fábrica de alfileres, Ferguson replicó que no había tomado nada de Smith, sino que en realidad ambos habían tomado el ejemplo de una fuente francesa ‘que había conocido Smith antes que él’. Hay una fuerte evidencia de que la ‘fuente francesa’ de ambos escritores era el artículo sobre Epingles (alfileres), en la Encyclopédie (1755), pues ese artículo menciona 18 operaciones distintas para fabricar un alfiler, el mismo número repetido por Smith en La riqueza de las naciones, aunque en las fábricas inglesas de alfileres el número operaciones más común era de 25.
Así que Smith rompió una larga amistad al acusar injustamente a Adam Ferguson de plagiarle un ejemplo que, en realidad, ambos habían tomado sin reconocerlo de la Encyclopédie francesa. El comentario del reverendo Carlyle de que Smith tenía ‘algunos pequeños celos en su carácter’ parece quedarse muy corto y su obituario en el Monthly Review de 1790 nos informa de que ‘Smith vivía en tan constante aprensión porque sus ideas le fueran robadas que, si veía a cualquiera de sus estudiantes tomar notas en sus lecciones, instantáneamente les detenía y decía ‘Odio a los garabateadores’’.[7] Aunque hay también evidencias de que Smith permitía tomar notas a los estudiantes, su temperamento malhumorado y su complejo de Colón son bien conocidos.
El uso de Smith de una pequeña fábrica francesa en lugar de una gran fábrica británica resalta un hecho curioso de su celebrada La riqueza de las naciones: el renombrado economista parece no percibir la Revolución Industrial que se producía a su alrededor. Aunque era amigo del Dr. John Roebuck, el propietario de las ferrerías Carron, cuya inauguración en 1760 marcó el inicio de la Revolución Industrial en Escocia, Smith no mostró ningún indicio de que conociera su existencia. Aunque era al menos un conocido del gran inventor James Watt, Smith no mostró ningún conocimiento de alguna de las principales invenciones de Watt. No hace ninguna mención en su famoso libro al auge del canal que había empezado al principio de la década de 1760, de la misma existencia de la floreciente industria textil del algodón o de la cerámica o de los nuevos métodos de fabricar cerveza. No hay ninguna referencia a la enorme disminución de los costes de viaje que las nuevas carreteras estaban produciendo.
Por tanto, frente a esos historiadores que alaban a Smith por su conocimiento empírico de la economía y los asuntos industriales contemporáneos, Adam Smith ignoraba los importantes acontecimientos económicos a su alrededor. Muchos de sus análisis son erróneos y muchos hechos que sí incluyó en La riqueza de las naciones estaban obsoletos y provenían de libros de hacía 30 años.

Trabajo productivo y trabajo improductivo

Una de las más dudosas contribuciones de los fisiócratas al pensamiento económico fue su opinión de que sólo la agricultura era productiva, que sólo la agricultura contribuye a un aumento, un produit net a la economía. Smith, muy influido por los fisiócratas, retuvo este desafortunado concepto de trabajo ‘productivo’, pero lo extendió de la agricultura a los bienes materiales en general. Por tanto, para Smith el trabajo sobre objetos materiales era ‘productivo’, pero el trabajo sobre, por ejemplo, servicios al consumidor o producción inmaterial, era ‘improductivo’.
La preferencia de Smith por los objetos materiales se acumuló a una preferencia de las inversiones en bienes de capital, pues una existencia de bienes de capital por definición tiene que encarnarse en objetos materiales. Los bienes de consumo, por otro lado, o bien consisten en servicios inmateriales o se usan, se consumen en el proceso. La aprobación de Smith de la producción material era, por tanto, una forma indirecta de defender la inversión como una acumulación de bienes de capital frente al mismo objetivo de producir bienes de capital: aumentar el consumo. Cuando explica las exportaciones e importaciones, Smith entiende muy bien que no tiene sentido acumular objetos intermedios excepto que acaben siendo consumidos, que el objetivo de la producción es el consumo. Pero como ha apuntado el Profesor Roger Garrison, y como veremos más en detalle en la cuestión de las leyes de la usura, la conciencia presbiteriana de Adam Smith le llevó a valorar el gasto en trabajo por sí mismo y a protestar por las preferencias temporales del libre mercado de consumo y ahorro. Está claro que Smith quería mucha más inversión hacia una producción futura y menos consumo presente del que el mercado estaba dispuesto a escoger. Por supuesto, una de las contradicciones de su postura es que acumular más bienes de capital a costa del consumo presente acabaría generando un nivel de vida más alto, salvo que Smith quisiera aconsejar un aumento perpetuo y acelerado hacia cada vez más medios de producción que nunca se iban a consumir.

[1] Das AdamSmithProblem, se refiere a sólo una de las numerosas contradicciones y rompecabezas de la saga de Adam Smith: la gran distancia entre los derechos naturales, las opiniones de laissez-faire de su Teoría de los sentimientos morales, y las opiniones mucho más cualificadas de su posterior y decisivamente influyente La riqueza de las naciones.
[2] En un revelador artículo sobre ‘Los logros de Adam Smith’, el Profesor Slim Rashad escribe: ‘Schumpeter dijo que ésta [no reconocer las fuentes] era la práctica habitual de su época. Es incorrecto. Si nos dirigimos a algunas de las obras citadas en La riqueza de las naciones, como los Tratados sobre el comercio del grano de Charles Smith o las Memorias sobre la lana de John Smith, les veremos reconociendo escrupulosamente sus deudas intelectuales. De entre los contemporáneos de Adam Smith, Gibbon es bien conocido por el cuidado con el que ofrece referencias y lo mismo puede decirse del más conocido escritor sobre agricultura del tiempo de Smith, Arthur Young’. Salim Rashad. ‘Adam Smith’s Acknowledgements: Neo-Plagiarism and the Wealth of Nations’, Journal of Libertarian Studies, 9 (Otoño 1990), p.11.
[3] La primera y más consistente obra del revisionismo moderno de Smith apareció un año antes en dos excelentes y reveladores artículos de Emil Kauder: ‘Genesis of the Marginal Utility Theory: From Aristotle to the End of the Eighteenth Century’, en J. Spengler y W. Allen (eds), Essays in Economic Thought (Chicago: Rand McNally and Co., 1960), pp. 277-87; y ‘The Retarded Acceptance of the Marginal Utility Theory’, Quarterly Journal of Economics (Nov. 1953), pp. 564-75. Pero la crítica de Schumpeter fue mucho más influyente.
[4] Por desgracia, desde la celebración a mediados de la década de 1970 del bicentenario de Smith, se ha producido un contrarrevisionismo para tratar de restaurar el actitud hagiográfica dominante antes de la década de 1950. Ver nuestro ensayo bibliográfico más adelante.
[5] Para una nueva visión del ejercicio de Smith en la casa de aduanas basada en la investigación original de las actas manuscritas del consejo de comisionados de aduanas, 1778-90, así como en las numerosas cartas de Smith a recaudadores de aduanas en los puertos, ver el importante artículo de Gary M. Anderson, William F. Shughart II y Robert D. Tollison, ‘Adam Smith in the Customhouse’, Journal of Political Economy, 93 (Agosoto de 1985), pp. 740-759.
[6] Las quejas acerca de la alienación habían empezado con el influyente Essay on the History of Civil Society (1767), escrito por Adam Ferguson, amigo de Smith. Sin embargo, un asunto similar había aparecido en las lecciones inéditas de Smith en Glasgow en 1763. Sobre la influencia de Ferguson, ver M.H. Abrams, Natural Supernaturalism (Nueva York: W.W. Norton, 1971), pp. 220-221, 508.
[7] Citado por Ronald Hamowy, ‘Adam Smith, Adam Ferguson, and the Division of Labour’, Economica (Agosto de 1968), p. 253.
[Este artículo está extraído de Historia del pensamiento económico, vol. 1, El pensamiento económico hasta Adam Smith]
Traducido del inglés por Mariano Bas Uribe. El artículo original se encuentra aquí.