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lunes, 1 de agosto de 2016

SIN NUEVOS PRESUPUESTOS, VOLVEREMOS A INCUMPLIR

http://juanramonrallo.com/



La fecha límite para arrancar con los trámites de aprobación de los Presupuestos Generales de 2017 termina el 30 de septiembre. Antes, sin embargo, el Ejecutivo debe haber establecido el techo de gasto, un proceso que burocráticamente toma alrededor de un mes. Por consiguiente, en caso de que no se haya investido presidente antes de finales de agosto, todo apunta a que habrá que prorrogar los presupuestos de 2016.
El actual Gobierno en funciones ha insistido en la necesidad de desbloquear la legislatura para disponer de tiempo suficiente para aprobar las cuentas públicas; en caso contrario, argumentan, no podrán mejorar las condiciones salariales de los funcionarios o incrementar las transferencias por pagos a cuenta a las comunidades autónomas. Prorrogar los presupuestos implica reproducir casi con exactitud las partidas de gasto existentes en este ejercicio sin posibilidad de enmienda alguna.
Mas mucho me temo que la auténtica razón por la que necesitamos con urgencia aprobar unos nuevos presupuestos no tiene nada que ver con el reparto de unas dádivas clientelares que financieramente ni siquiera podemos permitirnos. De hecho, si el verdadero propósitos de las nuevas cuentas del Reino fuera el de relanzar el gasto público postelectoral, más nos valdría prorrogar indefinidamente los presupuestos de 2016.
No, si necesitamos unos nuevos presupuestos es porque hemos de cerrar 2017 con un déficit público 20.000 millones de euros inferior al registrado en 2015. No en vano, el pasado miércoles España se libró in extremis de una sanción por parte de la Comisión Europea a cambio de que nos comprometiéramos a disminuir nuestro desequilibrio presupuestario desde el 5% del PIB actual hasta el 3,1% a cierre de 2017.  Y, de momento, no vamos por el buen camino: esta misma semana conocimos los datos de evolución del déficit del gobierno central hasta el mes de junio y lo que indican es que, transcurrido ya medio ejercicio, el desequilibrio presupuestario de 2016 es exactamente el mismo que el de 2015. Las Administraciones Públicas no están logrando estrechar en nada la brecha estructural entre gastos e ingresos, por lo que previsiblemente cerraremos este año con un desequilibrio similar al de 2015.
¿Acaso cabe pensar que el déficit de 2017, con los mismos presupuestarios de 2016, será sustancialmente distinto al actual? No, y ése es el auténtico problema: volver a incumplir por enésimo año consecutivo con el Pacto de Estabilidad y Crecimiento, así como continuar desbocando el endeudamiento público que pesa sobre los españoles. Necesitamos unos nuevos presupuestos que contengan importantes recortes sobre el gasto estructural del Estado, no un reparto tramposo de nuevos fondos. Pero, ¿acaso semejante escenario resulta verosímil? Aun cuando la aritmética parlamentaria desbloqueara la investidura y pudiera formarse nuevo Ejecutivo, lo que a buen seguro no sucederá es que PSOE o Podemos contribuyan a sancionar unos presupuestos que contengan cuantiosos recortes del gasto.
De ahí que todo apunte a que terminarán prorrogándose las cuentas públicas de 2016 o que, en caso de tramitarse unos nuevos prepuestos, éstos serán notablemente peores a los de este ejercicio. Acaso por ello, y a pesar del despropósito que supone un candado político que impide la aprobación de las reformas y de los ajustes que sigue requiriendo urgentemente España, muchas personas estén empezando a apostar por otros seis meses sin gobierno. Con los actuales mimbres parlamentarios, más vale lo malo conocido que lo muy malo por conocer.
Parón del empleo
Los datos de la Encuesta de Población Activa correspondientes al segundo trimestre de 2016 dejaron un sabor agridulce: si bien la reducción del paro continúa a buen ritmo (hasta el punto de recortar la tasa de desempleo hasta el 20% de la población activa, su nivel más bajo desde 2010), hemos asistido a un frenazo en el aumento del número de puestos de trabajo. La media de creación de nuevos empleos en el segundo trimestre de 2014 y 2015 fue de 407.000 nuevas ocupaciones… un 50% más que los 271.000 que emergieron en 2016. Todavía es pronto para conocer si se trata de un parón coyuntural o, en cambio, nos indica que la economía española está empezando a ralentizarse. En todo caso, deberíamos tomar este dato como una advertencia de que no podemos dormirnos en los laureles y de que, en consecuencia, debemos impulsar un paquete de reformas estructurales liberalizadoras que eliminen los obstáculos a la creación de empleo: vivir de las inercias del pasado podría no ser suficiente.
Bajan los desahucios
El número de desahucios por orden judicial de viviendas habituales y ocupadas se redujo en 2015 a uno de los niveles más bajos de toda la crisis económica: apenas 902, de las cuales sólo seis requirieron de intervención de los cuerpos de seguridad del Estado. El dato es sustancialmente inferior al de 2014 (1.129), al de 2013 (1.890) y al de 2012 (2.872), lo que ilustra que el crecimiento económico y la creación de empleo experimentos desde 2013 sí están repercutiendo positivamente en el nivel de vida de las familias. Justamente, la mejor vía para conseguir que los lanzamientos por impago continúen reduciéndose es la de sentar las bases para una expansión económica más robusta: los parches regulatorios que pretenden establecer todas las formaciones políticas para de facto prohibir las ejecuciones hipotecarias sólo conducirían a restringir la concesión de nuevos créditos hipotecarios, dificultando que miles de familias puedan adquirir un hogar. Combatamos la pobreza reduciéndola, no ocultándola debajo de la alfombra.
Estrés bancario
La reciente publicación de los test de estrés por parte de la Autoridad Bancaria Europea parece reforzar dos mensajes que ya eran ampliamente conocidos: uno, la banca española no se enfrenta a ningún problema inmediato de solvencia; dos, la banca italiana —y muy especialmente la entidad Monte dei Paschi—sí atraviesa importantes dificultades que amenazan seriamente su supervivencia a menos que logre recapitalizarse. Precisamente, la publicación de estos test de estrés fue acompañada del anuncio de un plan de saneamiento por parte de Monte dei Paschi, el cual aparentemente no implicará ninguna ayuda estatal (la entidad italiana venderá su cartera de activos dudosos por un tercio de su valor contable y captará capital en los mercados por importe de 5.000 millones). En verdad, sin embargo, no deberíamos otorgar demasiada credibilidad ni a los test de estrés ni a los planes de Monte dei Paschi: los primeros se han mostrado históricamente poco confiables, pues no han anticipado jamás qué bancos europeos estaban a punto de quebrar; los segundos son meras declaraciones de buenas intenciones que probablemente se verán frustradas y requerirán finalmente del auxilio estatal.

Saga islandesa

Juan Carlos Hidalgo dice que Islandia tuvo una era de autogobierno que duró alrededor de 300 años, periodo durante el cual ese país experimentó el desarrollo espontáneo de instituciones legales y jurídicas.


Juan Carlos Hidalgo es Analista de Políticas Públicas para América Latina del Cato Institute.
De visita en Islandia la semana pasada, me sorprendió no solo la imponente belleza natural del lugar, sino también el orgullo que los locales derivan de su cultura e historia, mucha de esta recabada en las famosas “sagas de los islandeses”.
La palabra saga significa tanto “cuento” como “historia” e identifica a una serie de escritos de entre los años 1200 y 1400 que, por su excepcional estilo narrativo, se incluyen dentro de las grandes obras literarias de Occidente. Las sagas cuentan con gran detalle la historia de los primeros colonos de la isla y sirven para dar un vistazo a su muy particular organización social.
Un académico islandés del siglo XVIII describió a las sagas en tres palabras: “granjeros volándose garrote”. Ciertamente, los cuentos hablan de violencia, intrigas y venganza. Pero como me comentóHannes Gissurarson, profesor de ciencia política de la Universidad de Islandia, las sagas deben ser más bien vistas como historias de una sociedad que se regía por leyes pero que no tenía un gobierno.
El deseo de los colonos islandeses de vivir apegados al derecho los llevó a establecer en el año 930 uno de los primeros parlamentos de Europa. Este sesionaba dos semanas al año y en él detacaba la figura del lögsögumaður, o presidente del Parlamento, quien era la única persona con un salario público y cuyo trabajo consistía en recitar (de memoria) las principales leyes del país. Más allá de su rol presidiendo dicha asamblea, el lögsögumaður no contaba con ninguna autoridad sobre la población. Tampoco había rey o algún otro tipo de autoridad ejecutiva.
La organización de la sociedad islandesa se basaba mayormente en una relación de confianza entre los jefes comunitarios representados en el Parlamento y la ciudadanía libre, en donde la labor de hacer cumplir la ley recaía sobre los mismos ciudadanos. Y a pesar de la violencia descrita en las sagas, la Islandia medieval era en realidad un país relativamente pacífico en comparación con sus contemporáneos europeos donde las guerras eran la constante.
La era de autogobierno duró más de 300 años hasta que la isla pasó a ser una dependencia deNoruega en 1262. Pero las sagas siguen siendo objeto de estudio por parte de académicos interesados en entender ese período que describen de desarrollo espontáneo de instituciones legales y jurídicas sin que mediara la existencia de un poder político centralizado. Como vemos, Islandia es mucho más que volcanes y glaciares.
Este artículo fue publicado originalmente en La Nación (Costa Rica) el 25 de julio de 2016.

Entierren el pacto de estabilidad y crecimiento


Juan Ramón Rallo dice que si el Pacto de Estabilidad y Crecimiento de la Unión Europea solo sirve como herramienta de propaganda acerca de una austeridad fiscal que realmente no existe, pues que mejor sería enterrarlo.


Juan Ramón Rallo es Director del Instituto Juan de Mariana (España) y columnista de ElCato.org. Juan Ramón obtuvo el tercer lugar en nuestro primer concurso de ensayos, Voces de Libertad 2008.
El Pacto de Estabilidad y Crecimiento (PEC) fue suscrito en 1997 por los gobiernos europeos como acuerdo recíproco de buena fe: todos los Estados de la futura Eurozona se comprometían a mantener sus finanzas públicas en orden para que sus colegas no tuvieran que acudir en ningún momento a su rescate. La condición era bien sencilla: ningún Estado podía mantener sostenidamente déficits públicos superiores al 3% del PIB y, en caso de que lo hiciera, se le abriría un protocolo correctivo que, de incumplirse, concluiría con la imposición de una sanción de hasta el 0,2% de su PIB.
Por desgracia, el PEC ha sido sistemáticamente vulnerado por todos los países firmantes sin repercusión alguna: desde 1997, los miembros de la Eurozona se lo han saltado en 165 ocasiones. A la cabeza de incumplidores se halla Grecia, seguida de Portugal y de Francia. Nunca, sin embargo, se ha impuesto a nadie castigo alguno. A la postre, el régimen sancionatorio no opera automáticamente, sino que debe pasar por el filtro politizado de la Comisión Europea: un filtro donde no se valoran los aspectos técnicos de la controversia (el grado real de incumplimiento) sino los intereses políticos en liza.
Son esos intereses políticos los que han permitido que el Reino de España se libre de una sanción que objetivamente merecía atendiendo a la textualidad del PEC. Al cabo, nuestro gobierno, primero con el PSOE y luego con el PP, no se ha ajustado a los objetivos de déficit marcados por el protocolo correctivo del PEC durante ningún ejercicio a partir de 2009. Es verdad que desde entonces hemos logrado recortar de manera apreciable nuestro desequilibrio presupuestario, pero lo hemos hecho a un ritmo exasperantemente lento y, en buena medida, merced a los favorables vientos de cola: el déficit público estructural —aquel que no depende de la coyuntura económica sino de la arquitectura presupuestaria de carácter más permanente— sólo se ha reducido en dos ocasiones —2010 y 2012— e incluso volvió a aumentar en el año 2015 como consecuencia de unas rebajas impositivas que no fueron acompañadas de los imprescindibles recortes de gasto.
En definitiva, nada de lo que sentirnos orgullosos. Hemos esquivado la sanción consiguiendo en los despachos aquello que no pudimos lograr desde el presupuesto estatal. Lejos de haber recortado el déficit en las cuentas públicas, lo hemos consolidado a costa de continuar endeudando a los españoles con la complicidad de nuestros socios comunitarios. No nos hemos librado de la multa del profesor por ser alumnos aplicados, sino porque el profesor está predispuesto a dejarse corromper por los discentes indisciplinados.
Ahora, alejada la espada de Damocles de la sanción, queda lo verdaderamente complicado para el Ejecutivo español: dejar de intrigar entre bambalinas y pasar a cumplir con el calendario de reducción del déficit por primera vez en siete años. En apenas año y medio deberemos recortar el déficit más de lo que lo hemos hecho en los tres años que han transcurrido desde 2013 a 2015. Mas, si finalmente el gobierno alcanzara tan saludable resultado, desde luego no sería por la inexistente presión que ha ejercido el PEC.
Y es que, a estas alturas, debería ser obvio que este pacto comunitario sólo constituye un artilugio institucional para engañar a los ciudadanos europeos haciéndoles creer que nuestros manirrotos gobernantes mantienen un escrupuloso compromiso con una austeridad fiscal que, en verdad, no respetan. Quizá haya llegado el momento de levantar acta de defunción y de enterrar ese falsario PEC: si solo lo utilizan como herramienta propagandística y no como marco normativo al que someterse, de nada bueno sirve.
Este artículo fue publicado originalmente en La Razón (España) el 28 de julio de 2016.

¿El mercado y la globalización los culpables?

Hernán Büchi dice que a pesar de la resistencia de ideólogos y políticos, la globalización continúa avanzando, beneficiando a su paso a consumidores con una libertad para elegir cada vez mayor.


Hernán Büchi fue Ministro de Hacienda de Chile.
El mercado es una instancia de intercambio libre entre personas o agrupaciones voluntarias de ellas. La libre elección de lo que se puede intercambiar y compartir no tiene límite —bienes, servicios, ideas, música, etc.-. La globalización no es más que darle a dicho intercambio un alcance cada vez más amplio, en cuanto a la geografía y diversidad cultural de quienes lo realizan.
La paradoja es que mientras en todo el mundo las personas abrazan con pasión la posibilidad de relacionarse libremente, sin importar fronteras —comprando, vendiendo o intercambiando ideas, fotos, experiencias segundo a segundo—, ciertos ideólogos y políticos insisten en imponer la perspectiva del daño que supuestamente genera el mercado, especialmente cuando logra alcance global.
En compañías como Amazon, millones de personas de todos los credos compran diariamente infinidad de productos de todos los precios. Instagram cuenta con la participación de 500 millones de usuarios mensuales, de los cuales, 300 millones están activos diariamente. Estos son solo ejemplos de un universo mayor que está recién emergiendo.
Al mismo tiempo, en Chile, el Gobierno se empecina en cercenar la libertad de elección de los ciudadanos —la limitación a la diversidad e independencia en educación son un ejemplo simbólico de ello—. Las posiciones anti mercado e integración expresadas en las primarias americanas, tanto por demócratas como por republicanos, también van en el mismo sentido. Sin duda, muchos votaron por el Brexit con temor a un mundo más global.
Hay claras razones para que parte de los políticos exacerben los supuestos peligros del mercado y la globalización. Para muchos de ellos es una pérdida de poder, que limita sus posibilidades de beneficio personal o las de imponer su visión a los demás. Lo que en Chile acabamos de conocer respecto de la jubilación de la ex esposa de un líder socialista vociferante en contra de los privilegios de particulares, es una demostración más de que el poder también se busca para propio beneficio. Recordemos el caso cuando se vuelva a insistir en el viejo esquema de estatizar los ahorros para la vejez. El tipo de abuso que hemos conocido pasaría a ser pan de cada día, como lo fue en el Chile de hace décadas.
Pero aun más nocivo que la búsqueda del beneficio personal puede ser pretender limitar la libertad de las personas en temas esenciales, en aras de una visión ideológica. La Presidenta Bachelet ha demostrado estar empecinada en estas materias. Al presentar el proyecto de educación superior nos dijo que quería asegurarse de que su visión quedara irreversiblemente plasmada hacia el futuro. Olvida que cuando se cercena el motor del progreso nada es irreversible. Los supuestos beneficios de los países comunistas que ella ha dicho que añora de Alemania comunista, tenían pies de barro y no se pudieron sostener. Su diseño del Transantiago solo sobrevive gracias a que la pujanza del resto de la economía, especialmente la no regulada, ha permitido hasta ahora financiar su mala concepción. Pero ha extremado su visión ideológica, y sus embates a la libertad de enseñanza y a la estabilidad constitucional calan mucho más hondo que el Transantiago.
La desgracia es que si bien reformas mal concebidas finalmente fracasan, no se vuelve con facilidad a una senda de progreso. Las buenas intenciones y políticas del nuevo gobierno argentino tienen al frente un muro de problemas que les pesarán por mucho tiempo. Venezuela, que acaba de militarizar su economía ante los problemas de abastecimiento, tendrá un arduo camino por delante el día que enmiende su rumbo.
Es cierto que aún no vivimos estas dificultades en el país. Pero cada día la información económica es más consistente con un cuasi estancamiento. Con el último Imacec conocido podemos estimar que en los pasados cinco meses la economía se ha expandido un magro 1,7%. El segundo trimestre se visualiza más débil que el primero. El desempleo del INE está lejos del 9,4%, último dato de la Universidad de Chile. Pero en el Gran Santiago, el dato equivalente es ya de 7,3% y la ocupación asalariada disminuye. A nivel nacional, es el empleo por cuenta propia el que modera las cifras.
La autoridad económica ha hecho bien en reconocer que el crecimiento este año será menor al que preveía, centrándolo en 1,75%. Es valioso que recuerde, además, las implicancias en la recaudación fiscal de esta nueva realidad. Ojalá modere los impulsos anti libertad y progreso imperantes.
En el plano externo, hay algunos aspectos que vale la pena destacar. El progreso mundial ha sido espectacular en las últimas décadas. Desde la integración de China al mundo, luego de la muerte de Mao, todos los que han querido ser parte del mayor intercambio se han beneficiado. Después de la crisis del 2008, el progreso ha sido menor, pero consistente. Ha superado numerosas crisis e incertidumbres. La velocidad con que los mercados mundiales dejaron atrás las dudas producidas por la votación del Brexit ha sido notable. En los últimos días se han rozado récords históricos. Y no deja de ser paradójico que el menor crecimiento y la mayor volatilidad tienen, en parte, explicación en los nuevos intentos regulatorios lentos e inconsistentes de los burócratas que dificultan la estructuración de instituciones financieras nuevas y pujantes.
Uno de los aspectos que alimenta la visión anti mercado y globalización a nivel intelectual, son los datos que supuestamente muestran que solo se ha beneficiado una élite. Son esgrimidos con vehemencia y sin espíritu crítico por quienes, como Piketty y Sáez como ejemplos paradigmáticos, ven en ellos confirmar su teoría. Aseveran que en base a los datos de declaraciones de impuestos en EE.UU. se demuestra que entre 1979 y 2007, el 91% de la ganancia de productividad lo recibió el 10% de la población y solo un 9% quedó para el 90% restante; de igual modo, se postula que ese 90% solo vio su ingreso crecer en un 5% mientras que el producto per cápita subía 74%. Estas cifras claramente no representan la realidad. La evidencia práctica de mayor bienestar en todos los aspectos del consumo e incluso la opinión de los mismos afectados lo ratifica.
Indicábamos hace unos meses que entre muchos análisis que desmienten esos datos, los del profesor Stephen Rose, en base a información de diversas fuentes, entre otras la de la Oficina de Presupuesto del Congreso, son dignos de estudiar. Todos los grupos mejoraron notablemente en el período. Es cierto que dentro de EE.UU. y en un mundo más competitivo mejoraron menos los menos calificados. Pero es dudoso que en una economía más cerrada lo hubieran hecho mejor en términos absolutos. Un trozo mayor de una torta más chica sería probablemente menor que lo que tienen hoy.
Finalmente, en el mundo globalizado que hoy vemos florecer indefectiblemente, es el intercambio voluntario lo que nos hará paulatinamente más iguales, con las desigualdades propias de la diversidad, y no la fuerza de una autoridad burocrática, muchas veces ni siquiera elegida popularmente, imponiendo requisitos previos para poder participar. Así es el caso de la Comunidad Europea. Los gobiernos, a través de las exigencias de la burocracia de Bruselas, se han ido imponiendo condiciones previas para producir, comerciar e innovar, coartando la soberanía de culturas construidas por siglos. Si el Reino Unido post Brexit actúa teniendo ello en mente, puede transformar su país, según lo propuesto por George Osborne, hasta hace poco encargado de las finanzas, en un baluarte de apertura y oportunidades de crecimiento, a la par que respetuoso de sus tradiciones y costumbres. Serían con ello un positivo ejemplo para Europa. Por el contrario, si los ingleses miran hacia adentro y copian malos ejemplos que abundan en el continente, será un claro retroceso para ellos y el resto del mundo.
Este artículo fue publicado originalmente en El Mercurio (Chile) el 23 de julio de 2016.

Dinero, valor subjetivo y oro

 

John Tamny, de la revista Forbes escribió un artículo reciente en el que atacaba al economista austriaco David Gordon por no ser suficientemente misesiano en una reseña del libro Money, de Steve Forbes y Elizabeth Ames. Esas críticas pueden ser un ejercicio útil cuando el autor tiene un sólido conocimiento de los axiomas austriacos y las contribuciones de Ludwig von Mises a la economía. Cuando estos fundamentos no son firmes, el resultado simplemente añade confusión.
Mi lectura de la crítica de Tamny a Gordon encuentra la ausencia de dos elementos clave de economía austriaca en los cuales Mises sin duda no discrepaba, que son: (1) la naturaleza subjetiva del valor y (2) la afirmación de que “hay solo un cuerpo coherente de economía” y este “no permite ninguna división en ramas especiales”.
La naturaleza subjetiva del valor es una noción austriaca que prácticamente todos los textos ortodoxos de principios de economía aceptan de boquilla en su primer capítulo, pero casi inmediatamente proceden a abandonar en temas concretos. Esto es especialmente cierto en el área de la macroeconomía, en la que a los agregados basados en contabilidad de renta nacional les falta cualquier fundamento en la lógica de la elección basada en las evaluaciones subjetivas de la gente de la utilidad de los bienes económicos.
El fallo de la ortodoxia en cumplir el segundo elemento clave de la economía austriaca ha afectado mucho a la teoría monetaria. De hecho, una de las principales contribuciones de Ludwig von Mises a la economía (desafortunadamente poco apreciada fuera de la Escuela Austriaca) fue integrar la teoría del dinero con la teoría general del valor.
Son precisamente estas dos áreas en las que Gordon critica el libro de Forbes y Ames. Aunque Gordon parece encontrar mucho de valor en ese libro (después de todo, las políticas que defienden los autores serían preferibles a las que soportamos actualmente), las críticas que hace reflejan apropiadamente las diferencias entre los austriacos y visiones más ortodoxas. Hasta donde yo sé, Steve Forbes es más bien un partidario del lado de la oferta que un austriaco, así que es difícil que sorprenda que los austriacos encuentren algunos puntos de desacuerdo no triviales con él.
La mayor violación de la noción de la naturaleza subjetiva del valor en el artículo de Tamny es tratar de establecer el dinero como vara constante para medir el valor objetivo. La única forma de que un economista austriaco encontrara válida la metáfora de la “vara de medir”, y aun así de forma limitada, sería si el dólar estuviera definido realmente como oro. En ese caso, cada dólar tendría, o un peso concreto en oro (digamos 25,8 granos de oro de una pureza de nueve décimas), o un derecho a ese peso en oro. Cuando el mundo seguía el patrón oro clásico, la divisa de cada país estaba descrita de esa manera, así que cada unidad de divisa era un peso concreto de oro. En ese caso, y solo en ese caso, el oro sería como una “vara de medir”. No dinero fiduciario, eso sí, sino oro. Sin embargo, una vez que se rompe la relación de redención entre el papel moneda y el oro al que se tenía derecho, entonces usar el oro de la forma en que describen Forbes y Ames es un control de precios, aunque aplicado por intervenciones en el mercado en lugar de por decreto.
Su sistema tiene mucho en común con el sistema de Bretton Woods, mientras que el que defiende Gordon se acerca más al patrón oro clásico de 1815-1914. Esta es una diferencia que está lejos de ser inocua. Mientras que  el fracaso de Bretton Woods fue visto como inevitable por muchos austriacos, el más importante Henry Hazlitt en sus editoriales del New York Times (lo que le costaría el empleo), debido a los defectos del sistema, el patrón oro no se vino abajo, sino que se abandonó debido a sus virtudes. Si se hubiera seguido el patrón oro clásico, hubiera sido mucho más difícil, si no imposible, financiar la guerra que puso en el mundo a Lenin y Hitler.
Tamny cita a Mises, en La acción humana, diciendo que “el dinero no es sino un medio de intercambio personal” y comete un luego el non sequitur de deducir de esto que Mises ve el dinero como una “medición [las cursivas son mías] que favorece en intercambio de bienes económicos reales”. Por el contrario, La teoría del dinero y del crédito, de Mises indica en términos indiscutibles que el dinero no es y no puede ser una vara constante de medir. Es decir, cuando  Mises se refiere a “la ingenua creencia popular en la estabilidad del valor del dinero”, está desacreditando esa opinión, no apoyándola.
La punto más serio de disputa entre la visión de Forbes-Ames defendida por Tamny y desdeñada por Gordon es su política propuesta de que: “la Reserva Federal usaría sus herramientas, principalmente operaciones de mercado, para mantener el valor del dólar ligado a esa tasa del oro”. Facilita las cosas que tanto Tamny como Gordon parezcan aceptar usar a Mises para decidir el caso. El juicio de Mises en este asunto puede encontrarse en el Capítulo 13 de La teoría del dinero y del crédito:
El ideal de un dinero con un valor de intercambio que no esté sujeto a variaciones debido a los cambios en la relación entre la oferta monetaria y su necesidad (…) reclama la intervención de una autoridad regulatoria en la determinación del valor del dinero y su continua intervención.
Aunque esta cita parece apoyar la política de Forbes-Ames por encima de la Gordon, Mises deja muy claro en el mismo capítulo  que su política no llegará a su objetivo pretendido, lo que es una de las afirmaciones clave de Gordon. Como él dice:
Una vez se admite que el estado pueda y deba influir en el valor del dinero, aunque solo fuera para garantizar la estabilidad de su valor, el peligro de errores y excesos aparece de nuevo inmediatamente.
Esas posibilidades (…) han subordinado el irrealizable ideal de un dinero con un valor invariable de intercambio a la demanda que el estado debería al menos evitar ejercer cualquier influencia sobre el valor del dinero. Un dinero metálico, cuyo  aumento o disminución en la cantidad disponible es independiente de una intervención humana deliberada, se está convirtiendo en el ideal monetario moderno.
Este demuestra con amplitud que no es David Gordon quien está en desacuerdo con Mises o cree saber cuál debería ser la cantidad correcta de dinero. Más bien es John Tamny aquel cuyas opiniones están en desacuerdo con las de Mises y son Forbes y Ames los que puede que no conozcan la cantidad correcta de dinero, pero crean que la Fed sí, al menos se están guiados por el precio del oro.

Publicado el 30 de octubre de 2014. Traducido del inglés por Mariano Bas Uribe. El artículo original se encuentra aquí.

Los sindicatos, contra el trabajo



 


Muchos estadounidenses, quizá una mayoría sustancial, siguen creyendo que, independientemente de los problemas que puedan haber causado, los sindicatos son fundamentalmente una institución que existe y es de vital interés para los asalariados. De hecho, muchos creen que son los sindicatos los que se interponen entre el asalariado medio y unos salarios de subsistencia, jornadas laborales agotadoras y terribles condiciones de trabajo.
Los sindicatos y el público en general ignoran casi completamente el papel esencial desempeñado por los precios a la baja en lograr aumentos reales en los salarios. Solo ven el aumento en los salarios monetarios como digno de consideración. De hecho, en nuestro entorno de inflación crónica, los precios que bajan realmente son relativamente raros.
Sin embargo, lo único que puede explicar un aumento en los salarios reales a través del sistema económico es una caída en los precios en relación con los salarios. Y lo único que logra esto es un aumento en la productividad por trabajador. Más productividad por trabajador (una mayor productividad laboral) sirve para aumentar la oferta de bienes y servicios producidos en relación con la oferta de mano de obra que los produce. De esta manera, reduce los precios en relación con los salarios y por tanto aumenta los salarios reales y el nivel general de vida.
Lo que aumenta los salarios en todo el sistema económico no es lo que es responsable del aumento en los salarios reales. Los aumentos en los salarios monetarios son esencialmente solo el resultado del aumento en la cantidad de dinero y el aumento resultante en el volumen general de gasto en el sistema económico. En ausencia de un aumento en la productividad laboral, al aumento en el dinero y el gasto harían aumentar los precios más o menos en lo que aumentan los salarios. Este resultado solo lo impide el hecho de que al mismo tiempo que la cantidad de dinero y el volumen de gasto están aumentando, la productividad por trabajador también está aumentando, con el resultado de que los precios aumentan menos que los salarios. Una caída en los precios sigue presente en forma deprecios inferiores a los que habría habido si solo hubiera aumentado la cantidad de dinero y el volumen del gasto.
Con excepciones relativamente menores, los salarios reales en todo el sistema económico simplemente no aumentan en el lado de salarios monetarios mayores. Esencialmente, aumentan solo del lado de una mayor oferta de bienes y servicios en relación con la oferta de mano de obra y por tanto de que los precios sean inferiores en relación con los salarios. La verdad es que los medios por los que aumentan el nivel de vida del asalariado individual y el empresario y capitalista individual son muy distintos. Para el individuo, es ganar más dinero. Para el asalariado en el sistema económico, es el pago de precios más bajos.
Lo que demuestra esta explicación es que el aumento en los salarios que buscan los sindicatos no es en absoluto el origen de aumento de los salarios reales y que el origen del aumento de los salarios reales es en realidad el aumento en la productividad laboral, que siempre opera del lado de los precios a la baja, no del aumento de los salarios monetarios.
De hecho, los esfuerzos de los sindicatos por aumentar los salarios se oponenprofundamente al objetivo de aumentar los salarios reales y el nivel de vida. Cuando los sindicatos tratan de aumentar el nivel de vida de sus miembros por medio de aumentar sus salarios, su política se reduce inevitablemente a intentar hacer artificialmente escaso el trabajo de sus miembros. Es su único medio para aumentar los salarios de sus miembros. Los sindicatos no tienen mucho poder real sobre la demanda de mano de obra. Pero a menudo consiguen un poder considerable sobre la oferta de mano de obra. Y su técnica actual para aumentar los salarios es hacer que esta oferta de mano de obra, al menos en el sector u ocupación concretos a los que afecta dicho sindicato, tan escasa como sea posible.
Así, siempre que pueden, los sindicatos intentan obtener el control sobre la entrada en el mercado laboral. Buscan imponer programas de aprendizaje o tener requisitos de licencia impuestos por el gobierno. Esas medidas pretenden rebajar la oferta de mano de obra en el campo y por tanto permitir a los afortunados admitidos ganar rentas mayores. Incluso cuando los sindicatos no tienen éxitos en reducir directamente la oferta de mano de obra, la imposición de sus demandas de salarios por encima del mercado sigue teniendo el efecto de reducir el número de empleos ofrecidos en el campo y por tanto la oferta de mano de obra en el campo en que pueden encontrar empleo.
Los aumentos salariales artificiales impuestos por los sindicatos generan desempleo cuando se imponen salarios por encima del mercado en todo el sistema económico. Esta situación existe cuando es posible para los sindicatos formarse fácilmente. Si, como en los Estados Unidos actuales, todo lo que hace falta para una mayoría de trabajadores en un lugar decidir que quieren estar representados por un sindicato, entonces los salarios impuestos por los sindicatos serán efectivos incluso en los sectores no sindicados.
Los empresarios en los sector no sindicados se sentirán obligados a ofrecer a sus trabajadores salarios comparables con los que están recibiendo los trabajadores sindicados (de hecho, posiblemente incluso salarios incluso superiores) àra asegurarse de que no se sindicalizan.
La extensión de los aumentos salariales que elimina a grandes cantidades de trabajadores de numerosas ocupaciones, pone una expresión extrema en los salarios de cualesquiera  áreas del sistema económico que puedan seguir abiertas. Estas áreas limitadas podrían absorber el exceso de trabajadores de otras líneas con salarios lo bastante bajos. Pero las leyes de salario mínimo impiden que los salarios en estas líneas restantes sean lo bastante bajos como para absorber a estos trabajadores.
Desde la perspectiva de la mayoría de los suficientemente afortunados como para mantener sus empleos, la consecuencia más grave de los sindicatos es mantener baja o reducir directamente la productividad laboral. Con pocas excepciones, los sindicatos combaten abiertamente el aumento en la productividad laboral.Lo hacen prácticamente por principio. Se oponen a la introducción de maquinaria que ahorre trabajo, diciendo que causa desempleo. Se oponen a la competencia entre trabajadores. Como apuntaba Henry Hazlitt, obligan a los empresarios a tolerar prácticas de sobrecontratación, como el clásico requisito de que los fogoneros, cuya función era apalear el carbón en las locomotoras de vapor, se mantuvieran en las locomotoras diesel. Imponen planes para hacer como que se trabaja, como requerir que a las tuberías enviadas a los lugares de construcción con rosca ya incluida se recorten de inmediato. Imponen clasificaciones nimias para trabajos y obligan a que se contraten especialistas con una paga diaria para realizar trabajo que otros podrían hacer fácilmente, por ejemplo obligando al empleo de un enfoscador para reparar el daño incidental en una pared por un electricista, que el propio electricista podría reparar fácilmente.
Para cualquiera que entiende el papel de la productividad laboral en aumentar los salarios reales. Debería ser evidente que la política de los sindicatos de combatir el aumento en la productividad laboral, les hace de hecho un enemigo importante del aumento en los salarios reales. Por muy radical que pueda parecer esta conclusión, por mucho que se oponga a la visión que prevalece de los sindicatos como origen principal del aumento en los salarios reales a lo largo de los últimos cinto cincuenta o más años, el hecho es que al combatir el aumento en la productividad laboral, ¡los sindicatos combaten activamente el aumento en los salarios reales!
Lejos de ser responsables de las mejoras en el nivel de vida del trabajador medio, los sindicatos funcionan con una ignorancia más o menos total de lo que realmente aumenta el nivel de vida del trabajador medio. Debido a su ignorancia, son responsables de desigualdades artificiales en salario, del desempleo y de mantener bajos los salarios reales y el nivel de vida del trabajador medio. Todas estas consecuencias destructivas y antisociales derivan del hecho de que mientras que los individuos aumentan el dinero que ganan aumentando la producción y la oferta general de bienes y servicios, reduciendo así los precios y aumentando los salarios reales en todo el sistema económico, los sindicatos aumentan el dinero pagado a sus miembros con los medios exactamente opuestos. Reducen la oferta y la productividad laborales y reducen así la oferta y aumentan los precios de los bienes y servicios que sus miembros ayudan a producir, reduciendo así los salarios reales en todo el sistema económico.

Publicado el 28 de julio de 2014. Traducido del inglés por Mariano Bas Uribe. El artículo original se encuentra aquí.

El rebote monetario que el Brexit nos dejó

Yamila Feccia estima que el Brexit probablemente conducirá a un mayor activismo monetario en el Reino Unido. 


Yamila Feccia es Licenciada en Economía por la Universidad Nacional de Rosario, con experiencia en análisis y desarrollo de variables económicas. Es economista del Centro de Investigaciones Sociales y Económicas de Fundación Libertad (Argentina).
El pasado jueves 23 de junio 17,4 millones de británicos votaron a favor de la salida de Reino Unido, oBrexit, de la Unión Europea (EU) en un referéndum histórico. El resultado de la votación arrojó un manto de incertidumbre sobre el futuro del Reino Unido, de la UE, y de la economía global. Esto representó un shock para el mundo de los negocios, y como respuesta los mercados entraron en pánico, provocando el primer sofocón y hundiendo las bolsas el pasado viernes 24 de junio. Frente a este escenario cabe preguntarse: ¿cuál será la estrategia de Reino Unido para paliar esta situación?
Por el momento, el Reino Unido sigue siendo un miembro de pleno derecho de la UE, esto quiere decir que los negocios pueden continuar como antes, y los ciudadanos británicos pueden moverse libremente por Europa, ya que el artículo 50 del Tratado de la Unión Europea aún no se ha activado. Sin embargo, los mercados reaccionaron y los analistas prevén una desaceleración importante en elcrecimiento económico; si bien la incertidumbre era alta, ahora es peor. La libra cayó a su nivel más bajo en décadas, exactamente desde 1985, perdiendo más del 10% en cuestión de horas. En ese espiral el euro también cayó frente al dólar un 2,6%. De cara a este escenario los inversores huyen de la libra y se resguardan en activos como el oro o el mercado de deuda.
Por este motivo, el pasado miércoles 6 de julio el oro alcanzó su precio más alto de los últimos dos años, cotizando por encima de los $1.365 la onza y logrando un aumento de 28% en lo que va del año. Sin embargo, algunas firmas estiman que podría llegar a $1.400. De igual forma, este “rally alcista” está impactando en el yen, que logró una apreciación de un 5% frente al dólar.
Tal como se mencionó  previamente, la otra cara de este proceso es el mercado de deuda, donde los inversionistas prefieren mantener menores rentabilidades y garantizar la seguridad de su dinero. De esta manera, tras la huida hacia el oro o deuda soberana relaja las rentabilidades de los países núcleos (Alemania, EE.UU., Japón), aunque también la de los periféricos. Mientras que los bonos estadounidenses alcanzaron mínimos históricos, la española se sitúa en 1,15% (su nivel mínimo desde marzo de 2015), el bono alemán marca rentabilidades negativas históricas del -0,177% y la japonesa también se ve afectada.
Por otro lado, el voto Brexit ha retrasado las expectativas de la Reserva Federal de EE.UU. en aumentar las tasas de interés este año, incluso, inversores apuestan que se mantendrán los tipos sin cambios hasta 2017. Esta es una buena noticia para América Latina, ya que manteniendo las tasas de interés estadounidenses bajas, la región continuaría seduciendo a inversores internacionales para refugiar su dinero en busca de mayores rentabilidades.
De igual forma, los bancos centrales asiáticos no son ajenos al rebote de la decisión británica, ya que muchos de ellos quieren flexibilizar su política monetaria. Esto se debe a que, Brexit golpeó fuertemente el consumo y el empleo, sumado a que los inversores advirtieron el retraso de sus inversiones perjudicando directamente las exportaciones asiáticas. Hoy en día, las economías dependientes del comercio de Asia están aún recuperándose de la débil demanda externa, puntualmente proveniente de China. En otras palabras, esta decisión ha prolongado un período de incertidumbre que amenaza con una de las caídas más grandes en el comercio e inversión.
En Portugal el sector bancario está tratando de contener discretamente una crisis bancaria, mientras que en Italia la morosidad es una preocupación y las acciones financieras se están desplomando, al igual que la confianza. Por otro lado, Roma y Lisboa están tratando de flexibilizar las normas de la UE para ayudar a los bancos a surfear sus dificultades.
Sin embargo, ante este sombrío escenario no debería sorprender la rapidez de los bancos centrales ante un posible rescate, con discreción, por supuesto. Tal como sostiene Judy Shelton en su artículo, “uno hubiese esperado que líderes mundiales se cuestionen el actual sistema monetario internacional, no sólo para prevenir otro debilitante desacople entre los flujos de crédito y la actividad económica real, sino también para establecer una base ordenada y estable para el crecimiento económico mundial. En cambio, vemos una continua dependencia por parte de la visión de los bancos centrales donde sostienen que a través del activismo monetario se podría evitar el desastre económico, a pesar de la trayectoria de aquellos que ejercieron autoridad completamente discrecional”.
¿Cuál será la estrategia del Banco de Inglaterra en materia de política monetaria?
Si bien los expertos esperaban un estímulo monetario, es decir, una baja de 25 puntos básicos del tipo de interés de referencia por parte del Comité de Política Monetaria, el Banco de Inglaterra se alejó de esa medida sosteniendo sus tasas. Además, en la reunión llevada a cabo el pasado jueves 14 de julio, se decidió mantener el programa de expansión cuantitativa, que fue introducido en marzo de 2009 y que se encuentra inalterado desde noviembre de 2012 en 375.000 millones de libras.
Según declaraciones de Mark Carney, presidente del Banco de Inglaterra "el panorama económico se ha deteriorado y probablemente será necesaria cierta relajación de la política monetaria durante el verano". No obstante, la estrategia alternativa será la de esperar hasta tener más datos económicos antes de decidir cómo ajustar la política monetaria. Esto se debe a que los datos económicos más duros, tales como las ventas minoristas, el empleo y la producción industrial no comenzarán a emerger hasta mediados de agosto.
Por un lado, debe tenerse en cuenta que las tasas de interés son aún bajas y lo han sido durante siete años, por lo tanto, si el gobierno insiste en un recorte en las tasas de interés o reiniciar laflexibilización cuantitativa (QE - imprimir dinero para comprar bonos) podría llevar a las empresas y a los consumidores a crear expectativas negativas y desencadenar la pérdida de confianza del Banco de Inglaterra que está tratando de evitar. Además, tras la fuerte depreciación de la libra, empujando hacia arriba la inflación (por encima del objetivo del 2% del banco), mayores tasas de interés podrían ayudar a la moneda a recuperarse de su caída brusca.
Igualmente, no sorprende, aunque sea lamentable, la plena disposición del Banco de Inglaterra en llevar a cabo aún más la flexibilización cuantitativa. Como Stephen Williamson afirmó el año pasado en su estudio para la Fed de St. Louis: "No conozco ninguna investigación que establezca un enlace causal entre la QE y los objetivos últimos de la Fed: la inflación y la actividad económica real. De hecho hay pruebas indirectas que sugieren que la QE ha sido ineficaz". Sin embargo, el Banco de Inglaterra en su reporte “The Distributional Effects of Asset Purchases” sugirió evidencia acerca de los efectos positivos de QE: “Los beneficios de la política monetaria flexible no se han distribuido por igual en todas las personas. Incluso algunos individuos son propensos a haber sido afectados negativamente por los efectos directos de QE”. El documento concluye que, en realidad, QE sólo beneficia al cinco por ciento más alto de la sociedad, y tiene poco efecto real sobre la economía.
Dicho esto, quedó claro que el voto Brexit parece ofrecer volatilidad para rato, mientras empujará aún más a los bancos centrales a las profundidades del activismo monetario. Si bien grandes cambios demandan grandes esfuerzos, le tomará tiempo al Reino Unido establecer nuevas relaciones con la UE y el resto del mundo. En un mundo donde abundan los riesgos, la sombra de esta decisión engorda la lista. Sin embargo, más allá de las decisiones en materia de política monetaria que se deberán tomar, el mayor riesgo que parece florecer a largo plazo será político. Y esta idea incluye a los bancos centrales y su incansable discreción que —en última instancia— podría alentar alproteccionismo y revertir los beneficios de la economía globalizada.