Buscar este blog

domingo, 28 de septiembre de 2014

El fiasco de la teoría marxista de la explotación

Publicado el 22 enero 2013 por Juan Ramón Rallo
Sabido es que Marx popularizó la idea de que los capitalistas explotaban a los trabajadores al apropiarse de parte de su trabajo. El argumento, desvestido de toda su hojarasca, es relativamente simple: las mercancías que sean útiles se intercambian a largo plazo según el tiempo de trabajo socialmente necesario para producirlas, de modo que cada trabajador debería quedarse el (equivalente) al fruto íntegro de su trabajo. Sucede, sin embargo, que el capitalista, pese a no trabajar, se queda con una parte de los bienes que se producen gracias a su monopolio de los medios de producción distintos del trabajo (que si bien no son fuente de nuevo valor, sí son bienes complementarios indispensables para el trabajador): el capitalista remunera el trabajo (incluyendo el trabajo contenido en factores distintos del trabajo, lo que Marx llama “capital constante”) por 100 (D), ese trabajo lo transforma en mercancías (M) y las mercancías se terminan vendiendo por 120 (D’). Que ello sea así sólo puede deberse a que hay una parte del trabajo que no se paga (D’-D) pero que sí produce mercancías con valor de cambio (una parte de M). Esa diferencia es justamente la plusvalía o plusvalor, la medición exacta de la explotación laboral o del trabajo prestado por el obrero al capitalista y que no ha obtenido remuneración. ¿La solución? Traspasarles los medios de producción a los trabajadores para que puedan retener el producto íntegro de su trabajo sin intermediarios capitalistas que se apropian de parte del sudor de su frente.
La teoría marxista tiene distintos problemas, como hacer depender todo el valor de cambio del trabajo acumulado (y no de la utilidad marginal de los distintos bienes, como si el que una clase de mercancías tuviese una función social dotara a todas las unidades de esa categoría de función social) o lo que se ha conocido como el problema de la transformación: si sólo los trabajadores son capaces de crear nuevo valor de cambio (y no las máquinas, por ejemplo) y las mercancías se intercambian según sus valores de cambio, ¿por qué la tasa de beneficios de las distintas industrias tiende a converger a una misma cifra si esas industrias utilizan “composiciones orgánicas del capital” muy dispares? En teoría, aquellas industrias muy intensivas en trabajo (y por tanto, con mucha masa de trabajadores explotados insuficientemente pagados) deberían ser más provechosas que las muy intensivas en capital, pero en general la rentabilidad de todas las industrias del mercado converge en una misma tasa. Pero su mayor problema es una naturaleza muy distorsionada del capital: Marx asume que el valor del capital se determina por el trabajo que costó producirlo y que el valor de ese capital se traslada, en función de su depreciación, al valor de la mercancía final; es una especie de contabilidad de coste histórico según el tiempo de trabajo utilizado.
El problema, claro, es de enorme gravedad: que una imprenta tenga un precio de 100 onzas de oro (porque el tiempo de trabajo necesario para fabricarla ha sido el equivalente a 100 onzas de oro) no significa que, asumiendo que pueda imprimir hasta 1.000 libros, el valor que impute a cada libro sea de 0,1 onzas de oro. Las cosas funcionan más bien al contrario: precisamente porque los consumidores están dispuestos a pagar al menos 0,1 onzas de oro por cada libro, la imprenta podrá tener un valor de mercado de 100 onzas de oro. Si, en cambio, los consumidores dejan de valor tanto los libros impresos y pasan a valor más los libros electrónicos, esa misma imprenta, aunque el tiempo de trabajo socialmente necesario para fabricarla sea el mismo y aunque los consumidores sigan demandando libros impresos (aunque en mucha menor cantidad, se depreciará enormemente.
Establecida la correcta relación entre el precio de los bienes de consumo y los de los bienes de capital, la siguiente cuestión es: ¿por qué si una imprenta puede imprimir durante los próximos diez años 1.000 libros con un valor de mercado de 0,1 onzas de oro la imprenta jamás costará 100 onzas de oro sino bastante menos? Obviemos los costes complementarios (que, siguiendo a Marx, sólo se trasladarían al precio final, esto es, si para imprimir un libro tenemos que pagar salarios de 0,02 onzas por libro y si además dejamos de pagarle 0,01 onzas al trabajador por su jornada, el precio final del libro será de 0,13 onzas), pues no subyace ahí la dificultad: el tema es, ¿por qué nadie pagaría hoy 100 onzas por un activo para recibir de vuelta, a lo largo de los próximos diez años, esas mismas 100 onzas? O todavía mejor, ¿por qué nadie pagaría hoy 100 onzas por un activo para recibir vuelta (o tal vez no hacerlo), a lo largo de los próximos diez años, esas mismas 100 onzas? Pues básicamente porque 100 onzas presentes y seguras no tienen el mismo valor que 100 onzas futuras e inseguras. Y quien dice onzas, dice satisfacción inmediata y segura de necesidades presentes frente a satisfacción futura e insegura de necesidades presentes: no es lo mismo gastarse 100 onzas de oro hoy en divertimentos varios que gastárselas en una inversión que nos permitirá recuperarlas con el paso de los años. Lo lógico es que compráramos la imprenta por, por ejemplo, 90 onzas para arriesgarnos a recibir 100 a lo largo de los próximos diez años.
Pero si el capitalista compra por 90 para recibir 100, está obteniendo plusvalías, y son unas plusvalías que no están vinculadas a la explotación del trabajador, sino al valor que tiene esperar y asumir riesgos en un proceso productivo: dicho de otro modo, el tiempo y el riesgo son tan factores productivos como el trabajo (si no estamos dispuestos a esperar y a asumir riesgos, no se produce, por mucho trabajo en abstracto que tengamos). Dado que el capital que se adelanta en forma de salarios y en forma de bienes complementarios supone también una espera y asunción de riesgos para el capitalista, ¿no será que la plusvalía no procederá del atraco a mano armada al trabajador sino de la remuneración de esos dos factores productivos (tiempo y riesgo)?
El propio Marx se retrata cuando describe cómo funcionaría la producción y los intercambios en una economía donde los medios de trabajo estuvieran socializados: “A igual tiempo de trabajo, las plusvalías serían las mismas para el trabajador I [que utiliza más medios de producción] y el trabajador II [que utiliza menos medios de producción] o, más exactamente aun, puesto que tanto I como II obtienen el valor del producto de una jornada laboral, cosechan, luego de deducir el valor de los elementos “constantes” adelantados, iguales valores, de los cuales una parte puede ser considerada como la reposición de los medios de subsistencia consumidos en la producción, y la otra como el plusvalía excedente por encima de dicha reposición. Si I tiene más desembolsos, éstos se reponen merced a la mayor parte de valor de su producto destinada a reponer esa parte “constante”, y por ello también debe reconvertir una parte mayor del valor global de su mercancía en los elementos materiales de esa parte constante, mientras que II, si embolsa menor cantidad a cambio de ello, también debe reconvertir tanto menos. Por consiguiente, bajo este supuesto la diversidad de las tasas de ganancia sería una circunstancia indiferente, tal como hoy en día le resulta indiferente al asalariado la tasa de ganancia en la cual se expresa la cantidad de plusvalía que le ha sido expoliada”.
La hipótesis esencial en el párrafo anterior es la de que dos bienes que requieran el mismo tiempo de trabajo deberán poseer el mismo valor de cambio (ya sea tiempo de trabajo prestado directamente por el trabajador o tiempo de trabajo “cristalizado” en los medios de producción que utiliza) y, por tanto, el mismo precio (nótese que en la teoría de Marx precio y valor de cambio sólo coinciden cuando los trabajadores son dueños de los medios de producción, como en el caso anterior). Pero esto simplemente no tiene ningún sentido. Supongamos que para producir 100.000.000 de kilos de trigo se necesitan 50 años de trabajo y que para edificar una vivienda también se requieren 50 años de trabajo; según Marx, salvo oscilaciones a corto plazo, deberían intercambiarse por el mismo precio. Pongamos que 1.000 onzas de oro. Bueno, admitamos que así es: si un trabajador tiene 100.000.000 kilos de trigo y otro tiene una vivienda, asumamos que pueden intercambiarlos. Pero el asunto clave es otro: ¿acaso podemos esperar que si un trabajador tiene 100.000.000 kilos de trigo contigo estará dispuesto a intercambiarlos por el derecho a recibir una vivienda dentro de 50 años?
Fijémonos que, según Marx, la transacción es idéntica: lo que se intercambian son tiempos de trabajo. Pero en un caso el fruto del trabajo de 50 años ya está disponible (100.000.000 de kilos de trigo) y en el otro todavía habrá que esperar 50 años a que lo esté (si es que el trabajador no se muere mientras tanto, no se fuga o cualquier otra riesgosa desgracia que le inhabiliten a cumplir su promesa). No, sencillamente no podemos esperar que una vivienda ya producida se intercambia por 100.000.000 de trigo ya producidos, esos 100.000.00 kilos de trigo también se vayan a intercambiar por una casa disponible dentro de 50 años. Y no podemos esperarlo por el simple motivo de que una casa hoy no tiene el mismo valor que una casa dentro de 50 años. Si necesitamos ya la casa, sólo estaremos dispuestos a comprar la promesa de entrega de la vivienda a cambio de un descuento muy grande en su precio, por ejemplo, desde las 1.000 onzas de oro que vale una casa ya construida a las 200 onzas que puede valer una casa construida en 50 años: justamente esa plusvalía (pagar 200 hoy para recibir 1.000 en 50 años) es el tipo de interés (en concreto, equivale a un tipo anual medio del 2,8%).
Lo mismo cabe concluir, pues, de los capitalistas que adelantan bienes presentes a sus factores productivos (entre ellos los trabajadores) a cambio de recibir, cuando el proceso productivo concluya, bienes futuros. Existe necesariamente una diferencia de valor entre los bienes presentes a los que renuncian hoy y los bienes futuros que adquirirán, si es que todo sale bien, el día de mañana. Y esa diferencia de valor, y no la apropiación de un tiempo de trabajo no remunerado, es la plusvalía, esto es, el interés derivado de esperar y asumir riesgos hasta que el proyecto productivo concluya.
Son muchos quienes no entienden bien este concepto de que los capitalistas adelanten bienes presentes para recibir, dentro de mucho tiempo, bienes futuros. Pero sólo tienen que irse al balance de cualquier empresa: por ejemplo, General Electric ha invertido (adelantado) capitales por importe de 685.000 millones de dólares para recuperar en forma de flujos operativos de caja (antes de intereses) de alrededor de 35.000 millones. Es decir, el conjunto de los capitalistas de General Electric ha renunciado a 685.000 millones de dólares (y su equivalente en bienes presentes) para percibir año a año una renta de 35.000 millones. A este ritmo, se necesitarían 20 años para recuperar todo el capital adelantado. ¿Acaso estamos diciendo que los capitalistas que adelantan 685.000 millones –que se abstienen de consumirlos en el momento en el que deseen y que asumen riesgos de no recuperarlos– no deberían percibir ninguna remuneración por ello? Que durante los próximos 20 ó 30 años se deberían contentar con recuperar, si es que todo va perfectamente, tan sólo los 685.000 millones de dólares que han adelantado y no percibir ninguna remuneración por su tiempo de espera y por su riesgo? Es decir, ¿estamos sosteniendo cabalmente que es lo mismo disponer de 1.000 euros hoy que de 1.000 euros en 500 años (asumiendo cero inflación) aunque ambos valores contengan el mismo tiempo de trabajo?
Pues eso es lo que subyace en todo el análisis marxista de la explotación. Al cabo, si los capitalistas no adelantaran su capital y ahorro al resto de factores productivos, éstos lo tendrían tan sencillo como fabricar los medios de producción de manera cooperativa. Ah, ¿que les tocaría esperar muchos años hasta completar la construcción de edificios, infraestructuras, maquinarias, inventarios, etc. similares a los de General Electric o cualquier otra compañía? Pues eso, todo ese tiempo que les tomaría fabricarlos desde cero, son precisamente los bienes presentes que adelantan los capitalistas. Nacionalizar los medios de producción y redistribuirlos entre los trabajadores no cambiaría nada las cosas (obviando todos los enormes problemas de cálculo económico que llevarían a esa economía al desastre), pues en un par de generaciones volvería a haber personas que han dilapidado sus capitales y otras que los han acumulado y volveríamos a la situación de partida, que no es una situación de explotación sino de intercambio de bienes presentes (el ahorro de los capitalistas) por bienes futuros (la producción futura de los trabajadores y del resto de factores productivos complementarios a los que se les adelantan los bienes presentes). Böhm-Bawerk lo expresó de manera bastante más sintética: “Me parece justo que los trabajadores cobren el valor íntegro de los frutos futuros de su trabajo, pero no que cobren la totalidad de ese valor futuro ahora”.

Leyendo a Piketty: el surgimiento de las clases medias capitalistas

Publicado el 22 septiembre 2014 por Juan Ramón Rallo
Pese a que la mitad del aumento de la desigualdad en la distribución de la renta acaecido desde los años 70 se debe al incremento de la desigualdad en las rentas del trabajo, Piketty considera que el problema esencial del capitalismo moderno se halla en la desigualdad de las rentas del capital que a su vez deriva de la desigualdad de la propiedad del capital.
No en vano, el modelo teórico que presenta en la primera parte de su libro se orienta a eso: a demostrar que las dinámicas del capitalismo tienden muy probablemente a reforzar la supremacía de las rentas del capital sobre las del trabajo. Sin embargo, como ya tuvimos ocasión de comentar, el que las rentas del capital ganen peso sobre las rentas del trabajo no implica, automáticamente, que la desigualdad aumente: si las rentas del capital estuvieran equitativamente distribuidas, podría suceder que incluso aumentara la igualdad con el mayor peso de las rentas del capital sobre el conjunto de la renta nacional.
Por eso, Piketty intenta demostrar que sí ha habido una tendencia histórica hacia la concentración de la propiedad del capital que el francés atribuye a dos elementos: la herencia y los retornos crecientes a escala. En este artículo analizaremos si, en efecto, se ha producido esa tendencia histórica a la concentración del capital; en próximos artículos procederemos a valorar importancia de la herencia y de los rendimientos crecientes a escala a la hora de explicar la desigualdad en la propiedad del capital.
Una panorámica de la desigualdad del capital en los últimos dos siglos
Aunque Piketty recuerda al comienzo de su capítulo 10 que la propiedad del capital tiende a estar mucho más concentrada que la de las rentas del trabajo, él mismo reconoce que, en contra de sus pronósticos catastrofistas, a lo largo de los doscientos últimos años se ha producido una notable reducción de la desigualdad en la propiedad del capital en prácticamente todos los países del mundo: el 10% de individuos más ricos de la sociedad poseen actualmente entre el 60-70% de toda la riqueza nacional, cuando en 1810 poseían el 80% y en 1914, el 90%.
piketty6-1
Más abrupta todavía ha sido la caída del porcentaje de la riqueza nacional en manos del top 1%: desde el 45%-55% en 1810, o del 60-70% en 1914, hasta el 20%-30% actual.
piketty6-2
Lo sorprendente para Piketty, sin embargo, no es que a partir de la Primera Guerra Mundial la porción de la riqueza nacional en manos del 10% o 1% más rico de la sociedad se haya desplomado, sino que no haya regresado a sus niveles previos a pesar de la tímidamente ascendiente tendencia de los últimos 30 años. Y, en esta sede, el francés reconoce abiertamente que “no posee ninguna explicación definitiva y totalmente satisfactoria”.
A pesar de ello, Piketty sí desliza una hipótesis: entre 1914 y 1950 se produjo una gigantesca destrucción de riqueza debido a las guerras, las inflaciones (e hiperinflaciones) monetarias, las masivas nacionalizaciones, los procesos de descolonización o los altos impuestos sobre el patrimonio o las rentas del capital: destrucción de riqueza que se concentró especialmente entre los ciudadanos más acaudalados. Así, entre 1910 y 1950, la riqueza nacional de Reino Unido pasó de equivaler el 679% al 235%, en Francia cayó del 681% el PIB a solo el 278% y en EEUU del 490% al 380%; asumiendo que esa destrucción de riqueza la sufrieran sobreproporcionalmente los ricos, ello permitiría explicar por qué su participación en la riqueza total se redujo tan abruptamente. Y, siguiendo con esta línea explicativa, la única razón por la que los ricos no habrían recuperado su nivel de participación en la propiedad del capital previo a la Primera Guerra Mundial sería “que no ha transcurrido suficiente tiempo desde 1945”.
Piketty, empero, se ve forzado a reconocer que esta explicación “no es suficiente por sí sola”. El motivo es que el cambio en la distribución del capital no sólo ha sido cuantitativo, sino sobre todo cualitativo: por un lado, el 1% más rico de una sociedad ya no sólo vive merced a las rentas del capital, sino también a las del trabajo; por otro, la clase media ha pasado de ser propietaria de sólo un 5% de la riqueza nacional a poseer hasta un tercio de la misma. Asimismo, habría que añadir otro elemento que Piketty no menciona y que también abunda en la tesis del cambio cualitativo en la distribución de la riqueza: buena parte de la destrucción del capital acaecida durante la primera mitad del s. XX se debe a la desvalorización de las tierras de labranza (acontecimiento que no estuvo relacionado ni con las guerras, ni con las hiperinflaciones, ni con las nacionalizaciones, sino con la obsolescencia de ese bien de capital frente a otros nuevos). Por consiguiente, se hace necesario hallar cuáles son los elementos que explican ese cambio cualitativo en la distribución de la propiedad del capital.
A juicio del economista francés, ese otro elemento son los impuestos sobre el capital: “La explicación más natural e importante es que todos los gobiernos comenzaron a gravar el capital a lo largo del siglo XX, y que lo hicieron a tipos importantes (…) Podríamos demostrar que con un tipo efectivo del 30% sobre el capital, uno puede explicar cambios muy significativos en la desconcentración de la riqueza”. Por desgracia, Piketty no llega a probar este extremo (remite a su apéndice técnico, pero en el apéndice técnico no aparece ninguna demostración) y no queda claro cuán significativos son los cambios en la distribución de la riqueza a los que se refiere. Por ejemplo, en EEUU el 10% más rico de la sociedad poseía en 1970 el 64% de la riqueza nacional: asumiendo que ese 10% era capaz de rentabilizar esa riqueza al 5% y que el 90% restante se contentaba con un 2%, el 10% más rico debería haber visto incrementada su participación en la riqueza nacional hasta el 82% en 2010 (aun asumiendo un gravamen del 30% anual sobre las rentas del capital). En la realidad, sin embargo, apenas superó el 71%. Como ya dijimos y expondremos en los próximos artículos, Piketty asume que existen retornos crecientes a escala en la propiedad del capital, por lo que, incluso ubicándonos dentro de sus supuestos, el impuesto sobre el capital es incapaz de explicar por qué la desigualdad en la distribución de la riqueza no se ha incrementado mucho más de lo que lo hizo (como tampoco es capaz de explicar, por ejemplo, por qué las tierras de labranza se desvalorizan y, en cambio, emergen otras formas de capital).
Sin querer restarle importancia al papel que desempeñó la destrucción de riqueza durante la primera mitad del s. XX, creo que los elementos esenciales que permiten comprender el cambio cualitativo del que habla Piketty es dos: uno por el lado del ahorro y otro por el lado de la inversión.
Por el lado del ahorro, una porción creciente de la sociedad —las clases medias— han sido capaces de empezar a ahorrar una parte de sus rentas anuales y, gracias a ello, han podido participar en el proceso social de creación de riqueza. Al cabo, cuando una familia posee una renta tan exigua que apenas es capaz de ahorrar, tampoco puede capitalizar esa renta adquiriendo los activos que integran la riqueza nacional. Sin embargo, una vez las rentas comienzan a superar holgadamente el nivel de subsistencia, masas crecientes de la población pueden convertirse en capitalistas y, por tanto, empiezan a crear nuevos bienes de capital de su propiedad.
La importancia trascendental de este fenómeno no se le escapa al propio Piketty, quien llega a remarcar en varias ocasiones que: “No nos equivoquemos: la emergencia de una clase media verdaderamente patrimonialista fue la principal transformación estructural en la distribución de la riqueza de los países desarrollados durante el siglo XX”. Muy en concreto, las series históricas que nos ofrece Piketty en los capítulos 3 y 4 de su libro ponen de manifiesto que el peso de la vivienda —activo preferentemente adquirido por las clases medias ahorradoras— dentro del conjunto de la riqueza nacional se más que duplica entre 1910 y 2010 en Reino Unido, Francia o EEUU:
piketty6-3
Piketty también trata de atribuir este cambio estructural —esta patrimonialización de las clases medias— a la influencia de los impuestos sobre el capital, pero debería resultar obvio que el aumento de la capacidad de ahorro e inversión entre las clases medias no depende de la merma de la capacidad de ahorro de las clases altas. Uno podría defender con cierta base que las desigualdades en la tenencia del capital se han reducido por su agresiva fiscalidad, pero no que la patrimonialización de las clases medias responde a este motivo. Más razonable parece pensar que el progresivo aumento de la renta per capita en Occidente ha incrementado la capacidad de ahorro de un mayor número de ciudadanos y, en consecuencia, ha permitido convertirlos en propietarios capitalistas.
El segundo motivo que explica a mi juicio el cambio trascendental en la distribución de la riqueza afecta a la inversión: a lo largo del s. XX hemos presenciado una transición desde formas de producción poco complejas (agricultura y ciertas manufacturas industriales) a formas de producción mucho más complejas (economía del conocimiento). En tal escenario, el valor deja de concentrarse en la tierra o en la posesión de ciertos activos físicos y pasa a encontrarse mucho más disperso en el conocimiento.
Por desgracia, Piketty no es capaz de valorar la trascendencia de este proceso porque, como ya vimos, el francés define capital como “el valor de todos los activos no humanos que pueden ser objeto de propiedad e intercambiados en un mercado”, lo que le lleva a excluir el capital humano de sus estadísticas. La decisión podrá parecer inocente, pero no lo es. A la postre, no sólo sucede que el conocimiento está deviniendo el activo más importante de nuestras economías modernas, sino que además es uno de los dos activos donde predominantemente invierten las clases medias (junto con la vivienda). Si el efecto de incluir la vivienda en el cómputo de la riqueza nacional nos llevó a constatar la emergencia de una potente clase media patrimonialista. ¿Qué sucedería si en lugar de excluir el capital humano también lo incluyéramos?
Una omisión trascendental: el capital humano
Existe una forma más sencilla y coherente de definir capital que cómo lo hace Piketty y es la siguiente: capital es el valor económico de un factor productivo orientado a conseguir rentas monetarias dentro del mercado. Bajo esta concepción, los activos intangibles (como el conocimiento técnico, las relaciones comerciales o la reputación) también cabe considerarlos capital: en tanto en cuanto son elementos útiles para generar rentas dentro del mercado, son riqueza. Así, el capital humano (el conjunto de conocimientos que le permiten a una persona generar valor en el mercado) también es riqueza en tanto en cuanto constituye una fuente de rentas monetarias evaluable económicamente. O dicho de otro modo: las rentas futuras que puede generar hoy un ingeniero por el MIT son muy superiores a las que puede generar un agricultor analfabeto con una pequeña parcela de tierra; no tiene mucho sentido que consideremos esa pequeña parcela de tierra como riqueza y la formación técnica del ingeniero no.
Aunque Piketty también excluye de su cómputo de riqueza a los bienes muebles (automóviles, electrodomésticos, mobiliario…), esta omisión resulta cuantitativamente poco relevante: él mismo la cifra en menos del 10% de la riqueza nacional. No sucede lo mismo con la educación y la consecuente formación del capital humano: las familias occidentales destinan una porción gigantesca de sus rentas anuales a la inversión en educación (ya sea voluntariamente o de manera coactiva, esto es, a través de la financiación del Estado de Bienestar); una porción gigantesca que precisamente por destinarla a la inversión en educación no pueden emplearla en adquirir formas alternativas de riqueza. Por tanto, no capitalizar la inversión en educación equivale a reputar ese gasto como un mero despilfarro consuntivo de las familias. En EEUU, de hecho, todavía es peor: dado que las familias suelen para invertir en educación, estos pasivos familiares reducen la riqueza familiar neta en las estadísticas de Piketty pero, en cambio, el activo que se adquiere con ellas no aparece computado en esas mismas estadísticas (lo que sesga hacia la desigualdad la distribución de la riqueza: la deuda estudiantil en las familias muy ricas pesa mucho que en las familias de clase media).
Vamos a intentar enmendar esta fundamental omisión de Piketty calculando cuál es el valor del capital humano en EEUU. Dado que el capital humano no cotiza directamente en ningún mercado (esto es, carece de mercado secundario), estimaremos su valor económico como el resultante de descontar sus rentas futuras esperadas. ¿Qué rentas futuras es capaz de generar el capital humano? Sobresueldos: un trabajador con una mejor formación es más productivo (y cobra más) que un trabajador sin formación.
En la siguiente tabla aparecen los diferenciales salariales con respecto al trabajador sin bachillerato:
BachilleratoEstudios universitarios no concluidosGrados formativos medios y superioresGrado universitarioMáster universitarioGrado universitario profesionalDoctorado
10.38612.05419.53036.42453.497107.56282.813

A partir de esta información, basta con que descontemos a presente estos diferenciales salariales. Por ejemplo, la formación de bachillerato habilita a un trabajador de 20 años a percibir una renta de 10.386 dólares durante el resto de su vida laboral (45 años); en cambio, un graduado universitario de 40 años sólo podrá lograr una renta de 36.424 dólares durante 25 años. Por tanto, podemos aplicar la fórmula del valor actual de una renta futura asumiendo un descuento anual del 5% (el cálculo podría refinarse todavía más distinguiendo diferenciales salariales según grado formativo y edad, en cuyo caso el valor del capital humano sería algo menor entre los más jóvenes y algo mayor en las etapas más adultas del que hemos computado). Si lo hacemos, obtendremos la siguiente tabla, que recoge el valor del capital humano según la etapa de vida del trabajador: por ejemplo, un título de doctor a los 20 años tiene un valor presente de casi 1,5 millones de dólares (pues habilita a quien posee esos conocimientos a obtener un sobresueldo medio de 82.813 dólares anuales durante el resto de su vida).
Valor actual de los títulos formativos según la edad del trabajador (en dólares)
BachilleratoEstudios universitarios no concluidosGrados formativos medios y superioresGrado universitarioMáster universitarioGrado universitario profesionalDoctorado
18 a 24183.417212.874344.900643.248944.7571.899.5451.462.478
25 a 29174.485202.507328.104611.923898.7501.807.0421.391.258
30 a 34166.176192.864312.480582.784855.9521.720.9921.325.008
35 a 39154.751179.605290.997542.718797.1051.602.6741.233.914
40 a 44140.003162.488263.264490.996721.1401.449.9361.116.319
45 a 49121.308140.791228.110425.432624.8451.256.324967.256
50 a 5497.628113.308183.582342.386502.8721.011.083778.442
55 o 5967.09477.869126.164235.299345.591694.851534.972
60 a 6428.25032.78753.12299.073145.512292.569225.251

Llegados a este punto, sólo hemos de multiplicar estos valores actuales por el número de ciudadanos estadounidenses con tales títulos formativos y, de ese modo, obtendremos el valor agregado del capital humano en EEUU.
BachilleratoEstudios universitarios no concluidosGrados formativos medios y superioresGrado universitarioMáster universitarioGrado universitario profesionalDoctorado
18 a 248.71610.6931.4812.5051552314
25 a 295.9084.3102.0335.3381.18217996
30 a 345.2783.4421.8704.5021.592315277
35 a 395.3613.3282.0634.5211.662330286
40 a 446.2203.2652.1164.3361.636319288
45 a 497.3483.6592.4224.3591.677318333
50 a 547.2153.7732.2844.0701.648328329
55 o 595.9793.4821.8613.5651.721300284
60 a 645.0892.6541.4083.0281.684351297

Efectuando la susodicha operación, llegamos al resultado de que el valor de todo el capital humano en EEUU era en 2010 de 47 billones de dólares. Dado que todas las otras restantes fuentes de riqueza que computa Piketty ascendían ese mismo año a 65,6 billones de dólares, debería resulta evidente que omitir el capital humano del cómputo de la riqueza nacional altera gravemente las conclusiones a propósito de la distribución del capital.
Especialmente si, además, tenemos en cuenta que la distribución de la propiedad del capital humano es bastante más igualitaria que la del resto del capital: si el 10% más rico de la población poseía el 71,5% del capital no humano, cuando consideramos el 10% de la población más rica en términos de capital humano (los graduados profesionales entre 18 y 59 años, doctorados entre 18 y 54 años, másters universitarios entre 18 y 49 años, y graduados universitarios de entre 18 y 39 años) su participación en el capital humano total se reduce hasta el 42%.
Así, podemos ir un paso más allá: asumiendo que el 1% de ciudadanos más ricos en términos de capital no humano sean también el 1% de ciudadanos más ricos en términos de capital humano, la participación de ese 1% en la riqueza total de EEUU caería en 2010 del 33,8% del total al 22,6%; a su vez, la participación del 10% más rico caería del 71,5% al 59,5%. Es decir, en el peor de los escenarios posibles (los ciudadanos que integran el top 1% o top 10% del capital no humano son los mismos que integran el top 1% o top 10% del capital humano), la desigualdad en la propiedad del capital se reduciría significativamente. Pero adoptando supuestos más realistas (por ejemplo, que el top 1% o 10% del capital no humano está constituido de media por personas de más de 50 años), la participación del top 1% en la propiedad del capital caería al 20,1% y la del top 10% al 45,3%.
Fijémonos que estos porcentajes (20% del capital para el top 1% y 45% para el top 10%) coinciden con la participación del top 1% y del top 10% en el conjunto de la renta nacional (17% para el top 1%; 46% para el top 10%). Y es que cuando pasamos a considerar que la mayor parte de las rentas del trabajo son, en realidad, retornos del capital (del capital humano), entonces deja de haber una artificial división entre las rentas del trabajo y del capital, coincidiendo el reparto de la renta total con el reparto del capital.
Ahora bien —y éste es un punto central—, no es que el reparto de la propiedad del capital lo que explica el reparto de la renta, sino que el reparto de la renta explica el reparto de la propiedad del capital. El capital es el valor actual de una expectativa de generación de renta futura: si por cualquier motivo dejamos de ser capaces de generar esa renta, el capital se esfuma. Con el capital humano el asunto es obvio: el hecho de tener unos conocimientos técnicos de primer nivel no nos garantiza que siempre vayamos a cobrar un sobresueldo frente a los trabajadores no cualificados. Si nuestros conocimientos se quedan caducos, si su utilidad desaparece o incluso si somos reemplazados por otras formas de capital (máquinas), entonces el valor de nuestro capital humano desaparecerá: no es el capital el que da valor a la renta, sino la renta la que da valor al capital.
Justamente, esta aplicación de la concepción dinámica del capital al análisis de la distribución intertemporal de la riqueza la efectuaremos en el próximo artículo. Hasta ahora, de hecho, hemos asumido que en el top 1% siempre están los mismos ricos y que el otro 99% puede aspirar, como mucho, a equipararse con ellos. La realidad, evidentemente, es que la movilidad existe y que del hecho de que el 1% cope porciones crecientes de la riqueza nacional no puede inferirse en absoluto que los mismos ricos sean cada vez más ricos. Pero incluso bajo ese muy restrictivo e irreal supuesto, los resultados palpables del capitalismo en materia de distribución de la riqueza durante el último siglo son obvias: si a comienzos del s. XX apenas existía una clase media patrimonialista, a principios del s. XXI ya contamos con una amplia clase media que posee alrededor del 50% de toda la riqueza nacional (incluyendo dentro de la riqueza nacional, claro está, al capital humano). Las desigualdades en la distribución del capital no se han ensanchado, sino que se han reducido espectacularmente a pesar del alarmismo de Piketty


La esencia del pensamiento keynesiano

10 Noviembre, 2011
Autor: 

ArthurBurns USArmyPhoto 1955.jpg

Arthur F. Burns, ahora presidente del Consejo de asesores Económicos es uno de los principales estadísticos del país. Aún así hay en su filosofía económica implícita muchas cosas que pueden causar recelo. Es verdad que ha criticado bastantes veces el “pensamiento keynesiano” (ver The Frontiers of Economic Knowledge, Princeton University Press) [Las fronteras del conocimiento económico(Aguilar, 1960)]. Aún así en su misma crítica me parece que acepta los cuatro presupuestos fundamentales, en lo que se refiere a política práctica, de la doctrina keynesiana:
  1. - Que el “pleno empleo” es el objetivo económico esencial;
  2. - que una economía competitiva privada, dejada a sí misma, tiende a generar por misteriosas fuerzas internas un ciclo perpetuo de auges y declives;
  3. - que es “responsabilidad” del gobierno (del que se supone tácitamente que es inteligente, desinteresado y benevolente) realizar políticas “contracíclicas” para eliminar o mitigar estos de otra forma inherentes auges y caídas y
  4. - que la política contracíclica básica es el gasto en déficit.
Veamos esos presupuestos más en detalle.

El objetivo del pleno empleo

En Las fronteras del conocimiento económico, el Dr. Burns declara:
El principal problema de nuestra propia generación es el mantenimiento del empleo y ahora se ha convertido (como debería haberlo sido desde hace tiempo) en el principal problema de la teoría económica. Esta transformación de la teoría económica se debe en buena medida a los escritos de John Maynard Keynes.
Esto sin duda resume la actual doctrina de moda. ¿Pero es cierto?
Nuestro principal problema económico, como el de las generaciones precedentes, es la creación del máximo de bienestar material para la mayor parte de la gente. Esto puede lograrse principalmente maximizando la producción y el consumo de las cosas correctas (incluyendo el ocio). Mantener el empleo es, por supuesto, uno de los medios necesarios para este fin. Pero erigirlo en el mismo fin “principal” es una confusión desafortunada.
Y como escribí en Una Lección hace ocho años:
Nada es más fácil de conseguir que el pleno empleo, una vez que se (…) considera un fin en sí mismo. Hitler produjo pleno empleo con un enorme programa armamentístico. La guerra produjo pleno empleo para todas las naciones afectadas.
Los campos de trabajo esclavo en la Rusia actual producen pleno empleo.

La inestabilidad del libre mercado

En un discurso en Detroit hace unas semanas (el 18 de octubre), el Dr. Burns hizo lo que me parece otra declaración perturbadora. “Como nuestro sistema de empresa libre y en competencia está en tela de juicio”, dijo, “el gobierno no puede distanciarse de la economía privada, sino que debe estar listo para dar pasos decididos para mantener una prosperidad estable”.
En los últimos dos siglos el sistema de empresa libre y en competencia ha demostrado ser el más productivo nunca conocido por el hombre. ¿En qué sentido está “en tela de juicio”, excepto en el de que puede decirse que toda institución humana y ser humano están en tela de juicio?
¿Está más en tela de juicio que el socialismo? ¿O la planificación estatal? ¿O la amada “política contracíclica” del Dr. Burns?
Los presupuestos tácitos de la declaración de Burns no son sólo que no puede confiarse en que una economía privada libre y en competencia sea razonablemente estable, sino que se puede confiar en que el gobierno (es decir, los políticos en el poder) sepa y haga exactamente lo que se necesitaría para mantenerlo estable. Ambos presupuestos son debatibles.

Política contracíclica

“Políticas contracíclicas” es una expresión de moda y favorecedora, pero no puedo recordar ningún ejemplo, histórico o contemporáneo, de su constante aplicación inteligente, desinteresada y con éxito. Por el contrario, los resultados de casi todos los gobiernos en el mundo en nuestro tiempo son de inflación monetaria recurrente o continua. Es a esta inflación monetaria a la que se deben los visibles “éxitos” de las políticas de pleno empleo.

Gasto en déficit

El Dr. Burns parece estar de acuerdo con los keynesianos, a pesar de sus reservas, en considerar la financiación en déficit como una de las principales “armas” de la “política contracíclica”. Pero esta superstición moderna, si se persiste en ella, debe llevar a la catástrofe económica y política. En buena parte como consecuencia de su dominio, hemos tenido déficits presupuestarios en 22 de los últimos 25 años, y el fin de la orgía deficitaria no está a la vista.
[Este artículo apareció originalmente como “Keynesian Thinking” en Newsweek, el 11 de agosto de 1954]
Publicado el 19 de noviembre de 2010. Traducido del inglés por Mariano Bas Uribe. El artículo original se encuentra aquí.

La economía de la abundancia


Ocasionalmente puede prevalecer un situación en la que haya abundantes reservas sin utilizar de todo tipo de recursos (incluyendo todos los productos intermedios) en medio de una depresión. Pero indudablemente no es una situación en la que podría basarse una teoría que afirme su aplicabilidad general.
Aún así, es un mundo tal el que trata la Teoría General del empleo, el Interés y el Dinero de Keynes, que en años recientes ha creado tanta agitación entre los economistas e incluso la opinión pública. Aunque los tecnócratas y otros creyentes en la capacidad productiva ilimitada de nuestro sistema económico no parecen haberse dado cuenta aún, lo que nos ha dado realmente es esa economía de la abundancia que tanto tiempo han venido reclamando.
O más bien nos ha dado un sistema de economía que se basa en la suposición de que no hay escasez real y de que la única escasez de la que tenemos que preocuparnos es la escasez artificial creada por la determinación de la gente de no vender sus productos y servicios por debajo de ciertos precios fijados arbitrariamente. Estos precios no se explican en modo alguno, sino que sencillamente se supone que permanecen en un nivel históricamente dado, excepto en los raros intervalos en que nos acercamos al “pleno empleo” y los diferentes bienes empiezan sucesivamente a convertirse en escasos y a aumentar su precio.
Ahora, si hay un hecho bien establecido que domina la vida económica, es la incesante y constante variación en los precios de la mayoría de las materias primas importantes y de los precios al por mayor de casi todos los alimentos. Pero al lector de la teoría de Keynes le queda la impresión de que estas fluctuaciones son completamente irrelevantes y sin motivo, excepto hacia el final de un auge, cuando el hecho de la escasez es readmitido en el análisis, como una aparente excepción, bajo la designación de “cuellos de botella”.
Y no sólo se ignoran sistemáticamente los factores que determinan los precios relativos de los distintos productos:# incluso se argumenta explícitamente que, aparte de los factores puramente monetarios que se supone que son únicos determinantes del tipo de interés, los precios de la mayoría de los bienes serían indeterminados. Aunque esto se declara expresamente sólo para los activos de capital en el sentido especial y limitado en que utiliza Keynes este término, es decir, para bienes duraderos y títulos, se aplicaría el mismo razonamiento a todos los factores de producción.
En lo que respecta a los “activos” en general, toda la explicación de la Teoría general se basa en la suposición de que su rendimiento sólo viene determinado por los factores reales (es decir, que está determinado por los precios dados de los productos) y que su precio sólo puede determinarse capitalizando este rendimiento a un tipo concreto de interés determinado solamente por factores monetarios.
Este argumento, si fuera correcto, habría de extenderse claramente a los precios de todos los factores de producción cuyo precio no sea fijado arbitrariamente por monopolistas, pues sus precios habrían de ser iguales al valor del producto menos el interés por el intervalo para el cual permanecieron invertidos los factores.# Es decir, la diferencia entre costos y precios no sería una derivación de la demanda de capital sino vendría determinada unilateralmente por un tipo de interés, enteramente dependiente de las influencias monetarias.
No necesitamos seguir mucho más esta explicación para ver que lleva a conclusiones contradictorias. Incluso en el caso que hemos considerado antes de un aumento en la demanda inversora debido a una invención, el mecanismo que restaura la igualdad entre beneficios e intereses sería inconcebible sin una determinación independiente de los precios de los factores de producción, es decir, de su escasez. Pues si los precios de los factores fueran dependientes directamente del tipo de interés dado, no podría aparecer ningún aumento en los beneficios ni tener lugar ninguna expansión de la inversión, ya que los precios se marcarían automáticamente para hacer el porcentaje de beneficio igual al del tipo de interés dado.
O si los precios se consideran inmutables y se supone una oferta ilimitada de factores disponibles a estos precios, nada podría reducir el aumentado porcentaje de beneficio al nivel del inmutado tipo de interés. Está claro que, si queremos entender en absoluto el mecanismo que determina la relación entre costos y precios, y por tanto, el porcentaje de beneficio, debemos dirigir nuestra atención hacia la escasez relativa de los distintos tipos de bienes de capital y de los demás factores reproducción, pues es la escasez la que determina sus precios.
Y aunque puede haber en la mayoría de los casos algunos bienes en los que un aumento en la demanda de los mismos pueda producir algún aumento en la oferta sin aumento en los precios, en general será más útil y realista suponer para los fines de esta investigación que la mayoría de los productos son escasos, en el sentido de que cualquier aumento en la demanda, llevará, ceteris paribus, a un aumento en sus precios. Debemos abandonar la consideración de la existencia de recursos no empleados de ciertos tipos a investigaciones más especializadas de los problemas dinámicos.
Esta digresión crítica se ha hecho desgraciadamente necesaria por la confusión que ha reinado sobre este asunto desde la aparición de la Teoría general de Keynes.

Lo que significa una política de “pleno empleo”

Con el fin de entender la situación a la que nos han llevado, será necesario echar un rápido vistazo a las fuentes intelectuales de la política de pleno empleo del tipo “keynesiano”. El desarrollo de las teorías de Lord Keynes empezaba con la idea correcta de que la causa habitual de un desempleo extendido es que los salarios reales son demasiado altos.
El siguiente paso consistía en la proposición de que una rebaja directa de los salarios monetarios sólo podría producirse por una lucha tan dolorosa y prolongada que no podría considerarse. De aquí concluía que los salarios reales deben rebajarse por el proceso de rebajar el valor del dinero. Éste es realmente el razonamiento que subyace a toda la política de “pleno empleo”, ahora tan ampliamente aceptada.
Si el trabajo insiste en un nivel de salarios monetarios demasiado alto como para conseguir el pleno empleo, la oferta de dinero debe aumentarse igualmente para incrementar los precios hasta un nivel en que el valor real de los salarios monetarios que prevalecen ya no sea mayor que la productividad de los trabajadores en busca de empleo. En la práctica, esto significa necesariamente que cada sindicado por separado, en su intento por superar el valor del dinero, nunca dejará de insistir en mayores incrementos en los salarios monetarios y que el trabajo agregado de los sindicatos nos traerá una progresiva inflación.

“Après Nous Le Déluge”

No puedo dejar de considerar que la creciente concentración sobre efectos a corto plazo (que en este contexto significan lo mismo que la concentración sobre factores puramente monetarios) no sólo como un error intelectual serio y peligroso, sino como una traición a la tarea principal del economista y una grave amenaza a nuestra civilización. Al entendimiento de las fuerzas que determinan los cambios diarios de los negocios, probablemente poco pueda contribuir el economista que el hombre de negocios no sepa mejor.
Sin embargo, suele considerarse como tarea y privilegio del economista estudiar y destacar los largos efectos que pueden quedar escondidos para el ojo no entrenado y dejar la preocupación sobre los efectos más inmediatos al hombre práctico, que en cualquier caso sólo vería estos últimos y nada más. El objetivo y resultado de 200 años de desarrollo continuo del pensamiento económico han sido esencialmente alejarnos del mecanismo monetario más superficial y descubrir las fuerzas reales que guían el desarrollo a largo plazo.
No quiero negar que la preocupación por los aspectos “reales”, frente a los monetarios, de los problemas puedan haber llegado a veces demasiado lejos. Pero esto no puede ser una excusa para las presentes tendencias que ya nos han devuelto en gran medida a la etapa precientífica de la economía, cuando aún no se entendía todo el funcionamiento del mecanismo de precios y sólo generaban interés los problemas del impacto de una corriente monetaria variable en una oferta de bienes y servicios con precios dados.
No es sorprendente que Keynes encuentre anticipadas sus tesis en los escritores mercantilistas y aficionados con talento: la preocupación por el fenómeno superficial ha marcado siempre la primera etapa de la aproximación científica a nuestro asunto. Pero es alarmante ver que después de que ya hemos seguido una vez el proceso de desarrollar una descripción sistemática de estas fuerzas que a largo plazo determinan los precios y la producción, estemos a punto de desecharla con el fin de reemplazarla por la miope filosofía del hombre de negocios elevada a la dignidad de una ciencia.
¿No se nos ha llegado a decir que “como en el largo plazo todos estaremos muertos”, la política debería guiarse únicamente por consideraciones a corto plazo? Temo que estos creyentes en el principio de après nous le déluge puedan obtener lo que han sembrado antes de lo que piensan.
Este artículo esta extraído de The Critics of Keynesian Economics (1960), capítulo 7.
Traducido del inglés por Mariano Bas Uribe. El artículo original se encuentra aquí.

EL AHORRO SÍ IMPORTA

.

Imagen: blog.silversaver.com
El miércoles pasado criticamos en este espacio el artículo del portal de la revistaForeign Affairs (“Print Lessbut Transfer More: Why Central Banks Should Give Money Directly to the People”), publicación del que ha sido considerado el centro de estudios más influyente en materia de relaciones exteriores de Estados Unidos: el Council of Foreign Relations. Expusimos la falacia de los economistas de las corrientes predominantes –el keynesianismo y el monetarismo, que nos venden  la idea de que la economía necesita más consumo para emprender la recuperación, llegando ya al extremo comentado de proponer regalar dinero en masa.

Dijimos que es un sinsentido querer resolver una crisis provocada por el exceso de deuda, consumo y crédito, con dosis cada vez más elevadas de la misma “droga”, que con el tiempo surte menos efectos, pero tiene peores resacas.

Aquí es oportuno que profundicemos en el concepto del ahorro. Éste, para el “mainstream”, no tiene un objetivo de crecimiento del poder de compra futuro de los agentes económicos. De ahí que consideren que la inversión esté en funciónsolo de la tasa de interés, que “entre más baja, más la propicia”.

Este error de los keynesianos deja de lado que es el mercado libre el que debe hacer que las tasas de interés bajen, y que la causa de esto sólo puede ser la abundancia de ahorro. La teoría de la Escuela Austríaca de Economía es la que nos explica todo esto, y por ende, la única capaz de diagnosticar el desorden económico en el que nos encontramos y de proponer sus soluciones reales.

Para los “austríacos”, los tipos de interés –gracias al ahorro, descenderán hasta el punto en que la preferencia temporal de los agentes los orille a optar por gastar sus ahorros en vez de invertirlos. Lo mismo aplica en sentido opuesto: la salida de ahorradores y sus recursos ocurrirá hasta el punto en que las tasas suban, y la gente comience a preferir ahorrar y obtener una utilidad –y por tanto mayor poder de compra futuro, que gastar su dinero.

Por supuesto, esto parte de la base de que es indispensable también un sistema de dinero honesto, no gubernamental ni monopólico, en el que el mercado sea el que determine la tasa de interés. Sólo la libre voluntad de las personas en el mercado, es la que nos mandará el mensaje correcto de las condiciones y preferencias de los agentes económicos.

Una vez que se entiende este punto, podemos darnos cuenta de que ninguna“Junta de Gobierno” o “Comité de Mercado Abierto”, por muy “notables” o brillantes que sean sus miembros, puede ser capaz de decidir qué nivel de tasas es el adecuado para la economía. Moverla en un sentido u otro es, sin lugar a dudas,manipular una de las variables más importantes para la toma de decisiones de ahorro e inversión, y por tanto, de crecimiento económico.

Claro está que el sistema en que vivimos hoy no está ni siquiera cerca del crecimiento sostenible: no hay mercados libres, la tasa de interés la decide un monopólico banco central y el dinero que tenemos en las manos, es fíat, ficticio, sin respaldo en oro y está siendo creando de forma masiva mientras lee estas líneas. Por primera vez en la historia de la humanidad, este fenómeno está ocurriendo a escala global, y no hay ningún mayor banco central del orbe que no esté expandiendo su base monetaria.

Así pues, las corrientes económicas predominantes están recurriendo a la única receta que conocen: a cada tribulación económica la medicina es elevar el gasto público, bajar los tipos de interés y expandir el dinero en circulación. Punto.

Reducir artificialmente los tipos manda la señal errónea a los agentes económicos de que hay abundancia de ahorro, y se les orilla así a tomar de decisiones equivocadas de inversión que conducen a crecimiento insostenible. Todo porque no se trata de ahorros reales sino de exceso de dinero creado de la deuda. El círculo vicioso crece en espiral, y cada vez que ocurren, las crisis tienden a ser más severas y requieren más droga para sobrevivir, yendo de una burbuja a otra.

La consecuencia última y más grave, es que en este proceso la señal que se manda es: gaste, gaste, gaste. Los ahorradores son aplastados y, los inversores, orillados a buscar amparo en lo que consideran es más o menos un refugio para su capital, inflando de nuevo burbujas en mercados de bonos, índices bursátiles, etc. El dinero creado no es neutral, siempre buscará un camino a seguir. En su momento así ocurrió con la burbuja de las “punto com” a finales de los ’90; luego, con la inmobiliaria, que al reventar, nos tiene en las condiciones actuales.

Para ser claros, si el ahorro es el origen del crecimiento sostenido, su aniquilación es la semilla del desastre económico.

Hay quien se atreve a decir que se debe inflar nuevas burbujas, y de hecho, es justo lo que está ocurriendo. La desesperación los está empujando a proponer ahora, como aludimos al principio, regalar dinero para expandir la demanda. El curso económico, por lo tanto, es en picada. Mientras no entendamos que sin ahorro no hay crecimiento que pueda durar, lo mejor es seguir buscando “salvavidas” financieros reales, pues a este ritmo, una nueva Edad de las Tinieblas es más que posible.